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21 de agosto de 2021

  • 21.8.21
No soy capitán, ni siquiera marinero de ninguna embarcación. Solo soy un educador ambiental que este verano, a bordo de la Blancazul, intenta mostrar la gran biodiversidad que albergan nuestros mares. Hablamos de la importancia de la posidonia oceánica; del secreto y misterioso nido de la tortuga boba que, en breve, eclosionará en Mojácar; de las diferentes especies de cetáceos que nadan en nuestras aguas... Hablamos de salinas, de bosques costeros, de piratas en el Mar de Alborán; del cambio climático, de microplásticos y de nuestra ceguera.


El objetivo es que las familias, la ciudadanía, descubran, conozcan y valoren los ecosistemas y las especies que nos llevan acompañando, alimentando y protegiendo desde que decidimos asentarnos en estas costas. Si conseguimos enseñarlos a mirar, despertar su curiosidad, habremos conseguido lo más difícil. El resto ya depende de cada uno.

Nos pasa a todos que, ocupados en nuestra rutina, centrados en nuestros proyectos, siempre andamos buscando la manera de mejorar, de encontrar las habilidades, las técnicas, las herramientas para aumentar la eficacia de nuestras acciones; de hacer llegar nuestro mensaje con más claridad.

Y en ese afán de mejora, a veces se nos olvida pararnos a observar, a escuchar y a ponernos en los zapatos del otro. Este verano, la mar me ha enseñado algunas lecciones y me ha recordado otras muchas que tenía olvidadas.

Hace unos días, con apenas unas horas de diferencia, aparecieron dos cadáveres flotando a la deriva: uno de una delfina común y otro de un inmigrante. Ambos fueron recuperados y llevados a puerto por dos embarcaciones recreativas cargadas de familias en bañador, que disfrutaban de un bonito y vacacional día de verano.

Dos situaciones desagradables que desinflaron nuestra alegría y que nos hicieron bajar de la nube a la que nos habían elevado unos minutos antes los saltos de los delfines mulares que frecuentan la piscifactoría de Aguadulce.

Tras las llamadas a Emergencias y la retirada de los cuerpos, ambos se convirtieron en números que siguen engordando nuestras estadísticas. Unos pocos datos recogidos y a pasar página porque la vida sigue. ¿Qué más se puede hacer salvo resignarse y aceptar la realidad del mundo que hemos construido?

La vida y la muerte son algo natural, algo que nos iguala. Pero saber que ambas muertes son nuestra responsabilidad, que quizás se podrían haber evitado si las políticas, si la economía, si las fronteras fuesen más humanas, es algo que nos debería dar que pensar.

Quizás si los cuerpos hubiesen llegado a la abarrotada Playa de La Romanilla, más gente se habría visto en la obligación de responder a las preguntas de los niños, a la necesidad de buscar respuestas coherentes a hechos inexplicables.

Son esos momentos de confusión los que terminan removiendo nuestras conciencias; los que nos hacen carraspear y tragar saliva; los que aflojan el nudo de la venda de nuestros ojos; los que nos despiertan del sopor de la anestesia con la que adormecemos nuestros sentidos y nos ayuda a justificar lo injustificable.

A lo largo del verano hemos tenido la ocasión de embarcar a dos grupos de la Cruz Roja. Uno con niños que, nada más subir, preguntaron por los salvavidas; que sabían reconocer la patrullera de la Guardia Civil en la lejanía y que nos contaron con una sonrisa inocente que habían visto delfines cuando cruzaron en patera el Estrecho con sus padres.

El otro grupo estaba conformado por adultos de diferentes países africanos que, mientras les hablábamos de las distintas especies y la necesidad de proteger los delfines y las tortugas, nos dieron una clase de anatomía sobre estos animales porque se los comen en sus países desde tiempos inmemoriales.

Ante situaciones como éstas lo mejor es callar nuestro mensaje paternalista, conservacionista, ejemplarizante, y escucharlos y aprender las lecciones de la vida que les ha tocado vivir. Nosotros, que les robamos su riqueza, que destrozamos los ecosistemas del mundo, tenemos la poca vergüenza de decirles que tenemos un problema global, que tienen que cambiar sus costumbres, que tienen que limitar su crecimiento, que no pueden huir de la pobreza.

Estas enseñanzas de la mar, como no puede ser de otra manera, las incorporamos a nuestras actividades y nos sirven para generar debates, para provocar reacciones, para hacer aflorar sentimientos, para remover conciencias.

Mientras hablamos de pesca sostenible, de la necesidad de aunar esfuerzos para minimizar los impactos que generamos con nuestras artes de pesca, recordamos que la mar es donde se originó la vida en la Tierra, que nos alimenta y nos cuida, y donde, por desgracia, hemos construido muros invisibles en los que se ahogan muchos sueños e ilusiones.

MOI PALMERO

17 de agosto de 2021

  • 17.8.21
Desde el anuncio por parte de la Junta de Andalucía del balizamiento de algunas playas del Parque Natural de Cabo de Gata, en Almería, las boyas se han convertido en tema de conversación de muchas tertulias veraniegas. De nuevo asistimos al eterno debate de economía o conservación, hombre o naturaleza. Y como en este país hay que posicionarse, elegir entre blanco o negro, todo el mundo lo está haciendo. Así que me siento a la mesa con ustedes.


Yo, al igual que los tres grupos ecologistas que se han posicionado públicamente –y me atrevería a decir que como gran parte de la población– catalogo esta medida como necesaria, oportuna y muy acertada –y añadiría, incluso, que valiente– porque otros pudieron hacerlo y no se atrevieron. O, quizás, no era el momento adecuado. O simplemente no quisieron.

El problema no es nuevo: se lleva discutiendo muchos años, como tantos otros problemas del espacio protegido. Hace seis años, las empresas de kayak proliferaban como rosquillas, salía una debajo de cada piedra y se ofrecían en los diferentes establecimientos hosteleros o en chiringuitos ilegales en las mismas playas sin pudor ninguno.

Los empresarios locales se quejaban de las empresas foráneas sin autorización, que aprovechaban el verano para hacer, literalmente, su agosto. Y lo hacían, vaya que si lo hacían. Y luego se marchaban.

Eso se ha ido regulando, haciendo un listado de empresas para controlarlas, para poder trabajar en la costa. Y si algo hay que achacarle a la decisión tomada por la Junta de Andalucía es que se haya esperado hasta el 14 de julio para hacerla efectiva. Debería haberse hecho antes del comienzo de la temporada de verano para no perjudicar a estos empresarios, pero entiendo que las cosas de palacio van despacio y los procedimientos tienen sus tiempos.

De la nota de prensa que difundió la Junta de Andalucía para dar a conocer la decisión creo que es importante remarcar que ha sido una solución consensuada con el Ministerio de Costas, Capitanía Marítima de Almería y aprobada en la última reunión de la Junta Rectora del Parque que, no podemos olvidar, tiene función de control, vigilancia y participación ciudadana.

En esta Junta Rectora del Parque hay representantes de los diferentes partidos políticos, empresarios de la comarca, grupos conservacionistas, científicos y los gestores del espacio protegido, que se reúnen para encontrar las mejores soluciones para proteger los valores naturales del territorio.

Es cierto que por esta Junta Rectora han pasado muchos profesionales y que se ha hablado y se han analizado hasta la saciedad problemas como la masificación en las épocas estivales, de la movilidad para llegar y circular por el parque; y han insistido, machaconamente, que si no se toman las medidas oportunas, el Cabo de Gata puede morir de éxito.

Se han planteado numerosas medidas para intentar gestionar estos problemas y para hacer efectivo el II Plan de Desarrollo Sostenible, con el objetivo de encontrar el equilibrio entre economía y conservación. Pero, por ahora, todas estas medidas han sido insuficientes.

Hay que ser osado y consecuente con lo que se quiere conseguir. No se puede decir una cosa y hacer otra porque, hasta ahora, hemos visto muchas buenas intenciones. Pero lo cierto es que en el Parque Natural de Cabo de Gata está todo el mundo cabreado: los empresarios, los pescadores, los conservacionistas, los visitantes, los habitantes... Nadie tiene muy claro cuáles son los objetivos que se deben conseguir y hay una sensación en el ambiente de querer contentar a todo el mundo.

