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Mostrando entradas con la etiqueta Nueces y ruidos [Antonio Salas Tejada]. Mostrar todas las entradas
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16 de octubre de 2017

  • 16.10.17
La emblemática calle Corredera ya no es aquel referente de la actividad comercial que antaño fuera. Hace casi dos décadas empezaron a evidenciarse los síntomas de un modelo de comercio local en crisis que, con el paso de los años, se han ido agudizando y agravando. Quizá ésta sea la realidad que habría que asumir para hacer un análisis desapasionado de las causas que han provocado la situación a la que se ha llegado y, entonces, tomar decisiones. No es fácil.



A estas alturas, los comerciantes de la calle Corredera no solo están preocupados por el presente y el futuro de sus negocios, sino también angustiados ante unas perspectivas no deseadas que se presentan como una poderosa amenaza.

Como reacción, un número importante de titulares de establecimientos comerciales de la zona ha decidido organizarse al margen de las dos asociaciones de empresarios del comercio constituidas y actuar en nombre propio, cada empresario en defensa de sus intereses empresariales particulares, para exigir al Ayuntamiento que adopte medidas urbanísticas, de ordenación del tráfico y de gasto público orientado principalmente a asumir los costes que genera la gestión de los aparcamientos públicos de la zona.

La decisión de este grupo de empresarios al constituirse en “plataforma” y plantear al Ayuntamiento las peticiones indicadas es significativa, pues en ello se constata, por un lado, la falta de representatividad y eficacia de las asociaciones de empresarios del comercio que, hasta ahora, actuaban como interlocutores y en nombre del interés general del sector. Y, por otro lado, los miembros participantes de la referida plataforma de comerciantes fían íntegramente la solución al problema de sus negocios a la actuación de una entidad ajena a ellos, como es el Ayuntamiento.

Ojalá la crisis del comercio en la calle Corredera dependiera de aumentar el número de plazas de aparcamiento en la zona hasta el máximo posible, de abrir la calle a la circulación de vehículos eliminando la peatonalización de la misma, de no instalar bolardos para facilitar a los automóviles estacionar en la acera más cercana al establecimiento comercial, de que los comercios puedan ofrecer a sus clientes aparcamiento a coste cero y sufragado con dinero público… Ojalá.

¿Pero hay garantías de que estas medidas resolverán el problema? ¿No sería momento de reflexionar sobre el grado de influencia que cada negocio tiene respecto a la situación económica en la que se encuentra? ¿No sería oportuno cuestionar el modelo de comercio local que se viene manteniendo en la calle Corredera desde hace 50 años?

¿No sería conveniente virar hacia una cultura emprendedora centrada en la innovación, las nuevas formas empresariales y el uso comercial de las Tecnologías de la Información y la Comunicación? ¿Será que el entorno de la calle Corredera necesita un nuevo modelo de comercio, adaptado a las actuales demandas del mercado y atractivo para el consumidor? ¿Qué oportunidades de negocio brinda esta zona de Montilla?

En cierto manual de mercadotecnia se recoge que “el cliente va al lugar donde se encuentra aquello que busca y desea adquirir. Si el producto se halla en multitud de lugares, no cabe duda de que el consumidor acudirá a aquel que encuentre más cercano y sea más accesible. Pero si lo que busca sólo se encuentra en un lugar concreto, no cabe duda de que llegará hasta allí a pesar de la distancia y de las dificultades de accesibilidad”. Puede que sea cierto eso de que el cliente siempre tiene razón. Quizá ahí esté parte de la respuesta a algunas de las preguntas planteadas.

ANTONIO SALAS

10 de agosto de 2017

  • 10.8.17
Hace varios meses, en uno de esos breves de las páginas de sucesos del periódico, leí la noticia de la detención de un individuo que, con la intención de cobrar la indemnización del seguro que cubría el riesgo de incendio de su apartamento, prendió fuego a todo el edificio de viviendas dejando a sus vecinos sin un techo que los cobijase y, lo que es más grave aún, causando la muerte por asfixia a dos personas.



No me imagino cómo puede haber gente así, de esa calaña, insensible ante el daño que pueden causar a los demás con tal de satisfacer su interés particular. Pero la hay.

No sé por qué –o sí– , me ha venido a la memoria la referida noticia al ver en algunas redes sociales de Internet en las que participo una campaña “espontánea” en contra de mi ciudad, Montilla, invitando a abandonarla, a desentenderse de ella.

La campaña tiene un lema que recomienda el rechazo a Montilla y consiste en hacer circular comentarios de desprestigio general de todo lo que se considera montillano, sin el menor escrúpulo en difundir datos falsos y comentarios tendenciosos.

