En estos días se ha publicado el informe sobre la calidad de la educación en los países desarrollados y llama la atención que nuestro sistema educativo, disponiendo de más medios técnicos —y supongo que económicos y humanos—, los resultados son cada vez peores y deberían ser preocupantes para cualquier segmento de la población.
Para los adultos porque deberíamos preocuparnos del reemplazo generacional de profesionales de todas las áreas a medio plazo; y para los jóvenes porque van a tener muy difícil lograr la capacitación necesaria que la sociedad les va a exigir.
Estamos viendo sesudos análisis de supuestos expertos que, en muchos casos, suenan a excusas de “mal pagador”. Parece ser que la culpa de todo la tienen las pantallas de las nuevas tecnologías, pero un problema de esta importancia, casi nunca tiene una sola causa.
Los que tenemos cierta edad es inevitable que hagamos comparaciones y, para un demócrata, es muy lamentable reconocer que el sistema de la dictadura con el que me formé —no pasé del Bachillerato por motivos de mi origen de clase—, en aquel modelo se primaba lo que se denominaba “cultura general”. Por ejemplo, con 9 añitos teníamos que sabernos las provincias españolas en un mapa mudo y, por supuesto, la geografía universal física y política de la época. Es verdad que se aplicaba con excesiva ligereza y crueldad aquello de que “la letra con sangre entra” y, por supuesto, no soy partidario de aplicar aquellos crueles modelos de disciplina.
Desde mi punto de vista de profano, entiendo que hay varias causas que inciden en esos malos resultados y una de ellas es el mal uso de las nuevas tecnologías. Pero no es el único. Intentaré relacionar algunos más, sin que el orden implique su importancia y sin pretender tener razón. Me bastaría con incitar a la reflexión y al debate de quienes pueden y deben cambiar esas cosas: políticos, maestros, profesores y padres.
Por lo que se ve y se comenta en las calles, los menores están sobreprotegidos, desde el punto de vista de la salud física y mental. Se trata de evitarles “traumas” psicológicos por la frustración de no conseguir lo que quieren y conseguirlo de forma inmediata. Eso hace que, en muchas ocasiones, se les faciliten sus derechos, pero se sea muy laxo en la exigencia de sus obligaciones.
Se les ahorra cualquier posibilidad de caerse mientras juegan —ya no lo hacen en la calle— y cuando están en los parques infantiles, las normativas obligan a unas protecciones que hacen casi imposible un “raspón” en las rodillas. Eso incluso es perjudicial desde el punto de vista de la salud, porque los niños no generan anticuerpos para defenderse de las posibles infecciones leves del medio ambiente y esos mismos patógenos son mucho más agresivos a mayor edad.
La mejor prueba de que las normas no funcionan es que se cambian frecuentemente. Ya ni recuerdo las leyes educativas de nuestra democracia: cada Gobierno ha hecho la suya y nuestros “padres de la patria” deberían saber que se trata de formar una generación y eso dura mucho más que una o dos legislaturas.
Si de verdad se tomaran en serio el problema de la educación, deberían sentarse los principales partidos políticos y no levantarse hasta haber consensuado una ley que tenga mimbres suficientes para durar. La educación debería ser un asunto de Estado de primer orden.
El concepto de autoridad parece ser que también se ve alterado cuando los padres no solo no ratifican los avisos o sugerencias de los profesores, sino que reclaman al docente, incluso de mala manera y se ponen de parte de su retoño. Convivir con niveles de autoridad es lo normal en sociedad y también es necesario educar a nuestros niños y jóvenes en esa realidad: autoridad de los padres, profesores y demás personas que, por su función social, sean merecedoras de ese respeto a la autoridad, como los cuerpos de policía.
Al parecer, ahora los alumnos pueden pasar de clase sin tener los conocimientos que exige el programa. Eso atenta contra un principio básico de mérito y esfuerzo; también me dicen que para no dejar a nadie atrás, en muchas aulas el nivel baja al de los que van más retrasados. Eso supongo que tiene un impacto negativo en aquellos que se han esforzado y ya han superado determinado nivel. El resultado obvio es que baja el nivel de todos.
