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27 de enero de 2012

  • 27.1.12
De los viajes que se realizan, al cabo de los años se retienen los recuerdos en una fotografía, en una película familiar, quizás. A veces, si eres dado a dejar constancia de ellos sobre el papel, permanece un puñado de notas en un bloc (ahora en un blog, para estar acorde con los tiempos) en el que el viajero relata y comprime sus impresiones a modo de bitácora.


Al volver a casa, también traemos postales y objetos de regalo que nos recuerdan por dónde hemos transitado. Hay lugares, extraviados en el mapa, que dejan extrañas huellas en la memoria. Una fragancia, un sonido, un mosquito que te jode la experiencia, una gastroenteritis que hace que maldigas el marisco tropical, por muy grande, rojo y asequible que fuera el puñetero.

Cuando sales fuera, ves la realidad de otra forma. A veces es sorprendente la reencarnación de cosas cercanas con las que tropiezas estando a miles de kilómetros de tu lugar habitual de residencia. Me explico.

Para incontables turistas, Málaga es un destino de vacaciones preferente. Un lugar que, frente al frío de otras latitudes, garantiza sol y playa, y una temperatura benefactora y complaciente. Málaga es además un sabor, el que deja en el paladar su afamado moscatel.

Afuera es exactamente lo que evoca, un exótico toque meloso. Es estupendo que en el extranjero se identifique esta tierra por el gusto. En toda Europa, desde la refinada Paris hasta la renacida Varsovia, existen infinidad de heladerías en la que, entre otras delicias, se ofrecen sorbetes y cremosas tarrinas con sabor a vino dulce.

Es algo que no se olvida y que, por lo que se ve, agita la inspiración artística. El grupo británico de jazz rock Brand X, en el que estuvo un tiempo el vituperado baterista Phil Collins, tituló una de sus más celebradas composiciones con el nombre de Málaga Virgen.

Pero quien verdaderamente le hizo un enorme favor en la promoción internacional fue otro músico ya desaparecido, el maestro cubano de origen español Ernesto Lecuona. Su Malagueña, incluida en la suite que le dedicó a Andalucía, ejerce desde hace tiempo de irresistible imán a la hora de captar seguidores.

Vaya, que al igual que a Hitler le entraban ganas de invadir Rusia después de escuchar a Wagner, la lista de reservas de los hoteles de la Costa del Sol se incrementa cada vez que suena las notas de la obra del compositor cubano.

Al escucharla, en los puntos más apartados e insospechados del planeta, es tal la tremenda divulgación y notoriedad que ha alcanzado que no son pocos los que han sentido el derseo irrefrenable de venir hasta aquí a bañarse en sus playas. Es más, en casos de gente que anda canina en conocimientos del atlas, con ella tuvieron su primera noticia de la existencia de esta ciudad.

Con una melodía de esencias jondas y una letra galante y seductora (malagueña salerosa, besar tus labios quisiera) se anuncian las excelencias de un sitio privilegiado por el clima y la historia. Lecuona, aunque alistándose al tópico, le diseñó una campaña publicitaria ideal. Nos situó en el pentagrama y también en la geografía de los lugares más tentadores y atractivos.

De su importancia y trascendencia he tenido debida cuenta estos días mientras disfrutaba con la lectura de Vida, un voluminoso libro que es la autobiografía de Keith Richards, el influyente guitarrista de los Rolling Stones, la más grande banda de rock and roll de la historia.

Escrito en primera persona con un estilo chispeante, libertino y socarrón, a tono con su reputación salvaje e iconoclasta, el controvertido músico, autor de algunas de las canciones más célebres del último medio siglo, temas que son auténticos iconos de la cultura juvenil, explica la decisiva intervención que la Malagueña de Ernesto Lecuona ha tenido en su vida, como artista pero también en su movida y trashumante peripecia personal, incluso en sus andazas amorosas.

Richards relata que, siendo un mocoso, su abuelo le regaló su primera guitarra. “Era una guitarra española clásica con cuerdas de tripa, una damita encantadora y dulce”, recuerda. Con ella, siguiendo unas elementales instrucciones, aprendió a afinarla y a sacar sus primeros acordes.

Gus, su previsor abuelo, le dio un consejo más: “Si consigues tocar 'Malagueña', puedes con cualquier cosa”. Incluso es una infalible arma de cortejo. La historia personal del más pirata de los Stones ha demostrado que no se equivocaba.

