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TURISMO CAMPIÑA SUR CORDOBESA

Mostrando entradas con la etiqueta Al Sur de Europa [Raúl Solís]. Mostrar todas las entradas
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8 de abril de 2015

  • 8.4.15
Han sido muchos los políticos y políticas españolas que han mantenido en el anonimato su condición sexual, sabedores de que salir del armario les hubiera supuesto un juicio público para el que ni estaban preparados ni hubieran superado. En Andalucía hemos tenido alcaldes y alcaldesas, consejeros y consejeras, diputados y diputadas y máximas autoridades homosexuales que, víctimas de un tiempo, han mantenido su sexualidad oculta como manera de protegerse de una época en la que ser gay o lesbiana podía servir como arma arrojadiza para acabar con un adversario político.



Sin embargo, la igualdad de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales ha ido ganando espacios de manera vertiginosa hasta ser un acto de normalidad que Antonio Maíllo, candidato de IU a la Presidencia de la Junta de Andalucía, dijera que era el primer candidato gay a presidir una comunidad autónoma que, si fuera un Estado de la UE, estaría entre los diez más poblados y extensos del club europeo.

Antonio Maíllo no usa su condición sexual para hacer carrera política, sino que está usando su posición política para dar oxígeno a una libertad que aún no termina de llegar a cientos de adolescentes y no tan adolescentes que viven en la asfixia del mundo rural o en entornos urbanos nada amables con la diversidad.

Mientras una sola persona esté sufriendo, autonegándose y yendo a psicólogos a pedir ayuda por ser homosexual o bisexual, actos como el de Antonio Maíllo son una bocanada de aire fresco que nos recuerdan que, aunque hemos avanzado rápido, la libertad todavía no ha llegado a todos los rincones donde campa la intolerancia.

Nadie se imagina el favor que le puede suponer a un adolescente, que a buen seguro ahora está transitando el camino de la negación, la represión y la soledad por saber que se siente atraído por personas de su mismo sexo, leer una entrevista en la que un aspirante a presidir su comunidad autónoma dice abiertamente que es gay.

No sabe nadie hace quince años lo bien que nos hubiera venido, a quienes entonces éramos adolescentes, haber tenido una referencia en la que habernos podido mirar para salir de ese camino de soledad, negación y represión que hay que transitar para decir: “Soy gay y aquí estoy”.

Olvídense de que la condición sexual es privada, porque no lo es. Una simple carta del banco con el nombre de los dos cotitulares ya es un acto público que anuncia la condición sexual de los titulares de la cuenta bancaria. Lo que es privado son las prácticas sexuales que mantenemos en la intimidad de nuestra habitación. La libertad es que todos podamos expresar lo que somos, no que tengamos que ocultar qué somos para no molestar a los intolerantes o a quienes piensan que la igualdad es no expresar con naturalidad la condición sexual.

Si hace solamente quince años, no digo ya hace cuatro décadas, un adolescente hubiera podido leer en un periódico que un aspirante a presidir su comunidad autónoma era gay, sin duda que el duro camino de soledad, negación y represión que hay que transitar le hubiera hecho menos daño.

Gracias infinitas por ser tan libre, Antonio, por llevar oxígeno para la libertad donde aún se necesita y por decir con normalidad lo que hace quince años, cinco minutos en el reloj de la Historia, te hubiera invalidado como candidato a la Presidencia de la Junta de Andalucía.

RAÚL SOLÍS

7 de enero de 2015

  • 7.1.15
Últimamente se está poniendo de moda llamar “exilio” a la emigración y, que me perdone el ejército de neolingüistas que profetizan sobre una situación de la que hablan desde Madrid, lejos de sentirme interpelado, me siento insultado, expulsado nuevamente del mercado laboral. Insultado porque se niega que soy un joven español que, al no encontrar empleo en España, ha tenido que emigrar a buscar una ocupación laboral que garantice mis mínimos vitales.

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Quienes usan “exiliados” para referirse a las personas que hemos emigrado, en realidad, nos están volviendo a expulsar del mercado laboral y obviando que somos los pobres los que emigramos. Sí, pobres, porque a diferencia del exilio, emigrar sólo emigramos los pobres (cuesta escribirlo en primera persona).

En Bruselas, ciudad en la que vivo, he conocido a muchos exiliados. Gracias a que Bélgica ha sido siempre un país muy hospitalario con los perseguidos de los diferentes regímenes autoritarios, conozco a todo tipo de exiliados: cristianos coptos, sirios, marroquíes opositores al régimen de su país, chilenos que llegaron a Centroeuropa en la época de Pinochet o republicanos españoles que llegaron huyendo de Franco.

El único aglutinante de las personas exiliadas es que han sido obligadas a huir de su país por defender sus ideas políticas, tener una orientación sexual o religión diferente a la tolerada por el régimen autoritario.

En cambio, los jóvenes españoles emigrados no tenemos ideas políticas comunes, sino una situación social, económica y laboral idéntica: trabajadores emigrados por una crisis económica que nos impide acceder al mercado laboral. Exiliar se exilian hasta los ricos, gente de la burguesía nacionalista catalana también se exilió durante el Franquismo; sin embargo, emigrar sólo lo hacemos los pobres.

Cuando la derecha nos llama “aventureros”, en realidad, está queriendo ocultar que somos trabajadores en paro, jóvenes empobrecidos, para dibujarnos como superhéroes en busca del sueño americano; cuando desde círculos “ni de izquierdas ni de derechas” se nos dice “exiliados”, se está igualmente ocultando que somos trabajadores empobrecidos para dotarnos igualmente de un halo de heroísmo que oculta el origen social de los jóvenes emigrantes españoles: hijos de familias trabajadoras –antes conocidas como clase media- que nada tenemos que ver con, por ejemplo, aquellos militantes del PNV o del nacionalismo conservador catalán exiliados en Francia durante la dictadura franquista.

Además de ocultar nuestro origen social, llamarnos “exiliados”, en lugar de “emigrantes”, es también un ejercicio de cinismo e hipocresía europea. Ninguno de estos nuevos profetas que nos llaman “exiliados” se atreve a llamar exiliado a los inmigrantes que llegan en pateras a las costas andaluzas; porque, claro, los senegaleses son pobres, africanos; en cambio, nosotros no, nosotros somos “exiliados”, “aventureros” o “expatriados”, según convenga, porque somos europeos y occidentales.

La moda de diluir las categorías sociales, tan propio de este tiempo de locura que vivimos, es el arrinconamiento de las causas sociales, políticas y económicas que nos empobrecen y que nos obligan a irnos a trabajar de camareros o de au-pair, otro palabro que oculta que nuestras compatriotas jóvenes tituladas están trabajando de niñeras, internas, por 500 euros al mes.

Ni aventurero ni exiliado, yo soy emigrante: porque emigrar es lo que hacen las personas empobrecidas cuando en su país se les expulsa del mercado laboral. Y emigro por las mismas causas que los senegaleses que llegan en patera a las costas españolas o italianas.

RAÚL SOLÍS

31 de octubre de 2014

  • 31.10.14
La corrupción nos asola, ha vaciado nuestras arcas públicas y hasta financiado la campaña electoral del partido político que gobierna España en estos momentos. La corrupción española no son “hilitos de plastilina”, sino un fenómeno estructural que ha acabado asfixiando nuestra ya débil democracia.

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Se extiende por los cuatro puntos cardinales del país, aunque donde el PP ha acumulado mayor poder político es donde es más evidente el grado de putrefacción y la visibilidad de cómo se han construido redes ajenas a la Administración, al calor de la gran obra pública, de la contratación de los grandes servicios públicos como recogida de residuos, iluminación viaria o la organización de grandes eventos.

Los partidos políticos de la oposición, la ciudadanía y tertulianos varios claman al cielo por la falta de ética de los corruptos. Las televisiones nos muestran la vida y milagros de éstos: sabemos cuántas casas se han comprado con el dinero procedente de la corrupción; cuántas cuentas tienen en Suiza o en Andorra y conocemos al dedillo el momento de su detención. Las cámaras de televisión llegan a los domicilios de los corruptos antes de que se proceda a la redada para abaratar aún más el kilo de político, ya de por sí barato.

Por el contrario, poco conocemos de los grandes empresarios que corrompen, que le dan a políticos corruptos un tres por ciento de comisión tras obtener la gestión de un servicio público privatizado.

Pasqual Maragall, el expresidente catalán que ahora padece alzhéimer y no nos puede recordar nada, ya denunció hace una década las jugosas comisiones que cobraban los políticos de CiU después de poner en manos privadas una empresa pública catalana, un macroevento o la construcción de una gran infraestructura.

