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11 de noviembre de 2012

  • 11.11.12
Una de las ventajas de los nuevos medios de comunicación, con especial significado el de internet, ha sido la posibilidad de leer la prensa digital de cualquier parte del mundo. Como en otra ocasión escribí, creo que la comunicación por la Red ha supuesto una revolución cultural tan grande como la que se originó, en el siglo XV, con la invención de la imprenta de tipos móviles por Johannes Gutenberg.

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Y es que en la actualidad, para algunos se nos ha hecho tan habitual la lectura matinal de los diarios en pantalla que ya es un hábito del que nos costaría mucho prescindir. Como cualquiera que ya esté familiarizado con este tipo de lectura, cada uno de nosotros tenemos un grupo de medios seleccionados a los que accedemos de manera regular.

En mi caso, aparte de los medios nacionales, también suelo leer la prensa de mi tierra de origen, Extremadura, pues mantengo con esta comunidad unos vínculos estrechos, tanto por razones familiares como por motivos de amistad y trabajo.

Pues bien, recientemente, en el diario Hoy que representa el medio decano de la prensa extremeña leo un artículo que me ha parecido interesante y que puede ser motivo de cierta reflexión. El titular era el siguiente: “Cuando el hombre se pone el mandil. En Extremadura hay 5.200 amos de casa más que hace 4 años”.

El artículo se inicia con un ejemplo concreto, antes de pasar a exponer el contenido que explique el titular de la noticia. Así, comienza con la vida de un diseñador gráfico, especializado en medios audiovisuales, que estuvo durante un cierto tiempo en Guinea y que al volver a España con su mujer y su hijo pequeño se topó con la dura realidad de nuestro país, de modo que él no encontró trabajo, mientras que su mujer, periodista, sí lo logró.

“Busqué trabajo, pero lo que me ofrecían no merecía la pena económicamente, teniendo en cuenta que había un niño al que alguien tendría que cuidar. Después de hacer las cuentas vimos que pagábamos por ello y el beneficio que nos iba a quedar sería mínimo”, explica Carlos M., el protagonista de este artículo.

El periodista firmante del artículo continúa del siguiente modo hablando del entrevistado: “Ahora continúa buscándolo, enviando currículos por internet en los huecos que consigue hacer entre barrer, tender la ropa, organizar la despensa, preparar la comida o recoger al niño del colegio. El grueso de su tiempo se lo lleva un trabajo, el doméstico, que califica como sacrificadísimo y muy poco valorado”.

Carlos M. es uno de los 5.200 hombres que se han convertido en amos de casa en Extremadura entre junio de 2008 y septiembre de 2012, según la Encuesta de Población Activa.

De entrada, el artículo expresa la dura realidad con la que se tienen que enfrentar las parejas jóvenes, tanto él como ella, cuando inician una nueva vida al formar una familia. Sobre esto creo que no es necesario que me extienda mucho, pues si hay algo verdaderamente sangrante con los recortes que exige este capitalismo despiadado que ahora palpamos es dejar a gente muy preparada sin trabajo o con sueldos miserables.

Otra reflexión que podemos hacer es el cambio positivo que se ha producido en las concepciones masculina y femenina en cuanto al trabajo doméstico. Por suerte, ha llegado una generación a la que no les supone un trauma el que el hombre comparta las tareas domésticas, o, llegado el caso, que el hombre asuma las mismas en espera de tener un trabajo.

En la actualidad y de forma mayoritaria, el derecho al trabajo ya es entendido como un derecho individual, tanto para el hombre como para la mujer, independientemente de su estado social. Esto ha supuesto, en cierto modo, romper con dos conceptos afianzados fuertemente en nuestra sociedad: el de “cabeza de familia” y el de “ama de casa”.

Y es que estas dos expresiones reflejan la concepción tradicional que se tiene del hombre y de la mujer dentro de la familia y del hogar. Así, “cabeza de familia”, expresión que por suerte ha perdido vigencia, nos remitía al padre como el responsable de ese grupo social, es decir, el que tenía el poder y representaba al resto de los miembros que tenían que obedecerle siempre (incluida la mujer).

Por otro lado, “ama de casa” era el atributo que recibía la mujer que ejercía su trabajo entero en el seno de la familia, y que, por cierto, no se reconocía como tal trabajo sino que administrativamente se aludía a él como “sus labores”, algo así como si fuera un hobby de un “trabajo sacrificadísimo y muy poco valorado”, tal como manifestaba el entrevistado en el artículo aludido.

Ciertamente, el trabajo doméstico es muy sacrificado y no tiene reconocimiento social. Esto da lugar a que sean muy pocas las parejas que realmente lo compartan, que sería lo razonable tanto si ambos trabajan fuera del hogar (situación bastante difícil en los jóvenes en la actualidad) como si se encuentran sin trabajo, o que haya una participación cuando uno de ellos es el que tiene la suerte de tenerlo.

Porque hoy, paradójicamente, hay que hablar de suerte tener un trabajo digno, cuando es un derecho humano básico, que está por encima de los rescates a los bancos (que, por cierto, no aparecen en ninguna declaración de los Derechos Humanos).

Pero no nos equivoquemos: a pesar de estas transformaciones positivas que se han dado, se sigue vinculando el trabajo del hogar con la mujer, puesto que, de puertas adentro, el discurso de la equiparación que algunos predican se acaba cuando se cierra la puerta.

Para dar fiabilidad a esto que afirmo, me baso en una de las líneas de investigación que llevo a cabo, acerca de la cual publico con cierta regularidad en este diario. Pues bien, de los muchos dibujos que tengo recogidos a lo largo de tres décadas sobre la familia, y refiriéndome a aquellos en que los miembros se encuentran dentro de la casa, solamente hay uno en el que aparece el padre y la madre compartiendo tareas.

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Es el que ahora muestro como un hecho excepcional. Así, vemos en la escena trazada por un chico de ocho años que ha representado, en primer lugar, a su padre con una escoba barriendo; le sigue su madre que está utilizando la lavadora; en tercer lugar, se ha dibujado a sí mismo con un balón; para finalizar, en cuarto y último lugar, aparece su abuela que está cerca de la mesa camilla.

La verdad, es que tener un único dibujo, entre cientos de ellos, en el que el autor ha interiorizado el reparto del trabajo doméstico a través del ejemplo que él mismo ve de manera habitual en su casa, no es excesivamente halagüeño desde la perspectiva de la igualdad que creo debe ser el horizonte de la relación hombre-mujer.

Y no solamente un horizonte de tipo teórico sobre el que podríamos estar debatiendo largo y tendido. Soy de los que consideran que lógicamente, además de quererse, el dialogar sinceramente y compartir inquietudes y las distintas tareas que se dan en la vida en común puede conducir a una verdadera amistad en la pareja.

Y es que la amistad es una de las grandes conquistas que puede darse entre el hombre y la mujer, pues tal como apunta Castilla del Pino: “La amistad, lo más importante. Y el amor, siempre que derive en la mejor amistad”. Y todo ello a pesar de que hay muchos empeñados en afirmar que no es posible la verdadera amistad entre el hombre y la mujer.

AURELIANO SÁINZ


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