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8 de julio de 2012

  • 8.7.12
“Mis padres se divorciaron cuando yo tenía unos diez años, y desde entonces detesté amargamente las comedias de televisión americanas [...]. Las comedias proyectaban un modelo de familia en el que cualquier inconveniente se solucionaba con una sonrisa y una lección moral. Así eran Con ocho basta, esa oda a los métodos anticonceptivos naturales, donde al parecer nunca faltaba dinero para criar a tanto hijo. O La hora de Bill Cosby, cuyos grandes problemas se reducían a que la niña no quería comer”.

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De este modo comienza el artículo Esas horribles familias felices que el escritor Santiago Roncagliolo ha publicado recientemente en el suplemento dominical del diario El País. Continuaba del siguiente modo: “Pero yo sabía que la vida no era así. Y sufría viéndolas. No entendía qué pasaba con mi familia, qué habíamos hecho mal, si ser feliz y bobalicón era tan fácil”.

“Mi vida comenzó a cambiar una Navidad. Recuerdo que fue una especialmente triste, llena de discusiones sobre cuántos minutos pasaríamos exactamente con cada rama de la familia. Harto de la obligación de ser feliz, en una especie de rebato suicida, me largué al cuarto de mi padre y encendí la televisión. Y entonces, un milagro ocurrió…”. Lo que ocurrió, según cuenta el autor peruano, es que comenzó a ver una nueva comedia americana: Matrimonio con hijos, basada en una familia que “no era una normal”.

Si he traído unos fragmentos del artículo escrito por Roncagliolo como inicio de este que ahora presento, y cuya temática amplía el contenido de otros que anteriormente he realizado sobre cómo los hijos de padres separados o divorciados se sienten tras la ruptura familiar (Cuando los padres se separan, El padre como culpable y Padres separados, hijos divididos), se debe a que las respuestas que los hijos dan son muy dispares, dependiendo, especialmente, de cómo los padres afronten la separación.

Merece la pena leer completo el del escritor peruano pues nos muestra su modo particular de atravesar ese proceso doloroso que se inicia un día en el que se entera que sus padres deciden separarse, romper una unión que hasta entonces no se le pasaba ni remotamente por la cabeza que pudiera acabar, con lo que se inicia un largo caminar por un desierto, sin brújula y sin saber hacia dónde le llevará los fuertes vientos que le empujan hacia un lado o hacia otro.

Pero antes de continuar y hacer ver que se puede llegar finalmente a un oasis o al menos a un territorio de cierta tranquilidad, quisiera decir que en nuestro país se registran anualmente más de cien mil separaciones o divorcios, cifra que nos sugiere que no es un problema marginal, sino que está muy presente en la sociedad.

También, como he apuntado, que este problema es vivido de muy diversos modos, ya que hay padres que no se pelean delante de sus hijos, ni “discuten delante de ellos los minutos que pasarán con uno o con otro”. Por suerte, hay parejas lo suficientemente sensatas que buscan que ese conflicto tan fuerte repercuta lo menos posible en sus hijos, puesto que ellos no son responsables de sus desavenencias.

Por otro lado, en este largo proceso, es frecuente que se desee iniciar una nueva andadura, buscar y encontrar una nueva pareja que responda a los deseos más íntimos y que no se ha logrado en aquella que se deja.

Así, en muchos casos, uno o los dos de los miembros de pareja conocen a otra persona u otras personas con las que establecen vínculos afectivos, casándose de nuevo o manteniendo la unión como pareja de hecho, y decidiendo formar otra vez una familia. Son las que los sociólogos llaman "familias reconstituidas".

Y ante estas nuevas uniones familiares, ¿cómo responden los chicos o las chicas cuyos padres han formado una nueva familia? ¿Las rechazan tajantemente o son capaces de aceptarlas? ¿Es posible realmente saber cómo son sus sentimientos y sus reacciones emocionales más íntimas ante los nuevos miembros?

Responden de modos muy diversos, dependiendo de muchas circunstancias, entre las que se encuentra de modo destacado la actitud de los padres. Por otro lado, hay situaciones de rechazo, pero también, y aunque parezca difícil, de aceptación real de los nuevos miembros y de las nuevas familias.

Sobre el cómo se llegan a conocer los sentimientos más íntimos de los chicos o chicas que viven estas experiencias, los seguidores de Negro sobre blanco ya saben que utilizo el dibujo libre y espontáneo de los escolares para indagar en ese mundo tan complejo como son las emociones ocultas.

Puesto que en anteriores artículos he tratado los aspectos más dolorosos y duros de la separación, en esta ocasión quiero traer un par de dibujos, de una chica y de un chico, en la que sus protagonistas han integrado mental y emocionalmente la nueva realidad de manera positiva, superando el impacto inicial que supuso para ellos saber que sus padres no iban a continuar unidos.

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El primer trabajo corresponde a Isabel (nombre cambiado), una chica de 11 años que se encontraba en sexto curso de Primaria. Cuando me entregó el dibujo pude entender que había interiorizado sin grandes dificultades los cambios que se habían producido en su vida: sus padres se habían separado cuando ella tenía cinco años y su hermanita cumplía dos.

Pasado el tiempo, su madre conoció a otro hombre con el que mantuvo relación de noviazgo, terminando en matrimonio. De este matrimonio de su madre nacería un niño, que ella lo representa en el conjunto.

Si observamos el dibujo, vemos que la autora representa en la derecha de la lámina a sus padres al tiempo que, en medio de ellos, aparece ella misma con su hermana menor. En el lado izquierdo, se encuentran su padrastro y su pequeño hermanastro.

El dibujo es lo suficientemente expresivo para mostrarnos a la autora como una chica feliz, que conoce la nueva realidad, la admite y la integra, de manera que para ella su familia no acaba con sus progenitores, sino que incluye a la nueva pareja de su madre y al niño que ha nacido en esta nueva familia.

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El segundo dibujo corresponde a Antonio (nombre cambiado), un niño de 9 años, que se encontraba en cuarto curso de Primaria cuando realizó este trabajo. En el caso de Antonio, fue su padre el que se casó otra vez tras el divorcio de sus progenitores. De este nuevo matrimonio nacería un niño que el autor de la escena lo integra dentro de su concepto de la familia.

Analizando el dibujo, vemos que el autor comienza por él mismo, continuando con su hermana, algo mayor de edad, y su madre. Sigue con su padre y la nueva pareja de éste, que ha indicado como “pareja de papá”. En medio de estos dos últimos, ha trazado un niño pequeño, señalándolo como “hijo de” y marcando con una flecha hacia la pareja de su padre.

El conjunto se cierra, en la fila inferior, con el dibujo de su abuela materna y en la superior con su abuelo, sus tíos y primos, en un intento de incluir en la escena todos los personajes que él considera que forman parte de su familia.

Quisiera cerrar este breve escrito manifestando que las transformaciones y los nuevos modos de vidas sociales nos han traído también nuevas formas de familia que son el reflejo de una sociedad más abierta y comprensiva.

Tras la ruptura se abren distintas vías de encauzar unas relaciones que pueden ser verdaderas soluciones a conflictos que, en su momento, se consideraban casi insolubles. Y como podemos ver, la parte más débil, que son los hijos, también son capaces de asimilar esos nuevos modos familiares.

AURELIANO SÁINZ


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