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23 de octubre de 2011

  • 23.10.11
Vuelvo a retomar el tema de la separación y divorcio de los padres, puesto que es una realidad muy presente en nuestro país y en la de las sociedades desarrolladas. Los datos nos dicen que anualmente, en el caso de España, se producen aproximadamente la cifra de 110.000, cantidad lo suficiente significativa para que este tema no quede cerrado con los artículos que he publicado recientemente, puesto que en muchas de esas separaciones hay hijos de por medio a los que atender y conviene conocer las diferentes situaciones en las que estos se ven inmersos.

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Bien es cierto que también se dan rupturas en parejas que no han tenido hijos, lo que facilita la separación de ambos. Recientemente, he conocido el divorcio de un joven amigo que no tenía hijos, precisamente porque veía que la diferencia de proyectos de vida se hacía cada vez mayor con su pareja y no quería caer en la trampa, bastante habitual, de considerar que la venida al mundo de un hijo les uniría más a los dos.

Y lo cierto es que en este caso no había ninguna situación de las que se consideran habitualmente como motivos de ruptura de la pareja: celos, engaños, violencia –psicológica o física-, fuerte dominio del uno sobre el otro, etc. Realmente ambos son excelentes personas, ya que los conozco bastante bien, pero sus perspectivas vitales comenzaron a hacerse cada vez más incompatibles.

Si hago referencia, de manera escueta, a una ruptura en la que no ha habido ninguno de esos motivos que se consideran los habituales es porque es cada vez mayor la tendencia en los jóvenes a entender que la unión debe basarse en el amor pero también en la compenetración de caracteres y de modos de entender la vida. De todos modos, siempre hay gente que necesita razones, de un lado o de otro, para encontrar a una víctima y a un culpable, por lo que pronto asoman los rumores y los comentarios nocivos tan característicos de estas situaciones.

En el lado opuesto de lo que indico se encuentran los casos de aquellas parejas en las que el amor o el cariño que un día se tuvieron se convierte en resentimiento, odios y deseos de venganza, del daño real o supuesto, que nos les hace vivir tranquilos. Nos encontramos en el peor de los escenarios, en el que los hijos están expuestos a convertirse en medios que sirvan para a uno de ellos para vengarse de quien fue parte de su vida hasta que se produce la separación o el anuncio de ella.

Y de este escenario, en alguna ocasión, surge un resultado bastante nefasto: es aquel en el que los padres deciden no solo separarse ellos, sino que también se dividen los hijos como si fueran posesiones a repartirse, al igual que el resto de propiedades que han compartido hasta ese momento.

Antes de pasar a conocer el caso en que los padres se separan y se dividen los hijos entre ambos, quisiera citar a algunos de los autores que, desde mi punto de vista, han abordado esta temática con bastante rigor, aunque curiosamente este caso que comento no lo he encontrado estudiado en ellos.

La bibliografía que aborda la separación y el divorcio es ya muy extensa, puesto que como he indicado es una realidad muy presente y en la que se ven involucradas dos o más personas, con distintos resultados en ellas. En otro artículo aparecido en Montilla Digital cité a la psicóloga francesa Françoise Dolto, puesto que es un claro referente en el conocimiento de los niños y de los conflictos emocionales por los que puedan atravesar, habiendo profundizado en las repercusiones que tienen en ellos la separación de los progenitores.

En esta ocasión, quisiera referirme a un excelente libro titulado Conflictos entre los padres, divorcio y desarrollo de los hijos, obra colectiva de tres profesores de la Universidad de Granada y que está prologado por Jesús Palacios, catedrático de Psicología Evolutiva de la Universidad de Sevilla, y que yo recomendaría a quienes desean profundizar en esta temática. De esta obra citaré algunos párrafos que me parecen significativos.

Jesús Palacios, en el prólogo, apunta: “El divorcio forma parte del nuevo paisaje familiar y social. Y en muchos países occidentales la parte del paisaje que ocupa no es marginal. Así, hay países europeos y americanos en los que aproximadamente el 50% de los niños y niñas ha pasado por la experiencia de la separación o el divorcio de sus padres”.

