Pues resulta que salen aliados del Montilla-Moriles en los sitios y ambientes menos pensados. Vaya, y lo hacen con tal fervor y efusividad, que habría que tenerlos en nómina. En La Bisbal, por ejemplo. Y afloran al frenético y desinhibido ritmo del ska, acaso uno de los sonidos negros y festivos más reconstituyentes. Es una propaganda imprevista y jovial, esa que no procede de agencia publicitaria, ni de calculado diseño de marca. O sea, que es de naturaleza espontánea. Por la cara. Allí, en esta población de Girona, donde la tradición ceramista se asienta con personalidad propia, un grupo de chavales, rude boys mediterráneos, montaron un grupo tan desenfadado como ellos mismos.
El siguiente paso fue bautizarlo. Y lo hicieron con un generoso riego de moriles. Es decir, que su acta fundacional se concreta en una inolvidable jumera. A pesar de la tremenda curda, parranda o como quiera llamársele, Marcos Pacheco lo recuerda bien. Cómo habría de olvidar algo tan sumamente memorable.
“Todo vino de una fiesta. Empezamos a tocar con el grupo y cogimos una borrachera de dos pares de narices. Y en ese momento, fue el cantante el que dijo: «¡Hostia tú, pues nos podíamos llamar el Komando Moriles!». Y de esta forma se quedó mientras nuestra banda estuvo activa. Llevábamos poco tiempo, eran los primeros ensayos, pero el nombre caló de inmediato. Aquel buen vino de Moriles nos puso en el camino”.
Lo de Komando, así con k protestona, podría parecer lo que no es. No hay ahí connotación belicista, sino solo la plasmación de algo que es alternativo, nada convencional. Es signo de algo comunal, resumen de un espíritu abierto y participativo. El ardor guerrero les traía sin cuidado. La consigna era pasarlo bien. Y en cuestiones como estas, un buen moriles estimula lo suyo.
“Teníamos un centro social, y en aquella época abríamos al mediodía y nos veíamos todos los sábados antes de comer. Nos servíamos de latas de conserva y algunas tapas, que iban variando. Pero lo que nunca cambiaba era el vino, que siempre era de Montilla-Moriles. No voy a negar que nos gustaba. Una noche acabamos con todas las botellas, no dejamos envase por abrir”.
Marcos Pacheco rememora todo aquel meneo con una sonrisa abierta. Se ve que le dejó buen sabor de boca. Para él, cuya familia es originaria de Palenciana, nuestros vinos eran algo cotidiano en casa, o en los abundantes bares donde los emigrantes andaluces tenían sus puntos de reunión.
“Mis padres son de Palenciana, en el sur de Córdoba, prácticamente en la linde con Málaga. Además, aquí en La Bisbal, en el Empordà (Ampurdán), hay mucha gente que procede de Cuevas Bajas. Y, claro, hay tantas familias de esa localidad que hay más de una afinidad”.
“Están hermanados los dos pueblos: La Bisbal de Ampurdán con Cuevas Bajas. Súmale a esto que Komando Moriles habíamos hecho varios bolos en Andalucía para ver todo lo que tenemos en común. Estuvimos en el Espárrago Rock, en Granada, en Pozoblanco y también en Fernán Núñez. Todos magníficos. Son cosas que no se olvidan por la acogida bestial de la gente y porque nos lo pasamos brutal”.
En cada actuación, la alegría se desbordaba a espuertas. Disfrutaban a tope tocando con una energía contagiosa. Ese era el propósito: gozar sin límite con unas letras divertidas cargadas de conciencia social. Al acabar, la fiesta no tenía fin. El after. Lo que viene después. Barras de bar, vertederos de amor, como dice tan popular tonada que suena en bodas y festines.
“Lo de Fernán Núñez fue uno de esos días que pasan directamente a la historia del grupo. La gente que organizaba el concierto resultó fantástica. Era a beneficio de un chaval con problemas de salud. Se trataba de recoger dinero para costear el tratamiento y la atención que necesitaba. Fue un concierto maravilloso”.
Komando Moriles derrochaba buen rollo con una puesta en escena arrolladora a base de un buen número de músicos (hasta diez instrumentistas) encima de las tablas. Un jolgorio mutuo y mancomunado (qué palabras tan rebuscadas, joder), con sensibilidad hacia los problemas ajenos. Tocaban por el bien de todos. A reparar injusticias, se ha dicho. Pero nada en serio.