El balizamiento de este verano, como el control de acceso a Monsul y Genoveses, siempre van a ser medidas impopulares, criticadas por unos o por otros. Pero son medidas que hay que tomar porque si queremos conservar esos rincones idílicos, mágicos, de una gran belleza y biodiversidad, protegidos por numerosas figuras de protección nacionales e internacionales, no podemos permitir que se repitan esas imágenes de atascos a la entrada del parque, o los coches aparcados en las cunetas en cualquier lugar, o la Reserva Integral Marina del Arrecife de las Sirenas rodeado de pequeñas embarcaciones que buscan la foto que no tiene nadie.

Desde abril hay un nuevo presidente, muchas caras nuevas en la Junta Rectora y, por tanto, diferentes formas de pensar y de actuar. El tiempo dirá si estas boyas son el principio del cambio o se quedan solo en un experimento, en un gesto de cara a la galería, en medallas para justificar algunos de los proyectos que se están valorando.

Mientras lo descubrimos, por mi parte aplaudo el balizamiento, que –hay que recordar– no prohíbe nada: solo viene a regular el caos que, por inacción, vivíamos en algunas playas. Y trata de garantizar la salud de los bañistas y de preservar la biodiversidad de nuestros fondos marinos. Eso sí, mientras tanto, El Algarrobico sigue en pie, esperando a que el alcalde de Carboneras permita que se cumpla la ley.

MOI PALMERO

14 de agosto de 2021

  • 14.8.21
Habría que reformular el principio de conservación de la energía: la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Y se paga. El recibo de la luz sube cada mes y las razones seguimos sin comprenderlas, porque todo nos suena a excusas y a justificaciones para tapar el verdadero problema: el monopolio de las eléctricas, encubierto de libre mercado.


Los gobiernos, unos y otros, siempre terminan culpándonos porque no sabemos qué potencia tenemos contratada, si estamos en el mercado libre o regulado o porque abusamos de los aires acondicionados. Como si las facturas o el modelo creado estuviesen pensados para comprenderlos y beneficiar al ciudadano.

Resignados, magnánimos, ante nuestras continuas quejas, nos ofrecen una solución: "planche usted por la noche y, vale, nosotros –ellos no– reduciremos un poquito el IVA". Y poco más, porque saben que tras la pataleta viene la calma, que no podemos prescindir de la energía, y que pagaremos a pesar de comer un poco menos.

Ahora tenemos una oportunidad de que el modelo cambie. Vivimos una transición hacia un modelo energético sostenible pero, como siempre, nos mienten o utilizan medias verdades. Con la pintura verde lo quieren tapar todo, pero lo único que va a cambiar será el origen de la energía, que ahora, por el agotamiento de los combustibles fósiles, por las consecuencias del cambio climático y por las nuevas políticas europeas, estará basado en las energías renovables. Bravo.

Pero el modelo va a seguir siendo el mismo: grandes empresas que ya trabajan para monopolizar el mercado. Y lo hacen en silencio, en connivencia con las administraciones, que no ponen freno a sus movimientos especulativos.

Hace unas semanas, la Alianza Energía y Territorio (Aliente) pidió una moratoria de renovables a gran escala en Andalucía, hasta que se haga una planificación que evite la réplica del modelo actual y la destrucción de áreas de alto valor ecológico, agrícola, paisajístico, social o cultural y que son hábitat de numerosas especies de flora y fauna, como las aves esteparias del Desierto de Tabernas.

Esta Alianza, conformada por más de 150 asociaciones y entidades de toda España, ha presentado un manifiesto, respaldado por más de 270 docentes y profesionales de la investigación, en el que piden, entre otras cosas, la suspensión temporal de las autorizaciones de producción de energía eléctrica a partir de fuentes renovables de más de 5 megavatios y que se cuente con la participación ciudadana, es decir, con los habitantes del territorio, tal y como exige la normativa comunitaria. Todo ello para, en el plazo de seis a doce meses, presentar esta planificación que evite las barbaridades que se están cometiendo en estos momentos de descontrol y de expansión masiva.

En Andalucía están en proceso de tramitación más de 600 proyectos que equivaldrían a un total de 22 gigavatios de potencia fotovoltaica, cuando los objetivos nacionales para 2030, según el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) son de 39 gigavatios. Solo en el Campo de Tabernas en Almería hay proyectadas 3.000 hectáreas: la potencia equivalente al 5,4 por ciento de los objetivos nacionales.

Una de las estrategias de las grandes empresas para bordear las leyes ambientales es la de fraccionar los proyectos presentados. Así evitan las Evaluaciones de Impacto Ambiental que exigen los megaproyectos de más de 100 hectáreas y con potencia mayor de 50 megavatios.

Al dividir los lotes, con menos hectáreas y potencia, pueden presentarlo ante las comunidades autónomas donde, normalmente, la tramitación ambiental es menos rigurosa. Sobre el papel son pequeños huertos solares de diferentes sociedades pero, a la hora de la verdad, comparten instalaciones de evacuación. Es decir, el mismo perro con diferente collar.

Si no planificamos corremos el riesgo, además de desmembrar el territorio y acabar con la biodiversidad, de darle la puntilla al medio rural, porque ya se ha demostrado en la comarca de Guadalajara y del Alto Aragón que este tipo de proyectos no sirven para fijar la población rural a la tierra, que es uno de los argumentos esgrimidos por algunas administraciones.

Renovables sí, hay que apostar por ellas, pero no así. Hay que favorecer un modelo basado en el autoconsumo, a nivel personal o de pequeñas comunidades como ha hecho Almócita, que vuelve a ser ejemplo de sostenibilidad y que utiliza los tejados de sus instalaciones públicas para abastecer todo el pueblo.

No hacen falta megaproyectos con instalaciones faraónicas, porque eso nos convertirá en lo que somos ahora: esclavos de unas empresas que consiguieron ponerle un impuesto al sol. Impuesto ilegal por el que Europa nos castigó pero que sirvió a estas grandes empresas para planificar y organizar su estrategia. Y si no las frenamos ahora, seguiremos quejándonos y poniendo lavadoras a las doce de la noche.

MOI PALMERO

10 de agosto de 2021

  • 10.8.21
Pocos niegan que estemos inmersos en un nuevo cambio global, en esta ocasión sin precedentes para la humanidad. Es cierto que hemos vivido otros cambios climáticos que nos han traído hambrunas, enfermedades, guerras y que han derivado en crisis sociales, políticas, y económicas. Pero como la actual, nunca.


Este verano, por si alguien tenía dudas, diferentes noticias nos lo vienen a recordar. Unas son alarmantes, evidentes, catastróficas; otras pasan desapercibidas, casi como anécdotas graciosas. Pero todas están relacionadas y tienen el mismo origen: el cambio climático.

Comenzamos el periodo estival con la amenaza de la mayor sequía en Europa de los últimos 2.100 años y, a su vez, con las grandes inundaciones en Alemania y Bélgica, que dejaron más de doscientas víctimas mortales e incalculables daños materiales. En estos días estamos viendo cómo los bosques del Mediterráneo oriental están ardiendo con más de trescientos focos activos o cómo el aumento del nivel del mar amenaza con inundar nuestras costas.

Ante la subida de la temperatura del planeta y de los desequilibrios que origina, presenciamos hechos llamativos que nos deberían dar que pensar. Este verano, los flamencos han abandonado sus nidos en la laguna malagueña de Fuente de Piedra, algo insólito para los científicos.

Algunos años, por la sequía, no lo habían hecho. Pero, en esta ocasión, han abandonado más de 3.000 huevos por la imposibilidad de sacarlos adelante. A su vez, y es en lo que deberíamos fijarnos, han comenzado a buscar nuevas zonas de cría y se han encontrado nidos en la laguna rosa de Torrevieja en Alicante, o en la laguna de Gallocanta en Aragón, o en las Marismas del Odiel, donde ha aparecido un tercer núcleo de cría.

