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Carlos Serrano | Humillados

La tarde del 15 de octubre, Eugenio Castelar comprobó en carne propia la frialdad de los sistemas burocráticos. Llevaba una camiseta de su película favorita, unos vaqueros azules y unas zapatillas blancas. Aquel oficinista parecía más preocupado por reírse de las gracias de su compañera que por atender su solicitud para darse de alta en el paro y lograr la prestación por desempleo.


Era un día caluroso y la habitación resultaba agobiante. Por todas partes podían verse carteles gastados con todo tipo de eslóganes sobre las múltiples ayudas disponibles para el ciudadano. Lo que no advertían era que cada vez resultaba menos frecuente ser atendido por otro ser humano. Las tecnologías eran un avance extraordinario en comunicación, pero aún cojeaban en empatía.

Eugenio creía que todo aquello era una broma muy bien elaborada. Este era su tercer intento ante una gestión, a priori, la mar de sencilla. Después de aportar su título de doctor, tenía que demostrar que había superado con éxito el Bachillerato. Una vez rebuscado entre las múltiples carpetas de su ordenador, pudo pedir otra cita. Ahora debía demostrar que tenía la ESO y el Graduado Escolar.

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Era muy cruel la tortura ejercida por algunos funcionarios al no decir toda la documentación de golpe. Era como si disfrutaran viendo las caras de sueño, tristeza y frustración del usuario medio. Igual eran vampiros emocionales, pensó Eugenio mientras comprobaba sus papeles antes de que un zumbido asesino le indicara que, de nuevo, era su turno. Otra vez faltaba un documento.

Por su cabeza rondó la idea de que existen oficios tristes. Trabajos que son el último refugio para lograr una nómina y sobrevivir en el mundo. Uno de ellos seguramente era la oficina del paro. El siguiente era su socio colaborador: Recursos Humanos. Aunque, muchas veces, lo humano sobraba.

Su especialidad consistía en resumirlo todo en una firma y en dejarte claro cuánto sería el finiquito. No había que permitir que el trabajador asimilara o entendiera nada: firma del documento de turno y a otra cosa. Es cierto que también tenían la llave de ofrecer la alegría de obtener un puesto laboral.

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Tras pedir una nueva cita, de vuelta a su piso, reflexionó sobre que tampoco era cuestión de convertirse en un cínico. Ahora todo estaba informatizado y digitalizado. Ya no morían tantos árboles para convertirse en hojas de reclamaciones, cartas de despido, informes laborales, finiquitos, solicitudes de empleo y demás literatura administrativa. El planeta, en ese sentido, podía respirar un poco aliviado.

Tampoco era el fin del mundo: tenía quien lo ayudase en caso necesario. En las oficinas del paro se veía claro quién no tenía esa suerte. En aquella en la que él se encontraba, una pareja joven no dejaba de mirar hacia el suelo, cogida de la mano, como si tuviera vergüenza de ser vista en el edificio. Era llamativo el contraste entre los titulares que anunciaban a bombo y platillo que la economía iba como nunca y aquellos dos jóvenes, allí sentados. Como siempre.

Una clave en la supervivencia del paro de larga duración es la paciencia con los tiempos. Aprendes que ningún techo observado tumbado en el sofá o en la cama va a ofrecer respuestas. Eugenio lo averiguó por puro empirismo. Tampoco servía de nada lamentarse, pues, como diría Miguel Hernández, tenía la vida. No era perfecta, pero era la suya. Aprendió a repetirse las tareas diarias de tal manera que cada día de la semana tuviera algo que hacer. Así mantenía la mente ocupada. Si no era avanzar en la lectura de los libros pendientes, era escribir. Si no era escribir, era limpiar el piso y hacer la compra, ordenar sus archivos en el ordenador o mandar currículos.

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No iba a dejarse derrotar por el sistema. No era que él estuviera sobrecualificado para los diferentes empleos a los que optaba; eran esos trabajos los que no merecían que Eugenio se levantara cada día a las seis de la mañana. Lo único que merecía semejante esfuerzo en esos momentos era su sagrada bajada al café para tomar un capuchino.

No podía evitar soltar una sonrisa irónica cada vez que algún politiquillo de tres al cuarto culpaba en televisión del desempleo a esos mismos que miraban al suelo por vergüenza, humillillados. No podía dejar de pensar en la pareja joven. ¿Pretendía aquel candidato que pidieran perdón por no encontrar su sitio en la mayor crisis económica, laboral y de valores que recordaba Eugenio? Era para reír, para no llorar.

Junto a aquel funcionario indiferente y aquel discurso televisivo, Eugenio comprendió la frialdad del número y de aquellas oficinas. Comprendió también la facilidad con la que, desde una pantalla de televisión, se podía faltar alegremente al respeto a las personas que más necesitaban ayuda. Eso lo ponía triste, muy triste.

Cuando volvió a la oficina en su nueva cita y vio al mismo oficinista riéndose de las gracias de su compañera, Eugenio no pudo evitar pensar que a Dante se le había olvidado incluir un círculo más en su visión del infierno.


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