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18 de julio de 2020

  • 18.7.20
Es una pena que no se elijan los alcaldes por su amor al municipio, por su visión estética y por su buena cabeza para gestionar el dinero público. Solo tienes que darte un paseo por las calles y ver el estado de los edificios, del asfalto, de las plazas, de las plantas para saber si él o la que gobierna en el pueblo o en la ciudad quiere a esa tierra. Sin olvidar servicios públicos tales como instalaciones deportivas, de salud, educativas...



No sé quién está ahora en el Ayuntamiento de Calatayud o quién ha estado antes, pero este pueblo grande –o, mejor dicho, ciudad– con estación de AVE, una huerta riquísima y famosa por la copla de "La Dolores", está dejado de la mano de Dios: el centro histórico ha sido abandonado, edificios que se caen y, lo peor, otros que ya no existen por derrumbe. Iglesias invisitables llenas de arte mudéjar, joyas abandonas, historia hecha cenizas...

Este verano me he decidido por hacer un poco de turismo interior con mi chico. Es una forma de conocer nuestro país y nuestros escasos ahorros lo pueden soportar. Y es triste ver una ciudad abandonada. Alguien tuvo la feliz idea de construir la estación de tren lejos del centro –igual que en Cuenca–, lo que ha hecho que surjan construcciones en torno a esta infraestructura, priorizando la especulación a la rehabilitación.

Hablas en la calle con la gente y te dicen que la juventud se va, que no hay salida aquí. La calle principal, la Rúa, está llena de establecimientos cerrados que no pueden vender a turistas que no llegan porque las ruinas, salvo que sean romanas, no atraen.

Imagino un pueblo cuidado, lleno de calles bonitas y muchos jóvenes organizando visitas guiadas que cuentan la historia de este pueblo aragonés, que nos hablen de leyendas de moros y cristianos, que nos muestren la mezcla que dejó recuerdo en el arte, en esas iglesias y edificios preciosos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ



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