A Maragall le llovieron las críticas por tierra, mar y aire y quizás ese fue el principio de su fin político. Por aquellos años, la corrupción no nos interesaba porque no pasábamos hambre y, en el fondo, esperábamos ser agraciados con la pedrea de alguna recalificación urbanística o vender al triple de su precio de compra una vivienda adquirida sólo tres meses antes.

No obstante, la corrupción española no es un problema ético. Es un problema político, estructural, derivado de un modelo económico que pone los servicios públicos en manos de empresas privadas que, asesoradas por su voracidad, compran a algunos políticos para que el contrato recaiga en su caja registradora.

La corrupción es el fallo de la mano invisible del mercado, es la punta de iceberg del neoliberalismo, es la representación más visible del capitalismo de amiguetes, la obra de teatro del tatcherismo provinciano de Esperanza Aguirre y de toda una lógica que ha ido vaciando la democracia de contenido para que la gestionen grandes empresas privadas que se han forrado con la recogida de basuras, con la privatización de hospitales, con la cesión de fincas públicas a órdenes religiosas, con la construcción de autopistas y rescate posterior o con la implantación de una insostenible red ferroviaria de alta velocidad a costa de destruir el transporte ferroviario de cercanías que conecta a la gente normal con sus centros de trabajo y/o estudios.

Por eso, para acabar con la corrupción de nada servirán pactos contra la corrupción, endurecimiento de las leyes o medidas de transparencia que sólo muestran lo que se quiere enseñar. Para acabar con la corrupción hay que acabar con el neoliberalismo 3.0 que nos hace creer que la corrupción es un problema ético.

La corrupción no es un problema ético, es un problema político que genera un modelo económico que aumenta su cuenta de beneficios a costa de poner intermediarios en la gestión de los asuntos que tradicionalmente han sido gestionados por la administración pública.

Para acabar con la corrupción hay que ser radical, ir a la raíz, y eso pasa por desprivatizar los servicios públicos por donde circulan las comisiones del tres por ciento y escribir claramente en la Constitución que la recogida de residuos, la limpieza de nuestras ciudades, el agua, la energía, la telefonía, la sanidad o la educación son servicios públicos en los que no pueden entrar intereses ajenos al bien común. Sin grandes empresas ansiosas de gestionar lo público, adiós a las comisiones del tres por ciento y fin de la corrupción estructural.

RAÚL SOLÍS

3 de octubre de 2014

  • 3.10.14
Nació en Jaén, en un pueblo serrano de los años cincuenta. Hacía diez años que había acabado la Guerra Civil y el fascismo gobernaba los cuatro puntos cardinales de una España infame, dolorida, hambrienta, sórdida, herida y enlutada. Debería haber sido la mujer casadera de un mozo rico de la Sierra de Segura, para así enorgullecer a su estirpe de clase media venida a menos; pero no quiso bailar la música que tocaban para ella y toda una generación de mujeres a las que el franquismo sólo les otorgaba categoría de adultas para ser monjas o esposas.

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Pilar Aguilar Carrasco (Siles, Jaén) relata en No quise bailar lo que tocaban la microhistoria de una mujer, su historia, que militó en la oposición al franquismo y rompió el ajuar patriarcal, inculto y fascista que la dictadura había diseñado para ella.

Cuenta en una prosa luminosa, ágil y apasionada los vericuetos emocionales, políticos, familiares y sociales de los pocos y pocas valientes que se atrevieron a perderlo todo para ganar bocanadas de libertad y democracia.

Romper con todo era romper con todo: con la herencia, con la familia, con el pueblo, con la tradición, con la Iglesia, con la ignorancia, con el patriarcado y con los miedos a soñar un país más justo y menos infame.

Como premio, cárcel, exilio, desarraigo, sospechas, detenciones, palizas, redadas, clandestinidad y una juventud entregada en cuerpo y alma a la lucha por una democracia que, a su llegada, encumbró a los verdugos a los altares y convirtió en apestados a los y las que perdieron los mejores años de su vida intentando construir un país sin fascismo, sin miedo, sin pisos francos, sin torturas, sin horror y sin tanta brutalidad ejercida en nombre de Dios y la Patria.

No quise bailar lo que tocaban no es un libro más de los muchos que se han escrito sobre la lucha antifranquista; no, es un relato novedoso que narra en primera persona y desde los ojos de una mujer que, incluso pensando que militaba en el marxismo-leninismo-maoísmo, en realidad lo que estaba era militando en el feminismo sin saber siquiera la existencia de “la ideología que más ha cambiado el mundo en los últimos cien años”, en palabras de la propia autora.

A Pilar, después de pisar la inmundicia de las cárceles franquistas y atravesar el exilio, la Transición le supo a poco; sintió que tantos años de lucha y entrega habían sido dados a una democracia light, en la que seguían mandando los mismos y en la que ministros fascistas, firmantes de ejecuciones de muerte, se sentaban en el Congreso de los Diputados como demócratas de toda la vida sin el más mínimo rubor.

Con todo, la mujer que bailó con la libertad ve el presente y el futuro con “alegría histórica” de todo lo que consiguieron quienes conquistaron la democracia, sin más ayuda que la juventud y alguna ruidosa multicopista que sonaba a música para la libertad.

RAÚL SOLÍS

17 de septiembre de 2014

  • 17.9.14
Todo parece indicar que el Gobierno de Mariano Rajoy retirará el anteproyecto de ley del aborto que expulsaba a las mujeres españolas fuera de la Unión Europea. Durante más de un año, mientras el PP ha trasformado de cabo a rabo el modelo social y empobrecido brutalmente a casi una tercera parte de la población, una integrista reforma de ley del aborto ha situado a las mujeres españolas en objeto de preocupación a nivel internacional.

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Ni siquiera los partidos conservadores europeos entendían un retroceso de 30 años en materia de derechos sexuales y reproductivos. Tampoco lo entendía una gran mayoría de votantes y militantes del PP, de derechas solamente de cintura para arriba.

Mientras el PP mareaba la ley de despacho en despacho y amenazaba a las jóvenes a volver a recorrer las rutas clandestinas de sus madres o abuelas, una ola de compromiso feminista ha sido capaz de internacionalizar la barbarie que supone robarle a las mujeres su derecho a elegir cuándo ser madres. Mujeres jóvenes e históricas feministas, que ya portaron las mismas pancartas en los primeros años de la Transición, han tejido una alianza feminista intergeneracional e internacional.

En Europa, jóvenes españolas emigradas pusieron en marcha una red internacional para apoyar a las chicas que tuvieran que salir del país a interrumpir su embarazo y de paso internacionalizar el conflicto; en España, un grupo de mujeres feministas asturianas decidió montarse en un tren desde Gijón para llevar el rechazo a las intenciones de Mariano Rajoy y de su ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, hasta Madrid.

Además, centenares de asambleas feministas se han formado a lo largo y ancho de la geografía española para defenderse del ataque ultranconservador. Un sinfín de actividades con el único objetivo de echar para atrás la burda contrarreforma de la ley del aborto: charlas, reparto de octavillas, realización de documentales, performances, manifestaciones, artículos de opinión, escraches, mociones en los ayuntamientos, encierros…

La retirada de la ley del aborto que enviaba a las mujeres españolas al postfranquismo es una victoria de las mujeres, de las miles de asociaciones existentes de todo el Estado, de la generosidad de mujeres que ya dieron la batalla en los años setenta y de la energía de las más jóvenes que nunca pensaron que tendrían que volver a corear los mismos eslóganes que sus madres.

Esta victoria es suya y de nadie más. Del heterogéneo y diverso movimiento feminista. Han ganado ellas y el feminismo, la ideología que más ha contribuido en los últimos cien años a transformar la sociedad y que no ha necesitado matar a nadie para conquistar derechos. Han ganado ellas y sólo ellas.

RAÚL SOLÍS

6 de febrero de 2014

  • 6.2.14
A la izquierda, producto de su desencanto y de su desilusión congénita, le encanta encontrar una Virgen de Lourdes que la salve periódicamente. La última aparición mariana es Pablo Iglesias, un joven de 36 años, profesor universitario, con coleta, aspecto de gamberrete de facultad pero, sin embargo, extremadamente hábil, inteligente y encantador de corazones femeninos –y masculinos- gracias a su pose de pillín y a su locuacidad sobresaliente.

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Pero Pablo Iglesias no es Alexis Tsipras, el lider de izquierdas griego. Sobre todo, porque no tiene organización política que le respalde. Por muy modernos, horizontales e interconectados a las redes sociales que seamos y estemos, sin organización política no se puede vertebrar un proyecto político en un Estado extremadamente inmenso como España y con un peso importante de población rural que no se alimenta de Facebook o Twitter ni, mucho menos, ve La Tuerka, el programa emitido por Internet y de aire clandestino en el que Iglesias ejerce de showman

Iglesias tampoco es Tsipras porque, a diferencia del líder de Syriza, solamente se le conoce un catálogo de noes, frases Facebook o tuits ingeniosos. Todos los eslóganes de Pablo Iglesias comienzan por “no” o “contra” y, en comunicación política, quien empieza con “no” o “contra” siempre pierde.