Las especies, el planeta se están adaptando a las nuevas condiciones para sobrevivir. Sin embargo, a nosotros nos costará más, porque hemos creado complejas sociedades y megainfraestructuras que queremos salvar a toda costa, pensando que esto será algo pasajero y que con las políticas de mitigación del cambio climático, en las que nos hemos centrado tarde, será suficiente.

Es el momento de empezar a discutir cómo nos vamos a adaptar; de pensar qué vamos a sacrificar; de planificar los esfuerzos. Decisiones difíciles de tomar, como supongo que lo sería para los flamencos la de abandonar sus nidos.

Lo malo de nuestra especie es que hace ya mucho tiempo dejó de mirar por el interés común para centrarse en el interés individual, el de las fronteras artificiales, el del propio ombligo. Por desgracia, los que más posibilidades tienen de adaptarse a las nuevas condiciones son los que han acelerado el problema, los que hasta que las catástrofes no han ocurrido en sus casas las han ignorado viviendo una vida acomodada a costa del planeta y de robar los recursos naturales a terceros países. A su costa han (hemos) acumulado la riqueza y la tecnología que puede salvar a una elite dispuesta a vivir en burbujas artificiales sin contacto con el medio ambiente. Y así nos va.

Entre todas estas noticias catastróficas, un rayo de esperanza, al que personalmente llevo mucho tiempo aferrado, ha iluminado el cielo patrio. Hace unos días, sin apenas repercusión mediática, se aprobó por parte del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico el Plan de Acción de Educación Ambiental para la Sostenibilidad.

Para muchos es algo insustancial, un brindis al sol, un puñado de bonitas palabras que, ante la economía, pasarán desapercibidas. Pero, para mí, es el camino que hay que seguir, una nueva forma de entender el mundo, los pilares básicos en los que construir un nuevo modelo. Lento, pero seguro.

En los objetivos de esta planificación para pasar a la acción se habla de la Educación Ambiental como la herramienta para el cambio social, cultural y económico que la emergencia climática y ambiental requieren; de impulsar la información, la sensibilización y concienciación de la sociedad para aumentar su participación en los procesos de toma de decisiones; y de promover cambios para entender la manera de relacionarnos con nuestro entorno, entre nosotros, y de acelerar la transición ecológica.

Lástima que estas noticias no tengan la repercusión que ha tenido la marcha de Messi. Si Leo informase de la emergencia climática quizás alguno lo escuchase, pero él nunca ha sido un líder, sino solo el mejor jugador del mundo. Pero no un líder.

En su despedida podría haber dicho algo así como “ni Bartomeu, ni Laporta, ni Tebas son responsables de mi salida. La culpa es del cambio climático, que nos trajo una pandemia, que provocó una crisis económica y que, a su vez, impide que paguen mi millonaria ficha”. Quizás suene a chiste. O no. Quién sabe si lo que estamos viviendo no es un chiste de mal gusto.

MOI PALMERO

4 de agosto de 2021

  • 4.8.21
Opinar siempre ha sido peligroso. Por eso nos aconsejaban pasar desapercibidos, responder solo si nos preguntaban e intentar no hacerlo en determinadas circunstancias. ¿Para qué mostrar tus ideas, pensamientos o dudas en público si nada vas a ganar en ello y puedes perderlo todo, incluso la vida?


A pesar de que vivimos en el mejor momento de la historia para poder expresar nuestras opiniones, y pese a que el derecho a la libertad de expresión e información aparece reflejado en la Declaración de los Derechos Humanos y en las Constituciones de la mayoría de los países democráticos, tengo la impresión de que hay más miedo a hacerlo que nunca, ya que el poder sigue moviendo sus hilos para intentar silenciar a la ciudadanía y redirigir su pensamiento.

En los últimos meses hemos vivido algunos ejemplos muy llamativos que pretenden recordarnos lo que nos puede pasar si abrimos la boca. Uno de ellos fue la detención en directo de una youtuber cubana que invitaba a la población a salir a protestar, aunque lo más impactante fue escuchar su declaración al día siguiente, después de pasar una noche entera en el calabozo.

Contaba que la habían tratado bien, que sus guardianes le habían aconsejado muy amablemente que tuviese cuidado, argumentos previos para justificar que había aprendido la lección, que ella seguiría defendiendo los derechos de sus conciudadanos, pero que se planteaba dejarlo todo por la seguridad de su familia, para que a ellos no les pasase nada, para no engordar la lista de los centenares de personas desaparecidas en la isla. La habían aterrorizado y con razón. No la culpo. Lo triste es que los medios quieren presentarla como una heroína del pueblo cuando, en realidad, lo hacen para recordarnos lo que nos puede pasar si no guardamos silencio.

"Pero eso es un régimen dictatorial", me dirán muchos. "Eso aquí no pasa". Y tienen razón. Aquí, gracias a la democracia, ya no nos hacen desaparecer o intentan reconducir nuestras ideas a base de amenazas y hostias en calabozos oscuros, aunque a algunos, estoy seguro, les gustaría recuperar viejas costumbres. Ahora, las estrategias –nada novedosas– se han adaptado a los tiempos.

Si tu voz o tu capacidad de influencia es poca, te ignoran. Eso sí, si tu mensaje pone en peligro sus intereses, te mantendrán vigilado, por si las moscas. Si has conseguido algunos seguidores que apoyan tus ideas, lo intentan por las clásicas vías: la carta de un abogado, una llamada telefónica para, entre risas, recordarte lo que puedes perder: un consejo de amigos comunes, un vacío profesional, una puerta cerrada, una zancadilla continua... Un trabajo sutil que pasa incluso desapercibido y que solo con el tiempo descubres que no era una amenaza sino una sentencia.

Ahora bien, si tus palabras alcanzan gran recorrido y tocas sus bolsillos, la maquinaria del poder entra en acción, sin escrúpulos. Da igual si eres ministro, uno de los futbolistas más importantes del mundo, un cantante reputado o presidente de un club de futbol de primer nivel: irán a por ti, destruyendo tu imagen, humillándote, achacándote intereses ocultos, poniendo a los pies de los caballos tu vida íntima y privada.

Utilizarán sus marionetas, sus medios de comunicación, sus banderas, sus hordas de vasallos, para que te rodeen, para que te calles, para que te escondas, para que vuelvas a agachar la cabeza. Hipócritamente apelarán a la ética, al honor, a sus derechos, a la estabilidad nacional... Y si persistes, te mostrarán el peso de la Justicia para que descubras que no es ciega, que la venda se levanta cuando les apetece, cuando se lo ordenan o cuando la recompensa es la oportuna.

Lo más triste de todo es que están consiguiendo lo que buscan: que nos autocensuremos y lo hagamos con el vecino; que midamos nuestras palabras; que no hablemos de determinados temas en público; que conozcamos muy bien las consecuencias...

Es cierto que debemos aprender a opinar y, sobre todo, a escuchar y a debatir. Saber que nuestra opinión no es una verdad absoluta, que seguro que ni siquiera es original y que ya estará planteada, es un paso importante. Pero que eso no sea óbice para no mostrarla en público porque, al fin y al cabo, es lo único personal que poseemos.

Nuestras opiniones, como interpreto de El Huerto de Emerson de Luis Landero, son las lechugas del rincón de tierra que nos ha tocado, el que trabajamos. Seguro que no son las mejores, pero son las nuestras, las que cuidamos, las que regamos, las que podemos hacer crecer, las que nos alimentan. Consumir las lechugas de otros por no trabajar tu huerto es otra opción, pero siempre dependerás de ellos para sobrevivir.

MOI PALMERO

8 de julio de 2021

  • 8.7.21
Cada uno disfruta de la mar según sus gustos y, como son tantos como colores, es imposible no entrar en conflicto en algún momento con el vecino de toalla. Para eso existen las leyes: para que tengamos la fiesta en paz y todos podamos sentirnos realizados y protegidos.


El problema es que la normativa es ambigua y diferente para cada rincón de España, porque además de la estatal, hay que tener en cuenta la Comunidad Autónoma, la provincia y la localidad en la que te encuentres. Un galimatías que las autoridades no saben solucionar y, ante preguntas concretas, suelen responder con un “depende” porque tienen más supuestos que el nuevo contrato de Messi.