Cuando formalizó su relación con la modelo Patti Hansen, su segunda esposa, no se lo pensó, y echó mano de su mejor secreto para capear el consabido trámite social, del que ni él, peleado con toda clase de convencionalismos, pudo librarse.

Sorprendió a su suegro, un tipo ultraconservador y religioso, con la interpretación de Malagueña. Y así la fiera, el temible burlón del circo del rock, el más irredento juglar, cayó en gracia.

Al frente de los Stones se ha hecho millonario, pero quien siempre lo ha sacado de apuros, aparte de su abogado en lo concerniente a asuntos con la policía y la judicatura, que lo han perseguido sin descanso, ha sido la famosa canción.

De hecho, al final del libro confiesa dejando ver su lado más tierno y cariñoso, que también le sirvió para paliar el sufrimiento de su madre Doris, cuando ésta se encontraba hospitalizada, poco antes de morir.

“A ratos –señala en un tono que cambia por completo su imagen de desalmado– se dormía por los efectos de los opiáceos, pero le toqué algunos fragmentos de 'Malagueña' y de otras cosas que conocíamos los dos y que yo tocaba desde niño”. Con dos compases lo consiguió: logró aliviar su sufrimiento.

Lo enseñó a ser músico, y lo hizo sensible al dolor. Como él, son incontables los devotos de esta canción. La adaptaron decenas de artistas, digamos ligeros: Catarine Valente, Mel Tormé, Los Panchos, Xavier Cugat y su orquesta, etcétera. Pero también, llevada por su universalidad, se ha aclimatado con facilidad en toda clase de estilos, del jazz y el country al terreno de los boleros.

Sedujo igualmente a un montón de bandas de garage y de surf, dos corrientes con gran predicamento en la época. A finales de los años cincuenta y sesenta del siglo XX era raro el grupo que no hacía su correspondiente versión.

Era ideal para el lucimiento con la guitarra, de modo que figura como un trallazo infalible en el repertorio de nombre míticos de aquella generación, como The Trashmen, The Half Tribe y Ritchie Valens.

En todas esas grabaciones legendarias aparecía como Malaguena, desprovista de la "ñ", una letra inexistente en el abecedario inglés, impronunciable para los guiris.

De modo que, en los modernos teclados de las computadoras personales, la ignoran sustituyéndola por otro símbolo y quitándole a la eñe su gracioso peluquín, como tan expresivamente afirma María Elena Walsh, poeta y narradora que conoce el misterio de las palabras y de la ortografía.

Es legión la cantidad de devotos de la sonora invención de Lecuona. Incluso, mucho tiempo después, Paco de Lucía, atrapado por la belleza y las hechuras flamencas, la llevó a su terreno. Es lo que corrobora -que el algecireño la haga suya con su prodigiosa sonanta- que hay que tener una gran habilidad instrumental para interpretarla como es debido.

Algo parecido me ha dicho hace unos días el norteamericano James Burton, otro de los grandes guitarristas de la historia, en este caso del rock. Me lo comentó unas horas antes del concierto en Marbella –el primero y único en España- de la banda original de Elvis Presley, de la que forma parte junto a Ronnie Tutt y Glen D. Hardin y Jerry Scheff, glorias vivas de la música.

“Es una gran melodía que asociamos a España. Tienes que mover mucho los dedos para tocarla bien, y lo mismo sucede con el flamenco, que nos parece muy complejo. Es una gran melodía y me encanta que así sea, es como el rock and roll, algo que vivirá siempre”, sentenció.

A su modo, Lecuona nos dejó una pieza de ida y vuelta, y con ella una inmejorable campaña de promoción llevando el nombre de Málaga a todos los confines. El efecto publicitario es semejante al conseguido por el mexicano Agustín Lara con Granada.

Este último además, por medio de sus herederos, donó a la ciudad que lo inspiró los derechos de autor de la canción. Es lo único en lo que, al parecer, no pensó el creador de Malagueña. De haberlo hecho, seguro que se le recordaría con algo más que la calle Maestro Lecuona, el escaso agradecimiento a su generosidad y talento con que le ha correspondido la ciudad que él llevó a todas partes, como quien pone altavoz a los sentimientos.

MANUEL BELLIDO MORA

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