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CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

4 de marzo de 2012

  • 4.3.12
Familiarizados como a estas alturas estamos con las nuevas tecnologías, que ya no sabemos movernos sin ellas, reparo en que también nos ha aportado un nuevo sistema de mediciones. Algo así como unas flamantes Tablas de la Ley para saber con exactitud lo que deja caer el espíritu de nuestra letra en la balanza del espacio digital, cada vez que nos da por escribir algo.

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Durante cincuenta semanas he tratado de comprimir mis opiniones sobre esto y aquello en un par de folios, unas veces más, otras menos. Para mí, acostumbrado al recorrido corto de la concisión que es habitual en los noticiarios de televisión, ha sido la manera de probarme en distancias algo más largas.

Vaya, que después de unas cuantas décadas de oficio, he tenido oportunidad de aventurarme en un género periodístico que apenas había frecuentado, hasta ahora. Y ha sido estupendo. Sentir que eres columnista te da solidez.

En este año de contacto semanal con los lectores de Montilla Digital, los artículos que han ido saliendo los he contabilizado en kilobytes, de acuerdo al cuadro de unidades de medida al uso.

Con este procedimiento, que nos permite conocer la dimensión del archivo de memoria que estamos utilizando, cada una del medio centenar de entregas de esta serie de colaboraciones ha venido a tener un peso promedio de 32 kB, especificado así con la correspondiente abreviatura, para entendernos.

Pues este, querido público, es literalmente el peso que a partir de ahora me quito de encima. Así que estoy llegando hasta el final, como se titula una cautivante canción de Alaska y Los Pegamoides.

Cuidado, no lo digo con el desahogo de quien se libera de una obligación -que en mi caso, desde luego, no lo ha sido-. Es que, a pesar de la frialdad del tecnicismo, aprecio un rasgo marcadamente humano en ese registro.

En estos 32 kB se han agrupado sufrimientos, dudas, sílabas indignadas, pero también en su seno he encontrado alegría y, de vez en cuando, una pizca de felicidad. Lo de la felicidad daría para un libro. Su carencia hace perder la cabeza a las personas. Es privación difícil de soportar. Sin ella, solo vamos tirando por la vida.

No es cosa de enredarse en disquisiciones filosóficas sobre este eterno anhelo de la gente, la consecución de la dicha, esa sensación huidiza. La felicidad no tiene peso. Es un sustantivo abstracto, como una vez les explicó el profesor de Lengua y Literatura a sus alumnos (entre ellos, mis hijas Aurora e Isabel), durante la entrega de diplomas en un final de curso, en el Instituto de Enseñanza Secundaria “Playamar”, de Torremolinos.

Puede ser incorpórea, inaprensible y no se puede mercadear con ella. No se han inventado reglas, ni hay logaritmos que puedan mensurar su tamaño. Pero es verdad que algunos días, al teclear estos artículos, la he sentido, leve, a mi lado. Por eso digo que hacerlos, aunque algunos se hayan resistido, no ha sido una carga, en ningún momento.

Al decir que no me ha pesado hacerlos, he recordado una horrible práctica que era común en las aulas españolas no hace muchos años. Como castigo para los estudiantes poco aplicados, se tenía la costumbre de ponerlos de rodillas con los brazos extendidos, como un Cristo martirizado, sosteniendo en cada una de sus manos un voluminoso libro. Nunca observé valor pedagógico alguno en este tipo de reprimendas. Me parecían salvajadas inaceptables.

Eran horribles. Primero, porque se humillaba públicamente delante de sus compañeros al alumno al que se aplicaba tan indigno correctivo. Y segundo, porque de esa manera, por lo general, se lograba que repudiara los libros, para siempre. Para él significaban una pesadilla. ¿Cómo va a ser de otra forma si con esta espantosa represalia se asociaba los libros a un instrumento de tortura?

Es difícil que quien haya sufrido esa clase de escarmiento se sienta atraído después por la lectura. Fue un error. Había que poner libros en sus manos, pero no como una imposición. Era necesario que se acercaran a ellos, pero con las páginas abiertas. No como un aplastante peso muerto.

Violentados, con esos textos apretando la palma de sus manos, solo aprendieron una lección, la del odio y el rencor. No es el peso de la literatura, sino el del castigo desproporcionado. A ellos, víctimas de esta concepción cuartelera de la educación, les tocó la carga de los libros, no su caricia. Y no saben la diferencia que hay.

Es como cuando se habla del peso del alma. Existen experimentos científicos que lo tasan en 21 gramos, que es la ligera cantidad que se dice pierde el cuerpo al producirse el fallecimiento. Pero me opongo a que algo tan espiritual como la noción de alma pueda tener un valor equivalente para todo el mundo. Un señor de la guerra, que por definición es un desalmado, no puede compararse con alguien que se ha llevado toda su existencia haciendo el bien.

El maestro -mejor dicho: el inquisidor- que reprobaba con saña a sus pupilos poniéndolo contra la pared a la vista de todos, tenía el alma anoréxica, si es que la tenía. Quien abusa de su poder, esclaviza y hace sonar la bolsa de sus ganancias con la miseria de los demás, carece de ella. Pueden tener éxito social y político, pero no son santos de mi devoción.

Los que por método se dedican a fastidiar a sus semejantes cogiendo lo que no es suyo ¿cómo van a tener alma? Les sobrarán los abogados pero yo no me pongo en su pellejo. Conozco a unos cuantos a los que se le amontonan los pleitos pendientes. Se desesperan mirando la lista de citaciones judiciales.

Es lo que les suele suceder a los malincuentes, término ingeniosamente acuñado por Robe Iniesta, el cantante y letrista de Extremoduro. Están imputados en tantas causas abiertas que se van a tirar entre la cárcel y los banquillos de los acusados media vida. Y cuando ésta se acabe por entero, aún les esperará uno más, el Juicio Final, para su desconsuelo.

Les quedará ese último trámite. El definitivo Tribunal de las Almas, según dicen los que entienden de esas desconocidas instancias. Llegarán en los huesos, hechos ceniza. Y ni así pesarán 21 gramos. Ese peso, el del alma, nunca lo tuvieron.

MANUEL BELLIDO MORA

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