Por edad, lo lógico y natural es que digamos que lo vimos envejecer y, en el último escalón, marcharse casi sin hacer ruido. Nos dio esquinazo cuando la pandemia del coronavirus estaba empezando a afilar sus colmillos, aunque su defunción nada tuvo que ver con aquella mortífera plaga que tanto daño hizo. Dijo adiós a este mundo el día de san José de 2020, cinco después del decreto de estado de alarma que cambió las fiestas por duelos.
Pero, contra lo que puedan dictar las leyes de la biología, lo cierto es que fue él, mientras vivió, el que parecía ajeno al peso de los años, a salvo de los estragos del desgaste físico, tal fue su lozanía casi hasta el final. Conservó la piel tersa y apenas sufrió agravio de arrugas. Lo libró la sonrisa, su agradable manera de ser que lo hacía poco menos que imperturbable al discurrir del tiempo.
Yo era un chiquillo de unos diez años cuando, sobre 1969, entró a trabajar en la panadería. Escribo esto sabiendo que no estaría de acuerdo con lo que digo, pero él tendría, aproximadamente, el mismo aspecto con el que iba a llegar a su última hora: ligero sin ser enjuto, de mediana pero proporcionada estatura, cumplidor y afable, sobre todo agradable en el trato.
No lo recuerdo disgustado ni arisco, ni vociferante o iracundo, y seguro que más de un día, de una noche, por el duro oficio de hornero (apagones eléctricos en mitad de la madrugada, contratiempos en la repartía del pan, madrugadas de cielos encabritados) no le faltaría razones para torcer el gesto. Pero él, Juan Hidalgo García, Juan el Viejo (por ser el mayor, no por apariencia), siempre prefirió la sonrisa al desaire.
Así, tan risueño y formal, anduvo por la vida. Y de esa forma conquistó a su mujer, Aurora Carrasquilla Gómez, cuando ambos atravesaban esa dulce e irrepetible etapa de la mocedad. La conoció entre la Corredera y la Plaza de la Rosa, tierna geografía de idilios sobre el granítico pavimento de los años de la posguerra. Ella iba con sus amigas Rosi Pérez y Chari Pérez Rodríguez, novias de Ángel Ruperto y Antonio Ramírez Rey.
Antes de que se le acercara Juan, ella había despachado (despechado) a otros pretendientes, pero con él fue diferente: le gustó de inmediato por su porte franco y su rostro luminoso. Y no sólo a ella, sino también a su padre que, nada más tratarlo, observó en él un rasgo principal de su carácter: rectitud, que es igual a sensatez.
La esperaba y la rondó mucho hasta que se formalizaron las relaciones. El noviazgo duró casi diez años; los dos primeros transcurridos entre suspiros y paseos; el resto, con derecho a puerta, especie de privacidad semivigilada para pelar la pava.
Fueron innumerables noches al relente, allí, en la calle Zarzuela Baja, donde el padre de la cortejada tenía un ventorrillo (el suegro de Juan fue tabernero itinerante: después llevó el Bar Pacheco, La Ventolera con la ayuda de Antonio Espejo y, por fin, abrió taberna en el barrio junto a Bodegas Alvear. Su hijo, Antonio Carrasquilla, al igual que el hijo de éste, también de nombre Antonio, seguirían esta digna tradición).
Era una pareja muy representativa de su tiempo: como campesino, Juan se buscaba la vida entre viñas, besanas, olivos y eras. Desde niño hasta después de casado se dedicó a tareas agrarias. Primero, con Antonio Delgado, un labrador de la calle El Horno; después, con Ramón Gómez Puig, padre de Enrique el de la botica, que fue propietario del Palacio de Medinaceli y del cortijo Carchena —lo que se dice un hacendado de postín—.
Aurora Carrasquilla (que ahora tiene 93 años) se dedicó a la costura, como tantas mujeres de su época. Cosía y bordaba en el taller de Carmen La Comina, en la calle Capitán, lo mismo que otras hacían en las casas de Rosa Urbano y Carmen Laguna, verdaderas colmenas de laboriosas princesas de las vainicas y los puntos de cruz con cuyas esmeradas ropas se ha vestido y lucido media Montilla.
