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24 de septiembre de 2017

  • 24.9.17
Septiembre es uno de los meses del año cargado de especiales significados. Por un lado, hacia el final del mismo se cierra el verano y, con él, las últimas vacaciones que se suelen tomar durante el tiempo estival. Por otro lado, comienza alejarse el fuerte calor que lo caracteriza, por lo que asoman los agradables días que nos anuncian que el otoño se acerca. Pero si hay algo que lo define de un modo nítido es que en septiembre comienza el nuevo curso en todos los niveles educativos, para todas las edades, desde los más pequeños a los estudiantes que tienen que ingresar o volver de nuevo a las aulas universitarias.



El retorno o el inicio a las clases parece que forma parte de un ciclo tan normal como el que configuran las estaciones del año. Está tan integrado en la vida que padres y madres, con antelación, se organizan para que sus hijos pequeños vayan mental y físicamente preparados para enfrentarse a algo ya tan natural como es comenzar los primeros pasos de integración social a través del proceso educativo. De igual modo, y una vez que ya se ha crecido, implica dejar atrás un curso y ascender a uno nuevo, como si fuera subir un peldaño más en esa larga escalera que forman todos los ciclos educativos.

Para los que estamos inmersos en la docencia, los comentarios en las fechas cercanas a los inicios del nuevo curso suelen girar, inevitablemente, en la adaptación a los comienzos del mismo. Así, no es extraño escuchar eso de “volver a la rutina”, frase tan extendida que parece que cuestionarla o ponerla en duda sería algo parecido a negar una verdad tan evidente como que el sol sale todos los días.

Sin embargo, para mí, y a pesar de que este curso es el que hace el número cuarenta y uno desde que comencé a impartir docencia en la Universidad, cada año es un reto, ya que de ningún modo implica repetir algo que ya tengo perfectamente conocido y asimilado.

Y cada curso lo siento como una novedad, puesto que cada año, lógicamente, sé más, he ampliado los conocimientos y tengo mayor experiencia en este ámbito. Pero, de modo muy especial, tendré nuevos alumnos y alumnas que, imagino, vendrán con expectativas distintas a sus compañeros de cursos precedentes. También, porque para mí, cada uno de ellos forma parte del proceso educativo, no son seres anónimos que ocuparán sus asientos al tiempo que yo les voy desgranando los contenidos de la asignatura.

Para llevar adelante este protagonismo colectivo, lo primero que hago es mirar la lista que ya se nos proporciona informatizada y aprenderme sus nombres, saber de dónde proceden, anotar aspectos singulares de su lugar de origen e, incluso, y como dato curioso, saber la fecha de nacimiento de cada uno de ellos.

Así, en el primer día, lo primero que hago es presentarme para, a continuación, explicarles detenidamente el programa e indicarles cómo vamos a llevar adelante las clases. Una vez que he aclarado sus dudas, y apoyándome en la lista que ya he impreso, les voy nombrando, al tiempo que les hago algunas preguntas relacionadas con las anotaciones personales que he registrado, de modo que nos sirve de pequeñas charlas con el fin de que vayamos conociéndonos.

De este modo, y aunque los grupos son numerosos, paso a paso me voy aprendiendo sus nombres a medida que avanza el curso. En el caso de ciertos nombres tradicionales o poco frecuentes, les pregunto cómo les llaman en casa o en su grupo de amistades, para yo hacerlo del mismo modo.

Recuerdo que en los lejanos años en los que accedí a la Universidad predominaban los nombres tradicionales, es decir esos que se transmiten familiarmente de padres (o abuelos) a los hijos o hijas. Con el paso del tiempo, perdió fuerza la tradición familiar y los nuevos padres optaban por buscar un nombre que fuera bonito, atractivo, sonoro y no muy frecuente.

Puesto que continúo con la costumbre de aprenderme de memoria sus nombres, encuentro una tendencia reciente que consiste en ponerles nombres compuestos que tradicionalmente no han estado unidos. No se trata, por ejemplo, de José Antonio, José Manuel, Francisco José…, o de María Luisa, Ana Belén… En la actualidad, y en el caso femenino, suele aparecer el nombre de María colocado detrás; en el masculino es más diverso, como podrían ser Antonio Rafael, Luis Francisco o Javier Enrique. En estos casos, suelo preguntarles que me digan cómo les suelen llamar, pues lo más normal es que sea uno de los dos o un apelativo que surge en el seno de la familia.

