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21 de septiembre de 2019

  • 21.9.19
Cada vez que veo un anuncio y hay a un famoso publicitando las casas y webs de apuestas me entran ganas de echarles una maldición a todos los que están involucrados en ese mundo. Ando por los barrios y no veo bibliotecas o asociaciones culturales, pero sí encuentro en cada esquina una casa de juegos, con luces y colores llamativos.



Jóvenes desesperados, sin visos de futuro, con tasas elevadas de desempleo y una sociedad que te da patadas para que compres cosas, cuanto más caras mejor, para formar parte del redil de los guays y, sobre todo, para que puedas colgar tu foto en las redes. Eso sí, desde el último modelo de teléfono inteligente y, cuanto más grande, mejor.

La semilla de la adicción al juego prende como una mecha en un campo de trigo seco. Es fácil. No puedo adquirir todo lo que yo quiero, no tengo perspectivas de cambio de vida y el caminito que se vislumbra es más fácil: el juego. El puto juego que te atrapa haciéndote creer que puedes conseguir todo lo que deseas, que es fácil lograrlo y que se trata solo de insistir.

Y de repente, la persona se ve atrapada en una cárcel invisible que le hace creer que ella "controla", que ella es la que dirige su vida y que El Dorado está cerca. Deja de relacionarse con su familia y amigos; le deja de interesar todo aquello que no sea echar una moneda o sentarse en una timba de póquer.

Si coge dinero de la carrera de sus padres, no se siente culpable, total ya se lo devolverá con beneficios. Él va a ganar. Si está casado o con hijos, da igual: lo hace por ellos. Hasta que llega un día en el que el juego es su único dios y él se ha convertido en su seguidor más fiel.

El cerebro deja de pensar, de sentir, de cuestionarse cosas. Solo quiere su droga: una partidita más. Ya no le importa nada, ya no existe nada, ni nadie. Es un ser abducido que vaga solo por la calle, intentando obtener cualquier moneda que le permita, si no matar el mono, al menos adormilarlo.

En ese pozo cae mucha gente, pero es un camino unidireccional que te permite entrar fácilmente, pero te impide salir. Se necesita mucha fuerza y cuerdas ajenas para subir desde el agujero. Y los que lo consiguen viven siempre alerta porque el lobo de la adicción no duerme...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


DEPORTES - MONTILLA DIGITAL



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