Su destreza como costurera le abrió las puertas de la familia de Rafael Ruz y Rosina Hidalgo, en la que estuvo de empleada fija durante una década haciendo arreglos, pantalones y camisas para los niños y vestidos para ellas, una prole de doce hijos, con el ajetreo que eso da.
Además, trabajó en la fábrica de las Pellizas, la industria textil de Miguel Moreno, cuya eficaz encargada era Dolores Trillo, la madre de la familia Hidalgo Trillo. De las manos de Aurora salieron pantalones, gabardinas, canadienses, camisas y otras muchas prendas de vestir. Cerca de medio centenar de personas, la mayoría mujeres, pasó por aquel taller textil de la calle San Fernando, frente a La Andaluza.
Cuando cerró, muchas de ellas, también Aurora, fueron contratadas por El Telar, la empresa de la familia Jiménez Velasco. Con la llegada de los hijos y los cambios en el negocio, decidió quedarse en casa sin dejar de coser para la calle, ayudada por una máquina Alfa que compró en la tienda de Galisteo.
Desde entonces, Aurora Carrasquilla apenas tuvo tiempo de parar. La costura, en parte, vino a resolverle la vida y ahora, en estos últimos años, le ha servido de entretenimiento. ¡Cuántas mantelerías bellamente bordadas, ropa de cama y de mesa se han tejido en su cuarto de costura!
Pero, ya que estamos enredados en esta madeja de los recuerdos, tiremos otra vez del hilo de Juan. Como el campo no le daba garantías de futuro, aceptó una oferta del listero de Agroman, empresa encargada de reparar la vía ferroviaria entre Córdoba y Montilla.
Y allí que se fue a afianzar raíles, a vigilar catenarias. También estuvo de peón de albañil en la construcción de La Laboral, hoy deshabitada desde que el Instituto de Enseñanza Secundaria Emilio Canalejo Olmeda se mudó a El Molinillo. Y además, tan trotamundos y esforzado como era, se enroló en una compañía francesa de sondeos petrolíferos que, buscando hidrocarburos, examinó palmo a palmo la Campiña y los montes andaluces desde Écija a Jaén.
Las exploraciones se hacían con explosiones subterráneas a cien metros de profundidad. Aquella dinamita, que sepamos, no halló rastro de combustible, pero detonó la imaginación popular: un agricultor refirió que había visto salir fuego en un paraje del camino viejo de Aguilar, pasada la Fuente del Álamo.
Es la leyenda del Cerro Humo, cuyos rescoldos aún calientan la fabulación de la gente. Por vías férreas, majuelos y tras la pista del oro negro anduvo Juan para que no faltase un plato caliente en su casa; para que sus hijos, Rafi, Manolín y Conchi, tuviesen todo lo que necesitaban.
Pero donde se habría de ganar el pan definitivamente fue en el Horno de Manolo Bellido y de Carmeli Mora. Aunque apenas sabía nada de artesas y levaduras, lo cierto es que el oficio, puede decirse, le resultaba familiar. Su madre, Concha García Bellido, pertenece a ese blanco embrollo de panaderos y confiteros que es el linaje de los Bellido. A esa amasada estirpe pertenecía también su abuela materna, Pilar Bellido Hidalgo, quien tuvo tahona en la Puerta de Aguilar y, posteriormente, despacho de harina en la calle El Horno.
Así que Juan, cuyo padre se llamaba Manuel Hidalgo Panadero (¿hacen falta más pistas?), parecía predestinado a vivir al revés de todo el mundo: trabajando mientras el resto de los humanos dormía a pierna suelta. Cuando entró por la puerta ya era un hombre hecho y derecho que tuvo que aprender el oficio, nunca mejor dicho, de la noche a la mañana.