Por eso, Rajoy perderá el debate sobre la contrarreforma del aborto y el debate sobre el derecho a decidir, porque está “en contra de las mujeres”, “en contra de la actual Ley del Aborto”, “en contra del derecho a decidir de las mujeres” o “en contra de que los catalanes ejerzan su derecho a votar democráticamente”.

Iglesias no es Tsipras por la sencilla razón de que el español está encantando de moverse en las aristas de la extrema izquierda y, el segundo, está cada día más empeñado en hacerse ver como un hombre de izquierdas, sí, pero de una izquierda de gobierno que cree en las instituciones y quiere conquistar al electorado socialdemócrata huérfano de los partidos socialdemócratas.

Tampoco creo que Pablo Iglesias sea un líder mediático, por la simple razón de que participa en programas con una audiencia insignificante. El debate de La Sexta Noche no llega ni al 10 por ciento de cuota de pantalla. O dicho de otro modo, 1.300.000 personas ven el programa de Pablo Iglesias en un país en el que tienen derecho al voto 35 millones.

No creo que a nadie, producto de la necesidad de encontrarse con la Virgen de Lourdes, piense que todos los espectadores que ven a Pablo Iglesias son potenciales votantes de una opción como la que pueda representar Iglesias.

Las Mañanas de Cuatro, otro de los programas en los que Pablo Iglesias participa, tiene una audiencia aproximada y sostenida del 4 por ciento. Es decir, ni 400.000 espectadores. Tampoco las redes sociales acompañan la idea de que Iglesias sea un líder mediático de masas llamado a salvarnos de todas nuestras sombras.

En Twitter, Iglesias tiene 103.000 seguidores. Una cifra muy inferior a la que tiene Alberto Garzón (188.000), Gaspar Llamazares (183.000) o Ada Colau (107.000). Ni siquiera ha sido capaz de recoger 80.000 firmas para legitimar su plan. Yo mismo he firmado, con el único objetivo de conseguir que Cayo Lara recapacite y abra IU a un frente amplio de movimientos y partidos de izquierdas, pero no tengo ningún interés en votar a Pablo Iglesias si se presenta en solitario.

Pablo Iglesias y su Podemos –que a veces parece "Puedo" con el exceso de egolatría alrededor de su figura- recuerda al efecto desinflado del partido ecologista EQUO. A la vista de la aparición en medios de comunicación y repercusión en redes sociales, el partido de Juantxo Uralde parecía que iba a sacar siete diptuados en el Congreso. No obtuvo ninguno.

Pablo Iglesias no es Alexis Tsipras. Ni España es Grecia. Pero la izquierda española sí puede ser Syriza. Para ser Syriza, es imprescindible contar con organización política, un catálogo de síes que dé alternativa a todos los noes ya conocidos y un proceso de primarias abiertas a la ciudadanía que permita convocar al optimismo a toda esa izquierda que vive desilusionada anta la falta de respuestas ganadoras.

Entre Manolín y Manolón, está Manolo. Si no te convence mi argumentación, te invito a que preguntes fuera de las redes sociales quién es Pablo Iglesias. Seguramente, si a quien preguntas tiene el bachillerato, te dirá que es el fundador del PSOE o de UGT; y si preguntas a alguien sin bachillerato, es muy probable que te responda que es un hijo de Julio Iglesias. Entonces, te darás cuenta de que Pablo Iglesias no es la Virgen de Lourdes. Y que las redes sociales tampoco nos representan.

RAÚL SOLÍS

5 de diciembre de 2013

  • 5.12.13
La llegada de Susana Díaz ha supuesto un revulsivo mediático y de moralina interna a la militancia socialista. La presidenta de la Junta de Andalucía y, desde hace muy poco, secretaria general de la federación más numerosa y con más poder institucional del PSOE, es el brote verde de un proyecto político que tiene un sentido común que ya no es el sentido común de la mayoría de la ciudadanía.

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Públicamente, Susana Díaz amenaza con evitar que el PSOE se haga conservador; en privado, actúa como lo hubiera hecho Manuel Chaves, José Bono, Juan Carlos Rodríguez Ibarra o Felipe González. “No importa si el gato es blanco o negro, lo que importa es que cace ratones”. Esta frase, atribuida a Felipe González, data de los primeros años de la democracia en los que el PSOE tuvo que decidir si su socialismo democrático sería de izquierdas o neoliberal.

Susana Díaz también ha venido a cazar ratones. O lo que es lo mismo, a ganar elecciones. El problema de fondo es que cazar ratones por la derecha no sintoniza con el sentido común de una sociedad a la que la pobreza ha llamado a la puerta de familias que antes formaban parte de ese sentido común que jugaba a cazar ratones por el centro. Se ha roto el centro y, de jugar por ahí, no crecerán los brotes verdes.

En la lógica de cazar ratones se contextualiza que el discurso público de Susana Díaz sea de izquierdas y, en los interiores de San Telmo, su política sea más de lo mismo: acumulación de poder; una jugosa publicidad institucional a los grandes grupos mediáticos españoles a cambio de un sustancioso tratamiento mediático; negativa a la justicia fiscal que significaría subir impuestos a las grandes marcas comerciales en beneficio del pequeño y mediano comercio andaluz; torpedeo a las medidas más progresistas impulsadas por los socios de IU del Gobierno andaluz y sermones a la igualdad de oportunidades sin medidas económicas que la financien.

Susana Díaz es un brote verde en un tiesto de otra época. Cuando el PSOE podía cazar ratones jugando en lo económico por la derecha y en lo social por la izquierda. Con los fondos europeos menguados, sin crédito, con un poder político entregado a las grandes corporaciones y con una población empobrecida, por la política económica que dio comienzo con el mismo José Luis Rodríguez Zapatero que presentará su libro en compañía de Tony Blair –padre de la Tercera Vía que ha matado a la socialdemocracia- los brotes verdes del PSOE sólo podrán crecer si acepta que el sentido común de “lo importante es cazar ratones” es parte del problema que tiene en la UVI a la socialdemocracia europea y española.

Como estrella de cine, Susana Díaz ha demostrado que tiene público, puesta en escena y un gesto teatral que levanta pasiones entre los suyos. Como líder política, Susana Díaz no ha mostrado –en caso de que lo tenga- ningún proyecto político que renuncie a cazar ratones y se sitúe en el nuevo sentido común de una sociedad empobrecida a golpe de cazadores de ratones sin escrúpulos que, con un tono público, han entonado la igualdad de oportunidades y los parabienes del Estado del Bienestar y, en otro tono privado, siguen creyendo que es posible almorzar con Emilio Botín y cenar con las víctimas de éste.

RAÚL SOLÍS

21 de noviembre de 2013

  • 21.11.13
El Parlamento de Cataluña ha sido testigo de una irreverencia que ha acabado en una polémica sobre las nuevas maneras de comunicación política. A los partidos minoritarios no les queda otra alternativa que la irreverencia para captar la mirada de las cámaras, pero ésta puede volverse en su contra si no contiene ética y estética.

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Es decir, si no es original, no sirve; pero si es original y atenta contra la integridad física, amenaza o choca frontalmente con el sentido común que el capitalismo ha asentado y difunde a través de sus medios de comunicación, acaba sirviendo para condenar al partido minoritario y convertir en un mártir al verdugo político.

El diputado de la Candidatura d'Unitat Popular (CUP), David Fernández, en una intervención irreverente, le dijo a Rodrigo Rato, expresidente de la Bankia rescatada con dinero público, todo lo que cualquier ciudadano normal le hubiera dicho. El exceso vino cuando Fernández usó una sandalia en un claro gesto de incitación a la violencia contra su adversario político.

Rodrigo Rato, al que casi no se le conocen defensores, encontró en el radicalismo del representante de la CUP la excusa perfecta para decir aquello de que la izquierda es violenta, radical y que no respeta las instituciones. Si la CUP busca el voto de la ira, entonces consiguió su objetivo, pero si es un partido que realmente pretende ser alternativa y conectar con la base social que, estando indignada, no responde con gestos violentos, la CUP ha perdido.

Al día siguiente, todos los medios de comunicación y sus editoriales, lo que crea la opinión pública, no han hablado de la gestión de Bankia ni de las responsabilidades de Rodrigo Rato en su quiebra, sino de la sandalia que mostró Fernández y del tono marrullero del líder de la CUP. Los medios han vuelto a afianzar el sentido común al que la CUP pretendía hacer oposición.