“Éramos como una secta (bromea Marcos, sin poder contener la carcajada). Un montón de músicos que éramos como hermanos. El puesto que más cambió fue el de batería, pero formábamos un colectivo sin fisuras que funcionaba a tope. Era una banda como las de antes. Amigos, la mayoría muy jóvenes, que se juntaban para hacer algo en común. Y a partir de ahí, se fue sumando gente. Procedían o del pueblo de La Bisbal o de Girona capital. Y luego, ya más adelante, empezó a entrar personal de Barcelona”.
Komando Moriles llamó la atención desde el principio. Lideró en Cataluña la escena de bandas inspiradas en los primitivos ritmos jamaicanos. El ska, ya se sabe, es un género urbano, descendiente del reggae, que aboga por la integración racial. Les venía que ni pintado con su forma de pensar: libre y autogestionada.
Cinco grabaciones conforman su discografía oficial, alguna de ellas editada asimismo en Francia, donde llegaron a tener un compacto y activo grupo de seguidores. Sin embargo, son unos perfectos desconocidos en el sector bodeguero de Córdoba, a pesar de sus méritos para dar a conocer nuestro vino a un sector de la juventud que lo ignoraba. Con ellos, el moriles ha sonado hasta en el extranjero, pero nunca recibieron llamada alguna.
“Hubiera sido magnífico actuar en el pueblo de Moriles, nada más natural y lógico. Pero se ve que allí nadie nos conocía. Hubiera sido maravilloso, claro que sí. Fíjate que pasamos por una etapa en la que éramos habituales en la programación de grandes medios. Salíamos en Radio 3 y giramos por numerosas provincias, incluida Córdoba, pero está visto que no tuvimos demasiado eco en el sector del vino, aunque siempre llevamos el nombre de Moriles por bandera”.
Estas nítidas señas de identidad incluso se incorporaron a la imagen de la banda. Joan García, saxofonista, dibujante y diseñador gráfico, completó, en este aspecto, un fenomenal trabajo. “Es un genio en este terreno. Él fue el que nos hizo todas las carátulas, hojas interiores y contraportadas de Komando Moriles. Es muy bueno. Sopla el saxo que asombra, y encima a él debemos lo que mejor nos define”.
No retornable, título de su primer disco, ya deja ver es estilo visual de Joan García, limpio y sugestivo. Pero esto no es todo. Al ojearlo, se ve de dónde bebe el autor, nunca mejor dicho. Es una obra cargada de simbolismo vinatero.
Introduce un término frecuente cuando se trata de envases, en este caso de cristal como corresponde a la presentación de un vino en condiciones. Además, en el diseño de la funda del compact disc hay varios elementos gráficos afines, en concreto, a la identidad de las bodegas de Moriles. Vemos, por ejemplo, de fondo una reproducción en serie de los típicos recipientes usados en esta localidad, que son diferentes de las botellas corrientes al uso en Montilla o en Jerez de la Frontera.
Es decir, estas son tipo Rhin con el gollete, el cuello más alargado, lo que estiliza y viene a ser un sello diferencial. Resultan más esbeltas. Y, aparte de esto, encontramos una grafía dinámica, con letras que parecen moverse, o que incitan a ello, en consonancia con el tono festivo y saltarín del grupo. Es, desde luego, una obra muy inspirada que refleja la actitud y la personalidad de Komando Moriles.
“Esto es del año 1994”, matiza Joan. “Era una época preinternet, así que, para llegar al modelo de botella que me interesaba, tuve que preguntar y buscar. Fui a tiendas y despachos, porque el caso es que no es un modelo de envase que abunde por aquí”.
“Entonces, a base de tirar del hilo, al final dimos con ella. Cuando la tuve a mano, hice las fotos en el mismo local de ensayo y, luego, concluí el diseño manipulando con fotocopias. Es una realización muy analógica, de modo que tanto el planteamiento de la batería de botellas al fondo, como la tipografía y las letras, las dibujé a mano para, posteriormente, darle el acabado, todo en plan muy artesanal”.
