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21 de julio de 2019

  • 21.7.19
A pesar del rechazo de cierto sector de la población, lo cierto es que vivimos en sociedades multiculturales y, aunque se piense que esto es un fenómeno reciente, basta echar un vistazo a la historia para entender que los pueblos se han cruzado y mezclado entre ellos, por lo que encontrar una población pura y homogénea se convierte en una tarea casi imposible.



Esto lo sabemos de primera mano aquellos que trabajamos en el campo educativo, dado que resulta muy difícil localizar un centro público en el que no haya niños o niñas provenientes de otros países, que, en su mayoría, hablan otras lenguas y portan otras culturas, en algunos casos, muy distintas a la nuestra.

Y esas diferencias se convierten en dificultades o barreras que los escolares de familias provenientes de otros países tienen que solventar. Quizás, el idioma sea el que más pronto resuelven, dado que la adquisición del bilingüismo en las primeras edades se obtiene con relativa facilidad; no así, en edades mayores en las que la lengua materna se ha afianzado con fuerza, por lo que el aprendizaje de otro idioma se convierte en una tarea que hay que afrontarla con empeño.

Los aspectos más complicados para una buena integración, como veremos, son los religiosos, los culturales y los raciales, especialmente para aquellos niños o niñas que llegan con edades en las que esos factores los tienen muy afianzados a través de sus propias familias.

Y cuando digo religiosos me refiero a que, con frecuencia, las familias inmigrantes pertenecen a otras creencias religiosas, con unos hábitos, unas costumbres y una moral en ocasiones diferenciadas de las que existen en nuestro país.

También hay que contar con las diferencias raciales, pues, aunque en los centros se eviten las discriminaciones, son elementos que de un modo u otro pesan en los escolares, ya que los escolares inmigrantes acaban considerándose distintos a sus compañeros o compañeras de aula.

Para que veamos cómo algunos de ellos se perciben dentro de sus grupos familiares, he acudido a una selección de sus dibujos, puesto que, básicamente, nos informan de sus relaciones dentro de la familia, así como de sus ideas y emociones. Son los sentimientos que expresan en las escenas que han realizado en el aula cuando acudimos a sus colegios a plantearles que realizaran el dibujo de “una familia”, aunque, como ya sabemos, acuden a la propia, dado que no tienen un concepto genérico de familia.

Este breve del estudio de las familias inmigrantes lo comienzo con el dibujo que me sirve de ilustración del artículo, que es el que realizó una niña árabe de familia musulmana (para evitar el error bastante frecuente al confundir árabe con musulmán, debemos considerar que hay árabes que son cristianos, que pertenecen a otras confesiones religiosas o, sencillamente, son laicos).

Como podemos apreciar, el dibujo lo presenta enmarcado en un rectángulo a modo de fotografía y con cuatro pequeños corazones en los vértices. En el centro del grupo representa a sus padres, para, a continuación, y en el lado izquierdo, dibujarse a ella misma con trenzas y, en el derecho, a su hermana pequeña con coletas.

Lo más llamativo es que su madre tiene el pelo negro y lo lleva siempre cubierto por un velo; sin embargo, la niña se lo dibuja con mechas rubias y descubierto. Parece que esta tradición musulmana la incomoda, puesto que ve a las madres de sus compañeras de clase que no llevan el pelo tapado, por lo que acaba sintiéndose distinta a ellas.



Pudiera pensarse que el rechazo al velo que manifiesta la niña anterior es un caso aislado; sin embargo, tengo en el archivo más ejemplos de esta especie de desaprobación no consciente al ver a la madre con su pelo cubierto. Es lo que le acontece a este niño marroquí de 8 años que, a través del trazado de figuras muy ingenuas, representa a su madre con un pelo negro y muy largo, pero sin el velo, puesto que percibe que todas las mujeres de nuestro país no se cubren, por lo que, través del dibujo, manifiesta su rechazo al ver a su madre de manera distinta a las demás mujeres del país de acogida.



Otra de las manifestaciones que niños de familias inmigrantes expresan en sus dibujos se produce con el recuerdo que mantienen de su vida anterior y que, habitualmente, lo hacen a través del trazado de la casa que dejaron en su país de origen. Esto es lo que expresa un niño egipcio de 9 años y que lleva seis viviendo en España. Cuando en su clase se les pidió que dibujaran la familia, acudió a la representación de la suya, de modo que, al fondo de la lámina, aparecen dos casas en la lejanía: la que conoció en Egipto y la otra que es la que corresponde a España. Es el recuerdo de sus años de la primera niñez y que, posiblemente, añore.



Algo similar es lo que expresa este niño de 8 años de origen cubano que vive con su familia en nuestro país. En su caso, no ha tenido problemas a la hora de oscurecer el color de la piel de su padre, de su hermano mayor y de él. He de apuntar que su padre, tras el divorcio, se casó una mujer de piel blanca, por lo que a ella y a su hermano pequeño les aplica tonalidad clara en sus rostros. Lo más llamativo es que traza un espacio rectangular en la parte superior, como si fuera el campo, y a lo lejos una pequeña casa. Al preguntarle al autor sobre este hecho, me indicó que era la que tenía en Cuba y que se acordaba mucho de ella.



El autor del dibujo precedente, de 11 años, y que acabamos de ver, es marroquí que vive en España con su padre y su hermano mayor. Su madre permanece en Marruecos con su hermana. A la hora de representar a la familia, comienza por él mismo, continúa con su hermano mayor y acaba con su padre. Los tres forman una unidad separada de la de su madre y su hermana. La separación se debe a que ellos llegaron en barco atravesando el mar a través del estrecho de Gibraltar, que el autor lo representa como un río que divide a una ciudad en dos partes: una española y la otra marroquí



Hay casos en los que niños o niñas de otras razas se sienten distintos, sea porque simplemente comprueban su diferencia de piel con los compañeros de la clase o porque estos se lo hacen notar de diferentes modos. Es lo que le acontece al autor del anterior dibujo, perteneciente a una familia africana de raza negra. El color oscuro de su piel le hace sentir que es especial dentro de la clase. Esto lo manifiesta en la singular escena construida, dado que se ha dibujado con su hermano mellizo, ambos de 8 años, junto con sus padres y su hermana pequeña, sin que haya coloreado a las figuras. De este modo, evita sentirse distinto a sus compañeros de raza blanca.



En las aulas también nos podemos encontrar niños y niñas que pertenecen a familias mixtas, de modo que el padre o la madre son españoles al tiempo que la otra figura paterna o materna es originaria de un país extranjero. Es lo que le sucede a la autora del dibujo precedente, que se dibuja al lado de su padre, de origen senegalés, siendo su madre española. A ella no le molesta el color oscuro de su piel, pues también lo emplea en sus hermanos más pequeños; el que su madre tenga la tez más clara no le supone ningún problema.



Quiero cerrar este trabajo con el dibujo de un niño árabe de 11 años, quien nos entregó este trabajo de la familia. Al preguntarle por su dibujo, nos indicó que lo hacía recordando cuando él y su hermana fueron de vacaciones con sus padres a Egipto, donde vieron las pirámides y una momia. Tengo que aclarar que su padre portaba en el viaje una vestimenta claramente occidental y veraniega, mientras que su madre tuvo que llevar puesta la ropa tradicional de la mujer musulmana, incluso en el desierto, para no incomodar a los familiares que tenían en ese país.

AURELIANO SÁINZ


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