Imagino que habrá en ello algún interés oculto. No lo sé. Pero, de haberlo, ha de ser un interés tan espurio e ilegítimo que necesita ser camuflado de la misma manera que el pirómano de la mencionada noticia de sucesos necesitó ocultar su fraude al seguro incendiando todo el edificio en el que se ubicaba su apartamento.

No quiero pensar que tras esta campaña pudiera estar alguna iniciativa mercantil que, ante la imposibilidad de hacer negocio en Montilla, tenga la pretensión de que ninguna otra iniciativa de la competencia pueda tener opciones.

No quiero pensar que tras esta campaña estén algunos individuos que, no contentos con quienes gestionan actualmente el Ayuntamiento, no tengan reparo en dañar a Montilla, poner en riesgo la imagen exterior de la ciudad y minar su desarrollo económico si con ello se hace daño electoral a un equipo de gobierno que, muy a su pesar, es de un partido político distinto al que ellos quisieran.

No quiero pensar que tras esta campaña pudieran estar individuos a los que no les importa causar cualquier daño a los intereses generales de la comunidad en la que viven con tal de obtener el interés particular que buscan.

No quiero pensar nada de esto y, por eso, no lo pienso. Quizá esta sea la razón por la que sigo sin poderme imaginar cómo puede haber gente así. Pero la hay.

ANTONIO SALAS TEJADA

1 de septiembre de 2016

  • 1.9.16
Ahora se llaman politólogos, pero en la antigua Roma recibían el nombre de augures, una modalidad de sacerdotes que practicaban oficialmente la adivinación y que pronosticaban sobre las decisiones de los políticos de turno. Entre unos y otros distan más de dos mil años y, no obstante, poco han cambiado las cosas, aunque ya no se escrutinan vísceras de aves en rituales sagrados para hacer vaticinios. Ahora se desentrañan encuestas y estudios demoscópicos en tertulias televisivas o en púlpitos como éste, desde el que yo me arriesgo a escribir y a aventurar, amigo lector. En algo se tendría que notar el paso de dos milenios de civilización.



Pues resulta que, desde las elecciones a Cortes Generales celebradas el 20 de diciembre del año pasado, no están faltando augures que anuncian gobiernos de signos dispares, coaliciones posibles, mayorías imposibles y un sinfín de pactos que no se han dado y de desavenencias que no existían. Y todo ello machacando por televisión, radio y medios escritos al pobrecito ciudadano en tertulias, debates y monólogos patrocinados, muy probablemente, por los mismos partidos en liza y sus valedores ideológicos con la evidente intención de generar opinión pública favorable a sus muy particulares intereses.

De los distintos líderes políticos ya hemos escuchado de todo y su contrario, por lo que ya no cabe duda de que sus declaraciones y compromisos tienen la misma fiabilidad que el horóscopo que se publica diariamente en algunos periódicos. No he elegido esta comparación, lector paciente, de manera ligera, pues me consta que son muchos los que creen a pie juntillas en los signos zodiacales.

A pesar de lo que digan determinados políticos y politólogos, da la casualidad de que la Constitución deja muy claro que las elecciones las gana el partido cuyo candidato es capaz de sumar mayoría de diputados en el Congreso. Eso significa que, a fecha de hoy, las elecciones no las ha ganado nadie.

Por eso, nuestra Ley Fundamental prevé que, en este caso, se vuelvan a repetir los comicios hasta que algún partido pueda formar gobierno. No obstante, el Partido Popular, al haber quedado en primer lugar dentro del ranking de votos, ha tomado la iniciativa para sumar diputados y llegar a la ansiada mayoría con la que investir a Mariano Rajoy como presidente del Gobierno.

Se nos está diciendo que eso de votar tan a menudo no es bueno, perjudica a la economía, genera desafección a la democracia y que lo mejor será que los partidos que se oponen al PP, que representan el setenta por ciento de los votantes, hagan lo posible para que siga gobernando el PP.

Por lo pronto, el partido Ciudadanos ya ha ofrecido sus votos parlamentarios para que don Mariano Rajoy haga uso de ellos. Es paradójico que los de Rivera proclamaran durante la campaña electoral que Rajoy era el problema de España y ahora defiendan que el mismo Rajoy es la solución para el país.

Y también se le ha pedido al PSOE, segundo partido en el ranking de votos, que hiciera lo mismo que Ciudadanos porque, de no hacerlo, los españoles tendríamos que volver a votar el día de Navidad, cosa indigna para un país como el nuestro, que no se merece que por un motivo así se le fastidie un día de copas, banquetes y resacas. Pero, por activa y por pasiva, el señor Pedro Sánchez ha anunciado y reiterado su voto negativo a la investidura de un candidato del PP alegando que el Partido Socialista no puede avalar lo que critica y que no se fía de Rajoy.

Por lo que respecta al partido Podemos, da la impresión de que todo lo que tenía que hacer este partido ya lo ha hecho y ahora le sobran cuatro años de legislatura a la espera de otras elecciones.

