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16 de febrero de 2020

  • 16.2.20
Me gustaría que en esta nueva serie aparecieran pronto mujeres españolas que han dejado huella dentro del campo de la pintura, pero nos tendríamos que remitir a tiempos históricamente cercanos como es el siglo pasado para que viéramos asomar algún nombre femenino dentro de este ámbito. A fin de cuentas, esta ausencia es el reflejo de la cultura fuertemente patriarcal que se desarrolló en la sociedad que hunde sus raíces en un país en el que históricamente las ideas liberales o igualitarias eran arrinconadas, cuando no aplastadas sin miramientos.



Habrá que esperar, pues, a que hayan aparecido algunos nombres de pintoras fuera de nuestras fronteras que abrieron cierta brecha en siglos anteriores; aunque justo es de reconocer que tampoco se las suele citar en los libros de arte o se las presenta en exposiciones con la relevancia que ellas tenían.

En esta ocasión quisiera citar a la suiza Angelica Kauffmann (1741-1807), intentando ser breve, no extendiéndome en datos biográficos que serían adecuados en revistas especializadas, para destacar algunas de sus obras con el fin de conocer tanto sus valores pictóricos como los temas que abordaba, que, a fin de cuentas, estaban constreñidos a los marcados por la sociedad que su época consideraba que eran específicamente adecuados al género femenino.

Como es de esperar, son escasas las obras publicadas en nuestro país que hablen de las pintoras. Para este trabajo, he de mencionar dos que he podido consultar: una de ellas es Seeing Ourselves. Women´s Self-Portraits de Frances Borzello; la otra es el excelente libro Ellas mismas. Autorretratos de pintoras de la escritora Ángeles Caso, quien nos introduce en ese mundo de las artes plásticas con nombre de mujer. De Ángeles Caso, extraigo este comentario:

“Kauffmann fue una de aquellas niñas prodigio que tanto gustaban en el siglo XVIII, conocida desde muy joven por su talento para las artes plásticas y por su bellísima voz. Su educación había sido extraordinaria: su padre, Joseph Kauffmann, era un buen retratista austríaco, que la enseñó a pintar desde pequeña. Su madre, Cleophea Lutz, se ocupó además de su formación intelectual y del aprendizaje de idiomas”.

Un hecho que se repite en las pintoras pioneras es el respaldo familiar que reciben cuando sus progenitores comprueban el talento de sus hijas. Tengo que resaltar esto dado que, si no se cuenta con ese apoyo, entonces difícilmente una chica podría entrar en un campo que se consideraba esencialmente masculino.

Por otro lado, en la cita anterior se indica que el padre de Angelica era retratista. Esto enlaza con una de las temáticas muy habitual dentro de las artistas: el retrato femenino como cuestión prioritaria de las mujeres pintoras, dado que era un ámbito asequible para ellas. Esta es la razón por la que he seleccionado como portada del artículo un fragmento de un autorretrato que la propia pintora hizo de sí misma en el año 1784, es decir, cuando contaba cuarenta y tres años.



Remitiéndonos a sus orígenes, tendría que apuntar que Angelica Kauffmann nació en Coire, capital del cantón suizo de Los Grisones, colindante con Austria. Tal como he indicado, la profesión de su padre fue crucial para su desarrollo artístico, puesto que comenzó a pintar desde muy joven. Con quince años ya realizaba excelentes retratos, y, aunque ella no se consideraba únicamente como retratista, lo cierto es que el dominio que llegó a adquirir dentro de esta temática es innegable, tal como podemos comprobar en los dos cuadros anteriores que he seleccionado de su extensa producción.

El primero lleva por título Retrato de una dama, realizado en 1780. El siguiente es de un personaje masculino: el que corresponde a su padre Joseph Johann Kaufmann, al que también lo muestra en plano medio y en el que se aprecia la madurez pictórica que Angelica había adquirido en el retrato de personas cercanas a su entorno.



Como cabía esperar, las escenas predominantes en el mundo de una artista del siglo XVIII eran de tipo femenino, pues a pesar del prestigio que había alcanzado, dado que fue una de las fundadoras de la Royal Academy of Art de Londres, lo cierto es que contar con modelos masculinos en su taller de pintura resultaba bastante cuestionable socialmente para la moral imperante de entonces.

Un ejemplo de este mundo de la intimidad femenina lo manifiesta el lienzo Tres hermanas, de 1795, cuando la autora contaba con cincuenta y un años. En el cuadro aparecen tres mujeres jóvenes que, muy cercanas entre sí, miran hacia un libro como si lo estuvieran leyendo.



Uno de los hechos más singulares de la biografía de Angelica Kauffmann fue su primer matrimonio. Así, en 1757, contando con solo dieciséis años, se casa con un supuesto noble sueco, el conde de Horn, quien finalmente resultó ser un impostor, aparte de bígamo. Cabe entender el sufrimiento de Angelica al conocer que había sido engañada impunemente, ya que tuvo que esperar a la muerte de este personaje, en 1780, para anular a posteriori ese matrimonio.

Por otro lado, y como nos dice Ángeles Caso: “Consciente de su talento y de su calidad, Kauffmann no quiso resignarse a ser una famosa retratista más, y comenzó a practicar cada vez más a menudo la pintura de la historia, grandes cuadros con representaciones mitológicas o temas inspirados en la literatura. Ese era el género pictórico que en aquel momento del Neoclasicismo se consideraba superior a todos”.

Ciertamente, las temáticas históricas o mitológicas obligaban a los pintores a tener sólidos conocimientos intelectuales, al tiempo que una gran competencia en el dibujo y la composición. Esto lo apreciamos en el cuadro Ariadna abandonada por Teseo, de 1774, en el que se aprecia un dominio de la figura femenina, plasmada con cierto lirismo y lejos del dramatismo que podía esperarse en la figura mitológica de Ariadna.



Quizás el lienzo más exitoso de la artista suiza haya sido el que llevaba por título La artista dudando entre la Música y la Pintura, realizado en 1791 o en 1794 (se desconoce la fecha exacta), en el que vemos a la propia autora en el centro de la escena, rodeada entre la musa de la Música y la de la Pintura, ya que estas dos manifestaciones artísticas fueron sus pasiones a lo largo de su vida.

Angelica Kauffmann mantuvo su fama y su prestigio a lo largo de su vida. Así, cuando falleció el 5 de noviembre de 1807 a los sesenta y seis años en Roma, donde se había instalado tras haber contraído un nuevo matrimonio con el pintor italiano Antonio Zucchi, tuvo un claro reconocimiento social, ya que su funeral fue organizado por el escultor neoclásico Antonio Canova, de modo que dos obras suyas fueron llevadas en procesión hasta la iglesia de Sant’Andrea delle Frate donde fue enterrada.

AURELIANO SÁINZ


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