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28 de febrero de 2020

  • 28.2.20
Hay amores nada solubles que anidan como masas etéreas en algún lugar recóndito de nuestra memoria y que van creciendo con los años, a veces mitigando su dolor o su placer extraviado y, en ocasiones, creciendo como una larva que invade la vida presente y se mueve a su antojo como un fantasma reconocido y seguido a nuestro antojo y tal vez al suyo también.



Pero esta incógnita nunca lograremos dilucidarla. Y tal vez así sea mejor. Esquivamos todo obstáculo que no conduce a la razón y tal vez cuando tocamos los sentimientos debamos ingerir unas píldoras de demencia o insensatez.

Eduardo Mendicutti, en su última novela, Para que vuelvas hoy, trata uno de estos amores de un solo día o bien de una sola noche. En el libro, Isabel, ya anciana, le cuenta a Marta episodios de su pasado. En estas confesiones, la cuidadora descubre una vida plagada de emociones y de desvaríos.

Sobre todo, descubre que Isabel ejerció la prostitución y que, como consecuencia, conoció a muchos hombres. A sus 82 años, Isabel había logrado olvidarlos a todos, excepto a Fernando, con el que ella fue delicada y atenta, y al que le devolvió las quinientas pesetas pagadas por sus servicios amatorios con esta nota que dejó en un bolsillo de su chaqueta: “Para que vuelvas hoy”. De ahí el título. Pero este hombre nunca más volvió.

Sin embargo, a la mañana siguiente, el amante efímero dejó a su nombre en la recepción del hostal donde se hospedaba ella un enorme ramo de flores que le había costado las mismas quinientas pesetas que ella le había perdonado el día anterior. Cuenta la anciana en esta novela divertida y dolorosa que aquel hombre, de quien nunca más supo, se convirtió en el amor secreto de su vida.

Tal vez sean secretos porque nunca le contamos a nadie estas peripecias de desvarío que solo conducen a la felicidad. No hay que engañarse: no es fácil administrar los momentos felices. Empezar la relación como un huracán, sabiendo que, después, solo en unas horas, el paisaje solo deja a su paso una dehesa de soledad.

Sin embargo, nadie abandona aquella habitación siniestra que en los sueños es otra, casi indefinida, y que no se parece a ninguna otra. Duran tan poco esos amores de un solo día, o de una sola noche, con su desayuno o su cena, con un adiós precipitado o su despedida eterna, que no nos atrevemos a ponerle remiendos a los recuerdos más sólidos. Y, sobre todo, con su final inesperado e irremediable

A veces, solo a veces, compartimos esos momentos clandestinos con alguien que no es cercano porque, en esa distancia que el tiempo amortiza en olvido, encontramos la coartada perfecta para exponer ante cualquiera esas horas bravías que el vecindario ignora.

No se trata de sueños. Que todos, de alguna manera, damos forma cada noche sin voluntad. Sino de esos sueños reales, pero tan efímeros como estrellas fugaces. En realidad, cuesta pensar que solo unas horas de pasión desbordada nos deje enervados de por vida en otro sueño que, este sí, es ya onírico.

Pero cuando dejamos de evitar sus efectos y que vuele a sus anchas alrededor de nuestras vidas, haciendo a estas más ricas y brillantes, más anchas y generosas, logramos recordar con precisión aquellos momentos compartidos con alguien a quien, en realidad, nunca conocimos, de quien a veces solo sabemos el nombre y, en otras, tampoco sabremos nunca si nos mintió al desvelar su identidad. Y en ese instante solo sonreímos. Porque sabemos ya que poco importa. La magia de todo recorrido, como la propia vida, es que tiene su propio fin. Y cuando lo descubrimos sabemos que ahí no hay tristeza, sino solo sabiduría.

Muchos de estos amores fugaces surgen de un encuentro casual y se ven interrumpidos por el mismo sentido azaroso de la vida, que igual nos lleva que nos trae de una reflexión madura y acertada a un error de ensueño. En otras ocasiones, el momento lo busca cada cual, y él o ella, ya con una vida solvente al lado de otro o de otra, busca la causalidad, y la casualidad, del instante para hacer tangible el sueño.

Y es entonces cuando declara a aquella persona los sentimientos escondidos de años, de cuando ambos eran jóvenes y el mundo parecía fabricado de porcelana. Y se lo tiene que decir, porque la vida esconde momentos que no pueden morir en nosotros y con nosotros, sino que hay que dejarlos que vivan en otra persona, a la que también pertenecen. Sabiendo, eso sí, que después el sentido común se impondrá al desvarío.

La literatura está llena de estos amores efímeros, imposibles y callados. Pero ahora, a mis años, sé que estos sentimientos indomables no nacen con los sueños. Sino que los arrastramos día a día en nuestras vidas y los sacamos a volar cuando la noche nos llama al descanso.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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