El conjunto, que queda resaltado con unos colores ad hoc, remite directamente al arte pop de los años cincuenta y sesenta. Comparte claves en la composición con la publicidad de aquellos años en los que empezaba a despuntar la sociedad de consumo. Es una invitación a la dicha, la felicidad y el baile a través de un artefacto sonoro concebido para pasarlo bien.
“Sí, sí, totalmente. Yo a esa edad estaba muy flipado con los referentes estéticos y la moda de aquellos años, empezando, cómo no, por la música, pero también por otras influencias culturales de aquella época. Me encanta como inspiración. Por ejemplo, a la serie de botellas le di un tratamiento repetitivo, porque buscaba el tono de reproducciones serigráficas típicas del pop art. Esos eran mis recursos, pero también mis limitaciones”.
El universo del cómic internacional, el tebeo español con sus personajes tan característicos y, por supuesto, el cine, la televisión y los anuncios, además de todo lo relacionado con la música juvenil, forman el magma creativo del que se nutre Joan García.
Esto que digo es evidente en un simpático personaje vestido de negro con gafas de cristales oscuros como marca la regla de lo mod y el ska. Lo ha representado potente, desenvuelto y divertido con un catavino en la mano, otro claro y manifiesto símbolo de la tradición vinícola en la zona Montilla-Moriles. Es verdad que ya que Joan García no posee viña, sí que tiene todo el derecho a viñeta.
“Este personaje ya sale en el tercer disco; quiero decir que, en cierto modo, nos ha acompañado, no es flor de un día. No sale solo en la portada, sino que adquiere un importante protagonismo en las hojas interiores de la grabación. Dibujé este personaje porque yo tenía en la memoria algo similar, una figura regordeta y campechana que servía para promocionar aquellas discos sorpresa de Fundador, ¿te acuerdas?”.
En efecto, Joan García se refiere a Don Pedrito (bautizado así en honor de Pedro Domecq, patrón de esta célebre empresa jerezana). Lo ideó Estudios Moro, la mayor factoría de animación publicitaria en nuestro país. En poco tiempo, Zapatones, como también se le conocía, se convirtió en una figura carismática y familiar omnipresente en televisión, cine, prensa, amén de en los consabidos y popularísimos discos de Fundador, de los que llegaron a circular millones de copias.
Tal fue su fabulosa implantación en el imaginario colectivo de la España desarrollista, que, incluso, Francisco Ibáñez, el padre del Profesor Bacterio, 13, Rue del Percebe o Mortadelo y Filemón llegó a incorporarlo en sus historietas. Pero, sin embargo, no fue el único factor determinante para Joan García a la hora de concebirlo.
“A esto hay que añadir, claro está, todo ese sustrato que se forma cuando consultas libros de diseño, arte y publicidad de los sesenta, que eran publicaciones no baratas precisamente y eran difíciles de conseguir. En concreto, recordaba a un personaje en un libro de ilustraciones con el que se promocionaba una empresa de artes gráficas en Estados Unidos. Era como una mascota que llamaba mucho la atención. Esto también me inspiró”.
Era inevitable, y natural, que toda esta amalgama de influencias saliera a relucir de algún modo. Joan reconoce que lo que él dibujó es un refrito a fin de cuentas. Pero, a diferencia del personaje rechoncho con sombrero minúsculo, lo que él alumbró como imagen del grupo, un icono vinícola, es un auténtico rude boy empuñando muy satisfecho y chulo una copa de Moriles. Qué mejor manera de que esta influyente tribu urbana conectase con la cultura del vino.
Quedó bien, gustó al público y, de hecho, volvió a recuperarse cuando, más tarde, se editó un disco de grandes éxitos. Aparece de torso para arriba, frente al dibujo original donde sale completo. Era un recopilatorio con los temas más conocidos de Komando Moriles. Salió por encargo de una discográfica gala para el mercado francófono, aunque también tuvo distribución en España y en otros países.
“Yo no tenía ningún disco de Fundador, pero sí tenía el recuerdo de pequeño en casa de mis tías, que vivían aquí al lado, que coleccionaban aquellos regalos que obtenían a cambio de comprar los productos de la bodega, en particular coñac. Guardaban una carpeta con un montón de 'singles'. Y ahí estaban, sí; lo tenía como algo muy grabado en la memoria. Fue el chispazo. El estilo es parecido y a nosotros igualmente nos sirvió como gancho comercial”.