Cada verano, los pescadores a la orilla de la playa representan algunos de nuestros quebraderos de cabeza, porque ya no entra en juego el gusto de cada cual sino que son un peligro para los bañistas. Aplicando el sentido común debería valer para evitar discusiones y accidentes pero, como dijo Voltaire, éste es el menos común de los sentidos.

Por normativa, al menos en Andalucía, para pescar desde la orilla de la playa, Clase 1, solo necesitas ser mayor de edad, o de 14 años con autorización paterna, y pagar unos 20 euros. Ni examen ni nada, algo que me parece curioso porque para pescar en ríos y embalses sí te hacen una prueba en el que, entre otras cosas, te preguntan biología y hábitats de las especies pescables; mantenimiento de la cadena trófica y de los ecosistemas; normativa de pesca vigente; y los medios y artes utilizados en la pesca. Pero para la orilla de la playa, nada de nada.

Según la normativa, ese carnet, tan fácil de conseguir como el de la biblioteca, te autoriza durante tres años a usar dos cañas y seis anzuelos por licencia, y sólo puedes pescar cinco kilos de peces con escamas al día, descontando el peso de una de las piezas capturadas.

También te indican que, en la temporada de baño, el horario es de 21.00 a 9.00 horas del día siguiente y hay que respetarlo si hay bañistas, que siempre tienen prioridad. Además, debes mantenerte a cien metros de distancia de ellos para evitar accidentes. No vale el “yo llegué primero”, que suele ser el origen de la discusión.

Nada tengo contra los que conocen sus limitaciones, las restricciones y que son respetuosos cuando le dices las cosas. Yo estoy en contra de esos que se creen que, por tener licencia, que se la dan a cualquiera que pague, ocupan la playa como si fuese suya, a lo Toni Cantó, con su chiringuito propio y mirándote mal si pasas andando entre sus cañas.

Estoy en contra de los que para llegar a la zona en la que quieren pescar rompen barreras de madera, atraviesan dunas como las de Punta Entinas Sabinar, y circulan por la playa para llegar al sitio elegido y descargar sus bártulos, que no son pocos.

Estoy en contra de esos que, cuando se van, dejan todo lleno de basura, bandejas de cebos incluidas. De los que le sacan la licencia a toda la familia para llenar toda la orilla de cañas. De los que van a los espigones a esquilmarlos de lapas o cangrejos para usarlas como cebos. De los que no saben, o no quieren saber, que los pulpos, las jibias y los calamares no son peces con escamas: son cefalópodos y no se pueden pescar ningún día del año.

Estoy en contra de los que utilizan drones para alejar el anzuelo todo lo que puedan de la costa, aunque sea sobre las Praderas de Posidonia a las que van porque saben que hay más pesca. De los que culpan a los ecologistas de no poder hacer algo que llevan haciendo toda la vida con sus padres y se justifican con “por uno que pesque no va a pasar nada”.

No, no todos son iguales, no se puede generalizar, y probablemente la mayoría de las infracciones que cometen son por desconocimiento, porque ni siquiera se habrán leído la normativa, ni sabrán las especies que están en veda, ni las tallas mínimas, ni las que son objeto de repoblación.

No sabrán qué es una zona de reserva de pesca, o si hay arrecifes artificiales, ni si la playa donde pescan tiene alguna restricción. Y no lo saben porque nadie les ha pedido que, al menos, se lean estas cosas para hacerles una prueba, que ya sé que no garantiza nada, pero serviría para que no se creyesen los más listos de la clase.

Así que si este verano tienes la mala suerte de encontrarte con uno de estos que se creen dueños y señores de la playa, no discutas: llama a la Guardia Civil y, si quieren hacer su trabajo, que le pidan al menos que le enseñen la maravillosa licencia tras la que se escudan, que les controlen lo pescado y los aparejos que están utilizando. Discutir con ellos es perder el tiempo porque en este país cuanto más ignorante eres, más pecho sacas.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: J.P. BELLIDO

6 de julio de 2021

  • 6.7.21
Cristiano Ronaldo generó hace varias semanas grandes debates tras retirar dos botellines de Coca-Cola durante una rueda de prensa de la Eurocopa. Pero muchos han sido cortinas de humo para desprestigiar al jugador, defender a la multinacional y no hablar de lo que le impulsó a hacerlo: Coca-Cola es, a mi juicio, un veneno para nuestros niños. El tiempo dirá si le movió un interés económico, pero por ahora se ha ganado mi aplauso y no quiero desaprovechar la ocasión para ofrecerle algunos argumentos que sumar a su cruzada.


Coca-Cola es el principal ejemplo de la insensatez del mundo que hemos creado, de un sistema que prima el beneficio económico por encima de la salud de las personas, del planeta y de los derechos humanos. Esta empresa nos demuestra cada día el poder que tiene la publicidad para que paguemos por envenenarnos, llenar los ecosistemas de plástico, y permitir que les roben el agua a millones de personas en el mundo.

Los estudios sobre el daño para la salud de los refrescos azucarados son numerosos y, a pesar de eso, seguimos permitiendo que se comercialicen. Por 600 mililitros, que es el envase más vendido, consumimos 63 gramos de azúcar. O, dicho de otro modo: 12,5 cucharadas de café, un 250 por ciento más de lo recomendado en adultos y casi un 400 por ciento en los niños. El exceso de azúcar sabemos que provoca numerosas enfermedades como diabetes, hipertensión, obesidad y adicción.

Además, hay estudios que alertan sobre el colorante Caramelo IV que, al calentarse, produce determinados subproductos que provocan cáncer, y del acido fosfórico escondido en su fórmula secreta, que extrae y no permite una buena fijación del calcio en los huesos. Ya no se trata de que cada uno beba lo que quiera, es que permitir su venta es un atentado contra la salud pública.

Es inmoral, por muchas leyes del libre comercio que existan, que se permita a este tipo de empresas patrocinar eventos deportivos y, sobre todo, cuando hay niños de por medio. Sus patrocinios de torneos y competiciones infantiles lo único que garantizan es que tendrán clientes fieles, enganchados, adictos en el futuro. Es como regalar papelinas en la puerta de un colegio, salvo que los refrescos son legales.

A los daños a la salud se les unen los ambientales. El informe Hablan Basura: El manual corporativo de soluciones falsas a la crisis del plástico recoge diferentes estrategias de las multinacionales para lavar su imagen ante la ingente cantidad de plástico que generan y distraernos con promesas que nunca cumplen y que solo son sostenibles en el papel.

Coca-Cola presume de crear 200.000 botellas por minuto, una quinta parte de la producción mundial, para lo que utiliza 2,9 millones de toneladas métricas de plástico al año. A pesar de esto, en 2020, su jefa de Sostenibilidad declaró que no tienen pensado renunciar a los envases de un solo uso por cuestiones económicas y porque sus clientes, según ellos, los demandan.

Su greenwashing es anunciar que sus envases estarán hechos, en 2030, al menos con un 50 por ciento de materiales reciclados, el 25 por ciento de residuos marinos, y que en la actualidad son 100  por cien reciclables.

También financia la campaña Mares Circulares mediante la que los niños recogen de las playas las basuras que la propia empresa genera, y lo hacen bebiendo Coca-Cola. Eso sí es economía circular y lo demás son tonterías, porque pagarle a Ecoembes (otra parte del problema) por envases producidos sabiendo que solo un 30 por ciento se reciclarán no lo es.

Y no olvidemos los problemas sociales que está generando al robar el agua en países como El Salvador, la India o México entre otros, donde la población tiene restricciones para obtener agua potable, pero estas multinacionales tienen vía libre para sobreexplotar las reservas.

Lo más triste es que detrás de estas barbaridades hay leyes que los validan, y muchos países y corruptos que se aprovechan de sus mordidas –llámenlo impuestos o patrocinios– para permitirles que sigan jugando con nuestras vidas.

Por eso, gestos como los de Cristiano Ronaldo son fundamentales. Y que en 2006, cuando aún tenía 21 años y no sabía lo que sabe ahora, hiciese un anuncio para esta empresa, no invalida su mensaje. Además el gran Kiko Veneno lo canta en Reír y llorar: «la Coca-cola siempre es igual; pero yo no, yo puedo cambiar».

