El pasado mes tuvo lugar un maratón-homenaje dedicado a Umberto Eco, con motivo del aniversario de su fallecimiento. La ocasión apenas trascendió en los medios, presos de la histeria informativa y las fuerzas centrífugas de control del acontecer social, con las que se suele imponer la narrative de la inanidad.
Hoy que se da una malversación del lenguaje en la pospolítica y se corrompen las palabras y la ética pública con el despliegue del trumpismo mediático, volver a recorder a Eco tiene, permita el lector el juego de palabras, una nueva resonancia.
La retórica de Milei puede, de hecho, ser mejor diseccionada con el célebre artículo del maestro de la semiótica sobre el fascismo. Y ahora que se rememora su figura conviene recordar su compromiso con el PCI, sus exploraciones creativas en la RAI, la crítica del despojo y la deconstrucción de los que Deleuze definía como discursos imbéciles tejidos con verdades bajas, además del cultivo del humanismo y las humanidades que hizo a lo largo de su obra en toda su extensión.
Ante la pérdida del sentido del trumpismo mediático, es hora de vindicar quien tanto cultivara el amor a la palabra y el libro. Nos lo debemos, si somos del orden de la autonomía y no de la consigna de la obediencia debida. El acto sin relato, la precariedad de la representación, con la consiguiente desafección política, proyecta una simbología extrema gobernada por los capataces del bullying.
La vocación publicitaria y su régimen de validación por repetición o pura redundancia configura asi un submundo hermético, la lógica burbuja, impenetrable a todo esfuerzo de argumentación racional. En cierto sentido, el trumpismo —o el mileismo— es una suerte de milenarismo, una teodiceca política de lo peor, que activa la reacción del malestar social como una rebelión contra toda revolución.
El enmascaramiento de las derechas alternativas o ultramontanas tienen, en este sentido, la virtud de dislocar, via usurpación del dominio común del lenguaje, el ágora democrática, negando, sistemáticamente, el principio de igualdad. Cuando todo es impostura (gesto, pose o modulación) en el discurso público, posicionarse pasa por deconstruir la reificación de la imagen congelada en nuestras pantallas y activar la memoria.
Hablamos de la batalla cultural contra la sinrazón como razón de la desafección y la irracionalidad objetiva. Y, por lo mismo, recordamos a Eco y las resonancias que nos evoca ante la impotencia misma del objeto cultural libro y de la palabra; de la huella como ausencia y presencia; del sonido y del silencio; de la evocación y provocacion interpelante; de la ambivalencia y las contradicciones del lenguaje y los referentes, hoy que lo literal es letal, y la palabra vacilante, titilante, negación de lo posible.
Esto es lo verdaderamente inédito, no tanto la crisis de representación de la que venimos hablando con motivo del giro linguistico, como de la ausencia misma de signifcación y sentido común que opera en lo mediato con nuestro legado cultural.
La velocidad de escape del turbocapitalismo anula la capacidad de pensar y decir imponiendo el opacamiento generalizado políticamente, el absurdo delirante configuracional. Y eso no cabe olvidarlo, como tampoco el ejemplo que nos brindó en persona en su visita a Sevilla el autor de El nombre de la rosa.
Pocos años antes de su fallecimiento, tuve el honor como decano de proponer el Doctorado Honoris Causa por la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. No todos conocían lo que Eco ha supuesto para el campo de estudios de medios en todo el mundo, y menos aún el interés de nuestro homenajeado por la ciudad de Sevilla, capital del imperio del periodo histórico que mejor conocía.
Recuerdo que algunas autoridades académicas me cuestionaban si iba a venir, dado que ya tenía un innumerable listado de doctorados honoris causa. Y, de hecho, la primera fecha cerrada con su secretaria tuvo que suspenderse por enfermedad, con todo lo que ello implica para un acto protocolario de tanta importancia en la Universidad.
Pero yo sabía que Eco amaba Sevilla y no por amistad, que no la tenía. Mi relación con él no pasaba de ser la de un mero lector y estudioso de su obra semiótica y de haber asistido a varias conferencias que impartió en la Universidad Complutense de la mano de su discípulo, Jorge Lozano.