De hecho, este hombrecito de negro sin nombre (Joan nos da permiso para que lo bauticemos) acabó por darle identidad a Komando Moriles, ya que fue incorporado, en plan estelar, a todo el material promocional de la banda. Se imprimió en camisetas, sudaderas y aparecía en toda clase de artículos a la venta, como ingreso adicional, en las giras de conciertos.
En la trayectoria profesional de Joan García no faltan hitos, por añadidura a su querencia por el saxo, entiéndase bien. Era buen aficionado al dibujo desde niño, se atrevió con el cómic casero, aunque solo de forma doméstica mientras era adolescente y en su primera juventud. Pero ahí está sin duda la base de su posterior dedicación profesional al diseño gráfico. Ahora participa como socio en un estudio de cierto renombre y prestigio en su área de influencia.
“Estuve muchos años en una agencia de publicidad en Barcelona, pero ya llevo bastante tiempo en una empresa que funciona tipo cooperativa con seis compañeros y compañeras. Hacemos diseño gráfico, pero como a mí se me da bien la ilustración, trato de compaginar ambas cosas. Hago logotipos y también trabajos para editoriales, a la vez que ilustración. Entre nuestros clientes, volviendo a asuntos vinícolas, hemos trabajado para bodegas del Priorato y del Ampurdán haciendo etiquetas, además de otros encargos para consejos reguladores de Cataluña”.
Joan García es, aparte de colega entrañable, un importante punto de apoyo para Marcos Pacheco. Mantienen un contacto permanente, se reúnen a menudo para almorzar o cenar y, sobre todo, se encarga, con resultados muy brillantes y potentes, de todo lo referido al cuidado gráfico del taller de alfarería de su amigo.
“Él se ocupa de todos los diseños de la tienda; me ayuda mucho. Es como un hermano. Para mí, el hecho de especializarme en este oficio es consecuencia de tener que buscar una salida laboral, una vez que el grupo opta por disolverse y parar”. “Vivo en una comarca de gran tradición alfarera, a lo que se unió que después de las olimpiadas de Barcelona en 1992, se produjo una grave crisis de empleo. Había que buscarse la vida y yo me decanté por ser un ceramista”.
“Tardé más de diez años en aprender y dominar la técnica, ya que en ese periodo compaginaba el taller con la música. O sea, yo vivía de la cerámica, porque tocando los fines de semana había poco dinero para repartir entre tantos integrantes de la banda”. “Hasta los treinta años estuve en fábricas de cerámica y a partir de esa edad, comencé a investigar por mi cuenta. Es mi mundo. En caso de renacer, no sé si volvería a ser músico, pero sí volvería a ser ceramista”.
Marcos Pacheco es un artista. Como ceramista ha ido puliendo y mejorando en esta faceta. Esa misma evolución también es constatable en las letras de las canciones de Komando Moriles. Al comienzo eran fáciles, para salir del paso cuando eran poco menos que unos quinceañeros. Posteriormente, se trabajaron más y adquirieron madurez. “En ellas, cómo no, había alusiones a la bebida, pero, en particular, estaban basadas en héroes y personajes de cómic notoriamente friquis”.
El paso del tiempo termina por modificar costumbres. Cambian las tendencias en el consumo de bebidas, lo que también afecta a nuestros vinos, que están cada vez más ausentes en establecimientos y comercios donde antes era mercancía habitual.
Para los emigrantes que muy a su pesar dejaron atrás Andalucía, echar una copa no era solo un acto social. Era una especie de ritual que los mantenía unidos de alguna manera a su tierra natal. Sus descendientes, desafortunadamente, prefieren ahora otras cosas. “No, no se ve como se veía antes. Te lo puedo asegurar. Antes, una copita de fino de Montilla – Moriles era algo habitual. Era algo diario. Los vinos andaluces estaban muy presentes en las mesas de hogares y restaurantes”.