En realidad, han transcurrido nueve meses, sigue Rajoy con su Gobierno en funciones y los politólogos lanzando augurios a diestra y siniestra para ocultar que no estamos en realidad ante un proceso de conformación de un gobierno para España sino ante una lucha por el poder puro y duro de unos individuos y colectivos que no contemplan más intereses que los propios y particulares.

Por esta razón, me atrevo a augurar que habrá componenda y Rajoy y los suyos seguirán en el poder. Pero esto ocurrirá en octubre, después de que el PNV se haya liberado de esa espada de Damocles que son las elecciones vascas del 25 de septiembre y de que los nacionalistas catalanes recuperen, en un breve intervalo de lucidez pragmática, ese sentido mercantilista de la política que tan buenos dividendos le ha dado tanto en democracia como en dictadura. ¿Acertaré en mi vaticinio?

ANTONIO SALAS TEJADA

12 de julio de 2016

  • 12.7.16
Si la razón de ser de algo puede verse en los efectos que produce, cada vez tengo mayor certeza de que la razón por la que nació y existe Podemos está en blindar en España las políticas económicas y sociales diseñadas para nuestro país por esa llamada Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) a través de un Gobierno del Partido Popular que garantice la devolución a los mencionados acreedores de aquellos 100.000 millones de euros con los que se “rescató” a los bancos españoles hace ya algunos años.



Y en este razonamiento encuentro la lógica de que un gigante de la comunicación, como es la corporación Atresmedia (perteneciente al Grupo Planeta), haya estado promocionando en sus medios a la nueva formación política que ha fragmentado y debilitado el voto de la izquierda, de manera directa en La Sexta y de forma más taimada en Antena 3, Onda Cero o en el diario La Razón, por ejemplo.

El pasado 20 de diciembre, la organización política liderada por el televisivo Pablo Manuel Iglesias Turrión impidió la conformación de un gobierno de cambio, alternativo al del Partido Popular, que planteaba un programa legislativo de centro izquierda. Iglesias dio al Partido Popular un balón de oxígeno de seis meses añadidos y la posibilidad de repetir las elecciones para que, esta vez sí, la izquierda quedara excluida de toda opción de gobierno.

Podemos, en un extraordinario ejercicio de camaleonismo ideológico, anuló el movimiento 15-M erigiéndose en intérprete del mismo, diluyó la identidad del partido Izquierda Unida absorbiéndolo a efectos electorales y atacó en su línea de flotación al PSOE dejándolo notoriamente afectado y con visos de una lenta y dolorosa recuperación para alegría de la derecha nacional y europea.

Y todo esto, utilizando argumentos no del partido al que favorecía con sus actuaciones, sino con argumentos propios de los contrarios al Partido Popular en un ejercicio ejemplar de quintacolumnismo.

Dicen que la expresión “quinta columna” la utilizó por primera vez el ejército franquista en su asedio a Madrid cuando anunció que cuatro columnas avanzaban hacia la capital de España para ocuparla militarmente pero que existía dentro de la ciudad un importante número de afines al Golpe de Estado que, camuflados de republicanos, formaban una quinta columna que trabajaba organizadamente desde el interior para debilitar a la República y propiciar así su caída.

Surgió así el calificativo de “quintacolumista” para designar, en circunstancias de enfrentamiento entre rivales, a aquel individuo o entidad que, declarándose leal a un bando para ganarse su confianza, tiene como misión colaborar con el bando enemigo.

A manera de inciso anecdótico, decir que, entre los quintacolumnistas más activos en la Guerra Civil española hubo un montillano al que su ciudad natal le honró rotulando con su nombre una calle: José María Carretero Novillo, periodista que, en aquel Madrid de finales de 1936 colaboró con las tropas franquistas organizando, junto a otros correligionarios, un sistema por el que creaban y difundían bulos y noticias falsas para extender entre la población el fantasma del derrotismo y propagar inventadas acusaciones de corrupción respecto a dirigentes republicanos. Parece ser que lo mejor de su creatividad literaria lo volcó en esta actividad.

Pero, volviendo a nuestro tema de inicio: apostaría lo que fuese a que el votante de Podemos es ajeno a cualquier tipo o modalidad de quintacolumnismo, pero no me cabe duda de que el efecto de su voto no lo ha sido. De lo que sí recelo es de la intención última de sus dirigentes.

Ahora, los mismos medios que en su momento se encargaron de cultivar y regar a la emergente Podemos bombardean a la opinión pública con el mensaje de que el partido socialista debe volver la espalda a su electorado facilitando un gobierno del Partido Popular y legitimando así las políticas económicas y sociales ejercidas por el Gobierno Rajoy durante los últimos cinco años.