Manolillo Sánchez cumplía con el servicio militar; Juanillo Aguilar Ruiz aún estaba con los Padillo, pero todos los días, antes de ir al almacén, repartía el pan y los bollos por las tiendas. Había otro Manolillo, el Seco, que poco después voló a otros horizontes.
Juan ha sido panadero 25 años. Nosotros hemos crecido en todos los aspectos a su lado. Miguel llevaba el babi a rayas de la escuela de don José Delgado, como yo. José Alfonso aún no había cumplido 5 años y Luis, nada más aprender a andar, se aficionó a repetir incansablemente un camino, el del saco del azúcar en el que una y otra vez mojaba el chupe, lo que le ha dejado, se diga lo que se diga, un fondo de dulzura.
La labor de panadería nunca acaba. Primero, cueces el pan y, luego, hay que distribuirlo. Para ese menester, Juan desarrolló una tercera cualidad, la del equilibrista. Cada amanecer conseguía mantener en pie una pequeña moto, una miniducati amarilla, atiborrada de sacos de roscos, bogas, cuadraítas, barras y dulces.
Desafiaba las leyes de la física (pese a que todo tiende a caer, él no lo hizo) y el código de la circulación. La Guardia Civil llegó a reprenderlo por circular con aquellas banastas de pan caliente hasta los topes. Así, como los marroquíes que atestan sus coches, se aventuraba cada mañana.
En la Cuesta de Maldonado metía al vuelo el pan por las ventanas. Era el rey mago que, a oscuras, cada aurora llenaba la talega con el mejor regalo, el alimento primordial y bíblico. Luego, campo a través –ese lugar que conoce a la perfección–, se adentraba en el laberinto de calles terrizas de Don Gonzalo, acudía a la Fuente de la Higuera (un recuerdo para Germán Ramírez) y, tras pasar Salgado, llegaba hasta el Cortijo Lagasca, casi en el término de Aguilar.
De su puntualidad y seriedad con los clientes saben bien en el barrio: a diario visitaba con un carrillo los pisos de ladrillo visto de Rafael de la Hoz, las viviendas de los Salesianos (calles José Cobos Ruiz, Capataz Juan Rodríguez y Ciudad del Cuzco). En moto o a pie, siempre llegó oportuno con su blando y crujiente cargamento.
En 1991, le sonó la hora de la jubilación. Pero ¿cómo ponerle fecha de caducidad a un hombre de acción? No sólo no se avino a la inactividad, sino que, entonces, cuando el declive ya era más que una intuición, él decidió reforzar el pulso callejero.
Lo importante era no perder el contacto con la gente. A diario salía, andaba, conversaba con los amigos y, de esta manera sencilla, iba enterándose de lo que pasaba. Y como estaba al corriente de todo, de las altas y las bajas, resulta que se le agudizó su viejo oído de corredor de fincas. Cosas del campo.
O sea que, entre bromas y veras, por entretenerse, terminó montando una bolsa de la propiedad ambulante. No lo hacía como una obligación. ¡Qué va! Era una forma de distraerse y, si encartaba, de sacar unos euros extras para complementar la pensión.
Juan Hidalgo, con su cara de hombre sin preocupaciones, estaba al día del comercio inmobiliario y sabía del valor y el destino de las herencias antes que los mismos beneficiarios. Era un tipo avispado con la mirada viva como su piel saludable curtida bajo mil soles (cutis amasado con aceituna y jazmín, diría Federico). Un intermediario listo, un chalán cabal como debe ser. Así, sin trampas, anduvo por la vida.
Siempre era una alegría encontrarme con él mientras paseaba o estaba en animada charla en un corrillo. Me tenía al tanto de las ofertas, del trajín de la compraventa. Pero un día, cuando supe que se avecinaba la celebración de las bodas de oro con Aurora Carrasquilla, fui yo quien le planteé un pacto. Estaba seguro que lo iba aceptar, porque era un compromiso irrenunciable. Le dije:
—Ustedes, Aurora y tú, tendréis que celebrar, dentro de unos años, las bodas de platino. ¿Vale? Pues bien, lo organizáis todo. Y, por nuestra parte, nos comprometemos a estar en ellas. ¿Trato hecho?