Me alegro que él lo haya hecho, pero me da que el impacto de su gesto será mínimo, gracias a que la maquinaria publicitaria se ha puesto a funcionar y ya hay jugadores y medios de comunicación ofreciendo su alma al diablo y con ganas de reírse de Cristiano, cantado la mítica frase de Pata Negra: «todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda». Pero les deja ingentes beneficios.

MOI PALMERO

NOTA: Los comentarios publicados en la sección de Firmas no representan la opinión de Andalucía Digital. En ese sentido, este periódico no hace necesariamente suyas las denuncias, quejas o sugerencias recogidas en este espacio y que han sido enviadas por sus lectores.


2 de julio de 2021

  • 2.7.21
En verano, como cantaba Javier Krahe, nos ocupamos del mar. Aprieta el calor, pisamos arena y nos damos los primeros baños. Celebramos el Día de los Océanos, de las Tortugas Marinas, de la gente de la mar, la noche de San Juan y el final del curso escolar nos invita a hacer planes, a desempolvar gafas de bucear, a revisar colchonetas, a mirarnos al espejo.


En una de esas ocupaciones acabé comiendo en el mirador de Calahonda, frente a la torre del Zambullón, atalaya del siglo XVI venida a menos como la mayoría de las defensas costeras del Reino de Granada. Las vistas son impresionantes, recordándonos la inmensidad de los mares y la fragilidad y pequeñez del ser humano, que en sus vaivenes va dejando huellas imborrables.

Uno intenta recrearse en la belleza del paisaje, en vivir el momento, pero se torna complejo cuando las noticias se suceden sin tiempo a digerirlas y te demuestran que todo es cíclico. A mí vinieron la tragedia del Tarajal, los movimientos de arena en las playas, las limpiezas ciudadanas programadas durante este mes y, por consiguiente, las palabras "cambio climático", "piratas" y "alteración de la costa" sembraron en mí una idea.

Las defensas costeras vienen a demostrarnos que lo que está ocurriendo en la frontera de Ceuta es un episodio más a lo largo de la historia. Comparar la situación actual con la del siglo XVI, cuando Felipe II planifica la defensa del litoral y arregla y construye numerosas torres, baterías, castillos y casas fuertes, quizás no sea lo más adecuado, pero, simplificándolo mucho, viene a demostrarnos que mantener las fronteras nos ha ocupado mucho tiempo y dinero a lo largo de los últimos cuatrocientos años, y que hasta que la diplomacia y pactos de Estado no se imponen a los intereses económicos y territoriales, y a la testosterona de nuestros dirigentes, el conflicto no se calma y puede suceder cualquier cosa.

Así ocurrió durante el reinado de Carlos III, que después de completar las construcciones defensivas y realizar varias expediciones de castigo contra Argel, consiguió firmar un Tratado de Paz, Amistad y Comercio, al igual que lo hizo con Marruecos, Turquía, Trípoli y Túnez, lo que permitió terminar con el estado de guerra contra los poderes norteafricanos que duraba ya tres siglos.

El declive de las defensas costeras comienza a mediados del siglo XX cuando la tecnología cambia y otros sistemas ofrecen más garantías, pero las tensiones en las fronteras siguen existiendo. Ahora la guerra se juega en los despachos, con las cuentas de resultados, con fotos de satélite, y como siempre pierden los mismos, los trabajadores, los ciudadanos de a pie, los peones que son usados como marionetas y armas arrojadizas.

Ahora, cuando se habla de defensa del litoral, lo hacemos refiriéndonos al aumento del nivel del mar y nuestros esfuerzos, infructuosos, los hacemos moviendo arena de un lado para otro. 28.000 metros cúbicos se movieron hasta el pasado 18 de junio en la provincia de Almería, con un coste de 200.000 euros. Dinero que desaparecerá en el próximo temporal pero que nos permitirá tumbarnos en la playa este verano.

Así que en mi convencimiento de que poco podemos hacer respecto a la subida del mar, salvo ir preparando a la ciudadanía de los peligros que se nos vienen encima, pienso en convertir esa anacrónica defensa costera en un símbolo, en la línea de defensa contra el cambio climático. Es el momento de recuperar todas esas torres para utilizarlas de laboratorios, de puntos de referencia para contar lo que está pasando en la costa, para investigar, educar, sensibilizar y formar a la ciudadanía.

Salvo los castillos y baterías más grandes ya recuperadas como museos, centros de visitantes o exposiciones, las torres a pie de playa, las atalayas en lo alto de los acantilados se están cayendo en la mayoría de los casos.

Pienso en la Torre de Balerma amenazada cada vez más por el mar, y la imagino con una exposición permanente que hable de los problemas de la costa, de las consecuencias que nos han llevado a esto, de las posibles soluciones. Información que se puede completar en la Torre de Alhamilla de Balanegra y el Castillo de Guardias Viejas, y así continuar en cada una de ellas.

Incluso las ya perdidas nos pueden ayudar a entender lo que ocurre, como por ejemplo la de las Entinas, que desde hace décadas, descansa, los pocos restos que quedan, bajo el mar.

Devolvamos la vida a las torres para dotarlas de ciencia, de conocimiento, de participación ciudadana, porque el mar es imparable y ellas, con su historia y enseñanzas, se hicieron para defendernos. Pero ya lo canta Krahe: «Todas las cosas tratamos, cada uno según es nuestro talante, yo lo que tiene importancia, ella todo lo importante».

MOI PALMERO

5 de junio de 2021

  • 5.6.21
Yo nunca conocí a Lola pero su muerte me ha hecho recordar los trágicos momentos que nos tocó vivir con la cariñosa y noble Jara en la parte almeriense del Parque Natural de Sierra Nevada. Las dos perras murieron envenenadas en lo que debía haber sido un apacible día de excursión.


Una muerte dolorosa, terrible, agónica para ellas y para sus dueños. Unas horas de incomprensión, de incapacidad, de desesperación, que se podían haber evitado, porque esos venenos que las mataron no eran naturales.

Acusar a un colectivo, generalizar, meter a todos en un mismo saco por lo que hacen unos pocos, quizás no sea lo más inteligente, pero como nadie ha dicho que yo lo sea, me meto conscientemente en este debate y señalo directamente a los cazadores como los responsables de estos deplorables, cobardes e inhumanos asesinatos.

Asesinar quizás para muchos no sea la palabra adecuada porque en su definición habla de quitarle la vida a una persona, pero la intención, la premeditación y la alevosía es la misma. Además, pregúntenle a sus dueños si no las sentían parte de la familia, hermana de la dulce Paola que estará destrozada porque crecieron juntas, compañera fiel de María Isabel que siguió a su lado cuando todo parecía derrumbarse a su alrededor, amiga de Emilio por la que hubiese dado su vida para salvarla y a la que le confiaba la seguridad de todo un campamento infantil.

Si alguien se ofende esta vez no me preocupa, porque no existe justificación ninguna para poner un trozo de carne envenenado en mitad del monte a expensas de que cualquier ser vivo lo pueda tocar o se lo pueda comer. Estoy seguro de que la gran mayoría de cazadores estará en contra de esta práctica deleznable que hasta 1983 fue legal, pero que desde entonces está castigada por la ley.

Actúan así para eliminar depredadores naturales de las especies cinegéticas, para tener conejos y perdices inmóviles criadas en granja a las que poder dispararle. Al ser un método nada selectivo, en los últimos años, además de perros domésticos, han muerto ,entre otras muchas especies, zorros, alimoches, águilas imperiales ibéricas, quebrantahuesos o incluso algún lince ibérico. Especies algunas en peligro critico de extinción en las que invertimos mucho dinero público para intentar recuperar las poblaciones.

Luego se llenan la boca y sacan pecho hablando de la gran labor que hacen para controlar determinadas especies y ayudar en la conservación de los ecosistemas. Amigos de los montes se hacen llamar porque le ponen bebederos para que no pasen sed, nunca por supuesto, para acostumbrarlos a su coto, que no se vayan a otras zonas y de esa manera poder colgar su cabeza en el salón de casa.