Posiblemente, ésta pudiera ser la puntilla letal asestada a un PSOE que, después de haber perdido su condición de partido de gobierno, muchos deseen que pierda también su condición de partido de la oposición, lo que significaría la eliminación efectiva de una opción socialdemócrata en España.

Dicho de otra forma, los quintacolumnistas siguen en su soterrada labor mientras algunos intuyen escuchar ya próximo el eco de aquella fantasmagórica voz radiofónica diciendo: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas Nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.

ANTONIO SALAS TEJADA

21 de junio de 2016

  • 21.6.16
“La patria es el último refugio de los canallas”. Con estas palabras, el coronel Dax, interpretado por Kirk Douglas, plantaba cara ante un general corrupto y corruptor en la memorable Senderos de Gloria, que dirigió Stanley Kubrick allá por 1957 y que el régimen franquista, plagado de patriotas, temió y, por ello, censuró en España por contener frases como la mencionada. Aunque te pueda parecer una barbaridad, lector mío, hasta 1986 no llegó a proyectarse esta película en los cines de nuestro país.



La palabra "patria", en boca de un gobernante, es muy socorrida para justificar cualquier cosa que, racionalmente, pueda carecer de la más mínima justificación. Sorprendentemente, un político patriota, actuando por patriotismo, adquiere esa patente de corso por la que se siente legitimado, por ejemplo, para no cumplir la ley, así como, por ejemplo, para expropiar o incautar bienes o, incluso, detener, encarcelar o, si fuese necesario, “hacer desaparecer” a cualquiera. Esto explica por qué los dictadores suelen refugiarse tanto en la patria y, más aún, a medida que su vocación sanguinaria va en aumento.

La verdad, amigo que me estás leyendo, es que no hay argumentos racionales con los que defenderse de un patriota, pues la patria es, en sí, algo irracional, un concepto que apela a los sentimientos, a la visceralidad.

A la patria solo le basta un himno, un par de eslóganes pegadizos, tambores y cornetas, enarbolar una bandera, colocar tras ella a una multitud vociferante y que un caudillo hable en su nombre. Es algo muy sencillo: cuando el patriotismo se impone, solo hay que dejarse llevar por esos sentimientos que buscan su coincidencia con los del líder.

Esto viene a cuento, querido lector, de que, en esta campaña electoral que ya está en sus últimos estertores, uno de los partidos en liza ha desempolvado la palabra "patria" para justificar su petición de voto. No hay mitin de este partido en el que su líder no se proclame "patriota". De hecho, uno de sus candidatos fue general del ejército y se ha especializado en estas últimas semanas en hacer llamamientos patrióticos a la población.

Como la patria, por definición, es única y común a todos, el debate político queda entonces simplificado a algo muy fácil de entender, pues todo se reduce a las típicas dicotomías entre “lo patriótico” y “lo antipatriótico”; “los de arriba” y “los de abajo”; “la gente” y “la élite”; “los buenos” y “los malos”; “los puros” y “los corruptos”; “lo viejo” y “lo nuevo”... En definitiva: el ciudadano se alinea políticamente con los mismos criterios con los que un hincha deportivo se posiciona a la hora de identificarse con su equipo de fútbol. Todo un logro, ¿verdad?

Parece ser que vuelve a haber señores y señoras dirigentes políticos que se han dado cuenta de que lo irracional y lo visceral son convincentes en extremo y pueden mover a las masas a voluntad. ¡La suerte que han tenido estos señores y estas señoras con esto de descubrir que existe la patria! Ya tienen más refugios donde guarecerse.

ANTONIO SALAS TEJADA

7 de junio de 2016

  • 7.6.16
Cada vez es más difícil encontrar en las ferias de nuestros pueblos a aquellos charlatanes que, con derroche de envidiable elocuencia y de argumentos irresistibles, eran capaces de convencer al más sensato de las virtudes de aquella asombrosa manta que daba calor en invierno y frescor en verano o de aquella sartén que, para freír, no necesitaba ni aceite ni calor.



Ya no se les ve deambular de feria en feria porque me da la impresión, amigo lector, de que se han pasado en masa a la política. Imagino que lo habrán hecho al percatarse de que es más rentable económicamente ganar elecciones que vender mantas o sartenes.

Para ellos, lector mío, el sentido de la política no está en gobernar, sino en ponerse el traje de campaña, combatir por conseguir tu voto y embolsárselo. Lo que viene a partir de ahí es cuestión secundaria.

Esta puede ser la razón de que estos reconvertidos charlatanes de feria busquen esa situación ideal de campaña electoral donde ejercer sus dotes de oratoria y poner en práctica sus técnicas de persuasión. Por suerte para ellos, en nuestro país parece que estamos instalados en una campaña electoral permanente. Y, también por suerte para ellos, están las televisiones como inmejorable púlpito. Todo son ventajas, ¿no crees?