Pero, contra lo que puedan dictar las leyes de la biología, lo cierto es que fue él, mientras vivió, el que parecía ajeno al peso de los años, a salvo de los estragos del desgaste físico, tal fue su lozanía casi hasta el final. Conservó la piel tersa y apenas sufrió agravio de arrugas. Lo libró la sonrisa, su agradable manera de ser que lo hacía poco menos que imperturbable al discurrir del tiempo.
Yo era un chiquillo de unos diez años cuando, sobre 1969, entró a trabajar en la panadería. Escribo esto sabiendo que no estaría de acuerdo con lo que digo, pero él tendría, aproximadamente, el mismo aspecto con el que iba a llegar a su última hora: ligero sin ser enjuto, de mediana pero proporcionada estatura, cumplidor y afable, sobre todo agradable en el trato.
No lo recuerdo disgustado ni arisco, ni vociferante o iracundo, y seguro que más de un día, de una noche, por el duro oficio de hornero (apagones eléctricos en mitad de la madrugada, contratiempos en la repartía del pan, madrugadas de cielos encabritados) no le faltaría razones para torcer el gesto. Pero él, Juan Hidalgo García, Juan el Viejo (por ser el mayor, no por apariencia), siempre prefirió la sonrisa al desaire.
Así, tan risueño y formal, anduvo por la vida. Y de esa forma conquistó a su mujer, Aurora Carrasquilla Gómez, cuando ambos atravesaban esa dulce e irrepetible etapa de la mocedad. La conoció entre la Corredera y la Plaza de la Rosa, tierna geografía de idilios sobre el granítico pavimento de los años de la posguerra. Ella iba con sus amigas Rosi Pérez y Chari Pérez Rodríguez, novias de Ángel Ruperto y Antonio Ramírez Rey.
Antes de que se le acercara Juan, ella había despachado (despechado) a otros pretendientes, pero con él fue diferente: le gustó de inmediato por su porte franco y su rostro luminoso. Y no sólo a ella, sino también a su padre que, nada más tratarlo, observó en él un rasgo principal de su carácter: rectitud, que es igual a sensatez.
La esperaba y la rondó mucho hasta que se formalizaron las relaciones. El noviazgo duró casi diez años; los dos primeros transcurridos entre suspiros y paseos; el resto, con derecho a puerta, especie de privacidad semivigilada para pelar la pava.
Fueron innumerables noches al relente, allí, en la calle Zarzuela Baja, donde el padre de la cortejada tenía un ventorrillo (el suegro de Juan fue tabernero itinerante: después llevó el Bar Pacheco, La Ventolera con la ayuda de Antonio Espejo y, por fin, abrió taberna en el barrio junto a Bodegas Alvear. Su hijo, Antonio Carrasquilla, al igual que el hijo de éste, también de nombre Antonio, seguirían esta digna tradición).
Era una pareja muy representativa de su tiempo: como campesino, Juan se buscaba la vida entre viñas, besanas, olivos y eras. Desde niño hasta después de casado se dedicó a tareas agrarias. Primero, con Antonio Delgado, un labrador de la calle El Horno; después, con Ramón Gómez Puig, padre de Enrique el de la botica, que fue propietario del Palacio de Medinaceli y del cortijo Carchena —lo que se dice un hacendado de postín—.
Aurora Carrasquilla (que ahora tiene 93 años) se dedicó a la costura, como tantas mujeres de su época. Cosía y bordaba en el taller de Carmen La Comina, en la calle Capitán, lo mismo que otras hacían en las casas de Rosa Urbano y Carmen Laguna, verdaderas colmenas de laboriosas princesas de las vainicas y los puntos de cruz con cuyas esmeradas ropas se ha vestido y lucido media Montilla.
Su destreza como costurera le abrió las puertas de la familia de Rafael Ruz y Rosina Hidalgo, en la que estuvo de empleada fija durante una década haciendo arreglos, pantalones y camisas para los niños y vestidos para ellas, una prole de doce hijos, con el ajetreo que eso da.
