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Mostrando entradas con la etiqueta ¿Esto cuándo sale? [Pablo García de Castro]. Mostrar todas las entradas
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2 de agosto de 2016

  • 2.8.16
Deshabituarse al consumo es un proceso complejo. La mayoría de personas, sobre todo en países industrializados, están habituadas a consumir desde edades muy tempranas. Además, en la mayoría de casos el consumo es diario y desde primera hora de la mañana. Suele agravarse esta adicción a sobreconsumir en personas con desequilibrios o que se encuentran deprimidas o decaídas, en estas situaciones los niveles de dispendio se elevan notablemente.


La adicción más común es a los combustibles fósiles, que suelen emplearse diariamente para la producción de electricidad, el transporte –de personas y mercancías–, calentarse y/o refrigerarse, y fabricación de todo tipo de útiles e inútiles.

Estos productos son fáciles de encontrar en el mercado y no todos son excesivamente caros. Tampoco es necesario ser mayor de edad para comprarlos aunque, eso sí, son altamente adictivos. En casos de mayor poder adquisitivo también pueden causar adicción sustancias como joyas, vehículos o dispositivos electrónicos de último modelo.

Al parecer, los consumidores tienden a aumentar exponencialmente su consumo, incitados por nocivas tácticas de marketing y la obsolescencia programada por los cárteles que producen, distribuyen y venden la mercancía.

No obstante, es posible –además de una necesidad imperiosa– deshabituarse y dejar el consumismo voluntariamente, ya que si se ve una persona forzada a dejarlo por el advenimiento de una crisis (parcial o definitiva), derivada de especulaciones financieras o provocada por el inevitable agotamiento de recursos, podría encontrarse ante un mono físico difícil de soportar.

En prevención, es recomendable inmiscuirse en un periodo de transición que puede ayudar al adicto a desprenderse de dicha dependencia. Como en toda adicción, el primer paso será reconocer que se tiene un problema, para poder afrontar el abandono del sobreconsumo sin mono físico, pasando posteriormente a un proceso de deshabituación que permita al consumista volver a ser un ciudadano.

PABLO GARCÍA DE CASTRO

12 de octubre de 2011

  • 12.10.11
Islandia, Túnez, Egipto, España, Grecia, Israel, Chile, Brasil, India, Irlanda, Portugal... Y así podría seguir hasta decir "Estados Unidos". En todos estos países se vienen produciendo procesos de indignación que, si bien tienen múltiples diferencias y causalidades endógenas, pueden entenderse en el marco de un mismo cabreo.


Quizá el último de estos movimientos, surgido en el corazón del capitalismo, sea el que haya acertado más en el foco de su protesta, apuntando su indignación hacia el alma de los mercados financieros: Wall Street. El movimiento #occupywallstreet, también conocido como We are the 99% -en referencia al uno por ciento de la población norteamericana que controla el 40 por ciento de la riqueza del país- parece crecer exponencialmente en los últimos días tras tomar una estética y una estructura similar a la de la #spanishrevolution o el llamado Movimiento 15-M. Y es que los ocupas americanos están tomando las plazas y acampando a lo largo y ancho del país, llamados por la proclama Occupy Together, esto es, "Ocupemos juntos".

¿Qué hace que (especialmente) los jóvenes de países con circustancias tan diferentes estén convergiendo en procesos, métodos y protestas tan similares? Algunas respuestas las encontraremos en la red, en la globalización, en las almohadillas, las arrobas y los Treding Topics.

Pero es necesario mirar un poco más al fondo y comenzar a cuestionarse si detrás de la crisis que empezó siendo financiera se esconde una crisis civilizatoria global. La Democracia realmente existente ha dejado de ser garante de derechos y libertades, incluso en el mundo occidental, mientras el modelo de Sociedad del Bienestar fracasa estrepitosamente (recortes en servicios sociales, precarización del empleo, altas tasas de paro, privatización de la dependencia y la jubilación...) y las institituciones tradicionales como el Estado, la Justicia, la Administración y el Mercado están tan lejos de las nuevas generaciones que la desconfianza generada parece imposible de desandar.

Si bien nos cuesta percibir una antítesis clara, cada vez resulta más evidente que la tesis actual, la ideología latente, el neoliberalismo, es insostenible e insoportable.

Este sentimiento, en gran parte de desengaño, es el fantasma que recorre el planeta y que ha derivado en la primera convocatoria de movilización mundial coordinada de la historia. La llamada es el 15 de octubre, fecha para la que hay más de 350 convocatorias en 45 países diferentes. Se prentende que el 15-O sea un importante impulso para un cambio, que quizás ya haya comenzado en el interior de cada uno de nosotros.