Ahora, ya sabemos, que a los futuros hijos o hijas no es obligatorio acudir al santoral cristiano, por lo que hay una gran variedad de nombres: desde los tradicionales, a los que buscan en la mitología griega o romana, pasando por los que llevan algunos famosos, aunque sean en otras lenguas, hasta los que se inventan los propios padres, como fue el sorprendente de Iloveny que le escuché a una alumna y sobre el que escribí un artículo (“Iloveny” o el triunfo de la publicidad).

Dado que, tal como he apuntado, llevo muchos años en la Universidad, en más de una ocasión he publicado artículos acerca de los nombres que se les ponen a los niños y a las niñas, pues en los trabajos de investigación que realizan los alumnos acerca del dibujo de la familia incluyen los de los escolares que los han realizado.

Sobre este punto, hemos de tener en cuenta que una de las ilusiones en las que se embarcan las parejas que van a ser padres es la búsqueda del nombre para su futuro vástago, experiencia que, generación tras generación, se renueva. Y es que, tras saber si será niño o niña, lo que dará una clara identidad será el nombre elegido, ya que, a menos que años después se opte por modificarlo, le acompañará toda la vida.

Otra opción en la búsqueda del nombre es la que recientemente he conocido a través de uno de los participantes en el blog El Adarve de Miguel Ángel Santos, un gran amigo, catedrático jubilado de Pedagogía en la Universidad de Málaga.

En el mismo se decía que una pareja, futuros padres, acudió a su hijo de cinco años para que les indicara el nombre que le gustaría que tuviera el hermanito que iba a tener. El pequeño, como era previsible, acudió a nombrar un personaje, Simon Seville, de una serie de películas de dibujos animados, Alvin y las ardillas, que tanto le gustaba.

Los padres, atendiendo a los requerimientos del niño, le pusieron al nuevo hijo el nombre de Simón, con lo que no solo le complacían, sino que le daban una pequeña responsabilidad y un protagonismo hacia su hermanito que, por cierto, ya tiene once meses.



Si comento este hecho no es solo porque el nombre de Simón, aunque conocido, no es muy habitual. En mi caso, pienso que, a lo largo de tantos años de contacto con el alumnado universitario, habré conocido alrededor de unos ocho mil estudiantes y en ningún caso portaban ese nombre.

También porque me parece una idea muy buena que unos padres le den la posibilidad a su hijo de ponerle el nombre que le gustaría que llevara su nuevo hermano o hermana, pues, tal como he apuntado, supone aportar un nuevo vínculo que reducirá los inevitables celos que suelen surgir con la aparición de un nuevo miembro en la familia.



Creo que, de este modo, los lazos entre los hermanos se afianzarán, tal como podemos comprobar en los dos dibujos que he mostrado. En el primero de ellos, vemos que una niña de 7 años ha representado a la familia comenzando por su hermano pequeño, para, a continuación, dibujarse a sí misma detrás. Es una manifestación clara del cariño que le tiene, pues no solo le ha elegido el primero del grupo familiar, sino que se muestra con un claro sentido de protección.

Esto es lo que vemos también en el segundo dibujo seleccionado y que realizó un chico de 12 años. Comprobamos que él mismo se traza en el centro del grupo familiar, colocando a su hermano mayor detrás, como si se sintiera guardado no solo por los padres que aparecen a ambos lados, sino que ve que su hermano se encuentra allí para protegerle.

Para cerrar, quisiera indicar que fomentar y reforzar los vínculos afectivos entre los hermanos es una de las mejores tareas en las que pueden embarcarse padres y madres. Son muchas y diversas las formas de hacerlo. Una de ellas, como hemos visto, es a través del nombre. Estoy seguro que esto acontecerá entre Simón y su hermano mayor, ya que a este sus padres le confiaron algo tan importante como es el nombre que ahora lleva su hermano pequeño.

AURELIANO SÁINZ


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