Diferentes han sido los casos de comunicación política irreverente cuando Mónica Oltra, coportavoz de Compromís en las Cortes Valencianas, lució una camiseta que decía “No hay pan para tanto chorizo” o cuando su compañero Joan Baldoví, diputado de la coalición de izquierdas y ecovalencianista en el Congreso, mostró un mensaje político contundente contra los desahucios en una camiseta.

Ni Oltra ni Baldoví, asiduos a portar camisetas para lanzar mensajes políticos, tuvieron ningún gesto de violencia física contra sus adversarios políticos. Al contrario, pocas cosas hay más inofensivas que una camiseta portada por una diputada o un diputado mientras pronuncia un discurso en el estrado parlamentario.

Oltra y Baldoví consiguieron la atención de todas las cámaras y, desde entonces, sus comparecencias son un momento clave en el que los periodistas, que cubren el Congreso o las Cortes Valencianas, saben que habrá foto digna de una buena noticia. Sin embargo, Fernández ha traspasado la barrera de lo comunicativamente correcto y aconsejable para sumar mayorías.

Su gesto amenazante ha levantado los aplausos de los ciudadanos llenos de ira pero se equivoca quien piense que la mayoría de la sociedad española, por muy mal que sea su situación económica, conecta con el registro de la CUP para hacer política. Y las redes sociales no son representativas: sólo son usadas por una ínfima parte de la sociedad española y sus usuarios están más politizados (y encabronados) que los que no son usuarios de redes sociales.

La comunicación política en los tiempos del cólera debe ser irreverente, sí, pero altamente original, audaz y con un componente radical de ética y estética. Enseñar una sandalia, en claro gesto amenazante, no tiene nada de original ni contiene elementos éticos.

No es comprensible que la CUP, que defiende la no violencia, utilice un registro cargado de una innegable carga de violencia contra el adversario político. Lo que no quiere decir esta afirmación que la violencia económica ejercida por Rodrigo Rato no sea mayor y mucho más delictiva que el gesto intimidatorio del diputado de la CUP.

Para luchar contra el capitalismo, tanto la inteligencia como la originalidad se cotizan al alza. Y la violencia o el tono amenazante no son inteligentes ni, mucho menos, originales. La violencia es siempre un gesto que refuerza el marco cognitivo del capitalismo que reacciona con su eslogan preferido: “¡Que vienen los rojos!”.

RAÚL SOLÍS


14 de noviembre de 2013

  • 14.11.13
Dice George Lakoff, en su libro No pienses en un elefante, que quien nombra el bicho para referirse al bicho, está a punto de morir achicharrado por el bicho. El PSOE parece que está a punto de ser mordido por el bicho que le persigue desde la última derrota electoral en la que obtuvo su peor resultado.

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Los titulares de la Conferencia Política del PSOE han estropeado todo el empeño en trasladar una imagen de renovación. Al contrario, Alfredo Pérez Rubalcaba ha convertido en titular lo que nunca tendría que haber nombrado: “El PSOE ha vuelto” y “No somos iguales que el PP”.

Automáticamente, el receptor del mensaje ha interiorizado que el PSOE sigue perdido en sí mismo y que la esencia de los dirigentes socialistas es muy parecida a la política del PP. Rubalcaba ha pensado en un elefante y el esfuerzo en trasladar renovación ha sido en vano.

No obstante, sí es cierto que los socialistas han mostrado que están dispuestos a jugar para frenar el ascenso de IU. En esa clave hay que contextualizar la OPA hostil que el PSOE ha lanzado a varios miembros de IU, con Rosa Aguilar como celestina. El PSOE está haciendo política, no la que necesitamos para salir de la crisis, pero quizás sí la que el PSOE necesita para frenar en las encuestas a IU que no muestra ni intenciones de salir a jugar.

Sería impensable, a día de hoy y tras las declaraciones de Cayo Lara en el programa de Ana Pastor, que IU se planteara siquiera la celebración de primarias para elegir las candidaturas electorales. La dirección de IU debe mover ficha y salir del dogma en el que nada y, a veces, hasta se ahoga: el desprecio a confiar el destino de sus políticas a liderazgos carismáticos y valorados por sus potenciales electores.

A pesar de los buenos resultados que las encuestas pronostican para IU, Cayo Lara tiene una valoración que no llega ni al 4 sobre 10. Es imposible aspirar a ser mayoría, ni con un frente amplio siquiera, si la persona que representa el proyecto tiene una valoración tan baja.

IU debe abrirse a la sociedad del siglo XXI, y a la izquierda que estaría dispuesta a votar a la coalición, si ésta hace ejercicios de apertura democrática y empieza a construir el sí a todos sus noes. IU es la herramienta que tiene –tenemos- la ciudadanía para defenderse de una derecha muy radical y de un PSOE que sigue renunciando a la justicia fiscal como método para extender la justicia social.

“El PSOE ha vuelto” significa que el PSOE ha vuelto a hacer una campaña de imagen para decir que es muy de izquierdas sin anunciar la derogación del artículo 135 de la Constitución Española y sin esbozar una reforma fiscal justa en la que paguen más quienes más tienen, más ganen o más contaminen. A diferencia, presenta eximir del pago del IRPF a personas paradas y mileuristas como una medida progresista, volviendo a los tiempos del cheque-bebé.

Esta reforma supondría ingresar 5.000 millones de euros menos en las arcas del Estado, déficit que no sería compensado con un aumento de los ingresos procedentes de los más pudientes. Como consecuencia, los servicios públicos tendrían 5.000 millones de euros menos para su financiación. Sigue ganando el “socialismo crediticio” que todo lo soluciona con crecimiento económico ilimitado y crédito privado para financiar las políticas públicas.

El PSOE ha vuelto de la misma manera que se fue: con una puesta en escena progresista y un fondo textual neoliberal. Falta por saber si IU está decidida a jugar este partido del siglo XXI para el que no sirven dogmas que ya se han mostrado fallidos e inútiles para escribir en el Boletín Oficial del Estado. Si el PSOE gana este partido, IU puede volver a la casilla de salida y cualquier esperanza de cambio habrá sido una ensoñación.

RAÚL SOLÍS
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24 de octubre de 2013

  • 24.10.13
Todas las encuestas vaticinan que Coalició Compromís, una entente de valencianistas y ecosocialistas, será determinante en la conformación del próximo Ejecutivo de la Comunidad Valenciana. Ya dio el campanazo en las últimas elecciones autonómicas al conseguir seis diputados, a pocos votos del séptimo, y superar a la marca valenciana de Izquierda Unida, rompiendo todos los augurios de los sondeos que la dejaban fuera del Parlamento valenciano.

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Además, en la última encuesta, su líder más carismática, Mónica Oltra, es el político valenciano mejor valorado por sus conciudadanos y su grado de conocimiento, a pesar de no aparecer en el canal autonómico, se acerca a la ansiada cifra del 50 por ciento y es la preferida para liderar el futuro Gobierno valenciano, por encima de los líderes del PSPV y EU.

Su amplio peso en las zonas urbanas y su discurso fresco, cargado de valores y simbolismo, consigue que Compromís conecte con la masa social progresista que huye de las puestas en escena propias de épocas pasadas donde el único valor es la nostalgia del pasado.

A pesar de lo que pueda parecer, la formación de Oltra es la oposición más dura y radical contra la corrupción y el modelo económico, fiscal, social y ecológico del PP. Entonces, ¿cómo es posible que una opción tan radical esté llamada a triplicar su actual representación y su líder sea favorita por la sociedad?

La respuesta está en las formas, no en el fondo. Casi lo mismo que defiende Compromís lo defiende Esquerra Unida. Sin embargo, la coalición de Oltra usa el lenguaje que habla la gente, dice lo que la gente tiene que repetir –no lo que la gente quiere escuchar-, emplea la audacia para romper el veto del PP y consigue descodificar la ideología conservadora con símbolos y valores de futuro.

Compromís no trata de acercarse al centro, donde la socialdemocracia piensa que está la mayoría; tampoco usa formas y verbos antipáticos o alejados de la mayoría, como hace la izquierda tradicional. Es más, en la mayoría de los temas, Compromís es más radical incluso –entendiendo por "radicalidad" profundizar en las causas de las injusticias- que Esquerra Unida y no digamos ya que el Partido Socialista.

Por el contrario, no es vista como una opción extremista y consigue sumar a antiguos votantes tradicionales del PSPV hartos de la tibieza socialdemócrata. Y lo más importante, también suma a antiguos votantes del PP que, sin ser oligarcas, votaban a éstos porque consiguieron conectar con sus valores en la época de bonanza cuando la derecha se apoderó de los símbolos valencianos.

