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19 de enero de 2012

  • 19.1.12
Es entrar en la amplia sala de redacción y, como si se tratase de una maniobra mecánica predecible, todo el mundo gira su mirada hacía él. De antemano se sabe que nada sorprendente va a salir por su boca pero no hay quien no esté pendiente de sus palabras. Es extraño pero así es. Las repite a modo de letanía, por rutina como el que desflora la actualidad sin mancharse, con guantes, usando la profilaxis del descreído al formular la pregunta esperada: "¿Hay algo nuevo que no sepa?".

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Le sigue un silencio, que no es consistente ni impenetrable ni tiene pedigrí literario alguno. Simplemente son décimas de segundos que revientan de su sopor con un chasquido: "pues poca cosa", sentencia uno de los periodistas. "Lo de casi todos los días, jefe, una ración más de abuso de poder".

Se puede incluir en esta categoría la enésima victoria del Fútbol Club Barcelona en el Santiago Bernabéu, que en sí misma es todo un exceso de autoridad, un atropello. Está visto que ante Guardiola, el demiurgo de la retórica del juego bonito y de la prudencia, Mou desquiciado entrega la cuchara.

Con él los madridistas, en estos duelos de gigantes, nos estamos acostumbrando a lo peor, a perder de mala manera. El aficionado merengue pierde la paciencia, y algunos jugadores las formas, no hace falta señalar. Pero esto, aunque fastidie, sólo es un partido, una competición deportiva.

Ahora bien, si Mourinho tiene tendencias suicidas que se despinge él solito, como dicen los cubanos. En el día a día hay cosas más serias con las que preocuparnos. Y algunas, como ahora verán, tienen la jodida capacidad de retorcerte las tripas.

Si quieren, empezamos. Lo primero que les cuento, a simple vista, resulta desagradable, repugnante. La imagen no tiene desperdicio, contiene la micción salvaje del que hace de su vida diaria un ultraje. Imagino que ya saben a qué me refiero: a ese nauseabundo olor del pis–toletazo en la arena del desierto de Afganistán.

Es la foto de la brutalidad con una carga destructiva que despedaza la compasión. Un grupo de marines del ejército de Estados Unidos, para rematar la faena, sacia la sed de unos cuantos cadáveres de milicianos talibán meándose sobre ellos. Es la orina caliente de la humillación, el chorro envenenado del odio.

En la guerra se suele decir que las leyes son las primeras víctimas; después, en fatídico desorden, van la moralidad, la ética y la estética, que también desaparecen en combate ante el pelotón de fusilamiento.

Escenas como ésta o como aquella otra en la que una oficial de la Armada norteamericana aparece fotografiada con un detenido a su lado al que lleva sujeto con un collar de perro, empujan a la deserción, al individualismo como atajo para la salvación.

Igual pienso cuando veo el llanto coral de quienes se mortifican por la muerte de su líder. El último episodio de este tipo de desconsuelos masivos, con la muchedumbre sollozando y a punto del desmayo colectivo, se ha producido en los funerales de Kim Jong–il, el siniestro y abotargado dictador de Corea del Norte que ha cometido la imperdonable ligereza de dejar huérfana a su prole, la legión que se lamenta al unísono.

Pero estos ceremoniales tan aplastantes de plañidera multitud son la negación de la persona y del derecho a la disidencia. A mí no me gustan nada: los encuentro sospechosos. Y además no son lo que parecen porque, a la larga, se ha descubierto que dando la impresión de sentido duelo nacional, lo que había en realidad es gato “enterrado”.

De modo que, so pena de exponerse a castigos públicos y ejemplares, a los asistentes más le valía adoptar expresiones compungidas hasta la exageración. Eso o una sanción: o lloras o te hacen llorar, no hay término medio. Se impone a porrazos el miedo entero.

A la historia universal de la infamia se puede llegar por otra clase de deshonor. Las formas de acceso son infinitas, tantas como tropelías existen. En ese escalafón de seres ruines el capitán del Costa Concordia ocupa plaza privilegiada. Su precipitada huida como si fuera una rata asustada lo ha dejado en el centro de las críticas.

Menos mal que como contrapunto a este fullero comportamiento, en el buque hundido abundan los hechos heroicos. Uno de ellos lo han protagonizado tres músicos malagueños. No estaban de vacaciones en el barco siniestrado sino que formaban parte de Pasarela Cuatro, el grupo musical que se encargaba de amenizar las veladas a los pasajeros. Ellos ponían la melodía en este maltrecho capítulo de Vacaciones en el mar.

Cuando se produjo el accidente estaban descansando después del primer pase de la noche. Acababan de despedirse de su público hasta una hora más tarde. Al husmearse el naufragio de porrazo, lo primero que hicieron fue comprobar que sus pertenencias, los instrumentos y todo el equipo no habían sufrido daños. Aparte de que con todo ese material se ganan la subsistencia, le tienen cariño. Después, en medio de la desbandada y del caos, lo único que se oyó fue el repiqueteo de las vajillas contra el suelo. Era el sonido del desastre.

El resto fue lo que los convirtió en seres excepcionales, por si ya no lo eran. Sin perder un instante, empezaron a poner a salvo a los turistas. Los tranquilizaron, le dieron ánimos y ayudaron en la evacuación hasta que salió el último. La naviera los había contratado como músicos y cantantes pero terminaron siendo salvavidas.

Desde un principio supieron que el crucero se iba a pique, y que los pasillos estaban taponados por el pánico. Sin embargo, no perdieron los nervios, y ayudaron a que los demás conservaran un mínimo de calma.

En el escenario se han enfrentado a peores tempestades. Están curados de espantos. Parece que no pero tienen una profesión de riesgo. No todo es entonar bien las canciones. A su regreso a Málaga han contado su peripecia: la de unos músicos que han evitado que la catástrofe fuera mayor.

El hundimiento de su trasatlántico frente a la costa de la isla de Giglio ha sacado a flote otras historias. Ellos son los nuevos componentes de la Orquesta del Titanic, aquellos que permanecieron tocando hasta el final para dar la sensación de que no había nada que temer.

El mar podía estar tragándose por completo hasta el último centímetro de la chimenea, podría remojar la bandera más alta, apagando de un soplido marino su arrogancia, y los camarotes pasarían a ser dominio de los peces, pero nada podría darse por perdido mientras siguiese sonando la música.

MANUEL BELLIDO MORA


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