Evidentemente es injusto y muy poco práctico que todos se pongan al nivel de los peores. No pretendo que todos estén al nivel de los mejores, porque no todos los alumnos tienen las mismas capacidades, pero sí creo que sería aconsejable que el profesor establezca un nivel medio que impida el aburrimiento de los mejores y esté al alcance de los peores. Reivindico el aburrimiento como materia prima de la inventiva: nada como un chaval aburrido para que se ponga a pensar en cómo podrá divertirse con lo que tenga a mano. Y en una de esas, incluso, puede que coja un libro.
Hay otra cuestión que es especialmente delicada. Es el modelo económico que para que una familia viva como la mayoría de las de su entorno es preciso que trabajen los dos miembros adultos y que lo hagan a jornada completa o con el sacrificio de uno de ellos, generalmente la mujer. Eso limita mucho el tiempo que los progenitores pueden dedicar a sus hijos y, para rellenar el tiempo que los padres no pueden dar, se recurre a las extraescolares, que resultan una carga lectiva añadida a costa del necesario tiempo de juego, que desde luego no puede resolverse con las pantallas.
Si según dicen los expertos la IA va a realizar múltiples funciones que ahora hacemos los humanos: en vez de recortar puestos de trabajo, que es lo que se espera, se deberían recortar las horas de la jornada laboral, para que cada ciudadano vea cumplido su derecho al trabajo dignamente retribuido dedicándole menos tiempo, y ese tiempo que se gane, pueda dedicarse a algo tan importante como la educación de nuestros niños para conseguir ciudadanos adultos y responsables; es decir, que esas nuevas tecnologías redunden en beneficio de todos y no solo de la cuenta de resultados de las empresas.
El tema de la comprensión lectora que, según el informe, desciende en picado, es especialmente preocupante: ¿Cómo van a poder estudiar una ingeniería o un grado de Humanidades si no son capaces de entender más allá de un folio? ¿Cómo van a disfrutar del placer de la lectura, cada cual lo que le guste? Los viejos no sabemos un poco más por ser viejos, sino por las experiencias vividas y leídas a lo largo de una vida más extensa.
En los informes PISA, siempre aparece un país con los mejores resultados: Singapur. Pienso que sería bueno estudiarlo y copiar lo que sea posible. En Singapur la educación obligatoria de Primaria y Secundaria es gratuita, como en España; se imparte en más del 75 por ciento en centros públicos y alrededor del 20 por ciento en algo parecido a los concertados: el resto son colegios totalmente privados, que no están obligados a cumplir el modelo y están prácticamente limitados a extranjeros (en esto ya no somos iguales).
Por lo que he podido ver en la IA, los pilares del éxito del modelo de Singapur se basan en:
Suena muy bien y a mí tampoco me suena tan raro: parece que tiene mucho sentido común. Nuestros políticos harían bien en seleccionar a algunos expertos con distinta tendencia ideológica para que analicen este y otros modelos de éxito y con los resultados, legislar y poner en marcha un plan de Estado de la educación respetado por todos los partidos con posibilidades de gobierno. Las comunidades autónomas deberían gestionar su competencia, de acuerdo a las normas generales de esa política de Estado general, respetando ciertas particularidades regionales como las lenguas y otras características propias de cada comunidad.
Nuestra Andalucía es la última en el informe que comentamos, solo superada como farolillos rojos por Ceuta y Melilla. Está por debajo de la media española en los tres valores analizados: ciencias, matemáticas y lectura. Como andaluces deberíamos sentirnos defraudados y también ser exigentes con nuestros políticos. Les pagamos el sueldo para que nos mejoren la vida, no para meternos en sus peleas de politiquerías de ambiciones mediocres.
Para los adultos porque deberíamos preocuparnos del reemplazo generacional de profesionales de todas las áreas a medio plazo; y para los jóvenes porque van a tener muy difícil lograr la capacitación necesaria que la sociedad les va a exigir.