Pero tenía consciencia de su interés por la cultura hispalense. De hecho, cuando confirmó la aceptación del Doctorado Honoris Causa, solo me puso una condición: quería conocer la Biblioteca Colombina de primera mano. Y así hicimos. Durante tres días, los paseos por la ciudad, almuerzos y charlas informales fueron todo un descubrimiento, al igual que compartir estancia con el personaje.
Primero, me sorprendió su gran humanidad y el sentido del humor, muy irónico, socarrón y similar al humor negro granaíno de quienes compartimos la cultura de la malafollá. Y, lo segundo, era su conocimiento continental de la historia y el patrimonio monumental de la ciudad. Nos dejó perplejos a todos.
Por aquel entonces, Eco ya tenía numerosos achaques de salud, principalmente gota y, supongo, problemas de azúcar, pero con humor decía que, dado que no viajaba su esposa y estaba libre de cuidados, podía tomar un guisqui de más. Y así hicimos para que conociera la gastronomía local, aunque ya había visitado la ciudad anteriormente, y cumplir con los pequeños placeres del paseo, cual flaneur, entreverada por la conversación.
Como pueden suponer, y tratándose de Eco, todas las instituciones culturales de la ciudad colaboraron, y nos programaron visitas reservadas tanto en la catedral como en la Biblioteca Colombina. Imaginen lo que ello significaba para un amante de los libros como Eco, que terminó por ser nuestro guía, con grata sorpresa de la directora de la biblioteca, que tuvo a bien regalar algunas réplicas del fondo.
La visita fue toda una lección de historia del libro, de las Américas, del archivo de Indias, en fin, de todo lo que un bibliófilo experto como Eco nos aportó con su honda sabiduría y erudición. De ello quedó constancia en el curso que organicé con la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) sobre Comunicación y Barroco, patrocinado por Focus Abengoa, donde también intervinieron referentes del pensamiento como Roger Chartier.
En ese curso, Umberto Eco hizo una intervención memorable sobre Enciclopedia barroca y la actual enciclopedia digital. Corría el año 2010, y todavía existía prensa local de prestigio que se hizo eco a diario de la visita del gran maestro.
Días de confidencias, aprendizajes, diálogos y descubrimientos que, para la comunidad académica de la Facultad de Comunicación y la Universidad de Sevilla, pueden calificarse de un hito histórico. Doy fe de ello y, personalmente, puedo considerar el encuentro una de las experiencias más enriquecedoras en mis más de treinta años de actividad académica.
Eco resultó tan solícito, cercano y comprometido con la ciudad y con quienes, como académicos, organizamos su visita que no podía concluir su viaje sin un recuerdo de su estadía en la ciudad. Y francamente no era fácil. Como bibliófilo, sorprenderle era materialmente imposible, y ya había guardado algún incunable de la Colombina. Y un presente de la cultura propia, cerámica o giraldillo, no procedía en su caso.
Así que, dado que la Universidad no contemplaba presentes por protocolo, procuré por mis propios medios un cuadro de Santo Tomás. Una pieza antigua que Eco no quería aceptar porque era consciente del alto valor económico y simbólico, y que finalmente logré que llevara para formar parte de su gran biblioteca personal.
No volví a conocer alguien tan humano, sabio, con un sentido del humor tan lúcido y creativo como él. Si acaso su colega y amigo Paolo Fabbri, a quien recibí siendo presidente de la Fundación Fellini y que añadía a las virtudes de su maestro un hondo sentido de la cultura popular como buen vivir.
Historias, recuerdos, en fin, que sirven para no olvidar que, en tiempos de silencio y de tinieblas, en horas tan atribuladas y terroríficas como estas, la máxima o principal resonancia que aprendimos de los grandes maestros como Eco es justamente que nada de lo humano nos es ajeno y que es preciso para ello aplicar el principio ético de Sabere Aude. Este es el reto civilizatorio que está en juego en tiempos de brutalismo mediático.
Hoy que se da una malversación del lenguaje en la pospolítica y se corrompen las palabras y la ética pública con el despliegue del trumpismo mediático, volver a recorder a Eco tiene, permita el lector el juego de palabras, una nueva resonancia.
