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PSOE MONTILLA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

23 de febrero de 2012

  • 23.2.12
La última -por el momento- gran reforma del Gobierno, la de la legislación laboral, tampoco es que me convenza de que Rajoy y su equipo vayan exactamente por el buen camino. Y, si se fijan, digo bien: reforma de la legislación laboral, y no del mercado. En nuestro país, ponerle puertas a este campo es prácticamente imposible.

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La nueva legislación se ha vendido como una especie de bálsamo de Fierabrás que curará de todos sus males a este enfermo que es el sistema de relaciones entre empleados y empleadores en España.

Mucho me temo que que el "remedio milagroso" quede en algo un poquito mejor que un "efecto placebo". Y es que, por más que se empeñen unos en defenderla y otros en atacarla, ninguno de ellos se centra en los dos ejes fundamentales del problema: la formación y la educación.

Hablo de formación, porque ocupado como ando la mayor parte del tiempo en impartir cursos para directivos, empleados y desempleados, aún sigo encontrando frustante que la mayoría de ellos desconozcan cuestiones tales como el sistema fiscal en que se desenvuelven, cómo se gestiona la información a través de la Contabilidad o, en los casos más graves, qué diferencia un albarán de una factura.

El Gobierno ha cometido el error de definir la formación como un "derecho de los trabajadores", perdiendo así la mejor ocasión que tenía de convertirla en un "deber" de todos ellos y, por supuesto, de los empresarios.

Dejar al trabajador la opción de adquirir o reciclar sus conocimientos en un país donde cientos de miles de jóvenes abandonaron sus estudios básicos para dedicarse a ganar dinero mezclando arena, cemento y agua, es poco menos que una locura.

La reforma -aún pendiente- del sistema educativo debería incluir, al menos, conceptos básicos de Economía y Empresa para todos los alumnos de la ESO. Insisto: para todos, porque todos ellos deberán terminar, o bien trabajando para una empresa o, mejor aú,n abriendo la suya propia.

De esa forma, nos aseguraríamos que, al menos, los futuros trabajadores y empresarios supieran qué se traen entre manos, y no -como ocurre en la actualidad- dejándose manipular por unos y otros en beneficio propio.

Y hablo de "educación" no en el sentido académico -evidentemente, ese ya se incluye en el epígrafe "formación"- sino haciendo referencia a la necesidad de interiorizar los valores que mueven a cada una de las partes del conflicto.

En el mercado laboral hay oferentes y demandantes, pero en nuestro país se asume que lo que hay son empresarios explotadores y trabajadores vagos. Y esto no puede seguir así.

Es absolutamente prioritario un proceso de empatización por parte de todos los agentes que intervienen en el mercado laboral: que cada trabajador conozca los riesgos y obligaciones que tiene su empresario, y que cada empresario sepa hasta qué punto el trato dado a sus trabajadores puede revertir en aburrimiento, desgana y conflictividad.

Se me antoja tremendamente difícil que ocurra en España una cosa así. Existiendo dos organizaciones presuntamente -solo presuntamente- representativas de ambas partes, eternamente enfrentadas, dados sus objetivos y procedimientos más políticos que técnicos.

Naturalmente -y ahí está la Historia Económica de España para corroborar lo que digo-, mientras esta situación no cambie, cualquier eventual disminución de la actividad económica en nuestro país se resolverá mediante un ajuste del nivel de empleo.

Es tan triste como que este último golpe se ha llevado por delante más de tres millones de empleos. Pero así ha sido siempre y así seguirá siendo, independientemente de que haya más o menos tipos de contrato, más o menos días de indemnización o una regulación más flexible o más estricta de las relaciones laborales.

Orra cosa distinta es lo que nos quieren hacer ver, tanto de parte del Gobierno como de parte de sindicatos, empresarios y oposición. Por cierto, patética la actuación de unos y otros, pero una vez más, especialmente sucia la acción de Rubalcaba y el PSOE y los sindicatos de clase, UGT y CCOO.

No me gusta la reforma, pero acusar al Gobierno de ser el que mayores recortes sociales ha hecho "en la historia de la democracia", cuando acaban de dejar al país hecho una auténtica piltrafa es, cuando menos, despreciable.

MARIO J. HURTADO

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