Además, trabajó en la fábrica de las Pellizas, la industria textil de Miguel Moreno, cuya eficaz encargada era Dolores Trillo, la madre de la familia Hidalgo Trillo. De las manos de Aurora salieron pantalones, gabardinas, canadienses, camisas y otras muchas prendas de vestir. Cerca de medio centenar de personas, la mayoría mujeres, pasó por aquel taller textil de la calle San Fernando, frente a La Andaluza.
Cuando cerró, muchas de ellas, también Aurora, fueron contratadas por El Telar, la empresa de la familia Jiménez Velasco. Con la llegada de los hijos y los cambios en el negocio, decidió quedarse en casa sin dejar de coser para la calle, ayudada por una máquina Alfa que compró en la tienda de Galisteo.
Desde entonces, Aurora Carrasquilla apenas tuvo tiempo de parar. La costura, en parte, vino a resolverle la vida y ahora, en estos últimos años, le ha servido de entretenimiento. ¡Cuántas mantelerías bellamente bordadas, ropa de cama y de mesa se han tejido en su cuarto de costura!
Pero, ya que estamos enredados en esta madeja de los recuerdos, tiremos otra vez del hilo de Juan. Como el campo no le daba garantías de futuro, aceptó una oferta del listero de Agroman, empresa encargada de reparar la vía ferroviaria entre Córdoba y Montilla.
Y allí que se fue a afianzar raíles, a vigilar catenarias. También estuvo de peón de albañil en la construcción de La Laboral, hoy deshabitada desde que el Instituto de Enseñanza Secundaria Emilio Canalejo Olmeda se mudó a El Molinillo. Y además, tan trotamundos y esforzado como era, se enroló en una compañía francesa de sondeos petrolíferos que, buscando hidrocarburos, examinó palmo a palmo la Campiña y los montes andaluces desde Écija a Jaén.
Las exploraciones se hacían con explosiones subterráneas a cien metros de profundidad. Aquella dinamita, que sepamos, no halló rastro de combustible, pero detonó la imaginación popular: un agricultor refirió que había visto salir fuego en un paraje del camino viejo de Aguilar, pasada la Fuente del Álamo.
Es la leyenda del Cerro Humo, cuyos rescoldos aún calientan la fabulación de la gente. Por vías férreas, majuelos y tras la pista del oro negro anduvo Juan para que no faltase un plato caliente en su casa; para que sus hijos, Rafi, Manolín y Conchi, tuviesen todo lo que necesitaban.
Pero donde se habría de ganar el pan definitivamente fue en el Horno de Manolo Bellido y de Carmeli Mora. Aunque apenas sabía nada de artesas y levaduras, lo cierto es que el oficio, puede decirse, le resultaba familiar. Su madre, Concha García Bellido, pertenece a ese blanco embrollo de panaderos y confiteros que es el linaje de los Bellido. A esa amasada estirpe pertenecía también su abuela materna, Pilar Bellido Hidalgo, quien tuvo tahona en la Puerta de Aguilar y, posteriormente, despacho de harina en la calle El Horno.
Así que Juan, cuyo padre se llamaba Manuel Hidalgo Panadero (¿hacen falta más pistas?), parecía predestinado a vivir al revés de todo el mundo: trabajando mientras el resto de los humanos dormía a pierna suelta. Cuando entró por la puerta ya era un hombre hecho y derecho que tuvo que aprender el oficio, nunca mejor dicho, de la noche a la mañana.
Manolillo Sánchez cumplía con el servicio militar; Juanillo Aguilar Ruiz aún estaba con los Padillo, pero todos los días, antes de ir al almacén, repartía el pan y los bollos por las tiendas. Había otro Manolillo, el Seco, que poco después voló a otros horizontes.