No lo llamen "deporte", ni "afición", ni "tradición", ni "cultura" y, mucho menos, "ciencia". No intenten explicarnos que lo aprendieron de sus padres, que cumplen con la normativa, que tienen todos los papeles de su arma en regla y que son un sector que crea empleo y que no necesita subvenciones que los mantengan. Lo más doloroso de ese último argumento es cuando comparan el matar a un ser vivo con la industria del cine o la cultura, o con salir a correr los domingos porque cada uno tiene el hobby que quiere.

Si tenemos algunos problemas con determinadas especies que no tienen depredadores ya buscaremos la manera científica para controlarlas, para intentar naturalizar unos montes que hemos desnaturalizado, e intentar devolver ese equilibrio perdido. Pero dejar esas decisiones en manos de gente que disfruta matando, que se emociona, sueña , vive y paga lo que tenga que pagar para que llegue ese momento, no es la manera adecuada, porque los mueve el placer, el olor a sangre.

Si tuvieses la mala fortuna de vivir una situación tan desagradable hay que denunciar el suceso, para intentar averiguar el sitio exacto y el tipo de veneno que pusieron. Si los cebos se encuentran en un coto concreto se les puede cerrar, sean o no los culpables (a veces hay rencillas entre cotos), más la correspondiente sanción.

En Andalucía disponemos de la Estrategia Andaluza contra el veneno que se encarga de investigar los casos ocurridos con perros especializados, y de sensibilizar, formar e informar a ganadero, cazadores y gestores de cotos. Gracias a su incansable labor las cifras se han reducido considerablemente en los últimos años, pero eso no le devolverá la vida a Lola, ni rebajará el dolor de sus dueños.

MOI PALMERO

1 de junio de 2021

  • 1.6.21
Si reducimos los 4.500 millones de años de la vida de la Tierra en un solo año, los seres humanos llevaríamos sobre ella solo los últimos cuatro segundos del 31 de diciembre. Eso nos demuestra que el planeta no nos necesita para sobrevivir. Sin embargo, nosotros a él, sí.


En esos cuatro segundos, 250.000 años, nos hemos multiplicado exponencialmente, pasando del millón de habitantes que había en el 10.000 a.C., a los 7.800 millones que hay en la actualidad. El gran crecimiento poblacional coincidió con la Revolución Industrial y desde 1800 hemos multiplicado casi por ocho los mil millones de personas que había en ese momento (0,0048 segundos). Se calcula que en el año 2100 seremos 10.900 millones y que La Tierra no puede soportar más de 12.000 millones de seres humanos.

Para muchos, son cifras, predicciones catastrofistas sin base ninguna porque, según ellos, La Tierra puede generar alimento y recursos suficientes para todos: solo hay que aprender a distribuirlos de manera justa y equitativa.

No sé que da más miedo, si saber que no podremos alimentar a tanta gente o pedir a los ricos que repartan sus ganancias, algo que, ya nos advirtieron con aquella imagen del camello y el ojo de la aguja, no sería nada fácil. Si Jesús levantase la cabeza no tendría que reescribir nada de la Biblia: la de templos y obispos con los bolsillos llenos que se iba a quitar de en medio...

Esa sobrepoblación y nuestras necesidades de recursos para sobrevivir han conseguido que provoquemos la sexta gran extinción de especies (la próxima, dicen los expertos, será la de los mamíferos), que hayamos creado una nueva era geológica, el Antropoceno, y que estemos inmersos en una emergencia climática sin precedentes en la historia de la humanidad.

Cuatro segundos hemos tardado en alterar el equilibrio terrestre, cuatro segundos de consecuencias impredecibles, cuatro segundos nos han bastado para destrozar el paraíso del que nos echaron en su momento. Quizás ahí el Creador se equivocó al no reconocer su error y haber empezado de nuevo con otro pegote de arcilla.

No es nuevo lo que está pasando sobre el planeta, pero sí es la primera vez que todos esos cambios están provocados por una sola especie o, como decía Richard Dawkins, por el gen egoísta que es el que evoluciona para reproducirse. Para este autor, el individuo, la sociedad, la humanidad, están en manos de esa unidad mínima que, en su afán de sobrevivir, se adapta y evoluciona, sin importarle nada a su alrededor.

Entender por qué destruimos el planeta se me hace cada vez más difícil. Intentar comprender por qué a pesar de todo lo que conocemos, de las múltiples evidencias, aún seguimos pensándonos inmortales, intocables, todopoderosos, los elegidos, me produce desesperación.

Quizás lo complicamos todo con la teología, con la ciencia, con la biología, con la economía, con la psicología, con la sociología, con tantas creencias, dogmas y estudios científicos que desarrollamos para entendernos, para entender lo que pasa a nuestro alrededor.

Quizás estemos destinados, programados, para hacer lo que hacemos, y que nuestro castigo, como el de Sísifo, sea el de soportar una pesada carga que vuelve a martirizarnos continuamente. Quizás nos equivocamos y cometimos el error de no haber apelado solo a la belleza de la naturaleza para hablar de su conservación.

Hace unos días intentábamos explicarles a un grupo de ancianos la importancia de los cuatro bosques para nuestro pueblo, y les incidíamos que luchan contra la erosión, regulan las temperaturas, protegen la biodiversidad, nos ofrecen el agua que necesitamos.

Les hablábamos de los errores cometidos, de nuestra responsabilidad para las generaciones futuras, de la delicada situación en la que nos encontramos, de la urgencia de las medidas que hay que tomar. Una charla que terminamos con la frase “y por todas estas razones tenemos que conservar los bosques”, y a la que una de las asistentes añadió, con un hilo de voz casi imperceptible, como si fuese una reflexión personal que se le escapó sin querer, “y por la belleza”.

Así que, para celebrar este año el Día Mundial del Medio Ambiente, en honor a esta mujer que con sus palabras, sus imágenes, sus recuerdos, me hizo reflexionar, y de paso aprovecho para rendirle un humilde homenaje a Aute en el primer aniversario de su muerte, hago míos sus versos y “reivindico el espejismo, de intentar ser uno mismo, ese viaje hacia la nada, que consiste en la certeza, de encontrar en tu mirada, la belleza, la belleza, la belleza”. Disfrútala.

MOI PALMERO

5 de mayo de 2021

  • 5.5.21
Las casualidades han hecho coincidir la 41.ª Feria del Libro de Almería con la efemérides del Día de las Aves que se celebra el próximo 8 de mayo. Y, a mi juicio, tienen mucho en común. Como las aves migratorias, empujadas, mecidas, acompañadas por el viento, vuelan los libros. Entre sus páginas, enredadas como en sus cantos, en sus picos, en sus plumas, las palabras, las ideas, las imágenes, se entremezclan para mostrar la vida que transcurre sin nuestra intervención. Hay un mundo que aún no comprendemos, un mundo en equilibrio que protegen los libros entre sus hojas, y las aves bajo sus alas.


Sabemos que están porque en los momentos más inesperados nos deleitan con su canto, posan seguras, humildes, naturales ante nosotros, o nos sorprenden con sus impresionantes nidos en las ventanas de nuestros hogares. Simbolizan el sueño de libertad, la belleza de la naturaleza, el paso de las estaciones, de las agujas del reloj.

De tamaños, siluetas y colores dispares, inverosímiles, majestuosos, evocadores, las encontramos en todos los ecosistemas del mundo, a veces de forma permanente, otras de paso, para reproducirse, para descansar, para disfrutar del verano, para pasar el invierno. Nos protegen y no lo sabemos, nos previenen y no las escuchamos, nos enseñan y no aprendemos, nos liberan y las encerramos.

La interacción con ellas refleja nuestra esencia, la de lo humano, lo terrenal, la biología, los instintos de supervivencia, y lo divino, la mística, la evocación, la necesidad de trascender en el tiempo, la religión.

Las cazamos, las depredamos, las coleccionamos para alimentarnos, para vestirnos, para comerciar, para hacer más agradables nuestros momentos de ocio, de diversión, de placer, para representar nuestro estatus. Pero a su vez forman parte de nuestras creencias; son la llave que nos conduce a la salvación, a lo inalcanzable, a lo prohibido, a lo reservado a unos pocos, a los elegidos.