“Ahora, no. Ahora se ve poco y, la verdad, desconozco la razón. No sé el por qué sucede esto. Cuando decidimos llamarnos Komando Moriles, la mayoría de la gente sabía de qué iba esto; no había que explicarlo. Y si acaso, predicábamos con el ejemplo. Lo arreglábamos diciendo tres cosas básicas sobre estos vinos y su procedencia. Fue un tiempo muy bueno”.
El siguiente paso fue bautizarlo. Y lo hicieron con un generoso riego de moriles. Es decir, que su acta fundacional se concreta en una inolvidable jumera. A pesar de la tremenda curda, parranda o como quiera llamársele, Marcos Pacheco lo recuerda bien. Cómo habría de olvidar algo tan sumamente memorable.
“Todo vino de una fiesta. Empezamos a tocar con el grupo y cogimos una borrachera de dos pares de narices. Y en ese momento, fue el cantante el que dijo: «¡Hostia tú, pues nos podíamos llamar el Komando Moriles!». Y de esta forma se quedó mientras nuestra banda estuvo activa. Llevábamos poco tiempo, eran los primeros ensayos, pero el nombre caló de inmediato. Aquel buen vino de Moriles nos puso en el camino”.
Lo de Komando, así con k protestona, podría parecer lo que no es. No hay ahí connotación belicista, sino solo la plasmación de algo que es alternativo, nada convencional. Es signo de algo comunal, resumen de un espíritu abierto y participativo. El ardor guerrero les traía sin cuidado. La consigna era pasarlo bien. Y en cuestiones como estas, un buen moriles estimula lo suyo.
“Teníamos un centro social, y en aquella época abríamos al mediodía y nos veíamos todos los sábados antes de comer. Nos servíamos de latas de conserva y algunas tapas, que iban variando. Pero lo que nunca cambiaba era el vino, que siempre era de Montilla-Moriles. No voy a negar que nos gustaba. Una noche acabamos con todas las botellas, no dejamos envase por abrir”.
Marcos Pacheco rememora todo aquel meneo con una sonrisa abierta. Se ve que le dejó buen sabor de boca. Para él, cuya familia es originaria de Palenciana, nuestros vinos eran algo cotidiano en casa, o en los abundantes bares donde los emigrantes andaluces tenían sus puntos de reunión.
“Mis padres son de Palenciana, en el sur de Córdoba, prácticamente en la linde con Málaga. Además, aquí en La Bisbal, en el Empordà (Ampurdán), hay mucha gente que procede de Cuevas Bajas. Y, claro, hay tantas familias de esa localidad que hay más de una afinidad”.
“Están hermanados los dos pueblos: La Bisbal de Ampurdán con Cuevas Bajas. Súmale a esto que Komando Moriles habíamos hecho varios bolos en Andalucía para ver todo lo que tenemos en común. Estuvimos en el Espárrago Rock, en Granada, en Pozoblanco y también en Fernán Núñez. Todos magníficos. Son cosas que no se olvidan por la acogida bestial de la gente y porque nos lo pasamos brutal”.
En cada actuación, la alegría se desbordaba a espuertas. Disfrutaban a tope tocando con una energía contagiosa. Ese era el propósito: gozar sin límite con unas letras divertidas cargadas de conciencia social. Al acabar, la fiesta no tenía fin. El after. Lo que viene después. Barras de bar, vertederos de amor, como dice tan popular tonada que suena en bodas y festines.
“Lo de Fernán Núñez fue uno de esos días que pasan directamente a la historia del grupo. La gente que organizaba el concierto resultó fantástica. Era a beneficio de un chaval con problemas de salud. Se trataba de recoger dinero para costear el tratamiento y la atención que necesitaba. Fue un concierto maravilloso”.
Komando Moriles derrochaba buen rollo con una puesta en escena arrolladora a base de un buen número de músicos (hasta diez instrumentistas) encima de las tablas. Un jolgorio mutuo y mancomunado (qué palabras tan rebuscadas, joder), con sensibilidad hacia los problemas ajenos. Tocaban por el bien de todos. A reparar injusticias, se ha dicho. Pero nada en serio.
“Éramos como una secta (bromea Marcos, sin poder contener la carcajada). Un montón de músicos que éramos como hermanos. El puesto que más cambió fue el de batería, pero formábamos un colectivo sin fisuras que funcionaba a tope. Era una banda como las de antes. Amigos, la mayoría muy jóvenes, que se juntaban para hacer algo en común. Y a partir de ahí, se fue sumando gente. Procedían o del pueblo de La Bisbal o de Girona capital. Y luego, ya más adelante, empezó a entrar personal de Barcelona”.