Es muy difícil resistirse a ellos, pues emplean esa infalible estrategia de ofrecernos aquello a lo que nadie en su sano juicio podría oponerse y en afirmar cosas con las que todo el mundo estará de acuerdo. Así, por ejemplo: “no más desahucios”; “quien debe gobernar es la gente, no una casta de corruptos que buscan solo su interés particular”; “hay que derogar todas las leyes injustas y aprobar otras que sí sean justas”; “antes de rescatar a los bancos hay que rescatar a las personas”; “bajaremos los impuestos precisamente a ti, a tu familia y a tus amigos y haremos pagar más a los ricos insolidarios y defraudadores”; “todo el que desee cuadrar un círculo podrá conseguirlo gracias a una democratización de la geometría y las matemáticas”… En definitiva, solo un insensato votaría en contra de esto, ¿verdad?

Como añadido, palabras tales como “democracia”, “participación”, “consenso”, “honradez”, “sinceridad”, “limpieza”, “justicia” o “patriotismo” dan la sal y la pimienta a todo el discurso, bien surja en un mitin, en un debate televisado, en Twitter o en un video de Youtube, pongamos por caso.

No sé lo que tú opinarás, lector, pero tengo la impresión de que este tipo de mensajes así de salpimentados auguran buenos réditos electorales, es decir, suelen dar buen resultado a la hora de vender mantas fabulosas y sartenes mágicas.

Pronto habrá elecciones y los líderes políticos ya están en traje de campaña y enzarzados en batalla electoral a la conquista de tu voto, lector paciente. De ti, de mí y de millones de españoles depende llenar el Parlamento de políticos o de charlatanes de feria. Y el problema está en que, para ti, para mí y para todos esos millones de españoles, es extremadamente difícil y complicado diferenciar entre unos y otros. Por eso estoy preocupado. ¿Tú no?

ANTONIO SALAS TEJADA

24 de mayo de 2016

  • 24.5.16
La icónica imagen en rojinegro del Che Guevara con su boina militar adornada por una estrella de cinco puntas es una marca registrada que genera millones de dólares a su propietario y con la que incontables empresas del mundo hacen caja imprimiéndola en camisetas, banderas, pancartas, carteles, pegatinas y todo tipo de merchandising imaginado y por imaginar.



¿Sabías eso, lector? Pues sí. Transcurridos cincuenta años de su muerte, la repercusión más significativa del Che Guevara se concreta en una imagen que es un producto comercial más en la dieta nutritiva de ese capitalismo al que el mitificado guerrillero comunista combatió a base de fusil.

En verdad, lector mío, también lo antisistema es un producto de mercado que genera pingües beneficios económicos y a cuyo consumo anima el propio sistema al que aparentemente fustiga. No es algo nuevo. Hace dos mil años, un movimiento llamado cristianismo generó unos símbolos e iconos que el propio sistema al que combatía incorporó como propios y comercializó de manera ejemplar. Y tan ejemplar. Es en lo que, también, a cinco años vista, parece que se ha convertido eso que llaman 15 M.

El 15 de mayo de 2011, con un Gobierno socialista en España sitiado por una crisis económica surgida como por arte de magia y en vísperas electorales, una novedosa manera de protesta, organizada de forma anónima, que no espontánea, a través de los teléfonos móviles e Internet, consiguió concentrar a masas de gente en las plazas de las ciudades para poner de manifiesto y denunciar el divorcio entre la política y la ciudadanía.

Las consecuencias inmediatas de aquellas manifestaciones fueron la caída de aquel Gobierno socialista, la victoria electoral del Partido Popular por mayoría absoluta y el nacimiento de un nuevo partido político liderado por quienes entonces eran anónimos, que no espontáneos, organizadores de las protestas.

Han transcurrido cinco años y algunos miles de nostálgicos se congregaron hace unos días en la madrileña Puerta del Sol para celebrar el aniversario de aquel evento. Ni por asomo llegaban a igualar en número a lo que se suele congregar allí una Nochevieja a la espera de las doce campanadas, pero se hacían ver. Ya no protestaban ni manifestaban indignación. Todo tenía un aire festivo.

En plena plaza, una cadena de televisión montó su plató para retransmitir en directo el espectáculo y entrevistar a los entonces anónimos, que no espontáneos, organizadores y ahora conocidos dirigentes del nuevo partido, convertidos ya en diputados, cargos públicos o asesores de cargos públicos, anunciando que, con ellos, el fin de los problemas está garantizado. También proliferaban los tenderetes de mercadillo con los típicos souvenirs del 15 M, entre los que supongo que no faltaría merchandising con la imagen del Che Guevara.

Sentado frente al televisor, te confieso, lector paciente, que al ver esto me vino a la mente, no sé por qué, la escena evangélica en la que el Nazareno, látigo en mano, echaba del templo a los mercaderes allí instalados. Pero nada alteró el guion previsto. Aquellos “mercaderes” de la Puerta del Sol siguieron pregonando y vendiendo su mercancía hasta que el programa de televisión finalizó y, con él, se puso fin al 15 M de este año.