Es decir, Compromís ha huido de la soberbia que piensa que quien no vota a la izquierda es porque no lee o está equivocado. También ha dejado de creer que los símbolos del pasado servirán para construir el futuro y, lo más importante, transmite confianza en que las cosas se pueden cambiar. Su logo, una sonrisa, es ya una declaración de intenciones: política con alegría y corazón. El "Sí se puede" de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) trasladado al estrado de las Cortes Valencianas: los vídeos de Mónica Oltra y Mireia Mollá causan furor en Youtube.

Compromís también ha roto los muros que confunden la política con la partitocracia, ha sumado a un amplio espectro de la pluralidad que salió malparada de la escisión de Esquerra Unida, está trabajando un tercer espacio político –ecologismo y valencianismo progresista y federalista- y consigue atraer a multitud de jóvenes que se veían muy lejos del funcionamiento de los partidos políticos tradicionales.

Todo ello sin contar que, con casi toda seguridad, será la única fuerza política que elegirá a sus cabezas de carteles electorales en primarias ciudadanas y en las que podrán participar los mayores de 16 años.

Profundización democrática, ecosocializar a la izquierda tradicional y un valencianismo progresista que, al contrario de lo que ha hecho Cristina Tárrega en un mitin del PP, no necesita desprestigiar a ningún territorio español para reivindicar su lengua y cultura propias.

Los programas electorales de Esquerra Unida y Compromís no son muy distintos: ambos defienden la emancipación de la mayoría social. Sin embargo, es la coalición que lidera Mónica Oltra la que ha sabido conducir la indignación en construcción de una alternativa, a la vista de las encuestas electorales.

Las camisetas-denuncia, las intervenciones parlamentarias en lenguaje directo y sencillo, la profundización democrática y el uso de símbolos actuales para construir la sociedad que vendrá no es casualidad, es comunicación política del siglo XXI de la izquierda que quiere aspirar a algo más que al 5 por ciento.

Es a través de la comunicación política donde se transmiten los valores, los símbolos y estructuras mentales y donde se gana la hegemonía cultural. De nosotros depende: ortodoxia e irrelevancia o apertura para escribir en los boletines oficiales del Estado y de las comunidades autónomas.

RÁUL SOLÍS
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10 de octubre de 2013

  • 10.10.13
Susana Díaz fue nombrada para izquierdizar al PSOE y servir de contrafuerte a la amenaza de que los socialistas españoles, liderados por Rubalcaba, cayeran en el pactismo con la derecha, tan de moda en los partidos socialdemócratas europeos. “Susana es la mujer que necesitamos”, decían sus defensores que, amnésicos sin remedio, olvidaron la especialización del PSOE en campañas de imagen y renovación de caras para que nada importante cambie.

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Todo comenzó antes del verano. Primero, la iban a nombrar candidata a las próximas elecciones de la Junta de Andalucía; después de ganar las primarias sin urnas, fue nombrada sucesora de Griñán, a pesar de que éste había jurado y perjurado que agotaría la Legislatura.

Mintieron, ningunearon al socio de gobierno y continuaron justificando la jugada en base a una izquierdización del PSOE andaluz. Finalmente, Griñán se fue a Madrid a quitarse del medio de los ERE. “Rajoy dimisión y Griñán al Senado”, era el lema cínicamente repetido por quienes perdonan al PSOE todas las fechorías que comete.

Ya en la toma de posesión del cargo de presidenta de la Junta de Andalucía, aún pudimos ver laudatorios hacia la misma presidenta que hace pocos días, desde el Hotel Ritz de Madrid, tranquilizó a las élites empresariales, financieras y mediáticas –con el socioliberalismo del PSOE presente-.

Juan Alberto Belloch, actual alcalde de Zaragoza y una de las almas más conservadoras del socialismo español, no tardó en afirmar que “ha nacido una estrella”, tras oír a Díaz defender la quintaesencia del españolismo al usar a Andalucía como una barrera del democrático derecho a decidir.

La presidenta de la Junta dijo en voz alta que Zapatero erró al prometerle al entonces inquilino de la Generalitat de Catalunya que respetaría el Estatuto de Autonomía que saliese del Parlamento catalán. La pena es que Susana Díaz, por entonces diputada por Sevilla en la Carrera de San Jerónimo, no votara en contra de aquel texto catalán que ahora enmienda a la totalidad para alegría de Luis María Ansón o de la caverna mediática que escriben artículos panegíricos a la “salvadora de la unidad de la nación española” que, de paso, es también alabada por ser un cortafuego a las políticas de izquierdas que representa IU, unas políticas de izquierdas que ponen nervioso al establishment que transitó de la dictadura a la democracia con una normalidad solamente entendible en España.

A qué acuerdos llegó Susana Díaz la semana pasada en Madrid durante el Foro Nueva Economía celebrado en el Hotel Ritz es difícil saberlo, aunque dada la presencia de los hombres de Prisa, de la banca española, del oligopolio eléctrico y del núcleo duro del PSOE Federal –amotinado en torno a Rubalcaba y a los vientos de pacto con la democraciacristiana europea para “evitar el avance del populismo de izquierdas”, según sus miedos- nada bueno para la gente corriente y nada malo para los culpables de la crisis pudo pasar.

El otro día, en la reunión que Díaz mantuvo con los mandamases andaluces de Sevillana-Endesa, Mercadona, Abengoa, inmobiliarias, constructoras, la refinería Cepsa, alguna firma del Polo Químico de Huelva y el representante de la cadena de supermercados Mas –empresa que también jugó al boom del ladrillo con los excedentes de la burbuja crediticia- la presidenta de la Junta explicó a qué se deben las loas del conservadurismo que hasta hace cuatro días la atacaba por iletrada y por no tener más mérito profesional ni académico que haberse bajado del fracaso escolar para subirse directamente al coche oficial.

De paso, delante de los que realmente mandan, Díaz dejó claro que el PSOE no quiere gobernar con IU para ingresar más a través de quienes más tienen o más ganan y recortar menos a los que más están sufriendo la crisis, sino que con un PP descabezado, a la derecha queda mucho sitio libre por donde colarse en busca de una mayoría que neutralice a IU y aseste el definitivo golpe mortal a la derecha sin cabeza que vagabundea por Andalucía.

De aquella Susana Díaz “de izquierdas, muy de izquierdas” a las promesas que ésta hizo a los empresarios de la crisis hay tres meses, un cónclave con las élites madrileñas en el Hotel Ritz, un lanzamiento de Andalucía para rescatar al españolismo en crisis y una cazadora nueva dispuesta a cazar viejos ratones.

RAÚL SOLIS
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3 de octubre de 2013

  • 3.10.13
No hay presupuestos ni “de izquierdas” ni “de derechas”, ni siquiera hechos con “sentido común”, esa expresión tan usada por los que han reducido la política al moralismo. La dirección económica de un país, plasmada en los Presupuestos Generales del Estado, es ideológica en el más noble y puro sentido de “ideología”: conjunto de acciones destinadas a la construcción de un modelo de sociedad determinado.

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Los que hablan de “sentido común” o de la inexistencia de las ideologías tienen intereses, en el más sucio y peligroso sentido de su significado. En democracia, el diálogo entre diferentes ideologías es sano. Es en las dictaduras donde funciona el “sentido común”, por no tener cabida otros sentidos comunes que el del caudillo.

Por eso, porque la economía es el ámbito de la acción política más ideológica que existe, la derecha europea ha buscado nombres neutros o recursos literarios tan hermosos como el oxímoron para ocultar su ideología de vencedores y perdedores de su modelo económico.

Sus fundaciones de estudios invierten grandes cantidades de recursos económicos y humanos en investigar cómo ganar la hegemonía cultural y política a través del lenguaje. Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda, no ha tenido ningún empacho en afirmar que las cuentas públicas tienen un “marcado carácter social” cuando presentó los Presupuestos Generales del Estado (PGE) para 2014.

Todos entendemos por “social” la protección de las personas más débiles y el fortalecimiento de las estructuras estatales que favorecen la igualdad: pensiones, sanidad, educación, atención a la dependencia, prestaciones por desempleo o políticas de discriminación positiva para derribar los obstáculos de la desigualdad.

A Montoro no le falta razón. Los Presupuestos Generales del Estado están hechos para proteger socialmente a la troika, a los bancos y a los delincuentes fiscales. Cada ideología tiene una prioridad. Y lo suyos, los de Montoro, no somos nosotros, sino ellos: los bancos, la troika y las multinacionales que tributan en paraísos fiscales. De ahí que a perdonar los delitos fiscales del crimen internacional le llamen “amnistía fiscal”.

La “Ley de Indexización” ha sido la culpable de que se trabuque, delante de los periodistas, el ministro de Economía, Luis de Guindos. Pero el esfuerzo verbal tiene su recompensa. A lo que el ministro llama “indexizar” no es más que a la pérdida de poder adquisitivo –empobrecimiento- de los trabajadores y pensionistas.