Komando Moriles llamó la atención desde el principio. Lideró en Cataluña la escena de bandas inspiradas en los primitivos ritmos jamaicanos. El ska, ya se sabe, es un género urbano, descendiente del reggae, que aboga por la integración racial. Les venía que ni pintado con su forma de pensar: libre y autogestionada.
Cinco grabaciones conforman su discografía oficial, alguna de ellas editada asimismo en Francia, donde llegaron a tener un compacto y activo grupo de seguidores. Sin embargo, son unos perfectos desconocidos en el sector bodeguero de Córdoba, a pesar de sus méritos para dar a conocer nuestro vino a un sector de la juventud que lo ignoraba. Con ellos, el moriles ha sonado hasta en el extranjero, pero nunca recibieron llamada alguna.
“Hubiera sido magnífico actuar en el pueblo de Moriles, nada más natural y lógico. Pero se ve que allí nadie nos conocía. Hubiera sido maravilloso, claro que sí. Fíjate que pasamos por una etapa en la que éramos habituales en la programación de grandes medios. Salíamos en Radio 3 y giramos por numerosas provincias, incluida Córdoba, pero está visto que no tuvimos demasiado eco en el sector del vino, aunque siempre llevamos el nombre de Moriles por bandera”.
Estas nítidas señas de identidad incluso se incorporaron a la imagen de la banda. Joan García, saxofonista, dibujante y diseñador gráfico, completó, en este aspecto, un fenomenal trabajo. “Es un genio en este terreno. Él fue el que nos hizo todas las carátulas, hojas interiores y contraportadas de Komando Moriles. Es muy bueno. Sopla el saxo que asombra, y encima a él debemos lo que mejor nos define”.
No retornable, título de su primer disco, ya deja ver es estilo visual de Joan García, limpio y sugestivo. Pero esto no es todo. Al ojearlo, se ve de dónde bebe el autor, nunca mejor dicho. Es una obra cargada de simbolismo vinatero.
Introduce un término frecuente cuando se trata de envases, en este caso de cristal como corresponde a la presentación de un vino en condiciones. Además, en el diseño de la funda del compact disc hay varios elementos gráficos afines, en concreto, a la identidad de las bodegas de Moriles. Vemos, por ejemplo, de fondo una reproducción en serie de los típicos recipientes usados en esta localidad, que son diferentes de las botellas corrientes al uso en Montilla o en Jerez de la Frontera.
Es decir, estas son tipo Rhin con el gollete, el cuello más alargado, lo que estiliza y viene a ser un sello diferencial. Resultan más esbeltas. Y, aparte de esto, encontramos una grafía dinámica, con letras que parecen moverse, o que incitan a ello, en consonancia con el tono festivo y saltarín del grupo. Es, desde luego, una obra muy inspirada que refleja la actitud y la personalidad de Komando Moriles.
“Esto es del año 1994”, matiza Joan. “Era una época preinternet, así que, para llegar al modelo de botella que me interesaba, tuve que preguntar y buscar. Fui a tiendas y despachos, porque el caso es que no es un modelo de envase que abunde por aquí”.
“Entonces, a base de tirar del hilo, al final dimos con ella. Cuando la tuve a mano, hice las fotos en el mismo local de ensayo y, luego, concluí el diseño manipulando con fotocopias. Es una realización muy analógica, de modo que tanto el planteamiento de la batería de botellas al fondo, como la tipografía y las letras, las dibujé a mano para, posteriormente, darle el acabado, todo en plan muy artesanal”.
El conjunto, que queda resaltado con unos colores ad hoc, remite directamente al arte pop de los años cincuenta y sesenta. Comparte claves en la composición con la publicidad de aquellos años en los que empezaba a despuntar la sociedad de consumo. Es una invitación a la dicha, la felicidad y el baile a través de un artefacto sonoro concebido para pasarlo bien.
