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Rafael Soto | Todos son parroquianos míos

“Joder, Sonia”, se lamenta Manuel. Está sentado delante de la barra de un bar y lleva tres cervezas encima. Va por el copazo, casi ni nota el olor a rancio del local, y está ya en el punto de ponerse filosófico ante la misma camarera con la que intentaba ligar veinte minutos antes. “Joder”, insiste mientras toma otro trago, “esto es una mierda. Una puta mierda”.


“¿Por qué, cariño?”, le interroga con falso interés. Sonia sabe qué va a decir antes de que abra la boca. Tiene la misma conversación casi todos los días con hombres más o menos conocidos. Todos mayores de los treinta y cinco años. Todos reflexivos. Todos idiotas, en cierto sentido. Y peor con los años. Agarra un vaso limpio y hace como si lo estuviera fregando. No quiere que se le note el hastío.

“¿Sabes? Voy para los cuarenta y no he hecho nada importante en la vida. Nada de nada”, declara alicaído. “He publicado, he escrito muchas cosas. He viajado, amado y discutido. ¡Joder! Me he matado a estudiar y trabajar. Pero no he hecho nada importante de verdad”. “¿Y qué es importante de verdad?”, le inquiere la camarera sin apartar la mirada del vaso.

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“No sé. Algo importante, supongo”, se excusa sin saber bien qué decir. No se esperaba la pregunta. ¿Qué es importante? Eso lo sabe todo el mundo. “¡Joder!”, insiste, “algo que te dé cierto reconocimiento, supongo”. “Un poco narcisista, ¿no crees?”, le reprocha la camarera, que sabe lo que tiene que hacer ahora.

“Quiero decir”, prosigue mientras suelta el vaso, “¿Qué es algo importante? ¿Para quién? Creo que la vida va de intentar alcanzar cierta plenitud…”. “¿La felicidad?”, interrumpe Manuel con un escepticismo que se pronuncia a través de una ceja arqueada. “Soy camarera, no hippie”, le espeta la chica. Manuel no se esperaba ese corte.

“Te digo que la cosa va de disfrutar de la vida en la medida de lo posible. Disfrutar de la pareja, si la tienes; de la familia, si la tienes; de los amigos, si los tienes… Joder, aunque sea de un puto perro. Eso de hacer algo importante es de capullos narcisistas”.

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“No sé…”, masculla Manuel. “Mira, te diré una cosa”, insiste Sonia, “¿Por qué tienes que haber hecho algo? Puede que muchos se cambiaran por ti, ¿sabes? Haz las cosas lo mejor que puedas. Nada más. Esas cosas las piensan los poetas, que son unos melancólicos. O los periodistas, que son unos ilusos. Y los buenos médicos, que son unos psicópatas. Y a todos ellos les sirve para lo mismo: para nada. Disfruta del momento… ¡Te invito a un chupito!”.

“¡Vaya!”, se sorprende, “Gracias. ¿Por qué ellos sí pueden pensar en eso?”, inquiere con curiosidad mientras observa cómo Sonia le sirve la bebida. “No es que puedan, pero siempre lo hacen”, explica la camarera, que le pone a Manuel la bebida delante. “¿Y cómo sabes eso?”, le insiste. “Porque todos ellos son parroquianos míos”, reconoce con una sonrisa tan dulce que, por un momento, Manuel olvida que bebía solo en la barra de un bar con olor a rancio.

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