ANTONIO SALAS TEJADA

10 de mayo de 2016

  • 10.5.16
Cuando el forajido Frank Miller anunció a los habitantes de Hadleyville que, tras salir de prisión, iría hasta allí con la peor de las intenciones imaginables, todos en el pueblo dirigieron sus miradas a Gary Cooper, que en la película encarnaba al sheriff Will Kane. En un primer momento, al adusto representante de la ley y el orden en la localidad no le faltaron ofrecimientos de ayudantes de sheriff y de voluntarios para conjurar con éxito la amenaza que se cernía. Miller y su banda llegarían al pueblo en el tren de las doce en punto. Sin embargo, las deserciones se iban sucediendo a cada minuto y, al marcar el reloj la hora fatídica, Gary Cooper estaba solo ante el peligro.



Es posible, lector mío, que el argumento cinematográfico del western con el que he empezado estas líneas bien pudiera sugerir, forzando el símil hasta el extremo, la narración del intento de Pedro Sánchez para formar ese Gobierno que, al parecer, tan urgente es para España y que, paradójicamente, tanto están retrasando esos partidos políticos que, según dicen ellos mismos, representan la voluntad popular. Pero no es ésa mi intención.

El reloj avanza implacable hacia la cita electoral del 26 de junio y seguimos sin asimilar que los partidos políticos, que son los responsables constitucionales de resolver los problemas de la gente, no solo no lo están haciendo sino que han generado un problema añadido que, ante la incapacidad de solventarlo entre ellos, trasladan a la ciudadanía la responsabilidad de hacerlo.

Parece un trabalenguas pero, dicho en términos cinematográficos, nos han dejado solos ante el peligro, como a Gary Cooper esperando la llegada del tren de las doce. No me extraña que, últimamente, en las encuestas sociológicas que se están publicando, la política sea percibida por los ciudadanos como uno de los principales problemas del país. Mal asunto para la democracia, ¿no crees, lector?

Si recuerdas, para las elecciones del pasado 20 de diciembre había un partido, de los llamados “emergentes”, que predicaba las bondades de acabar con el supuesto “bipartidismo reinante” y de evitar que las mayorías absolutas degenerasen en “Gobiernos absolutistas”. En principio, la propuesta tenía su gancho. Muchos ciudadanos siguieron esa consigna y del resultado electoral surgió un parlamento plural y diverso con el mandato implícito de consensuar respuestas y resolver los problemas de la sociedad en base a lo que cada partido comparte con los restantes, aparcando las diferencias.

Pero la reacción del mencionado partido emergente, y de otros, fue la de exigir la polarización de todas las fuerzas parlamentarias en dos bloques, a manera de un nuevo “bipartidismo de confluencias”, para que, en una posterior fase, la victoria del bando de los “buenos” sobre el de los “malos”… ¿conduzca a nuestro país a esa democracia tan envidiada por el mundo como es la que disfrutan actualmente los venezolanos? Vaya pregunta te lanzo, ¿verdad, lector?

La única realidad es que hace cuatro meses los españoles acudimos a las urnas de manera vana y, ahora, nuestros líderes políticos nos han dejado solos en el andén de la estación esperando a que Frank Miller y su banda bajen del tren cuando las manecillas del reloj marquen la hora de la verdad. Eso será el próximo 26 de junio. Gary Cooper, a pesar de que todo lo tenía en contra, dio un buen final a la película. Esto siempre es un motivo para ser optimistas, supongo.

ANTONIO SALAS TEJADA

26 de abril de 2016

  • 26.4.16
La escena tuvo lugar en la Universidad, en el aula paraninfo, que estaba a rebosar de gente. Muchos no eran estudiantes ni del ámbito universitario. Estaban allí no para participar en un acto académico, aunque de tal apariencia estaba revestido, sino para escuchar un discurso sobre una ideología que, en la opinión de los organizadores, estaba llamada a transformar España.



Un profesor de aquella Universidad, metido en política desde hacía poco, peroraba, a manera de conferencia, acusando e insultando, con nombres y apellidos, a quienes tenían la osadía de criticar la doctrina de la que se hacía apóstol.

Los aplausos eran profusos. En ese momento, alguien de los presentes tomó la palabra para defender el derecho a opinar distinto, pedir respeto y discrepar de las premisas doctrinales allí proclamadas. El conferenciante contestó en tono chulesco descalificando a quien osó interrumpir. La voz del espontáneo quedó ahogada entre abucheos de la gente y el acto terminó con vítores y aplausos a los líderes del movimiento político que allí se ensalzaba.