“Sí, sí, totalmente. Yo a esa edad estaba muy flipado con los referentes estéticos y la moda de aquellos años, empezando, cómo no, por la música, pero también por otras influencias culturales de aquella época. Me encanta como inspiración. Por ejemplo, a la serie de botellas le di un tratamiento repetitivo, porque buscaba el tono de reproducciones serigráficas típicas del pop art. Esos eran mis recursos, pero también mis limitaciones”.
El universo del cómic internacional, el tebeo español con sus personajes tan característicos y, por supuesto, el cine, la televisión y los anuncios, además de todo lo relacionado con la música juvenil, forman el magma creativo del que se nutre Joan García.
Esto que digo es evidente en un simpático personaje vestido de negro con gafas de cristales oscuros como marca la regla de lo mod y el ska. Lo ha representado potente, desenvuelto y divertido con un catavino en la mano, otro claro y manifiesto símbolo de la tradición vinícola en la zona Montilla-Moriles. Es verdad que ya que Joan García no posee viña, sí que tiene todo el derecho a viñeta.
“Este personaje ya sale en el tercer disco; quiero decir que, en cierto modo, nos ha acompañado, no es flor de un día. No sale solo en la portada, sino que adquiere un importante protagonismo en las hojas interiores de la grabación. Dibujé este personaje porque yo tenía en la memoria algo similar, una figura regordeta y campechana que servía para promocionar aquellas discos sorpresa de Fundador, ¿te acuerdas?”.
En efecto, Joan García se refiere a Don Pedrito (bautizado así en honor de Pedro Domecq, patrón de esta célebre empresa jerezana). Lo ideó Estudios Moro, la mayor factoría de animación publicitaria en nuestro país. En poco tiempo, Zapatones, como también se le conocía, se convirtió en una figura carismática y familiar omnipresente en televisión, cine, prensa, amén de en los consabidos y popularísimos discos de Fundador, de los que llegaron a circular millones de copias.
Tal fue su fabulosa implantación en el imaginario colectivo de la España desarrollista, que, incluso, Francisco Ibáñez, el padre del Profesor Bacterio, 13, Rue del Percebe o Mortadelo y Filemón llegó a incorporarlo en sus historietas. Pero, sin embargo, no fue el único factor determinante para Joan García a la hora de concebirlo.
“A esto hay que añadir, claro está, todo ese sustrato que se forma cuando consultas libros de diseño, arte y publicidad de los sesenta, que eran publicaciones no baratas precisamente y eran difíciles de conseguir. En concreto, recordaba a un personaje en un libro de ilustraciones con el que se promocionaba una empresa de artes gráficas en Estados Unidos. Era como una mascota que llamaba mucho la atención. Esto también me inspiró”.
Era inevitable, y natural, que toda esta amalgama de influencias saliera a relucir de algún modo. Joan reconoce que lo que él dibujó es un refrito a fin de cuentas. Pero, a diferencia del personaje rechoncho con sombrero minúsculo, lo que él alumbró como imagen del grupo, un icono vinícola, es un auténtico rude boy empuñando muy satisfecho y chulo una copa de Moriles. Qué mejor manera de que esta influyente tribu urbana conectase con la cultura del vino.
Quedó bien, gustó al público y, de hecho, volvió a recuperarse cuando, más tarde, se editó un disco de grandes éxitos. Aparece de torso para arriba, frente al dibujo original donde sale completo. Era un recopilatorio con los temas más conocidos de Komando Moriles. Salió por encargo de una discográfica gala para el mercado francófono, aunque también tuvo distribución en España y en otros países.
“Yo no tenía ningún disco de Fundador, pero sí tenía el recuerdo de pequeño en casa de mis tías, que vivían aquí al lado, que coleccionaban aquellos regalos que obtenían a cambio de comprar los productos de la bodega, en particular coñac. Guardaban una carpeta con un montón de 'singles'. Y ahí estaban, sí; lo tenía como algo muy grabado en la memoria. Fue el chispazo. El estilo es parecido y a nosotros igualmente nos sirvió como gancho comercial”.
De hecho, este hombrecito de negro sin nombre (Joan nos da permiso para que lo bauticemos) acabó por darle identidad a Komando Moriles, ya que fue incorporado, en plan estelar, a todo el material promocional de la banda. Se imprimió en camisetas, sudaderas y aparecía en toda clase de artículos a la venta, como ingreso adicional, en las giras de conciertos.