Ya imagino a los abuelos, en los Hogares del Pensionista, intercambiando impresiones sobre la indexización de sus pagas. “Yo, Aniceto, este año estoy más tieso que el anterior, me han indexizado la pensión”, se dirán entre ellos mientras echan una partidita a la brisca sin su vasito de vino.

De Guindos ha expresado también que la caída de la economía española es “crecimiento económico negativo”. En lugar de llamar “decrecimiento” al ritmo negativo de la economía estatal, neutralizan “negativo” con “crecimiento” y el resultado es un lenguaje al servicio de los “expertos de reconocido prestigio”, que abren la puerta de las pensiones públicas a las mismas empresas que han provocado esta crisis ideológica.

Su lenguaje canallesco tiene que ser desmontado antes de que ellos y los suyos anuncien el fin de su crisis económica, que no se decretará hasta que no nos hayan indexizado del todo. O sea, hasta que no nos hayan empobrecido en el lenguaje que hablan todos los Anicetos y Anicetas del mundo.

RAÚL SOLÍS
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26 de septiembre de 2013

  • 26.9.13
Mi padre es catalanófobo. Odia, con todas sus fuerzas, a todos los catalanes porque “todos son unos sinvergüenzas”. Mi padre es un hombre bueno, le faltan unos meses para cumplir 70 años, trabajador, casi analfabeto y de izquierdas. Vive en Extremadura, el campo ha sido su sustento y la política, sin ser militante, ha estado siempre presente en su vida, en voz baja y mirando hacia los lados. Pertenece al bando de los perdedores de la Guerra Civil y de las víctimas de la dictadura.

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No tendría que odiar a los catalanes, ni considerar que España es su salvación, pero lo piensa y expresa con toda la fuerza que es capaz. Propio de la educación de la época, mi padre y yo mantenemos una afectividad a distancia. La España que él teme que se rompa le educó en la creencia de que la afectividad es cosa de hombres no muy hombres. Afortunadamente, siempre nos quedará la política. En este terreno es donde yo recupero a mi padre y mi padre recupera a su hijo.

Me pregunta casi todo lo que políticamente le inquieta. Y sé que me escucha atentamente y, a veces, hasta me toma en cuenta. Es más, el día de antes de las elecciones me llama para perfilar su voto. Y a mí, vanidosamente, me llena de orgullo que mi padre se fíe de mis consejos políticos y que podamos aprovechar esos momentos para recuperar los otros muchos momentos que la educación de mi padre le ha restado a la afectividad de los hombres.

Sin embargo, en la tertulia de hoy hemos tenido menos suerte. Su odio visceral hacia los catalanes lo inunda todo. Rememora sus tiempos de mili –qué sería de la generación de mi padre sin un servicio militar que contar-, en donde había un grupo de catalanes que, cuando estaban juntos, hablaban en catalán.

“Igual que hacen los ingleses, papá”, le calmaba. “No, no, los ingleses hablan en el mismo idioma que tú para que los entiendas”, replicaba el buen hombre, víctima de la mucha televisión que ve y de que su máxima experiencia vital haya sido el servicio militar.

De nada le sirven mis llamadas de atención a la moderación y a la democracia. Él odia a los catalanes con todas sus ganas y más. “No quieren ayudar a las regiones más pobres”, afirma en un tono de damnificado, “como si las regiones pobres quisiéramos ser pobres”, sentencia.

Lo intento, “que no, papá, que no es eso. Que el problema es que el PP no les deja votar y ellos quieren votar. Están en su derecho de decidir cómo quieren organizarse políticamente, ¿no crees?”. Y al instante me doy cuenta de que el razonamiento se le escapa.

Mi padre no sabe nada de la historia de España o, peor aún, la poca que conoce fue la que le contaron en las escuelas franquistas. Tampoco lee periódicos ni libros. Toda su información política le llega a través de la televisión que retrata el independentismo catalán como si fuera un grupo armado. Hemos quedado en hablar en persona, pero sé que mi padre seguirá odiando a los catalanes con todas sus fuerzas hasta el último de sus días.

De igual modo que muchos catalanes seguirán odiando a los españoles hasta el último de sus días. En Cataluña, los medios de comunicación se encargan de tapar el debate sereno con la senyera, y en España, la rojigualda hace lo propio contra Cataluña. Es un bucle de emociones en el que no caben los matices. Odias a unos o a otros.

Gestionar el odio que mi padre profesa hacia los catalanes y la inquina que un catalán de 70 años tiene hacia los españoles debería ser responsabilidad de un país que, parafraseando a un escritor chileno, sería exagerado llamarlo "antidemocrático" y demasiado generoso considerarlo democrático.

España y Cataluña, Cataluña y España, necesitan buscar los cauces del diálogo. Sin banderas, sin imposiciones, sin buenos ni malos y sin odios. Mi padre, un hombre bueno y trabajador, no merece odiar a los catalanes con tantas ganas.

RAÚL SOLÍS
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19 de septiembre de 2013

  • 19.9.13
El Gobierno andaluz –y por ende, los andaluces- tiene un problema serio: los Presupuestos de la Junta de Andalucía 2014. Sin entrar a valorar detalladamente los datos previstos, las cuentas públicas andaluzas no serán ni de resistencia: serán de más sufrimiento. La nula autonomía financiera de la comunidad autónoma, que la hacen depender en más de un 90 por ciento de las transferencias provenientes de Madrid, ata de pies y manos al Ejecutivo autonómico.

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No hay dinero más allá del escaso disponible para mantener los servicios públicos, pagar a los empleados de la Administración y aguantar el tipo. No privatizar hospitales ni despedir empleados públicos será ya un triunfo político que es voluntad política de un Gobierno de izquierdas.

Reducir la situación actual a valores morales (gobernantes buenos o malos) es la baza del populismo travestido de nacionalismo andaluz e izquierdismo extremista. Cuanto peor le vaya a la mayoría social que dicen representar, mejor les irá a los demagogos maximalistas que piden a gritos la ruptura del pacto de gobierno que está evitando –y no es poco- la privatización de la sanidad pública, la eliminación por completo de las ayudas sociales, el despido masivo de funcionarios o el ensañamiento contra la educación pública.

No obstante, el Gobierno andaluz –especialmente Izquierda Unida, por ser el eslabón más débil de las dos fuerzas políticas que conforman el cogobierno- no puede obviar el estado de ánimo decaído de la población, donde los populistas se introducen como nadie para captar apoyos a su extremismo moralista. Gestionar los estados de ánimos también es hacer política, de hecho, es la gestión de las emociones lo que salvará a Andalucía del hostigamiento del Estado central.

Los Presupuestos de la Junta de Andalucía para 2014 no serán responsabilidad del cogobierno, sino de un modelo de financiación autonómica que funciona muy bien cuando el consumo es alto y es una ruina cuando el consumo está por los suelos, como en la actualidad. La única responsabilidad del Gobierno de Andalucía será saber señalar a Madrid para que el estado de ánimo de la decepción no se vuelva contra sí mismo.

Se trata de hacer política, algo que la izquierda lleva tiempo sin hacer. Hacer política es algo más que decidir si José Antonio Griñán va al Senado o si la juez Alaya bordea la prevaricación; hacer política, al menos en estos momentos en los que no hay manteca colorá que repartir, es gestionar los estados de ánimo para que el pueblo andaluz se empodere y reclame a Madrid un sistema de financiación que permita a la comunidad autónoma financiar las competencias transferidas. Más autonomía o el caos.

IU tiene, en estos momentos, una responsabilidad histórica si no quiere, cuando pase la tormenta, volver a ser una fuerza política del 5 por ciento que la terminará de despolitizar y convertir en un habitáculo de pureza ideológica sin opciones de escribir en el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía (BOJA).

Más pronto que tarde, la tarea principal de IU ha de ser empoderar al pueblo andaluz. Señalando, pedagogía mediante, las verdaderas razones de por qué el Presupuesto de la Junta para 2014 no es propio de un Gobierno autónomo y explicar que sin capacidad de crear nuevos tributos o dependiendo de la generosidad del Gobierno central, la autonomía andaluza no existe.

El lema histórico del feminismo, que dice que “la independencia económica de las mujeres es el principio de su independencia”, es también aplicable a la comunidad autónoma más poblada de España, con mayor tasa de paro y con un sistema productivo inexistente, resultado de más de 30 años de gobiernos socialistas que han vivido subidos a todas las burbujas que por aquí han pasado.

Gestionar el estado de ánimo de la población pasa por conformar un gran frente de izquierdas con los movimientos sociales, partidos progresistas radicados en las diferentes comunidades autónomas (Espacio Plural) y todas las mareas y organizaciones que se han convertido en escudos humanos contra el capitalismo salvaje.

No menos importante, elegir las candidaturas en primarias ciudadanas y movilizar a una gran cantidad de ciudadanos que ahora se debaten entre votar con la nariz tapada o por la abstención. O, peor aún, presas fáciles del populismo que puede estar por venir.

