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21 de noviembre de 2011

  • 21.11.11
¿Por qué se me ocurre sacar este tema tan impopular y espinoso? Hasta ahora, con el permiso de ustedes, he atacado al sistema y su corrupción. Me he despachado a gusto con los políticos y sus prebendas, con organizaciones aparentemente respetables y respetuosas. Seguiré en ello, en cuanto tenga ocasión. Pero el que todos ellos, políticos sobre todo, sean pecadores no nos da derecho a serlo también nosotros.

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La economía sumergida es el conjunto de actividades económicas que escapan a los controles de la Administración y a las estadísticas oficiales. También se le denomina "paralela", "encubierta", "oculta" o "irregular". El Diccionario de la RAE dice: “Economía sumergida: Actividad económica practicada al margen de los cauces legales, sin figurar en los registros fiscales ni estadísticos” [sic].

Esta actividad zambullida elude el control fiscal de Hacienda y perjudica a la Seguridad Social, cuyos fondos van disminuyendo rápidamente como consecuencia del paro. Creo que tendremos claro que a más paro menos cotizaciones. Los altos datos de desempleo atenazan un poco más muestra situación. Y no muestran avisos de disminuir a corto o medio plazo. Podríamos afirmar que vamos a peor.

La pregunta del millón es bastante simple: ¿cómo es posible que con tan alto nivel de desocupación, con una actividad económica al borde del colapso y con una inflación en aumento, no haya estallado una revolución social? El ranquin de parados sobrepasa los cinco millones de personas -y ¡subiendo!-. La revolución social prende fuego cuando no hay nada que perder o todo está perdido...

En referencia a datos de este mes, más de un 1,5 millones de parados no perciben prestación de ningún tipo. Es decir, uno de cada tres desempleados no recibía ningún tipo de socorro en septiembre pasado. Por otro lado, la cosecha de este verano, en lo tocante a contrataciones, ha sido bastante mala. Laboralmente el estío ha sido bastante frío. Ello está llevando a muchas familias al límite de pobreza.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), casi un 22 por ciento de familias españolas vive por debajo del umbral de la pobreza. El dato es serio y alarmante. Algunas asociaciones alertan del incremento de peticiones de asistencia.

Durante 2010 se recibieron más de dos millones de solicitudes de ayuda para vivienda, alimentos o atención sanitaria. Sobre un 40 por ciento de hogares no podrá asumir gastos imprevistos en 2011 y al 38,8 por ciento le será imposible ir de vacaciones al menos una semana. Pensaremos, egoístamente, que esto último no es necesario.

Como consecuencia de lo anterior se calcula que más de cuatro millones de trabajadores podrían estar “buceando” en un quehacer laboral sumergido. ¡Hay que comer! Como contrapartida, una noticia cuanto más curiosa. Actualmente circulan por el país unos 111 millones de euros en billetes de 500, cifra que supone el 60 por ciento del efectivo en manos de los españoles. Acaparamos el 30 por ciento de estos billetes, emitidos en la UE. ¡Los llamados Bin Laden existen! ¿Dónde?

Lo que pretendo plantear no es un problema de trabajadores o de empresarios. El asunto de la economía negra es bastante serio y concierne a toda la población en general. Nos enfrentamos a una situación de "engaño", "estafa", "dolo" o como queramos llamarle, de la que somos culpables todos los ciudadanos.

Quizás el desconsuelo más peliagudo estribe en carecer de modelos honrados a los que imitar. Por desgracia, proliferan los ejemplos nefastos. Y hasta podremos aseverar tozudamente, que ¡no voy a ser yo el más tonto!

El fraude fiscal no es un fenómeno nuevo, sino que ha supuesto un problema importante en la sociedad española en las últimas décadas. El fraude condiciona el nivel de calidad de servicios públicos y prestaciones sociales. Es posible que estemos en contra de dicha práctica, por lo que conlleva de insolidaridad, pero ¿quién le pone el cascabel al gato?

Cuando cualquier persona elude el IVA, engaña al resto del país y estafa a las arcas públicas. Estamos mermando los ingresos comunes. Cuando pagamos en negro un tipo de trabajo que nos realizan, sisamos al país. ¡Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra!

Pero, a pesar de todo, no es ético pedir responsabilidades a los demás y evadirnos de las nuestras. Mal que nos pese “Hacienda somos todos”. Desde mi abajado rincón emito un humilde pero atrevido llamamiento a la solidaridad o, al menos, a la reflexión.

Cada cual que coja al toro por donde quiera. Soy muy consciente de que puedo ocasionar sobrada bronca. Asumo el riesgo. Tengo claro que ni doy consejo, ni soy capaz de levantar dedo acusador alguno.

Voces autorizadas e independientes dicen que “con los más de 30.000 millones de euros que el Estado deja de recaudar, se podrían pagar las prestaciones de desempleo a todos los parados durante un año. Si aflorasen todas las actividades de la economía sumergida, se lograría reducir la presión fiscal en más de 4,5 puntos”. El dato es escalofriante.

Algunas variantes de economía oculta: Ilegales, como el tráfico de drogas; (a)legales como la prostitución; (i)legales no declaradas, como la evasión de impuestos propia de grandes fortunas, porque existen paraísos fiscales; posibilidad de dar apariencia legal al dinero oculto (blanqueo) y exceso de burocracia que permite al dinero perderse en su enredo; doble contabilidad, si el volumen no es muy elevado y el ahorro es fácil de disimular. Posiblemente existan algunas formas más…

¿Qué ocurre en el resto de Europa? En la Eurozona hay unos 2 billones de euros negros, escondidos, sumergidos. Alemania, Francia y Reino Unido están sobre el 13 por ciento de economía oculta; en el otro extremo aparecen Grecia, Chipre e Italia con un 25 por ciento. La economía española en la sombra ronda un 24 por ciento. Datos sacados de la Fundación de Cajas de Ahorros (Funcas). ¡Mal de muchos, consuelo de tontos!

¿Qué se ha hecho hasta ahora para atajar el problema? Poco. Seguir la pista a este tipo de economía es muy difícil. Requiere medios materiales y humanos, ganas y lleva tiempo obtener resultados. Hacienda optó por centrarse en las grandes fortunas, los paraísos fiscales y los sectores donde se ha concentrado la actividad económica de los últimos años: construcción y vivienda. ¡Menos da una piedra!

De hecho, el Ministerio ha preferido ocultar el problema y no dar por buena ninguna estimación que se haga del volumen de la economía sumergida, venga de donde venga. Hacienda recaudó el pasado año más de 10.000 millones en su lucha contra el fraude fiscal.

Parte de esta cantidad proviene de las regularizaciones voluntarias realizadas por algunos ciudadanos con cuentas “opacas” en paraísos fiscales. Ésta es una forma “algo más lícita” (¿menos ilícita, dicen?) de eludir las obligaciones tributarias.

La economía sumergida es un gravísimo problema. El Estado necesita recaudar más para hacer frente a múltiples situaciones dinerarias. Aumentar los impuestos supone una sangría para el pueblo y es como echar agua en un cesto. Mucha de ese agua se escapa por los agujeros, amén de que escotan siempre los mismos, los ciudadanos honestos “y” los que tienen emolumentos controlados por el Estado (léase funcionarios, jubilados...). Enlazando la frase con una “y” no pretendo insinuar que jubilados y funcionarios no sean honrados: n quiero malentendidos.
PEPE CANTILLO


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