Las inmortalizamos desde el principio de los tiempos en cuevas, frescos, esculturas, poemas, canciones, fotogramas y fotografías. Las hemos observado sorprendidos, curiosos, maravillados, intentando entender por qué aparecían y desaparecían de nuestras vidas, el secreto que las hacía volar, cantar, el misterio de las migraciones.

Construimos pequeños autómatas para reproducir sus cantos, para intentar volar como ellas, para intentar igualarnos a ellas, pero nunca lo conseguiremos. A pesar de nuestros avances, de nuestros logros, de nuestra tecnología, nunca podremos igualar la magia, la belleza, la fuerza, la originalidad, la diversidad, el color, la paz y la energía de las aves, de la naturaleza, y de los libros.

Nos encontramos en un momento clave para el planeta, para nuestra especie y el declive de muchas especies, sus cambios de comportamiento, de sus patrones migratorios, son el claro ejemplo. No podemos cambiar el pasado, pero sí encauzar el futuro.

Bajo nuestra responsabilidad está el intentar corregir los errores cometidos, minimizar los daños causados, prevenir las consecuencias de nuestros actos. Tenemos la necesidad, la urgencia, la obligación de hacerlo. El tiempo se nos acaba, ya no hay dudas, las certezas científicas, los datos aportados y la realidad que vivimos nos lo muestran día a día. Negar las evidencias es negarles la última oportunidad a nuestros hijos.

Ese rayo de esperanza es la Educación Ambiental. Es la clave, el interruptor que nos permita cambiar de dirección, los cimientos sobre los que sustentar el futuro, el proceso reflexivo que nos ayude a buscar las soluciones de los problemas ambientales que afectan a nuestra generación, pero pensando en las venideras, en el mañana. Es una llamada al estudio, a la reflexión, al análisis previo para pasar con determinación a la acción, para convertirnos en parte activa del cambio.

Para conseguir esa transformación debemos impregnar con esos principios cada uno de los eslabones de la cadena, en todas las direcciones, en todos nuestros actos. Por supuesto que debe estar dirigida a la ciudadanía, pero no podemos olvidar el esfuerzo que las administraciones y el sector empresarial deben hacer para caminar todos en la misma dirección. Si no se hace global, de forma conjunta, transversal, los esfuerzos se difuminarán en el espacio y en el tiempo.

Son muchas las herramientas, las técnicas, para conseguir esos objetivos. La literatura y la observación de las aves, son algunas más. Mezclarlas es maravilloso.

MOI PALMERO

20 de abril de 2021

  • 20.4.21
Cada vez que puedo, reivindico la importancia de la educación ambiental para construir un modelo social diferente. Y es cierto que casi siempre lo hago desde un punto de vista teórico que, a muchos, le parecerá ambiguo y difícil de llevar a la práctica. Aprovechando la suelta hace unos días de 30 ejemplares de cerceta pardilla en el Paraje y Reserva Natural Punta Entinas- Sabinar, cerca de las localidades almerienses de El Ejido y Roquetas de Mar,  voy a intentar ser más directo.


La imagen que quedará para el recuerdo es la de un grupo de políticos soltando los ejemplares con los técnicos en segundo plano indicándoles cómo hacerlo. Para muchos, una bonita sesión de fotos más, organizada por algún gabinete de prensa al que sus jefes habrán felicitado, porque su objetivo de lustrar y sacar brillo lo ha cumplido con creces.

Una jornada mil veces repetida para hacerse publicidad, sacar pecho y utilizarla en el futuro con intereses partidistas. Una forma de actuar que da la sensación de compadreo, de amiguismo, de clasismo. Una puesta en escena usada para lucir el poder, para meter el dedo en el ojo ajeno. No es cuestión de colores e ideas: es de protocolos establecidos dentro de los partidos políticos. Todos hacen lo mismo.

Cada vez que veo imágenes parecidas pienso en una oportunidad perdida para lanzar un mensaje positivo, colaborativo, educativo, integrador, participativo, constructivo, a la ciudadanía porque, por desgracia, a pesar de que el motivo es ilusionante para la conservación de la especie, las fotos nos traen el amargo recuerdo de los documentales del NO-DO.

Esas imágenes habrían ido acorde con las palabras que pronunciaron si en ellas hubiesen aparecido representantes de las asociaciones conservacionistas que llevan décadas defendiendo y poniendo en valor la biodiversidad de ese espacio protegido, sensibilizando sobre la delicada situación de la cerceta pardilla, y otras muchas especies, y organizando actividades de participación ciudadana, de educación ambiental.

Invitarlos hubiese sido un gesto de agradecimiento para reconocerles su esfuerzo, su silenciosa y constante labor. No podemos olvidar que gracias a la defensa, a la reivindicación, a la presión, de un grupo ecologista, ese espacio se protegió y se salvó de la especulación urbanística y agrícola que imperaba en los años ochenta.

También habría sido interesante que apareciese un represéntate del Ayuntamiento de El Ejido, porque no podemos olvidar que Punta Entinas Sabinar está dentro de los dos términos municipales y las cercetas pardillas no entienden de fronteras. Su presencia indicaría que se tiene intención de trabajar con el mismo objetivo: hacer políticas comunes para la conservación de los valores naturales y culturales del espacio protegido.

Es una pena comprobar que el arreglo del sendero que cruza el espacio se vaya hacer hasta la frontera, o que un destartalado cartel de uno de los ayuntamientos luzca en el camino, o que con un simple paseo por la playa sepas cuando pasas de un municipio a otro, o que hayan empezado una carrera veloz para ser los primeros en construir un centro de visitantes.

Para lo único que se han puesto de acuerdo es para anunciar, justo antes de unas elecciones municipales, el arreglo de la Torre de Cerrillos, algo que, tres años después, por supuesto no han cumplido con la excusa de que todo lleva su tiempo y hay que tener paciencia.

Hubiese sido maravilloso ver a los jóvenes de un instituto cercano, que podrían haber ido incluso andando, compartir una jornada con sus representantes políticos, para demostrarles que lo que se hace es por ellos, por salvaguardar su futuro, y de comunicarles que los necesitamos, porque sin su participación, sin su compromiso, de nada valdrá el trabajo realizado.

Pero se hizo como siempre, y las palabras sonaron poco creíbles al darle protagonismo a los que hablan de proteger las especies pero destruyen sus hábitats para construir hoteles, o los que llevan años empujando los limites para reducir la zona protegida, o los que en su día quisieron meter jirafas entre las dunas, o los que permiten que sus familiares construyan invernaderos dentro de los límites del paraje natural.

Nos dirán que por el covid no podían invitar a más gente, pero, después de lo que seguimos viendo, sonarán a excusas. La única verdad que se transluce de esas imágenes es que no tienen ninguna intención de construir otro modelo social diferente y que para los políticos, para los gestores, y por desgracia para muchos científicos, la educación ambiental es la coletilla final que da puntos para conseguir los fondos europeos.

Créanme cuando les digo que mi opinión pretende ser constructiva, aunque algunos se sientan señalados. Debería intentar decir las cosas de otra manera, o quizás, y sería más provechoso para mí, debería aprender a callarme.

MOI PALMERO

30 de marzo de 2021

  • 30.3.21
La imagen de Mónica García mirando retadora a la cámara y rechazando el ofrecimiento de Pablo Iglesias de ir todos a una bajo su mando para derrocar a Ayuso es la fiel representación de la pérdida de confianza en la figura del líder de Podemos.


Todos entendimos el claro mensaje de “Cómeme el donut que le lanzó educadamente con una sonrisita sarcástica. Perdonen si le parece vulgar la expresión que utilizo, pero desde que fue el hit musical de la última Feria del Libro celebrada en Almería, la he incluido dentro de mis citas literarias. Ansioso estoy por ver con qué nos sorprenden este año.

