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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

3 de febrero de 2012

  • 3.2.12
Frente a los especuladores y los bancos -más sus satélites que son las agencias de calificación, que gobiernan y atemorizan nuestros días-, al tipo corriente -que, por supuesto, nada tiene que ver con la terminología bancaria al uso-, llega un momento en que sólo le queda el recurso del humor para sacudirse la inaguantable presión. En Cádiz, solar de libertades y de la burla fina, lo saben bien. Los poderosos, acostumbrados a mandar, soportan mal los mandobles de la chanza, pobrecitos. Ellos, siempre pendientes de ganar, eso se pierden.

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Luis García Berlanga, inventándose de paso un género cómico, por esperpéntico y ácido a la par que tierno, se mofó del tronío yanqui, “ese gran pueblo con poderío”, con su película ¡Bienvenido, Míster Marshall!. De forma más sutil, envuelta en una ingeniosa y encantadora letrilla, el dúo femenino Vainica Doble también le recordó al máster del universo quién es quien en el planeta: “Con un dátil por alimentación, con un dátil yo inventé la democracia, con un dátil yo te gano el maratón, no me hace ninguna gracia que me tengas compasión”.

Pero ustedes, muy juiciosamente, con las hirientes cifras del desempleo, que anda desbocado y hundiendo al personal en el desánimo más brutal, en el pesimismo sin paliativos, pueden decir que no está el patio (de butacas, lo digo por el carnaval que estos días se adueña de la calle y los teatros) para bromas.

Rondar los cinco millones de parados es una tragedia, qué duda cabe. Y sostener lo contrario puede ser tomando por quienes naufragan en la miseria, o ven cerrada su empresa de la noche a la mañana sin previo aviso, como una ofensa, con toda la razón.

Conforme. Pero la risa no es negociable. Incluso, en tiempos peores –que los hubo– la gente se distraía contando chascarrillos en los refugios antiaéreos, mientras las bombas zumbaban desgarrando azules, y destripaban el suelo.

El hambre no está en venta, el derecho al recochineo, tampoco. Porque aunque parezca algo liviano, el humor es una cosa muy seria. Pone de los nervios a los mandamases, les sienta fatal, se les indigesta la retranca.

En forma de chirigota, las comparsas le sacan punta a la actualidad. Agudizan su ingenio y así practican una entretenida e hilarante suerte de crítica social y política que no deja a nadie impune, autoridades monetarias incluidas. En la coplilla llevan la penitencia. De eso no se libran, por muy blindados que se crean.

También es obvio, como ocurre con toda reducción y simplificación, que las batallas no se ganan sólo a base de pitorreo. Pero hoy pocos dudan que el chiste se ha convertido en un eficaz instrumento de lucha. Casi siempre la más atinada descripción de la realidad se concentra en las viñetas diarias de la prensa, cuadrilátero del vitriolo y de la guasa. Con poco espacio lo dicen todo, e irritan una barbaridad.

Por eso a veces resultan tan cargantes y pretenciosas las llamadas mesas de análisis de la actualidad, que es sin duda la profesión con más futuro. No hay más que ver cómo abundan en la mayoría de los medios de comunicación. Es rara la hora y el programa que no cuenta con estos profesionales de la opinión. Están tan en boga que cualquiera de sus habituales invitados tiene más bolos que el artista más promocionado.

Por lo general, los que participan en ellas, como si fueran los ocupantes de los antiguos púlpitos eclesiales, pontifican de todo lo que se les pone a tiro, sin el menor atisbo de pudor. Qué iba a ser de nosotros sin ellos, y sus preclaras sentencias.

Hay días, y más ahora con el irrefrenable afán reformista del Partido Popular, en que no dan abasto. Y se les ve agobiados sin poder atender debidamente los temas que acucian al ciudadano. Con su manía de tener competencia en materias tan diversas, de la política y lo judicial a los chismes y la moda, se creen insustituibles.

Y lo más preocupante, descargan de la responsabilidad de discurrir por sí mismo a sus seguidores. Conozco a unos cuantos que repiten lo que oyen por ahí como cotorras. Lleve la contraria: hágase su propia idea del mundo.

Son tantas las cuestiones y los asuntos que hay que tratar, que empieza a haber lista de espera como les ocurre a los galenos de la Seguridad Social. Les falta tiempo para poner su apostilla a todo lo que se mueve.

En un momento de la película La Dama de Hierro, la propaganda favorita actual de los “neocons”, se recuerda que durante la Segunda Guerra Mundial, con intención de menospreciarlos, Hitler dijo que Gran Bretaña era "un país de tenderos".

El Führer, que no sabía contar chistes ni tenía puñetera gracia en sus aseveraciones, no logró su objetivo: ni invadió el territorio de Su Graciosa Majestad pese a que lo machacó con interminables bombardeos, ni enfadó y molestó a sus súbditos, los del Reino Unido, con esa clase de calificativos tan estúpidos. Los hijos de la pérfida Albión, nada más acabar la contienda, le pasaron el comprobante de los desperfectos, morales y físicos. Serán tenderos pero saben hacer negocios.

Pero está visto que eso de hablar mal del vecino echando mano de los tópicos más manidos no pasa de moda. Muchos de nuestros socios de la Unión Europea nos atribuyen más méritos de los que tenemos. Para ellos no sólo somos los "campeones del desempleo" sino que también nos toman por una "nación de camareros". Ese es el concepto que tienen de nosotros: el de un estado de criados y sirvientes. No te jode.

Un profundo y sesudo pensamiento que, por lo que se ve, comparte Julio Anguita. El exalcalde de Córdoba, que tan dado es a la reflexión y a llamar a las cosas por su nombre, nos sorprendió en cierta ocasión asegurando que, a falta de otras industrias, el sitio que él gobernó durante tres legislaturas era una "ciudad de camareros". ¿Se limitó a constatar la realidad económica y sociológica de la ciudad de la Mezquita o sus palabras eran producto de una mala experiencia en alguno de esos establecimientos? Él sabrá.

Pero, en lo referente a España, se equivocan de plano. El nuestro no es un país de camareros sino de tertulianos. Los hay, basta con oírlos un poco, de todos los colores. Y, en ese empeño, remarcan tanto sus postulados y posiciones antagónicas que, viéndolos, te da la sensación de que se asiste a una reproducción a escala del Congreso de los Diputados.

Está bien que se pueda disponer de estos foros públicos para el debate, pero se echa de menos comentaristas más incisivos y sin ataduras políticas. En ocasiones se nota la ausencia de voces que no parezcan un eco de lo que otros dicen, sean del Gobierno o de la oposición.

Sería terrible que fuera cierto lo que sostiene Juan Torres, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla. “Los bancos financian a los partidos, pagan a los periodistas, son los dueños efectivos de los medios de comunicación, dominan incluso la decisión de los rectores universitarios y de los líderes de opinión”.

Que yo sepa, lo juro, Botín, ese que ahora le echa la culpa de todo a los políticos, no me ha mandado ningún recibo, por ahora. Y prefiero que no se atreva. No quiero ver comprometida mi opinión libre por un cheque. Por cierto ¿a cuánto asciende?

MANUEL BELLIDO MORA

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