Estamos viendo sesudos análisis de supuestos expertos que, en muchos casos, suenan a excusas de “mal pagador”. Parece ser que la culpa de todo la tienen las pantallas de las nuevas tecnologías, pero un problema de esta importancia, casi nunca tiene una sola causa.
Los que tenemos cierta edad es inevitable que hagamos comparaciones y, para un demócrata, es muy lamentable reconocer que el sistema de la dictadura con el que me formé —no pasé del Bachillerato por motivos de mi origen de clase—, en aquel modelo se primaba lo que se denominaba “cultura general”. Por ejemplo, con 9 añitos teníamos que sabernos las provincias españolas en un mapa mudo y, por supuesto, la geografía universal física y política de la época. Es verdad que se aplicaba con excesiva ligereza y crueldad aquello de que “la letra con sangre entra” y, por supuesto, no soy partidario de aplicar aquellos crueles modelos de disciplina.
Desde mi punto de vista de profano, entiendo que hay varias causas que inciden en esos malos resultados y una de ellas es el mal uso de las nuevas tecnologías. Pero no es el único. Intentaré relacionar algunos más, sin que el orden implique su importancia y sin pretender tener razón. Me bastaría con incitar a la reflexión y al debate de quienes pueden y deben cambiar esas cosas: políticos, maestros, profesores y padres.
Por lo que se ve y se comenta en las calles, los menores están sobreprotegidos, desde el punto de vista de la salud física y mental. Se trata de evitarles “traumas” psicológicos por la frustración de no conseguir lo que quieren y conseguirlo de forma inmediata. Eso hace que, en muchas ocasiones, se les faciliten sus derechos, pero se sea muy laxo en la exigencia de sus obligaciones.
Se les ahorra cualquier posibilidad de caerse mientras juegan —ya no lo hacen en la calle— y cuando están en los parques infantiles, las normativas obligan a unas protecciones que hacen casi imposible un “raspón” en las rodillas. Eso incluso es perjudicial desde el punto de vista de la salud, porque los niños no generan anticuerpos para defenderse de las posibles infecciones leves del medio ambiente y esos mismos patógenos son mucho más agresivos a mayor edad.
La mejor prueba de que las normas no funcionan es que se cambian frecuentemente. Ya ni recuerdo las leyes educativas de nuestra democracia: cada Gobierno ha hecho la suya y nuestros “padres de la patria” deberían saber que se trata de formar una generación y eso dura mucho más que una o dos legislaturas.
Si de verdad se tomaran en serio el problema de la educación, deberían sentarse los principales partidos políticos y no levantarse hasta haber consensuado una ley que tenga mimbres suficientes para durar. La educación debería ser un asunto de Estado de primer orden.
El concepto de autoridad parece ser que también se ve alterado cuando los padres no solo no ratifican los avisos o sugerencias de los profesores, sino que reclaman al docente, incluso de mala manera y se ponen de parte de su retoño. Convivir con niveles de autoridad es lo normal en sociedad y también es necesario educar a nuestros niños y jóvenes en esa realidad: autoridad de los padres, profesores y demás personas que, por su función social, sean merecedoras de ese respeto a la autoridad, como los cuerpos de policía.
Al parecer, ahora los alumnos pueden pasar de clase sin tener los conocimientos que exige el programa. Eso atenta contra un principio básico de mérito y esfuerzo; también me dicen que para no dejar a nadie atrás, en muchas aulas el nivel baja al de los que van más retrasados. Eso supongo que tiene un impacto negativo en aquellos que se han esforzado y ya han superado determinado nivel. El resultado obvio es que baja el nivel de todos.
Evidentemente es injusto y muy poco práctico que todos se pongan al nivel de los peores. No pretendo que todos estén al nivel de los mejores, porque no todos los alumnos tienen las mismas capacidades, pero sí creo que sería aconsejable que el profesor establezca un nivel medio que impida el aburrimiento de los mejores y esté al alcance de los peores. Reivindico el aburrimiento como materia prima de la inventiva: nada como un chaval aburrido para que se ponga a pensar en cómo podrá divertirse con lo que tenga a mano. Y en una de esas, incluso, puede que coja un libro.