Juan ha sido panadero 25 años. Nosotros hemos crecido en todos los aspectos a su lado. Miguel llevaba el babi a rayas de la escuela de don José Delgado, como yo. José Alfonso aún no había cumplido 5 años y Luis, nada más aprender a andar, se aficionó a repetir incansablemente un camino, el del saco del azúcar en el que una y otra vez mojaba el chupe, lo que le ha dejado, se diga lo que se diga, un fondo de dulzura.
La labor de panadería nunca acaba. Primero, cueces el pan y, luego, hay que distribuirlo. Para ese menester, Juan desarrolló una tercera cualidad, la del equilibrista. Cada amanecer conseguía mantener en pie una pequeña moto, una miniducati amarilla, atiborrada de sacos de roscos, bogas, cuadraítas, barras y dulces.
Desafiaba las leyes de la física (pese a que todo tiende a caer, él no lo hizo) y el código de la circulación. La Guardia Civil llegó a reprenderlo por circular con aquellas banastas de pan caliente hasta los topes. Así, como los marroquíes que atestan sus coches, se aventuraba cada mañana.
En la Cuesta de Maldonado metía al vuelo el pan por las ventanas. Era el rey mago que, a oscuras, cada aurora llenaba la talega con el mejor regalo, el alimento primordial y bíblico. Luego, campo a través –ese lugar que conoce a la perfección–, se adentraba en el laberinto de calles terrizas de Don Gonzalo, acudía a la Fuente de la Higuera (un recuerdo para Germán Ramírez) y, tras pasar Salgado, llegaba hasta el Cortijo Lagasca, casi en el término de Aguilar.
De su puntualidad y seriedad con los clientes saben bien en el barrio: a diario visitaba con un carrillo los pisos de ladrillo visto de Rafael de la Hoz, las viviendas de los Salesianos (calles José Cobos Ruiz, Capataz Juan Rodríguez y Ciudad del Cuzco). En moto o a pie, siempre llegó oportuno con su blando y crujiente cargamento.
En 1991, le sonó la hora de la jubilación. Pero ¿cómo ponerle fecha de caducidad a un hombre de acción? No sólo no se avino a la inactividad, sino que, entonces, cuando el declive ya era más que una intuición, él decidió reforzar el pulso callejero.
Lo importante era no perder el contacto con la gente. A diario salía, andaba, conversaba con los amigos y, de esta manera sencilla, iba enterándose de lo que pasaba. Y como estaba al corriente de todo, de las altas y las bajas, resulta que se le agudizó su viejo oído de corredor de fincas. Cosas del campo.
O sea que, entre bromas y veras, por entretenerse, terminó montando una bolsa de la propiedad ambulante. No lo hacía como una obligación. ¡Qué va! Era una forma de distraerse y, si encartaba, de sacar unos euros extras para complementar la pensión.
Juan Hidalgo, con su cara de hombre sin preocupaciones, estaba al día del comercio inmobiliario y sabía del valor y el destino de las herencias antes que los mismos beneficiarios. Era un tipo avispado con la mirada viva como su piel saludable curtida bajo mil soles (cutis amasado con aceituna y jazmín, diría Federico). Un intermediario listo, un chalán cabal como debe ser. Así, sin trampas, anduvo por la vida.
Siempre era una alegría encontrarme con él mientras paseaba o estaba en animada charla en un corrillo. Me tenía al tanto de las ofertas, del trajín de la compraventa. Pero un día, cuando supe que se avecinaba la celebración de las bodas de oro con Aurora Carrasquilla, fui yo quien le planteé un pacto. Estaba seguro que lo iba aceptar, porque era un compromiso irrenunciable. Le dije:
—Ustedes, Aurora y tú, tendréis que celebrar, dentro de unos años, las bodas de platino. ¿Vale? Pues bien, lo organizáis todo. Y, por nuestra parte, nos comprometemos a estar en ellas. ¿Trato hecho?
MANUEL BELLIDO MORA
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: JUAN HIDALGO GARCÍA
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: JUAN HIDALGO GARCÍA


















