PABLO GARCÍA DE CASTRO

10 de agosto de 2011

  • 10.8.11
Las propuestas que hoy día constituyen el movimiento decrecentista, una corriente de pensamiento ecosocial, político y económico que aboga por medidas que restablezcan el equilibrio entre el ser humano y su medio, ya formaban parte del ideario tradicional ecologista. No obstante, el término "decrecimiento" acuñado a partir del Informe Meadows de 1972, Los límites del crecimiento, parece haber dado un nuevo impulso a estas ideas, hasta ahora difíciles de transmitir: los planteamientos de los objetores del crecimiento.
El decrecimiento rechaza el crecimiento económico que proclama el neoliberalismo, renunciando así a la relación entre progreso-felicidad y aumento del PIB. Además, denuncia la imposibilidad de un crecimiento infinito, algo que el movimiento ecologista viene denunciando desde hace décadas.

El hecho de que no es posible explotar ciertos recursos naturales de manera ilimitada, ni es sostenible generar residuos al nivel actual, así como el despropósito ecológico de arrojar al medio productos xenobióticos a gran escala (compuestos químicos extraños al metabolismo natural de los seres vivos, que suelen ser tóxicos y contaminantes) y la inviabilidad del crecimiento ilimitado de población, son ideas que están calando ahora en la sociedad. Pero son temas que vienen siendo abordados por autores representativos del ecologismo desde los años sesenta, como Erlich, Anders, Carson o Arendt.

No obstante, es a partir del informe Los límites del Crecimiento, una relación de propuestas de soluciones prácticas planteadas por el equipo de investigadores del Massachusetts Institute of Technology encargado por el Club de Roma, cuando empieza a fraguarse esta nueva propuesta sociopolítica que el economista francés Serge Latouche bautizaría como "decrecimiento".

El estudio denuncia los peligros ecológicos del crecimiento económico del mundo industrializado, defiende que en un planeta limitado no es posible un crecimiento económico ilimitado, cuestionando así los principios de los postulados neoliberales.

En definitiva el Informe Meadows viene a romper la "inmaterialidad" que planteaba la nueva ciencia económica postindustrial en la que se desvinculaba el sistema económico de los flujos físicos que lo sostenían: materias primas, tierra y trabajo. Sólo un año después de la publicación de este informe estallaría la primera crisis del petróleo en 1973.

Estos planteamientos rompen pues con la idea positivista de que el bienestar y la emancipación humana vendrían del aumento continuo de bienes y servicios consumidos, idea que dejaba fuera de la ecuación el deterioro medioambiental que esa sobreproducción traía de la mano.

Fue otro de los padres de las tesis decrecentistas, Georgescu-Roegen, quien introdujo el concepto "entropía" en su análisis de la salud ecológica del planeta, descartando la sostenibilidad del sistema de producción capitalista. Decía Roegen, a modo de ejemplo, que las materias y energías utilizadas para la construcción de un ordenador son “fragmentadas y diseminadas”, quedando disipadas para siempre con la consiguiente pérdida de recursos útiles.

A pesar de estas corrientes nacidas en los setenta, en las tres últimas décadas ha habido un aumento de la fe en el desarrollo económico sin límites –aún habiendo sufrido una serie de crisis sistemáticas hasta llegar a la crisis actual nacida en 2008-, gracias al abaratamiento de las materias primas (algo que la mayoría de los economistas coinciden en descartar que vuelva a suceder) y afianzado en una desregulación económica derivada de los postulados neoliberales de los gobiernos norteamericanos y europeos que sigueron a Tatcher y Reagan.

El término "decrecimiento" aparece ahora como estandarte que busca devolver a la mesa de debate cuestiones ecosociales que ya fueron expuestas en los setenta, pero que el neoliberalismo de los ochenta, noventa y principio del siglo XXI habían enterrado.

La crisis desatada en 2008 parece que será el detonante de un cambio que movimientos como el 15-M en España, la Revolución Islandesa o la Primavera Árabe ya están reivindicando.

La crisis actual no es solo económica, es energética, medioambiental, social y cultural; se trata de una crisis de identidad que parece necesitar de un amplio proceso de reflexión. Un proceso de reinvención de la humanidad que implicaría un cambio radical de sistema.

PABLO GARCÍA DE CASTRO

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