Más adelante continúa: “En esos países no es exagerada la afirmación según la cual cuando un niño nace tiene más probabilidades de que sus padres se divorcien que de tener un hermano”. Aunque se refiere a países en los que la democracia estaba afianzada desde hacía muchos años y los derechos individuales y sociales se contemplaban sin grandes dificultades, en el nuestro, estadísticamente, cada vez nos acercamos más a una situación similar a los referidos.

De los profesores María del Rosario Cortés y José Cantón, que participan en este libro, destacaría algunos párrafos como: “De acuerdo con la teoría del aprendizaje social, la exposición a conflictos frecuentes e intensos conduce a una legitimación de la conducta agresiva, pudiendo transmitirse la noción de que este comportamiento se ve recompensado”.

Ambos autores, en la línea del estudio de casos de fuerte conflicto familiar y su repercusión en los hijos, sostienen que “la observación de conflictos violentos se ha relacionado con el estrés emocional, y reflejado en la ansiedad, depresión, cambios de estado de ánimo, reacciones postraumáticas y pensamientos suicidas”.

Estos párrafos vienen referidos a situaciones en las que los hijos viven en contextos familiares en los que las relaciones de los padres se encuentran tan deterioradas que no les importan las repercusiones que sus conductas tienen en ellos. Incluso, buscan la complicidad y el apoyo de alguno de sus hijos o hijas para utilizarlos en su favor.

Es lo que sostiene la segunda autora citada cuando afirma que “hay conflictos matrimoniales que puedan dar lugar a un incremento del control psicológico o emocional ejercido por los padres sobre los hijos como medio para asegurarse su apoyo, pudiendo provocarle síntomas como ansiedad, depresión y/o trastornos somáticos”.

Los párrafos anteriores los he seleccionado en función de una salida a la crisis de pareja que personalmente me parece muy desacertada: se trata de aquella en la que el padre y la madre se dividen a los hijos, de modo que uno de ellos se queda con uno(s) y la otra parte con otro(s).

Para no extenderme excesivamente, de este tipo de separación os presento dos dibujos: uno realizado por una chica de 11 años y el otro por un niño de 7 años.

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El primero de ellos responde al caso de una alumna de sexto de Primaria, de modo que al pedir en su clase que realizaran un dibujo de la familia me encontré con esta representación. La profesora me informó que los padres se habían separado y que ella se había quedado a vivir con su madre y su hermana lo había hecho con su padre.

Lo que llama la atención es el trazado de las líneas que dividen a la lámina, configurando cuatro “celdas” en las que se encuentran cada uno de ellos, sin posibilidad de comunicarse emocionalmente, como si vivieran en mundos separados.

Por otro lado, se aprecia el rostro profundamente triste de la autora, así como el de su hermana, algo mayor que ella. A su madre y a su padre los ha trazado de perfil, de manera que no miran de frente, como expresión de alejamiento y distanciamiento entre todos ellos. Soledad, incomunicación y tristeza son los signos que se expresan en este dibujo.

En el segundo caso elegido, sorprendentemente, el dibujo es alegre y vitalista. Corresponde, como he indicado, a un niño de 7 años, que se encontraba en segundo de Primaria. La separación de los padres dio lugar, por mutuo acuerdo entre ellos, a que el chico se quedara a vivir con la madre y la chica con el padre.

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Estas dos vidas separadas las ha expresado el autor por medio de la división vertical de la lámina: en la izquierda se encuentra él mismo, su madre y el actual novio de su madre, junto con su conejo; en el lado derecho, su madre, el novio de su madre, su hermana y el perro de su hermana. En la lámina quedan claramente explicitadas estas relaciones.

En este caso, el autor tiene bien asimilada la situación; es más, el trazado alegre y lleno de espirales de color nos manifiesta que el niño no se encuentra en una situación anímica de tristeza. Como dato curioso, en la zona en la que vive él con su madre es de día; mientras la de su padre y su hermana mayor es de noche.

Con este tercer artículo cierro provisionalmente el tema de la separación y el divorcio de los padres y la repercusión en los hijos. En otra ocasión abordaré los casos de chicos y chicas que han asimilado esos cambios familiares y viven la nueva situación con toda normalidad, y que, afortunadamente, son la mayoría.
AURELIANO SÁINZ


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