Puede, estimado lector, que este suceso, así descrito, te parezca una anécdota entre muchas. No obstante, en un manual de Ciencias Políticas, aparecerá como un ejemplo de cómo se vive bajo un régimen político totalitario.

Lo narrado ocurrió hace ochenta años, durante la guerra civil española, un 12 de octubre de 1936 en la Salamanca ocupada por el ejército franquista. El encargado de pronunciar el discurso era un tal Francisco Maldonado, un mediocre profesor de Literatura, y el espontáneo que se atrevió a discrepar en voz alta se llamaba Miguel de Unamuno, a la sazón, rector de la Universidad donde se celebraba el acto.

Entre los que ahogaron las palabras de Unamuno con vítores necrófilos y arengas patrióticas fue un tal Millán-Astray, militar de la legión cuya presencia, por faltarle un brazo y un ojo, no pasaba desapercibida. Unamuno fue detenido, puesto en arresto domiciliario y, de manera imprevista, su fallecimiento fue anunciado a los dos meses del incidente.

Hace no más de una semana, también en un espacio universitario rebosante de gente, un líder político, en un discurso apologético de la ideología que promocionaba, arremetía contra los profesionales del periodismo y los medios de comunicación críticos con su partido. La gente aplaudía enfervorizada. Una periodista presente interrumpió para pedir respeto a la libertad de prensa y al derecho a informar y opinar sin censura. El referido político, en tono de burla, descalificó a la atrevida periodista, cuya voz quedó ahogada entre sonoros abucheos de la gente, viéndose obligada a abandonar la sala.

En mi opinión, los dos incidentes mencionados mantienen cierto paralelismo y me llevan a reflexionar sobre la facilidad con la que el totalitarismo cala en una sociedad democrática hasta conseguir que deje de serlo.

El totalitarismo se nutre de la gente, en cuyo altar sacrifica a las personas hasta anularlas. Por eso, fue la gente la que ahogó la voz de Unamuno y también fue la gente la que expulsó a aquella periodista que pidió respeto a la libertad de prensa. Para el totalitarismo, la voluntad de la gente lo justifica todo y se impone ante todo.

La gente es la muchedumbre, es una masa intocable, anónima e impune a la que todo se le permite y que está por encima de la propia ley. Y es la propia gente la que le otorga a su líder la misión de interpretar los deseos y la voluntad de ella, hablar por ella, pensar en lugar de ella, decidir en nombre de ella… Espero que en mí país, que también es el tuyo, querido lector, nunca ocurra esto.

ANTONIO SALAS TEJADA

20 de abril de 2016

  • 20.4.16
La coincidencia del título de esta columna de opinión con el de la legendaria canción de Gabinete Caligari, aunque buscada, nada tiene que ver ni con la ciudad castellanoleonesa de ese nombre ni mucho menos con el referido grupo de rock español de la tan mitificada Movida madrileña. La verdad, respetado lector, es que solo intento atraer tu atención y, con este fácil juego de palabras, aprovechar la reciente y precipitada dimisión del ministro Soria, que fuera titular de la cartera de Industria, para reflexionar contigo sobre un tema al que, si algún conferenciante de ocasión tuviera que darle nombre para alguna de sus charlas, bien podría ser éste: “La mentira como camino hacia el éxito”.



No quiero esta vez hablar de política, lector sufrido, aunque el contexto y los personajes lo impiden. Por delante vayan mi respeto y mi constitucional presunción de inocencia hacia el señor Soria, paralelos al hecho constatable de que el susodicho, siendo ministro, negó su participación en empresas familiares radicadas en paraísos fiscales y, tras recibir el respaldo público de sus compañeros de partido avalando sus palabras, la aparición de un documento con su firma estampada puso en evidencia que no había dicho la verdad y dejó en comprometida situación a los compañeros que lo apoyaron.

A partir de entonces, el señor Soria carga con la sospecha de en qué otras mentiras que le hicieron prosperar pudiera haber incurrido durante su carrera política.

Porque es de pensar que si el dimisionario ministro hubiese hecho públicas en su momento sus ahora criticadas actividades empresariales, aunque en ningún modo estaban fuera de la legalidad, su carrera política no hubiera sido tan afortunada y quizá no hubiera llegado a ser ministro, lo que viene a confirmar que, en la vida, la verdad suele cerrar muchos caminos y, en cambio, mintiendo podemos llegar muy lejos.

Sin quererlo, el señor Soria nos ha mostrado con su ejemplo que hay un camino a seguir para todos aquellos que aspiran a ser triunfadores: el llamado camino “Soria”, que consiste en asumir que lo censurable del mentiroso no está en mentir, sino en que se descubra que mintió. Otra cuestión será la conciencia ética de quien ejerce la mentira, así como la esclavitud en la que cae el que hace de su persona un retrato de aquel personaje de Moliere llamado Tartufo.

