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16 de junio de 2020

  • 16.6.20
Nos enfrentamos día tras día a medios de comunicación que dan cobertura a batallas dialécticas y casi de dignidad entre aquellos altos cargos políticos que hemos elegido. Y debo confesar que ha habido veces que, incluso, me he divertido y otras, sin embargo, en las que esos debates me han exacerbado. Como en cualquier entretenimiento, cuando dejo de tener en frente el estímulo que me entretiene, vuelvo a la “vida real”. No me hace pensar, reflexionar ni cuestionarme nada. Tan solo veo a personas desconocidas increpándose para gestionar a su manera el dinero de todos.



Quedan tan lejos para mí esos hombres y mujeres de chaquetas y maletín que todo lo que hacen y dicen me es ajeno... Me siento inútil cuando los veo recorriendo los pasillos del Congreso, del Senado, de los ministerios, en dirección a sus asientos para tomar decisiones bajo su ideario, sin lograr empatizar con las diferentes realidades que representan la sociedad española. Pero tras pensarlo de forma pausada y fría, me digo a mí mismo: “es normal que sientas impersonal la política nacional. Tu tienes que formar parte activa en la política local”.

Siguiendo las palabras del maestro Julio Anguita, el trabajo del ciudadano no debería terminar al echar el voto en la urna: debiera ser un trabajo continuo de años, para luchar por lo que es nuestro. Porque nadie va a luchar por ti ni por lo que te pertenece. Si tú quieres conseguir lo que es tuyo, lúchalo.

Pues siguiendo esta premisa me vuelvo a repetir a mí mismo: “tú tienes que formar parte activa en la política local”. Y a esta difícil empresa he dedicado el último lustro de mi vida: a combinar mi faceta profesional formando parte activa de la política local, pero desde una perspectiva ciudadana. Y me he encontrado con muchas sorpresas. Entre ellas, que el debate que está asentado en la política nacional se fragmenta y se adapta a la política local.

Muy lejos está la política local de satisfacer las necesidades de sus habitantes si se aplican medidas que no son acordes al municipio. Por ejemplo, ¿por qué se aplican en un pueblo de la Campiña Sur cordobesa medidas que se han aplicado en París? Se me ocurren muchas explicaciones y, entre ellas, no sitúo como causa real la necesidad.

Posiblemente, se apliquen porque se trata de una medida innovadora que ha cambiado el paradigma de un núcleo urbano y cosmopolita como es París. Puede que se haya aplicado, quizás, por combatir el cambio climático en un foco importante de contaminación. O puede ser porque esa medida está alineada con las necesidades que en ese preciso momento tienen las habitantes de esa ciudad.

Pero, ¿por qué mi alcalde o concejal ha importado una medida diseñada para una gran ciudad a un territorio muchísimo menos poblado? ¿Será para que todos veamos lo moderno que es nuestro pueblo? ¿Ha implantado esta medida para crear un gran titular para las redes sociales?

¿Cómo cubre mi Ayuntamiento mis necesidades como ciudadano si aplica medidas que satisface las necesidades de un parisino? ¿Para qué quiere un pueblo con una alta tasa de habitantes situados en la tercera edad una aplicación móvil para ver si el parking está libre o está lleno?

Soy un gran defensor de las influencias entre territorios, culturas y naciones, pero no de los “copia y pega”. Está bien inspirarse en lo que hacen los demás pero habría que mirar un poco hacia nosotros mismos, ver qué están haciendo mis vecinos para saber cuáles son sus necesidades.

Si un municipio tiene una cultura radicada en lo rural, no vale de nada aplicar medidas digitales directamente. Antes hay que pasar por una transición. Y por lo que he vivido, siento que no están alineadas las acciones políticas desde los ayuntamientos con las necesidades de los municipios.

Tomando a Platón como referente, vamos a analizar dos tipos de medidas: las sensibles –o, dicho de otra forma, las medidas acordes a la realidad– y las inteligibles –las que pertenecen a una realidad ficticia–. Cuando un ayuntamiento sigue un camino basado en un ideario que huye de la realidad de su pueblo está destinado a tener una vida en paralelo de sus conciudadanos: avanzan juntos, sí, pero nunca se llegan a tocar. El poder político pasa a otra esfera y deja un hueco que rellenan las asociaciones y los colectivos ciudadanos.

Son las asociaciones y los colectivos los que viven la realidad y los que forman parte activa del cambio. Son ellos los que dejan una huella positiva dentro del municipio. Y no pienso que esto sea algo negativo sino justo lo contrario: si las asociaciones y colectivos saben interpretar lo que necesita la población, desde la Administración hay que protegerlos, facilitar  recursos y herramientas.

Aunque sea un ideal utópico, tengo una imagen muy clara de este proceso: el Estado hace unas leyes y administra las riquezas de las comunidades. Las comunidades, bajo la interpretación de esas leyes y de acuerdo con las necesidades de cada una de ellas, administra el dinero. Los ayuntamientos, por su parte, ejecutan el dinero para cubrur necesidades propias del municipio. Los autónomos emprenden; el tejido asociativo propone. Y todo esto debería ir en un sentido bidireccional, un trabajo conjunto y piramidal.

Y ahora, en el momento que vivimos, somos los jóvenes los que tenemos que pasar a un modo activo, formando parte de la solución. No podemos dejar en manos de la Administración nuestro futuro. Debemos sentirnos responsables y dueños de lo que está por venir. Porque el político que está sentado en el Congreso le habla a su votante, no a la población; y el que está sentado en el ayuntamiento no vive en la realidad de su pueblo, por lo que debemos liderar nuestro hoy.

Pero, claro, siendo nosotros la generación "más cómoda" de la historia humana, que siempre nos han puesto un plato en la mesa sin preocuparnos de nada más, tenemos que dar un paso hacia adelante e impulsar una perspectiva nueva a la realidad. Porque la realidad, creo, es siempre la misma. Me imagino la realidad como un trocito de queso con agujeros y que cada agujerito pequeñito es una persona. Aunque el agujerito se muera, el queso sigue siendo el mismo.

DANY RUZ


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