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8 de marzo de 2015

  • 8.3.15
Febrero de 2012. Me encuentro la clase atiborrada de estudiantes. Superaban la cifra de cien, por lo que en el aula era difícil mantener el silencio, ya que bastaba que yo girara la cabeza para hallar a algunos charlando entre sí. Lo cierto es que el apoyo que les había prestado para que un grupo de ellos no tuviera que asistir por la tarde a clases se había vuelto en contra, dado que resultaba muy incómodo explicar y establecer algún debate abierto.



Me doy cuenta que algunos del final tienen sobre la mesa su móvil que lo miran de vez en cuando. Puesto que ya me conozco sus nombres, le pregunto a una alumna de las que se encuentran en las primeras filas la razón por la que acuden a mirar los móviles.

“Aureliano, es que están con el ‘guasa’”. “¿El ‘guasa’? ¿Y eso qué es?”. Intenta explicarme que es la forma con la que ahora se comunican entre ellos, porque los SMS les cuesta dinero y de este modo no.

“Pero vamos a ver, Nora, ¿de verdad se llama ‘guasa’?”, le inquiero con cara de incredulidad, ya que su acento andaluz es muy fuerte y me temo que el nombre no sea tal como ella me lo dice. “Sí, sí, ‘guasa’, así es como se llama”.

La invito a que venga a la pizarra y lo escriba para que yo me aclare y me aprenda el nombre de la nueva aplicación con la que se escriben mensajes. Puesto que no lo tiene muy claro, el compañero que se sienta a su lado sale en su lugar, coge la tiza y escribe con letras bastante grandes para que lo veamos todos: ‘WhatsApp’.

“Vaya. Así que este es el ‘guasa’ con el que os enviáis vuestros mensajes y del que muchos estáis pendientes en vez de seguir las explicaciones que, en medio de este barullo, intento llevar adelante en las clases”.

Ya que como he apuntado los conozco a todos por sus nombres y la relación con ellos es bastante buena, puesto que son alumnos y alumnas de último año de carrera, les pregunto: “Vamos a ver, dado que hemos debatido a fondo los medios de comunicación y la publicidad, ¿podríais levantar la mano quienes pensáis que estáis enganchados a Facebook, Twitter o el ‘guasa’ que dice Nora?”.

Aproximadamente unos quince reconocen sin ningún tipo de tapujos que están verdaderamente enganchados a las redes sociales o a la nueva aplicación que por entonces comenzaba a abrirse paso aceleradamente entre la gente joven, y no tan joven. Cifra un tanto preocupante, más aún, sabiendo que no todos se han mostrados tan decididos para reconocer esta adicción.

Octubre de 2014. Han transcurrido casi tres años desde que me hiciera cargo de que un nuevo medio digital arrasaría, puesto que, según he podido leer, el 98% de los que tienen móviles han instalado WhatsApp en los mismos. Somos, pues, una minoría muy minoría los que no estamos seducidos por la nueva aplicación que la marca Facebook de Mark Zuckerberg adquirió no hace mucho por la nada desdeñable cifra de 18.000 millones de dólares.

Es indicio del enorme éxito que ha tenido esta aplicación entre todo tipo de gente, por lo que ya forma parte de la vida cotidiana de muchos que disfrutan cuando escuchan el sensual y susurrante silbido en su móvil.

Sin embargo, y como no todo va a ser loas a las nuevas tecnologías, he de indicar que a mí me desespera cuando veo a alumnos o alumnas que, mientras explico en clase, los esconden tras las mochilas que han puesto sobre las grandes mesas de dibujo para atender a las llamadas que reciben. Bien es cierto que al iniciar el curso indico tajantemente que los guarden y que no quiero estar repitiendo esta cantinela a lo largo del mismo. Para algunos, como si dijera misa.

Y no es solo la adicción que presentan ciertos estudiantes a las nuevas tecnologías; el problema añadido es que, debido a los múltiples sistemas digitales de relaciones virtuales, sus capacidades de concentración han disminuido considerablemente. Esto ha dado lugar a que el libro haya prácticamente desaparecido de sus aficiones, lo que es una gran pérdida, pues la lectura ayuda a la concentración, a la reflexión y a saber estar solo consigo mismo.

Marzo de 2015. Parece ser que ya se han ido definitivamente los fríos invernales. El mes se presenta con un tiempo apacible que invita a salir a dar caminatas. Es lo que hago este curso por las tardes, puesto que las clases las tengo todas por las mañanas temprano, por lo que me resulta más fácil iniciarlas antes de que se ponga el sol.

Comienzo por el extenso Vial Norte, tomando rumbos distintos según los días. En el paseo encuentro a gente joven haciendo footing, con o sin auriculares. Abuelos que siguen disciplinadamente los consejos de sus médicos. Señoras con chándales multicolores en busca de las líneas perdidas. Parejas muy felices portando a sus bebés en sus cochecitos. Jubilados con mini perritos de esos que tanto se llevan ahora. Niños y niñas con bicis, patinetes o pelotas. Y móviles, muchos móviles por todas partes…

Escenas y paisajes que a buen seguro se repiten por los paseos a lo largo y ancho de la geografía española. Escenas de las tardes vespertinas que anuncian que se acerca la primavera.

De pronto veo algo que me llama poderosamente la atención. En medio del gentío encuentro sentada plácidamente a una chica en un banco metálico. Se halla sola y parece no atender a lo que hay a su alrededor. Pero, lo insólito es que ¡está leyendo un libro! No puede creérmelo. Y es que, para colmo, compruebo que es un libro un tanto voluminoso.

“¿Qué hace ahí sentada enfrascada en la lectura?”, me interrogo al momento. “Quizás tenga problemas en su familia y quiera evadirse de ellos” o “Posiblemente haya roto con su novio y busque consuelo en un gran novelón de largas intrigas que la alejen del recuerdo de su amor perdido”.

Voy dándome diferentes explicaciones ante este asombroso hallazgo. De pronto regresan a mi mente algunas advertencias escuchadas tiempo atrás y que dan con la clave.

“¡Ya está! Posiblemente sea una antisistema de las que nos advirtió la señora Aguirre (doña Esperanza), con el consejo de experta sexagenaria de que tuviéramos mucho cuidado con estos a los que les gusta leer y pensar por su cuenta. Son gente peligrosa. Gente que duda y no se cree lo que dicen nuestros líderes políticos. En fin, gente radical que quiere trastocar el orden establecido”.

Me alejo de la chica. Camino hacia un parquecillo que se encuentra en los inicios de la avenida Carlos III. Retorno la normalidad: abuelos que siguen los consejos de sus médicos, señoras con chándales multicolores, mini perritos que acompañan a sus dueños, niños con sus patinetes… y muchos, muchos móviles.

AURELIANO SÁINZ


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