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17 de febrero de 2020

  • 17.2.20
Acostumbrados a lo “normal”, esa regla que estandariza y homogeniza lo diverso en casi todos los órdenes de la existencia (moda, costumbres, ideas, cultura, economía, política, comercio, deportes, ocio...), llama la atención el éxito que están obteniendo en los últimos tiempos las “excepciones”.



En una sociedad como la Occidental, que se amolda a lo establecido y sirve de “modelo” al resto del mundo (desde su gorrita de béisbol, a su música, su sistema de valores y hasta sus manías), están de un tiempo a esta parte emergiendo los que antes eran “invisibles”, los ignorados o excluidos que no se ajustaban a lo “normal”, entendiendo “normal” como sinónimo de “mayoría”, lo que es mayoritario o común.

Un concepto estadístico que solo refleja porcentajes, aunque sean mayoritarios, de hábitos, costumbres y formas de ser en cada lugar y tiempo, y no como categoría ética o natural de lo correcto, bueno o sano. Es por eso que hubo una época en que fue considerado “normal” fumar, pero ni entonces ni hoy era bueno ni conveniente, desde el punto de vista de la salud, por mucho que esa aparente mayoría –y la industria que la incentiva– se empeñase en imponer un vicio nocivo para el fumador y para el no fumador.

Hoy día, las excepciones a la norma están teniendo éxito y reconocimiento. Van siendo valoradas como una opción tan legítima como la ortodoxa y, si acaso, mucho más efectiva para triunfar en algunos aspectos en que era considerada una extravagancia o un hándicap para alcanzar cualquier objetivo en la vida.

En una sociedad que presume de “normalidad”, los discapacitados, los que sufren determinadas enfermedades y trastornos psíquicos, los dependientes de sustancias adictivas o los que se comportan contra las normas sociales, todos ellos están dejando de ser “raros” y llegan a convertirse en ejemplos dignos de admiración y seguimiento. Son modelos “heterodoxos” de lograr cualquier ambición o éxito que se desee.

Es el caso de la artista norteamericana Billie Eilish, una cantante y compositora adolescente a la que el síndrome de Tourette, un trastorno neuropsiquiátrico, la hace parecer indolente, inexpresiva o aburrida, lo que en otros tiempos la hubiera condenado a encerrarse en su casa y ocultarse de los demás.

Hoy, sin embargo, ni sus tics ni su apariencia le impiden, no solo ser todo un fenómeno musical que consigue los más codiciados galardones, como los premios Grammy, sino demostrar, ante los ojos cuadriculados de los demás, su inteligencia y capacidad para triunfar donde artistas “normales” les cuesta o fracasan. Aparte de sus dotes musicales, ha sabido utilizar su “excentricidad” para distinguirse con enorme acierto. Un éxito de la excepción.

Algo similar le ha sucedido a Jeremy Meeks, un exdelincuente que tiene todo el cuerpo lleno de tatuajes y que, en el pasado, si te hubieras tropezado con él en medio de la noche, habrías cambiado de acera. La verdad es que estuvo arrestado y preso en Los Ángeles por robar a mano armada, pero un rostro bien parecido y una excelente forma física le valieron para convertirse en un “top model” cotizado y un sex symbol masculino de las pasarelas.

En su caso, no era una discapacidad lo que le apartaba de la “normalidad”, sino una tendencia antisocial hacia los bienes ajenos. Cazadores de “belleza” para diseñadores y algo de suerte le permitieron ingresar en el sofisticado mundo de la moda y olvidar aquella época en que era parte de los “otros”, de los rechazados o esquivados por la sociedad. Otro éxito de la excepción.

Pero el caso más significativo es el representado por Greta Thunberg, el icono del activismo juvenil contra el cambio climático y la lucha por el medio ambiente. Esta estudiante sueca de 17 años, que padece el síndrome de Asperger, un trastorno mental del espectro del autismo, ha conseguido ser referente mundial en la lucha contra el cambio climático e invitada imprescindible en los encuentros políticos o ecológicos del máximo nivel, como la Cumbre del Clima, la ONU y el foro de Davos, por ejemplo.

Su aspecto delicado, la actitud convulsiva y sus discursos entre el enfado y la riña, exigiendo actuar más y mejor a los gobiernos para combatir la contaminación, reducir la huella de carbono de la actividad humana y potenciar más decididamente la sostenibilidad, es todo un símbolo mundial.

Su incapacidad psíquica, con sus depresiones y su mutismo selectivo, le han servido para emprender una lucha que nadie, al principio, tomaba en serio. Pero desde que comenzó a faltar a clase para protestar todos los viernes, con un cartel elaborado a mano por ella misma invitando a una huelga escolar por el clima, otros jóvenes en diversos países la imitaron hasta constituir todo un movimiento ecológico global que ya es imposible ignorar. Un éxito indudable de la excepción en el activismo ecológico.

No son los únicos, pero los citados tal vez sean los ejemplos excepcionales más conocidos en todo el mundo. Sin embargo, historias similares se producen cada día en nuestras ciudades y en el anonimato de nuestros barrios, donde personas con el síndrome de Down consiguen trabajar y llevar una vida tan “normal” como la de cualquiera. O exdelincuentes y drogadictos que logran superar sus “baches” para incorporarse a la “normalidad” familiar y laboral que ambiciona cualquier ciudadano. Y muchos más.

Todos y cada uno de ellos son ejemplos de que de la invisibilidad se puede salir, que ser “raro” no es un estigma que impida el desarrollo de la persona en su integridad y dignidad, y que la excepción también es una posibilidad de éxito. El triunfo de la excepción.

DANIEL GUERRERO


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