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17 de diciembre de 2011

  • 17.12.11
Conozco a un tipo, un rockero empedernido que, sin embargo, en los últimos meses ha desarrollado una extraña y no identificada patología: le producen náuseas los conciertos masificados, esos ceremoniales de adoración colectiva de una estrella que, vista desde lejos, es como una figura diminuta, cuyos movimientos sólo es posible seguir en las pantallas de video de grandes proporciones de las que se hace acompañar en su macroespectáculos.

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A este tipo de conciertos, donde el espectador es una partícula más en una multitud cabeceante, se le ha venido en llamar rock de estadio. Tal como están concebidos -parafernalia invasiva y gigantismo a tutiplén– resultan chocantes para un aficionado sensible. Entre el amasijo de la muchedumbre apretada no eres nadie. El único que hace negocio es el promotor y el ídolo, allí a lo lejos.

Da la sensación de que el público, que se cuenta por millares, disfruta con lo que está viendo, pero a él, el paciente y sufrido rockero agobiado entre la multitud, le crece la sensación de estafa en el estómago.

Durante años no se ha perdido ninguno de estos acontecimientos, anunciados a bombo y platillo por la prensa. Siempre había pagado religiosamente el desorbitado importe de su localidad, se había desplazado muchos kilómetros desde su pueblo para ser de los primeros y, después del mega recital, cogía el camino de vuelta a casa.

Nunca regresaba sólo. A su lado, poco a poco, iba tomando forma una especie de malestar. Cada vez le indignaba más que, durante la actuación, el personal prefiriera la cháchara a prestar atención a lo que sucedía en el escenario.

A medida que pasaban los años, aquel murmullo le resultaba insoportable. No comprendía que después de dejarse medio salario en la taquilla, los supuestos fans perdieran el tiempo charlando sin parar sin importarle en absoluto lo que, frente a él, hacía su artista favorito, a quien graciosamente habían dejado la pasta.

Pero, pese a tantas inconveniencias, no notaba del todo los síntomas de la embrionaria aversión que se le extendía por la piel. Hoy, al escuchar en la radio la noticia de que se han puesto a la venta las entradas para el bolo de Bruce Springsteen en Sevilla, no ha reaccionado con irritación, sino con ironía. “Espérame sentado”, ha sido su lacónico comentario.

El Boss, así se le conoce, se pierde a un seguidor. Digamos que se van a ignorar mutuamente, pero nada de esto va a cambiar algo que está cantado: llenará de nuevo el estadio de La Cartuja. Y para hacerlo no necesita promoción ni publicidad extra.

Estar allí se va a convertir, más que en un cuerpo a cuerpo con tu cantante favorito, en un acto social más. La mayoría, en su vida ha oído un disco del autor de Born to run ni se ha molestado en conocer lo que cuenta en sus letras (les daría un soponcio de averiguarlo), pero eso importa bien poco. Springsteen se ha convertido en una necesidad colectiva, en un adorno de la cultura postiza.

Pero el hecho de que abarrote auditorios, o que también los Stones y U2 cuando vuelvan a salir de gira, es una imagen engañosa. En cada una de sus performances podrán colgar el cartel de “agotadas todas las localidades”, pero el rock sigue bajo mínimos en España, por no decir por los suelos, arrastrándose.

Las guitarras eléctricas entraron a la península hace alrededor de cincuenta años. Los primeros en empuñarlas están jubilados, o a punto de serlo. Se han hecho viejos con la triste sensación de que en España no hay cultura rock. Bueno, en realidad no es un atrevimiento aseverar que carecemos de cultura juvenil. Es así, un auténtico contrasentido, porque ¿cómo es posible estar a la última sin tener ni pajolera idea de los clásicos?

A diferencia de los argentinos, que han idealizado y contagiado de una generación a otra el gusto por sus mejores artistas, en la piel de toro nos hemos apresurado en sepultarlos por el olvido. Resistente y obstinado sólo ha sobrevivido Miguel Ríos pero, en lugar de reconocerle sus grandes méritos, le buscamos su lado oscuro, aunque no lo tenga. No tenemos remedio.

La afición al rock no caduca. Es minoritaria, de acuerdo, pero eso no es lo peor. Lo más desalentador es que los jóvenes, por lo general, ignoran las proezas y los éxitos de los pioneros de este género. Tienen a su alcance más música de la imaginable y, sin embargo, desconocen los discos que triunfaron en los años sesenta.

Cuando los descubren alucinan en colores. Les ha pasado a cuatro estudiantes de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Málaga. Sienten predilección por el sonido sixtie, algo que se ha contagiado a otros compañeros y a numerosas bandas actuales.

Creían que todo venía de Gran Bretaña o que tenía marchamo gringo, hasta que se han dado cuenta de un deslumbrante hecho histórico: en la Costa del Sol se pusieron a punto algunas de las formaciones más potentes y atractivas de aquella época. Entre ellas, su favorita es Los Iberos.

Están atrapados por sus canciones, tan persuasivas y contagiosas como el primer día. Ellos las descubrieron leyendo el libro Una historia del Pop malagueño, escrito por Javier Ojeda. Lo que ha sido la mejor forma de saber que así está cumpliendo su objetivo, que es un texto útil. Que es una monografía atestada de erudición, pero sin un gramo de nostalgia.

Escribirla ha abierto puertas. Por lo pronto, este grupo de alumnos se han lanzado al proyecto de hacer un documental. Quieren reconstruir la historia del conjunto (primero fue una orquesta de baile) a través del cual el rock entró en Málaga.

También pretenden calibrar la influencia y la proyección que tanto tiempo después sigue teniendo entre la gente actual. Además, aspiran a resolver una intrigante incógnita: ¿por qué teniéndolo todo, un formidable repertorio, un directo insuperable y voces armoniosas, no perduraron? ¿Qué los hizo invisibles?

Hay varias razones que pueden explicarlo. Vivimos en un país sin una prensa musical consistente y con influencia real. En un estado en el que, generalmente, las emisoras y medios de comunicación generalistas han dado la espalda al rock. Habitamos en una sociedad, resentida y chata, en la que se nace para olvidar.

MANUEL BELLIDO MORA

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