Creo, sinceramente, que no es relevante que el señor Soria sea militante de un partido político concreto, pues opino que bien podría estar en cualquier otro y, es más, apostaría incluso a que no hay partido político, tanto de los de la “casta” como de los “descastados”, que no tenga entre sus filas firmes y convencidos seguidores del camino Soria en la carrera política.

Y lo más triste es que este tipo de personas, cuando son desenmascaradas y puesto en evidencia su tartufismo moral, causan un perjuicio mucho mayor que el que eventualmente pudieran provocar con sus mentiras: pueden hacer que ciudadanos como tú, lector, se sientan engañados, desencantados de la política y tiren la toalla para dejar a esos charlatanes de feria que campen a sus anchas. Yo me resisto en caer en ese dañino pensamiento. No creo que esos individuos puedan burlarse de la gente honesta. No quiero creerlo. ¿Tú qué opinas?

ANTONIO SALAS TEJADA

12 de abril de 2016

  • 12.4.16
Antes de nada, avisarte, anónimo lector, de que esta breve reflexión trata sobre política. Me veo en el deber de anunciarlo de antemano por si tienes algunos prejuicios sobre el tema, que yo también los tengo, y así estar los dos a la par, evitando ventajas de uno respecto a otro.



Dada la materia, el título elegido bien podría corresponder al de alguna pretenciosa tesis sobre ciencia política ideada por algún no menos pretencioso politólogo, de esos que ahora están vislumbrando ciertas salidas laborales a sus estudios universitarios, pues parece que la política ha entrado en ese mercado de consumo informativo que hasta el momento estaba reservado al papel cuché y a la prensa deportiva. Y es que, en política, la incoherencia está cargada de lógica.

Esta idea me asaltó hace poco, cuando leí la noticia de que ciertos líderes de un partido político que defiende en su programa electoral eliminar la figura del indulto, por considerarla una injerencia del poder ejecutivo sobre el judicial, han emprendido una campaña de recogida de firmas para que el Gobierno indulte a un compañero de filas condenado a prisión por agredir a un concejal de un partido distinto al suyo, alegando que propinar patadas y puñetazos a un contrincante político es una forma legítima de ejercer la libertad de expresión. La lógica de los argumentos esgrimidos para tal petición era aplastante, al tiempo que compatible con su absoluta incoherencia.

Incoherencia como la contenida en la afirmación de que, en nuestra querida España, las elecciones las gana el partido que más votos recibe y que, por lo tanto, tal partido está legitimado para gobernar, aunque sea con un 23 por ciento de sufragios frente a un 77 por ciento de votos contrarios. Esta afirmación, además de incoherente es falsa de solemnidad, pues, según nuestra Constitución y la Ley Orgánica de Régimen Electoral General, las elecciones las gana el partido que logra sumar la mayoría suficiente de diputados, si hablamos del Parlamento, o de concejales cuando se habla de ayuntamientos. Ésta, y no otra, es la razón que explica la lógica de que el Partido Popular, después de las elecciones del pasado 20 de diciembre, se vea incapacitado para formar gobierno. En algún momento, el señor Rajoy tendrá que asumir que, según la vigente ley electoral, no ha ganado las últimas elecciones.

Pero, en este asunto de la política, la gran incoherencia cargada de lógica podría estar en el hecho de que los ciudadanos asumamos con total normalidad que, para ser gobernante, es decir, responsable, por ejemplo, de la sanidad, de la educación, de la seguridad, de la economía, del urbanismo o de las obras públicas de nuestro país, nuestra región o nuestro municipio, basta con ser político, o sea, tener una profesión para la que no se requiere titulación académica, no se precisa formación específica alguna ni tampoco acreditar capacidades concretas. Posiblemente, si en este país se exigiesen las mismas garantías profesionales para ejercer, por ejemplo, de cirujano, de instalador electricista o de auxiliar administrativo, el caos sería supino.

Al final, la lógica de que, en una democracia, el Parlamento ha de ser un fiel reflejo de la sociedad a la que representa, nos podría llevar a la incoherencia y al absurdo de tener que reservar la correspondiente cuota de escaños para evasores de impuestos, corruptos, malversadores de fondos públicos y un completo etcétera de ejemplos nada deseables de lo que, por desgracia, también está en nuestro tejido social. Quizá, lo coherente sería desear que en nuestro Parlamento esté representado solo lo que nos gustaría que fuese España, pero sospecho que muchos opondrían sus lógicas objeciones al respecto.

Querido lector, no quiero alargar más esta reflexión, poniendo a prueba tu paciencia y, lo que más me preocupa, arriesgándome a escribir más de lo debido e incurrir en lógicas incoherencias no deseadas. A partir de esta línea, continuar en la reflexión está, lógicamente, en tu mano.

ANTONIO SALAS TEJADA

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