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7 de agosto de 2020

  • 7.8.20
"Tocata" es una palabra que proviene del italiano -toccata, «para tocar»-, cuyo significado hace referencia a toda pieza de la música renacentista y de la música barroca para instrumentos de tecla, como el clave o el órgano, normalmente con una forma libre que en general enfatiza la destreza del intérprete.



Leo que las tocatas, también denominadas praeludium, o preludio, tienen una estructura que consiste en una sucesión de secciones fugadas que se alternan con otras de estilo libre y con carácter de improvisación. Leo también que, en las fases más avanzadas del desarrollo de las tocatas, estas secciones fugadas serán la culminación y tendrán relativa independencia. En el siglo XVIII, leo además, la asociación de tocata y fuga era habitual.

Con menos frecuencia, se utiliza el término para referirse a trabajos con múltiples instrumentos. En la vida, que cada cual la compone a su modo y manera, se suele poner primero la fuga y después se componen la cantata y la tocata. Para el caso que nos trae ahora, debemos esperar a los carnavales de Cádiz para que le pongan música y letra. Los chistes, las viñetas y las tiras cómicas están al caer.

Para entonces, ya sabremos algo más del paradero de Juan Carlos I. Mientras tanto, Doña Sofía, desafiando los vientos más adversos, anda de compras por las calles de Palma de Mallorca. Y aquí medio país se las trae a regañadientes con la covid-19 y la otra mitad intrigada y cosiendo un traje a luces y sombras al rey emérito.

Los españoles nunca votamos a favor o en contra de que este país fuese una monarquía, porque ya nos la vendieron en el paquete constitucional. Con el paso de los años, esta falacia de ofrecer dos por uno en el mismo sobre la copiaron con esmero las grandes superficies en su afán recaudatorio y benéfico. Así que durante décadas fuimos una monarquía constitucional a regañadientes, pero efectiva, claro.

El debate de si un día seremos república nos lo ha puesto en las manos el puro azar. España es diferente, como hubiera insistido en calificarla Fraga Iribarne, y nos ha cambiado el guion de un día para otro. No hay precedentes en nuestra historia más reciente de que un rey abandone su país y nos deje a todos sin una explicación infundada pero creíble.

Algunos miembros del Gobierno aducen que el monarca no está imputado y, como consecuencia, es libre de viajar por este mundo de dios a donde le plazca. Iván Redondo, a quien han investido de un conocimiento extenuante en retruécanos mágicos que desconoce la propia ciencia de la comunicación institucional y política, también calla, porque no sabe cómo hincarle el diente a la picardía rocambolesca de nuestro rey.

Se dice que el presidente conoce su paradero y, por supuesto, lo debe saber también Felipe VI. Sea como fuere, un silencio tan prolongado –la comunicación institucional castiga los silencios y las mentiras (Iván Redondo debería saberlo y también la Casa Real)– ponen en solfa a Sánchez y a la corona. Porque el silencio deslegitima y condena, abre paso a otras versiones y cuestiona el derecho a hacerlo.

Donde no hay palabras que justifiquen los actos, los actos encubren, o suelen encubrir, presuntos delitos. Más allá de los amores del rey emérito con Corinna Larsen y sus detalles millonarios –que ya da para una telenovela– este silencio infundado abre paso a otras escaramuzas que esconden incuestionables sorpresas.

Pero Juan Carlos I no sabe bien lo que ha hecho, dónde se ha metido y qué mochila le ha colgado a su descendiente varón con la corona. Ha dejado a su hijo Felipe abandonado en un trono en tenguerengue, en un momento de crisis sin precedentes.

Sobre todo, cuesta entender cómo Juan Carlos ha dilapidado todo un currículum que, con sus luces y sus sombras, había logrado atar el cariño de muchos, el reconocimiento de unos, la alergia también de otros. Su perfil de hombre bonachón y cercano, amante de las mujeres, del buen whisky y de las motos, se ha desbarato como por arte de birlibirloque. Sus implicaciones o sus distancias en la intentona del golpe de estado del 23-F es una escena de este sainete aun por vislumbrar sin las dudas que todavía alimentan muchos españoles.

Hay en esta tocata y fuga de este rey emérito una música de verano pellizcona y fácil de interpretar y una letra de serpiente estival que todos los periódicos alimentarán para vender más papel estos meses, que falta hace.

De entre todas las versiones posibles, yo mantengo mi propia teoría, que es la siguiente. El rey emérito tiene una nueva amante, también rubia, mucho más joven, inteligente y tierna, que le canta su música favorita al oído y le hace carantoñas a cada paso.

Están tendidos en una toalla doble, en las arenas blancas de una isla paradisiaca que adquirió hace años nuestro monarca con fondos opacos a cuenta de sus inagotables comisiones. Ahora le está diciendo que viajarán a África, le apetece ir de safari antes de que los elefantes se extingan de la faz de la tierra, pobrecitos. E

lla le mira incrédula y nada enamorada, pero supuestamente feliz. Y después, le dice también, no te preocupes, volveremos a España. Él la mira con media sonrisa y le susurra muy cerca de sus labios embriagadores: “Igual están preguntando por mí”.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO



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