Hay otra cuestión que es especialmente delicada. Es el modelo económico que para que una familia viva como la mayoría de las de su entorno es preciso que trabajen los dos miembros adultos y que lo hagan a jornada completa o con el sacrificio de uno de ellos, generalmente la mujer. Eso limita mucho el tiempo que los progenitores pueden dedicar a sus hijos y, para rellenar el tiempo que los padres no pueden dar, se recurre a las extraescolares, que resultan una carga lectiva añadida a costa del necesario tiempo de juego, que desde luego no puede resolverse con las pantallas.
Si según dicen los expertos la IA va a realizar múltiples funciones que ahora hacemos los humanos: en vez de recortar puestos de trabajo, que es lo que se espera, se deberían recortar las horas de la jornada laboral, para que cada ciudadano vea cumplido su derecho al trabajo dignamente retribuido dedicándole menos tiempo, y ese tiempo que se gane, pueda dedicarse a algo tan importante como la educación de nuestros niños para conseguir ciudadanos adultos y responsables; es decir, que esas nuevas tecnologías redunden en beneficio de todos y no solo de la cuenta de resultados de las empresas.
El tema de la comprensión lectora que, según el informe, desciende en picado, es especialmente preocupante: ¿Cómo van a poder estudiar una ingeniería o un grado de Humanidades si no son capaces de entender más allá de un folio? ¿Cómo van a disfrutar del placer de la lectura, cada cual lo que le guste? Los viejos no sabemos un poco más por ser viejos, sino por las experiencias vividas y leídas a lo largo de una vida más extensa.
En los informes PISA, siempre aparece un país con los mejores resultados: Singapur. Pienso que sería bueno estudiarlo y copiar lo que sea posible. En Singapur la educación obligatoria de Primaria y Secundaria es gratuita, como en España; se imparte en más del 75 por ciento en centros públicos y alrededor del 20 por ciento en algo parecido a los concertados: el resto son colegios totalmente privados, que no están obligados a cumplir el modelo y están prácticamente limitados a extranjeros (en esto ya no somos iguales).
Por lo que he podido ver en la IA, los pilares del éxito del modelo de Singapur se basan en:
- Meritocracia, alta exigencia y evaluación continua de los alumnos para encauzar los itinerarios educativos.
- Profesorado de élite: la docencia es una profesión con gran prestigio social y bien remunerada. Por eso se recluta a los mejores expedientes académicos.
- Se prima la comprensión profunda sobre la memorización. “Aprender a aprender”, es decir, se ha sustituido la memorización por el pensamiento crítico, la resolución de problemas y la autonomía del alumno.
Suena muy bien y a mí tampoco me suena tan raro: parece que tiene mucho sentido común. Nuestros políticos harían bien en seleccionar a algunos expertos con distinta tendencia ideológica para que analicen este y otros modelos de éxito y con los resultados, legislar y poner en marcha un plan de Estado de la educación respetado por todos los partidos con posibilidades de gobierno. Las comunidades autónomas deberían gestionar su competencia, de acuerdo a las normas generales de esa política de Estado general, respetando ciertas particularidades regionales como las lenguas y otras características propias de cada comunidad.
Nuestra Andalucía es la última en el informe que comentamos, solo superada como farolillos rojos por Ceuta y Melilla. Está por debajo de la media española en los tres valores analizados: ciencias, matemáticas y lectura. Como andaluces deberíamos sentirnos defraudados y también ser exigentes con nuestros políticos. Les pagamos el sueldo para que nos mejoren la vida, no para meternos en sus peleas de politiquerías de ambiciones mediocres.
ÁNGEL DÍEZ DE MIGUEL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL















