La decisión de dejar la Vicepresidencia para presentarse a las elecciones a la Comunidad de Madrid nos sorprendió a todos. Para muchos, es un gesto valiente, un acto casi heroico, un sacrificio que pocos harían. Para otros es una renuncia, un paso atrás, una manera digna de retirarse de la primera línea de la política.

Algún día conoceremos las verdaderas razones que le llevaron a tomarla, pero lo que está claro es que el resultado del 4 de mayo determinará si es un hábil y osado estratega, o un loco con don de palabra –aunque dicen que en el término medio está la virtud–.

Sabemos que Pablo tiene un gran concepto de sí mismo. Solo esa confianza desmedida en sus posibilidades le podría hacer pensar que todos dejarían sus proyectos para ponerse detrás de él. Es cierto que hace cinco años lo consiguió.

Muchos le creímos, confiamos en sus palabras porque nos reconocíamos en ellas, pero a medida que ha ido pasando el tiempo su historia personal y la de Podemos se está pareciendo mucho a la del Cerdo Napoleón de Rebelión en la Granja, el libro de George Orwell .

Supongo que para conseguir todo lo que ha conseguido en tan poco tiempo hay que hacer las cosas como se hicieron: sin dudar, directos, a por todas, caiga quien caiga, a ganar o perder. Lo han tachado de soberbio, prepotente, autoritario, dictatorial, déspota.

Sus declaraciones, sus acciones, sus acusaciones, su forma de decir las cosas y dirigir el partido le han supuesto muchas críticas y ahora sus palabras, sus denuncias, sus clases de ética y moral política le están volviendo como un boomerang ante las evidencias de su comportamiento.

Para muchos, la compra del chalet de Galapagar fue el comienzo de su declive, de su falta de credibilidad, de coherencia. Se sintieron defraudados porque vieron que lo que decía era diferente a lo que hacía. El sólido, generoso y ejemplarizante líder dejó al descubierto sus miserias, sus fragilidades, y hubo respuestas que no convencieron. La abnegada confianza en sus promesas, en sus gestos, en su objetivo, empezaron a resquebrajarse y, cuando lo pusieron en duda, cortó por lo sano.

Se fue quitando de encima a todos los que le ayudaron a derribar las murallas y se rodeó de otro equipo que asiente en todo lo que propone como si fuese la verdad absoluta. Pablo no quiere críticas, ni que le lleven la contraria, ni que cuestionen su liderazgo.

Se ha quedado solo y muchos de aquellos y aquellas que fue dejando en el camino son ahora con los que tiene que negociar, pactar, para reagrupar la izquierda que, durante un tiempo, pareció unir, pero que, pasado el impulso, ha dejado más disgregada que nunca. Son muchos que, como Carlos Tarque canta, creyeron que eran una misma cosa, un barco imposible de hundir, y que ahora le preguntan por “las palabras que desde el corazón dijiste una vez”.

Que pierdan la confianza en ti es de las cosas más dolorosas que nadie puede sufrir en vida. Mirar a los ojos a alguien que en otro momento hubiese dado todo por ti, que te hubiese seguido a donde le pidieses, buscando una razón entre los recuerdos, entre los recortes de prensa, entre las fotos añejas, para creerte, es frustrante, porque descubres que hay cosas que son irrecuperables, por mucho esfuerzo e interés que pongas en reparar tus errores.

La negativa de Más Madrid, quiero pensar, que no fue a través del vulgar comentario que imaginé al principio, sino que a la pregunta de Pablo de “¿puedo contar con vosotros?”, Mónica le respondiese con los versos de Benedetti: “Compañero, usted sabe que puede contar conmigo. No hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo. Pero hagamos un trato: yo quisiera contar con usted”.

Mi duda es si Pablo sabrá asimilar su nueva posición en la política española, porque Podemos se bate en retirada, y él ya ha perdido la confianza de gran parte del electorado y, lo más doloroso, de los compañeros con los que un día intentó –y estuvo a punto de conseguir– asaltar los cielos.

MOI PALMERO

23 de marzo de 2021

  • 23.3.21
El testimonio de Rociíto me tiene atrapado. Reconozco que soy uno de los 10 millones de españoles que la vieron. En otro tiempo lo hubiese negado para proteger mi imagen, pero ahora no me avergüenza, sobre todo, cuando descubrí que muchos políticos estuvieron enganchados a la televisión.


Unos lo evidencian a través de sus tuits y sus declaraciones, y otros aún mantienen la distancia, intentando no verse envueltos en estos temas del papel couché, no vaya a ser que se fijen en ellos y comiencen a destapar sus vergüenzas.

Los que se han manifestado en las redes sociales son los nuevos políticos, los jóvenes, los que tienen títulos universitarios reales, los que saben idiomas, los que han viajado, los que se han formado gracias a la educación pública y han crecido denunciando el poder que han ejercido los medios para cambiar el sentido del voto. Algo que siempre tuvieron muy claro, en lo que han trabajado desde el principio y a lo que deben gran parte de su éxito.

Comprendieron que los medios eran la clave para ganar posiciones. Aprendieron, por sus experiencias personales, que los debates políticos en televisión tienen un público muy concreto con su voto prácticamente decidido, y que la polémica, el insulto fácil, la provocación, lo soez y lo vulgar los colocaba delante de las cámaras, que no entienden de verdades o mentiras pero sí de audiencias.

Lo que nos queda claro es que esta nueva generación de políticos quiere controlar los medios para influir en el votante y no se esconden. Nada nuevo: por desgracia lo han hecho todos los gobiernos, desde municipales a estatales.

Si hace falta crear nuevos y afines los crean; si hay que amenazar con cerrar algunos de los clásicos, lo hacen; si deben prometer prebendas, las prometen. Pero saben que llegar al gran público. Y en un mundo tan diverso y plural, es la clave para sobrevivir y crecer. El marketing, la imagen, es más importante que el programa electoral ya que éste, si hace falta, se puede romper, falsear y cambiar según las necesidades.

Algo evidente, y parece que algunos partidos aún no lo han asimilado, es que los votos de los eruditos, los que saben de economía, de políticas sociales, los de chalet, traje y corbata valen igual que el de los jóvenes sin futuro, los consumidores de cotilleos y los poco informados y ninguneados ciudadanos. Esos son igual de influenciables y manejables que el resto, pero hay que buscarlos en otro sitio y llegar a ellos por las emociones, no por la razón.

Por eso a los nuevos políticos no les avergüenza basar su campaña de recaudación de impuestos en un influencer con sentido común, o conectar con programas de televisión a los que han denunciado una y otra vez por su falta de escrúpulos a la hora de buscar lo que ellos llaman “noticias”.

Lo que hizo Irene Montero el otro día al entrar en el debate, además de devolver el apoyo de sus presentadores a su partido, es legitimizar este tipo de programas que no dudan en hundir a una persona para ganar audiencia.

No podemos negar que el mensaje contra la violencia de género es muy positivo, pero no podemos olvidar que fue ese programa, esa cadena y esos colaboradores los que permitieron que el presunto maltratador se lucrase, provocando la caída a los infiernos de esa mujer y de otros muchos.

No vale con las disculpas, con el “nos hemos equivocado”, porque el mensaje es claro y evidente: por la audiencia, por el voto, por la economía, todo está permitido. Como no se puede permitir, por mucha libertad de expresión y periodismo de investigación que nos quieran vender, que una delincuente negocie desde la cárcel un documental para contar cómo asesinó a un niño y que no se pueda hacer nada para salvaguardar su memoria y el dolor de sus padres.

No han infringido ninguna ley. Podríamos incluso decir que son los más listos de la clase porque se han adelantado a los demás partidos al buscar el voto en otros lugares donde antes no se hacía; que lo único que hacen es utilizar el mismo sistema que otros crearon. Pero, a mi juicio, hay líneas éticas que no se deberían cruzar. Y favorecer este tipo de programas es una de ellas.

La cuestión que ronda en mi cabeza es si la ministra y, hasta ahora, el vicepresidente, vieron el testimonio sentados en su sofá y lo del tuit fue un impulso, o ya sabían lo que se iba a contar y los equipos de imagen de su partido habían preparado la campaña con antelación. Tanto una opción como la otra me dan mucho miedo.

MOIS PALMERO

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