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10 de abril de 2020

  • 10.4.20
Tal Ben-Shahar, doctor en Psicología y Filosofía por la Universidad de Harvard, ha confesado que el hecho de ser infeliz hizo que se interesara por la ciencia de la felicidad. Alguien pensará, con acierto y sobre todo con sentido común, que la ciencia solo abarca a la filosofía y a las matemáticas y a otras áreas limítrofes. Pero que exista una ciencia que abarque como materia principal el estudio de la felicidad parece un tanto metafísico o desatinado. Pero, sobre todo, sospechoso.



Lo que sí sabíamos es que los poetas se especializaban en la soledad, en la infelicidad y en la ausencia y deseo de la otra persona. Tal vez exista, o existirá, en poco tiempo, una ciencia de la melancolía, cuya cátedra se la disputarán nuestros más excelsos poetas. Ellas y ellos. Pero nada sabíamos de la ciencia de la felicidad.

Este psicólogo israelí confiesa también que la felicidad depende en un 50 por ciento de la genética, en un 40 por ciento de las elecciones personales y en un 10 por ciento del entorno. Y añade: “Estos porcentajes pueden cambiar en situaciones extremas, como una guerra”. Así lo dijo el año pasado, en 2019. Habló de guerra, pero no de pandemia. Ni se le ocurrió por asomo ni se le pasó por la cabeza.

Sabemos de las guerras, o las hemos vivido, o los telediarios nos han ilustrado con suficiente precisión, o nuestros abuelos nos hablaron de la Guerra Civil. Sabíamos de las epidemias por Daniel Defoe, Diario del año de la peste, o por Albert Camus, La peste. Se deduce, leyéndolos, que Camus bebió de Defoe.

Defoe, uno de los precursores del periodismo narrativo actual, no solo escribió aventuras, como Robinson Crusoe –mi libro de la infancia–, sino de estas historias de exterminio que él conoció también de niño y las escribió ya en la extrema madurez. Pero excepto ellos, nadie nos advirtió de las pandemias.

Recuerdo de ambos libros la descripción del apocalipsis, los seres humanos recluidos en hogares como pocilgas o cuevas, sin higiene, mal alimentados, sin ver la luz del día, sin información del caos, sin saber nada del devenir más próximo.

Posiblemente la virulencia de las pandemias no hayan disminuido con los años, tal vez incluso hoy sean más letales, pero a nosotros, que nos ha tomado vivir esta, podemos hacerlo con la angustia de la sospecha, pero también con el bienestar de otros tiempos en los que las tecnologías nos permiten estar conectados por móvil o vía telemática con los más queridos, gozamos de agua caliente, de calefacción o aire acondicionado, de frigoríficos, de grandes superficies donde recurrir para llenarlos, de sillones relax, de televisores, de música seleccionada a nuestro antojo, de alguna botella de Johnnie Walker Double Black. Y una vez al día salimos a la terraza para compartir con algún vecino la copa que siempre tomábamos en el bar.

No estábamos preparados para una epidemia y, curiosamente, para saber cómo administrar los estragos de la infelicidad. Si es cierto que el entorno condiciona nuestros estándares de la felicidad en un 10 por ciento y que estos aumentan exponencialmente en situaciones extremas como la guerra o la pandemia, es lógico que nos levantemos a mitad de la noche y miremos las estrellas que también huyen sin saber adónde. Al final, el paisaje se muestra levemente como una larga espera en la que al final de la última curva la luz está presta a encenderse.

Nos quejábamos del tiempo libre, de su ausencia, y ahora el tiempo libre nos abruma. Nos han encerrado aquí mismo con otro, que es el alter ego. Y empezamos a sospechar que no nos gustamos tanto. O sí, quién sabe. Y pensamos siempre, incluso despiertos, qué máscara vestiremos cuando esto acabe, si modularemos el tono crispado de nuestra voz, si le diremos a ella –o a él– que el mundo se reduce a un espacio confinado donde solo hay espacio para dos personas que siempre se buscaron. La confusión –nunca se sabe– igual queda excluida de nuestros hábitos y simplifiquemos la felicidad en esos momentos fútiles que ahora anhelamos.

Tal Ben-Shahar nos alumbra cuando la oscuridad pretende imponerse. Dice que las expectativas tienen un papel clave en la felicidad. En tiempos de crisis, más. Él lo dice así: “La obsesión por ser feliz todo el tiempo hace que la gente se sienta miserable”. No es posible estar siempre feliz. Lo dice él y lo sabemos todos. Pero ahora el adverbio “siempre” parece creado innecesariamente, parece no tener sentido.

Del mismo modo, la felicidad nunca fue la misma para los hombres y para las mujeres. Lisa Taddeo, feminista confesa, y autora de Tres mujeres, un libro que contiene el mejor periodismo narrativo, escribe: “No permitas que te vean feliz”. Se lo dice la madre a la hija. Y añade: “Sobre todo, las demás mujeres”. Y concluye: “Si te ven feliz, intentarán destruirte”.

Poco importa ya qué es cierto de cuanto escribió el psicólogo israelí o la periodista de Nueva York. Atrapados en unos pocos metros cuadrados, enturbiados en un ambiente cerrado por esa música que no escuchamos, nos obligamos nosotros mismos a confeccionar un perfil de la felicidad acorde con nuestras expectativas. Para que no nos quede muy holgado ni demasiado estrecho que ahogue cualquier proyecto de futuro.

Sabemos ahora que no solo el virus muta para sobrevivir. También la felicidad, nuestro concepto de la felicidad. Pero te puede salvar el primero y matarte la segunda si no sabes alimentarla con tesón y sabiduría. Nunca se sabe. Porque ahí radica uno de los enigmas más indescifrables de nuestra existencia.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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