En la trayectoria profesional de Joan García no faltan hitos, por añadidura a su querencia por el saxo, entiéndase bien. Era buen aficionado al dibujo desde niño, se atrevió con el cómic casero, aunque solo de forma doméstica mientras era adolescente y en su primera juventud. Pero ahí está sin duda la base de su posterior dedicación profesional al diseño gráfico. Ahora participa como socio en un estudio de cierto renombre y prestigio en su área de influencia.
“Estuve muchos años en una agencia de publicidad en Barcelona, pero ya llevo bastante tiempo en una empresa que funciona tipo cooperativa con seis compañeros y compañeras. Hacemos diseño gráfico, pero como a mí se me da bien la ilustración, trato de compaginar ambas cosas. Hago logotipos y también trabajos para editoriales, a la vez que ilustración. Entre nuestros clientes, volviendo a asuntos vinícolas, hemos trabajado para bodegas del Priorato y del Ampurdán haciendo etiquetas, además de otros encargos para consejos reguladores de Cataluña”.
Joan García es, aparte de colega entrañable, un importante punto de apoyo para Marcos Pacheco. Mantienen un contacto permanente, se reúnen a menudo para almorzar o cenar y, sobre todo, se encarga, con resultados muy brillantes y potentes, de todo lo referido al cuidado gráfico del taller de alfarería de su amigo.
“Él se ocupa de todos los diseños de la tienda; me ayuda mucho. Es como un hermano. Para mí, el hecho de especializarme en este oficio es consecuencia de tener que buscar una salida laboral, una vez que el grupo opta por disolverse y parar”. “Vivo en una comarca de gran tradición alfarera, a lo que se unió que después de las olimpiadas de Barcelona en 1992, se produjo una grave crisis de empleo. Había que buscarse la vida y yo me decanté por ser un ceramista”.
“Tardé más de diez años en aprender y dominar la técnica, ya que en ese periodo compaginaba el taller con la música. O sea, yo vivía de la cerámica, porque tocando los fines de semana había poco dinero para repartir entre tantos integrantes de la banda”. “Hasta los treinta años estuve en fábricas de cerámica y a partir de esa edad, comencé a investigar por mi cuenta. Es mi mundo. En caso de renacer, no sé si volvería a ser músico, pero sí volvería a ser ceramista”.
Marcos Pacheco es un artista. Como ceramista ha ido puliendo y mejorando en esta faceta. Esa misma evolución también es constatable en las letras de las canciones de Komando Moriles. Al comienzo eran fáciles, para salir del paso cuando eran poco menos que unos quinceañeros. Posteriormente, se trabajaron más y adquirieron madurez. “En ellas, cómo no, había alusiones a la bebida, pero, en particular, estaban basadas en héroes y personajes de cómic notoriamente friquis”.
El paso del tiempo termina por modificar costumbres. Cambian las tendencias en el consumo de bebidas, lo que también afecta a nuestros vinos, que están cada vez más ausentes en establecimientos y comercios donde antes era mercancía habitual.
Para los emigrantes que muy a su pesar dejaron atrás Andalucía, echar una copa no era solo un acto social. Era una especie de ritual que los mantenía unidos de alguna manera a su tierra natal. Sus descendientes, desafortunadamente, prefieren ahora otras cosas. “No, no se ve como se veía antes. Te lo puedo asegurar. Antes, una copita de fino de Montilla – Moriles era algo habitual. Era algo diario. Los vinos andaluces estaban muy presentes en las mesas de hogares y restaurantes”.
“Ahora, no. Ahora se ve poco y, la verdad, desconozco la razón. No sé el por qué sucede esto. Cuando decidimos llamarnos Komando Moriles, la mayoría de la gente sabía de qué iba esto; no había que explicarlo. Y si acaso, predicábamos con el ejemplo. Lo arreglábamos diciendo tres cosas básicas sobre estos vinos y su procedencia. Fue un tiempo muy bueno”.
MANUEL BELLIDO MORA
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: KOMANDO MORILES
ARCHIVO FOTOGRÁFICO: KOMANDO MORILES
























