En la gestión de las emociones está el futuro de Andalucía y de la izquierda. Se acercan las conmemoraciones del 4 de diciembre de 1977 y del 28 de febrero, efeméride de la aprobación del Estatuto de Autonomía, fechas simbólicas en las que la izquierda andaluza está obligada a hacer una demostración de fuerza en Madrid.

Señalar desde Andalucía a los culpables de que los Presupuestos sean un problema y revertir el desánimo en esperanza. Volver a ser lo que fuimos para poder ser algo más que resistencia. Una vía andaluza que convenza de que modelo social y modelo de Estado son la misma cosa.

RAÚL SOLÍS
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11 de septiembre de 2013

  • 11.9.13
Madrid no acogerá la celebración de los Juegos Olímpicos de 2020. Es una fortuna que el modelo que nos ha enterrado en una crisis brutal no sea premiado nuevamente, como si aquí no hubiera ocurrido nada. Como si no supiéramos ya qué produce la política de grandes eventos: Copa América, Fórmula 1, Copa Davis, visitas papales o demás actos pomposos en los que la corrupción corre más deprisa que los atletas olímpicos.

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El pago de unos cánones multimillonarios a las empresas gestoras de marcas asociadas a grandes empresas de la construcción o del mundo financiero ha sido la puerta de salida de muchos miles de millones que ahora nos hacen falta para el mantenimiento de nuestro modelo social: escuelas, hospitales y atención a la dependencia.

Casi todos los casos de corrupción españoles han tenido lugar en medio de la organización de grandes eventos durante los tiempos en los que España iba bien para las grandes constructoras que se lucraban de contratos públicos, a cambio de subvencionar las campañas electorales, comprar trajes, bolsos de Loewe o pagar en dinero negro los favores prestados por nacionalistas españolistas que tributan en Suiza las cifras astronómicas de su capitalismo de amiguetes.

La política de grandes eventos, además de insostenible, es una trampa ecocida y ecosuicida que sólo pretende atraer inversiones innecesarias con las que, hasta hace nada, se han ganado muchas elecciones en medio de sonados casos de corrupción premiados en las urnas.

Mientras políticos de PP y PSOE se hacían fotografías “que pasarán a la historia” cortando cintas en estadios olímpicos, que se han usado tres meses, o inauguraban centros culturales multimillonarios sin programación cultural, se han desatendido el deporte de base o la cultura y se han cerrado centros de investigación de referencia con la excusa de que “no nos podemos permitir este Estado del Bienestar” que nunca pasó de Medioestar.

Por eso, la derrota de la candidatura de los Juegos de Madrid 2020 es una buena noticia para la economía real, la de los ciudadanos, y no la de las empresas que cotizan en el Ibex 35 que tenían puestos sus ojos en los contratos públicos que el ministro de Economía aseguró que podían ser pagados por el Estado.

El deporte se fomenta invirtiendo en los polideportivos de barrios que están abandonados o en apostar por los clubes deportivos de base que cierran porque no reciben un solo euro de las administraciones públicas, y no pagando cánones multimillonarios a empresas especialistas en el lucro internacional a costa de convertir su marca empresarial en un sueño colectivo que hunde países en la bancarrota económica tras su paso. Es la hora de apostar por lo pequeño, por lo importante, por lo que nos hace felices a diario y no en estadios olímpicos que son cerrados a los tres meses de abrirlos.

Adiós, Madrid, adiós. Y ahora, el dinero que estaba destinado a los Juegos Olímpicos, que se destine a lo que nos hace felices a diario: sanidad, educación y atención a la dependencia. Que dinero hay, que ya recordó el ministro De Guindos que “por supuesto que hay dinero para pagar Madrid 2020″.

RAÚL SOLÍS
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5 de septiembre de 2013

  • 5.9.13
Las campañas mediáticas de cambio de imagen de los grandes partidos es la técnica que usa la política para renovar el envase de un producto que ya no vende. Suele funcionar siempre: miles de horas de retransmisión televisiva, cientos de tertulianos afines, recitando loas al líder que está por venir, y otros tantos análisis periodísticos que logran captar la atención del más incrédulo.

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Es la técnica de la publicidad aplicada a la comunicación política: soluciones fáciles –cambio de líder- para problemas complejos –estructuras añejas y connivencia con el sistema económico sostenido por la élite empresarial y financiera-.

Si hay un partido que maneja bien, mejor que nadie, estas técnicas de la comunicación es el PSOE. Una empresa que recauda votos para ganar, no para hacer oposición. Un entramado periodístico y comunicativo dispuesto a cambiar de envase el producto que ha dejado de vender.

Ocurrió con Felipe González, el hombre que más poder político ha tenido en España y que acabó traicionando los valores que lo auparon al poder; más tarde, llegó Zapatero, con una campaña moderna y juvenil que logró que ZP conectara con los valores de la gran masa, harta del aznarismo, a la que también acabó fallando.

Ahora, todo ese entramado comunicativo está engrasado para convencernos de que la llegada de Susana Díaz supone una renovación sin precedentes en el seno del socialismo andaluz. “¿Has leído lo que dijo el otro día? Dijo que la reforma de la Constitución para limitar el gasto público fue un error”, te dicen las víctimas de la campaña mediática que logra borrar de sus discos duros todas las veces que el PSOE ha dicho que no fallarían a sus principios.

Los que critican el populismo de Diego Cañamero o de Juan Manuel Sánchez Gordillo avalan, sin embargo, ese tono simplón y sin fondo del que Díaz hace gala en cada intervención pública. “Se nota que lo siente, que lo que dice le sale de las entrañas”, elogian los mismos diletantes que critican el exceso de tripas y la ausencia de honestidad intelectual en el actual panorama político.

Siempre están dispuestos a justificar al PSOE pero no perdonan, jamás, los errores de los partidos minoritarios. Se hartan de escribir auténticas sentencias contra la falta de democracia interna de los partidos políticos, pero aplauden como “ejemplar” la farsa de primarias sin urnas que han catapultado a Díaz al liderazgo del PSOE.

Nunca les parece suficiente la renovación en IU, pero una portada y una loa los convence de que el PSOE está dispuesto a renunciar al pecado mortal de la socialdemocracia europea: la connivencia con el liberalismo económico salvaje que hace imposible la redistribución de la riqueza.

Aún está por ver cómo lo hará Susana Díaz, pero está claro que la campaña mediática está funcionando a la perfección: nos están vendiendo un producto viejo con un envase nuevo. Mientras Susana Díaz nos dirá que el PSOE se tiene que renovar y que ella es de izquierdas, “muy de izquierdas”, los diputados andaluces, que están en Madrid –militantes del partido que dirigirá Díaz- votarán obedeciendo a Alfredo Pérez Rubalcaba. Son las cien vidas del PSOE: tiene una nueva detrás de cada castigo electoral y un ejército de cínicos dispuesto a convencernos de que esta vez será la definitiva.

RAÚL SOLÍS
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9 de agosto de 2013

  • 9.8.13
La profundización democrática de las instituciones es una necesidad, pero solamente con regeneración no vamos a salir de la crisis. Sencillamente, porque países con mayor democratización de sus instituciones y liderazgos políticos también están siendo afectados por la depresión económica. Por el fallo de un modelo económico y social insolidario, depredador e injusto que permite que la fortuna de Emilio Botín pague un 3,5 por ciento de impuestos, treinta veces menos que cualquier persona trabajadora.

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Sin embargo, no hay conferencia, reunión con amigos, tertulia televisiva o articulista que se precie que no haya encontrado en la regeneración democrática su secreto para salir de la crisis. No hablan de fiscalidad, ni de relaciones laborales, ni de crisis ecológica. Tampoco hacen mención a las 31 grandes empresas del Ibex 35 que tributan la mitad del PIB español en el extranjero.

Si quieres ser un líder social y/o político, no hables de Economía: dedícate a decir que los partidos políticos españoles no son democráticos, a repetir que los políticos no te representan, a criticar la corrupción española –siendo grave, es sesenta veces inferior a la italiana en lo que a dinero corrompido se refiere-.

Arenga en contra de las comunidades autónomas, de los ayuntamientos, del sueldo de los políticos –el mismo que cobraban antes de que estallara la crisis-, no olvides tampoco de explayarte contra los sindicatos y, por supuesto, no te puede faltar un severo rapapolvo a las subvenciones que reciben los partidos políticos y aseverar que el sistema se ha quedado viejo.

Sin ir más lejos, para comprobar el grado de putrefacción y los réditos que da hablar de regeneración democrática y nada más, en Andalucía tenemos a José Antonio Rodríguez, el famoso alcalde de la localidad granadina de Jun. El afamado regidor local ha basado su campaña política para liderar el PSOE andaluz, en dos secretos mágicos: “bolsillos de cristal” y “abrir las ventanas de la Junta de Andalucía”. El modelo económico y social prefirió dejarlo para después.

No hay indignado que merezca la pena que no sea un experto en democracia participativa y que no conozca los entresijos de la democracia suiza. Quizás, estos indignados, regeneradores de la democracia, desconozcan que fue en un referéndum donde se aprobó que Suiza sea un paraíso fiscal apto para esconder dinero procedente de la corrupción y del crimen internacional.

La regeneración democrática debe ser el vehículo donde viaje el modelo social y económico, no la meta de todos los trayectos. De lo contrario, nos encontraremos con una democracia muy participativa en la que nadie participe porque, sencillamente, no habrá modelo social ni económico que proponer.

El negocio de la regeneración democrática o de la democracia participativa se ha convertido en la conferencia estrella que sermonean muchos que no tienen otro tema del que hablar para tener notoriedad en el debate público, donde no te aplauden si hablas de Economía o de fraude fiscal, pero sales siendo un líder si afirmas que de la crisis sólo salimos con una ley electoral justa o con listas abiertas.

Democracia participativa, sí, por supuesto, pero como herramienta para construir un modelo social y económico distinto y no como mantra para que los oportunistas tengan su minuto de gloria. O su escaño de oro. Regeneración democrática, sí. ¿Y nada más?

RAÚL SOLÍS
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26 de julio de 2013

  • 26.7.13
La Junta (con la unanimidad de PSOE, PP e Izquierda Unida-Convocatoria por Andalucía-¡Los Verdes!) está dispuesta a convencernos de que el nuevo modelo productivo que necesita Andalucía es la minería, una vuelta al siglo XIX justificada por la insultante estrategia de la creación empleo. Todo vale si es para crear empleo, aunque nos mate.

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El todo vale de la época del ladrillazo, que tiene a casi el 40 por ciento de los andaluces en paro y al 70 por ciento de los jóvenes en la terminal de salida de los aeropuertos con destino al extranjero, es el hilo argumental con el que PSOE e IU están dispuestos a seducirnos y demostrarnos que no han aprendido nada del desastre ecológico de Bolidén y del peligro que significa depender de un modelo productivo negro, de bajo nivel de cualificación y altamente susceptible de la especulación.

Nada parece sospechar que la izquierda haya aprendido de esta crisis múltiple en la que intervienen los conflictos social, ecológico y territorial. Para la izquierda tradicional, con el apoyo inestimable de los sindicatos desclasados, el conflicto ecológico es un conflicto menor. Es la miopía de una izquierda desnortada, torpe, intelectualmente insultante y ambientalmente suicida que abraza los objetivos del capitalismo salvaje enmascarándose en tesis obreristas del siglo XIX.

Hace unos días, IU dio su apoyo a la propuesta favorable a la reapertura de la mina de Aznalcóllar, a pesar de que aún no existe un pliego de condiciones ni, menos aún, empresa conocida que esté interesada en explotar un yacimiento a cielo abierto e insertado en un territorio que será irreparable ambientalmente. Sin información de ninguna clase, IU se ha lanzado a los brazos del PSOE y de las empresas especulativas que han encontrado en la minería su refugio al ladrillo.

A cambio de 200 empleos para un pueblo que ha recibido miles y miles de millones de euros para diversificar su actividad económica y que han sido gastados en escuelas taller de albañilería, aceras y parques y jardines, nos quieren convencer de que el ecocidio, que ha generado una tasa de paro de casi el 40 por ciento, es de izquierdas y generador de empleo.

La izquierda se equivoca. Si es conscientemente, es una torpeza imperdonable; si es inconscientemente, es aún más grave porque demuestra que la izquierda tradicional no ha entendido qué significa esta crisis económica y que la izquierda será ecologista o no será. IU ha votado a favor de un modelo productivo del siglo XIX a la vez que defiende un nuevo modelo productivo para Andalucía.

Una locura ideológica preocupante porque deja a Andalucía huérfana de una fuerza política que quiera revertir el pecado capital de esta crisis múltiple, que no es otro que el haber creído que apostar por un modelo especulativo, ambientalmente destructivo y económicamente insostenible era el secreto para llevar a cabo la segunda modernización de este país, que, si fuera un Estado de la UE, sería el de mayor tasa de paro y nivel de dependencia.

El futuro de Andalucía está en la transformación de las materias primas, en apoyarse en la pesca para tejer una industria que mire al mar, aprovechar el sol, las mareas y el viento que nos sobra para transformarlo en energías renovables exportables al exterior y en la apuesta por la investigación y la innovación para que los andaluces no se vuelvan a ver obligados a emigrar como lo hicieron sus abuelos y seamos algo más que camareros y albañiles de los jubilados del norte de Europa.

Un modelo que ha costado más de 1.000 millones de euros, entre indemnizaciones y restaurar la tragedia ecológica de Bolidén, no puede ser ni será la salida a la crisis andaluza. A no ser que detrás de la reapertura de las minas de Aznalcóllar se escondan intereses que desconocemos y que la etiqueta “Los Verdes”, que acompaña a las siglas de IU, sea negra y un adorno sin contenido.

RAÚL SOLÍS
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28 de junio de 2013

  • 28.6.13
De la crisis económica no solamente ha emergido la verdadera cara de la derecha europea, llena de maldad hacia los que ellos consideran perdedores de su modelo de ganadores y derrotados. La crisis está siendo un escaparate de valores que parecían haber sido enterrados por el hormigón durante los años del boom inmobiliario. Gente anónima que usa la sencillez de su trabajo diario para amortiguar el golpe a tantísimo dolor social.

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Maestros, docentes universitarios, enfermeras, médicos, empleados de banca, voluntarios, activistas sociales, ecologistas, abogados, economistas y hasta dependientes de supermercados han hecho de su trabajo diario un militancia política. Si la derecha ha querido enfrentar a los que no tienen nada con los que tienen poco, lo que ha conseguido es reforzar el nosotros.

Existen médicos que atienden en su consulta a los inmigrantes que la derecha ha condenado a muerte al excluirlos de la sanidad pública. Jugándose el tipo. Docentes que desafían la política clasista y malévola que persigue vaciar las universidades de alumnos que no pueden pagar. Si Wert ha subido hasta el 6,5 la nota para acceder a una beca, muchos docentes universitarios han convertido, por arte de magia, un 5 en un 6,5 para que nadie se quede fuera del sistema universitario por pertenecer al club de víctimas de esta estafa a gran escala.

Cientos de jóvenes, y no tan jóvenes, se han organizado para parar desahucios y enfrentarse a la Policía que desahucia la vida y esperanza de las familias que no pueden pagar su hipoteca tras perder su empleo. En algunos casos, estos jóvenes han realojado a familias desahuciadas en viviendas vacías que son propiedad de los mismos bancos rescatados con el dinero de las víctimas. Y a estas corralas les han puesto de nombre "Alegría", "Esperanza" o "Utopía".

La competencia del neoliberalismo convertida en cooperación, única manera de derribar un sistema que llama "libertad individual" al egoísmo. Esto fue lo que hicieron los trabajadores de las cafeterías del Aeropuerto de Sevilla: estuvieron 45 días de huelga –sin cobrar- para evitar el despido de uno de sus compañeros. Aceptaron la reducción en sus salarios a cambio de la readmisión de su compañero. Lo consiguieron.

A los habitantes de las corralas también les ofrecieron individualmente una vivienda social para que abandonaran la lucha. Y dijeron que no si esa vivienda no era ofrecida igualmente al resto de desahuciados que, como ellos, malviven sin agua, sin luz y sin esperanza.

Hay una forma de solidaridad en tiempos de crisis más invisible aún. No sale en los grandes medios, pero se percibe en el día a día de los pueblos y barrios andaluces. Pensionistas que, con su pensión de 600 euros, llenan carros en el supermercado para la familia que vive pared con pared y que ni se acuerda de la última prestación o sueldo que entró en casa.

Hombres y mujeres de campo que llenan cajas y cubos de patatas, tomates, pimientos y calabacines para llevarlas al vecino que vive cuatro puertas debajo de su vivienda. O trabajadores mileuristas que se hacen cargo del recibo de la luz y agua y de las matrículas universitarias de los hijos de sus hermanos o de la vecina del cuarto.

Son los amortiguadores sin nombre de esta estafa. Sólo así se entiende que con casi un 30 por ciento de paro en Andalucía no haya estallado una revuelta social. Nacionalismo de pobres contra nacionalismo de ricos. Es la identidad del pueblo andaluz convertida en una declaración soberanista que desobedece leyes injustas en silencio. Héroes y heroínas anónimos que hacen que la crisis y la vida valgan la pena.

RAÚL SOLÍS
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