La retórica de Milei puede, de hecho, ser mejor diseccionada con el célebre artículo del maestro de la semiótica sobre el fascismo. Y ahora que se rememora su figura conviene recordar su compromiso con el PCI, sus exploraciones creativas en la RAI, la crítica del despojo y la deconstrucción de los que Deleuze definía como discursos imbéciles tejidos con verdades bajas, además del cultivo del humanismo y las humanidades que hizo a lo largo de su obra en toda su extensión.
Ante la pérdida del sentido del trumpismo mediático, es hora de vindicar quien tanto cultivara el amor a la palabra y el libro. Nos lo debemos, si somos del orden de la autonomía y no de la consigna de la obediencia debida. El acto sin relato, la precariedad de la representación, con la consiguiente desafección política, proyecta una simbología extrema gobernada por los capataces del bullying.
La vocación publicitaria y su régimen de validación por repetición o pura redundancia configura asi un submundo hermético, la lógica burbuja, impenetrable a todo esfuerzo de argumentación racional. En cierto sentido, el trumpismo —o el mileismo— es una suerte de milenarismo, una teodiceca política de lo peor, que activa la reacción del malestar social como una rebelión contra toda revolución.
El enmascaramiento de las derechas alternativas o ultramontanas tienen, en este sentido, la virtud de dislocar, via usurpación del dominio común del lenguaje, el ágora democrática, negando, sistemáticamente, el principio de igualdad. Cuando todo es impostura (gesto, pose o modulación) en el discurso público, posicionarse pasa por deconstruir la reificación de la imagen congelada en nuestras pantallas y activar la memoria.
Hablamos de la batalla cultural contra la sinrazón como razón de la desafección y la irracionalidad objetiva. Y, por lo mismo, recordamos a Eco y las resonancias que nos evoca ante la impotencia misma del objeto cultural libro y de la palabra; de la huella como ausencia y presencia; del sonido y del silencio; de la evocación y provocacion interpelante; de la ambivalencia y las contradicciones del lenguaje y los referentes, hoy que lo literal es letal, y la palabra vacilante, titilante, negación de lo posible.
Esto es lo verdaderamente inédito, no tanto la crisis de representación de la que venimos hablando con motivo del giro linguistico, como de la ausencia misma de signifcación y sentido común que opera en lo mediato con nuestro legado cultural.
La velocidad de escape del turbocapitalismo anula la capacidad de pensar y decir imponiendo el opacamiento generalizado políticamente, el absurdo delirante configuracional. Y eso no cabe olvidarlo, como tampoco el ejemplo que nos brindó en persona en su visita a Sevilla el autor de El nombre de la rosa.
Pocos años antes de su fallecimiento, tuve el honor como decano de proponer el Doctorado Honoris Causa por la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. No todos conocían lo que Eco ha supuesto para el campo de estudios de medios en todo el mundo, y menos aún el interés de nuestro homenajeado por la ciudad de Sevilla, capital del imperio del periodo histórico que mejor conocía.
Recuerdo que algunas autoridades académicas me cuestionaban si iba a venir, dado que ya tenía un innumerable listado de doctorados honoris causa. Y, de hecho, la primera fecha cerrada con su secretaria tuvo que suspenderse por enfermedad, con todo lo que ello implica para un acto protocolario de tanta importancia en la Universidad.
Pero yo sabía que Eco amaba Sevilla y no por amistad, que no la tenía. Mi relación con él no pasaba de ser la de un mero lector y estudioso de su obra semiótica y de haber asistido a varias conferencias que impartió en la Universidad Complutense de la mano de su discípulo, Jorge Lozano.
Pero tenía consciencia de su interés por la cultura hispalense. De hecho, cuando confirmó la aceptación del Doctorado Honoris Causa, solo me puso una condición: quería conocer la Biblioteca Colombina de primera mano. Y así hicimos. Durante tres días, los paseos por la ciudad, almuerzos y charlas informales fueron todo un descubrimiento, al igual que compartir estancia con el personaje.
Primero, me sorprendió su gran humanidad y el sentido del humor, muy irónico, socarrón y similar al humor negro granaíno de quienes compartimos la cultura de la malafollá. Y, lo segundo, era su conocimiento continental de la historia y el patrimonio monumental de la ciudad. Nos dejó perplejos a todos.
Por aquel entonces, Eco ya tenía numerosos achaques de salud, principalmente gota y, supongo, problemas de azúcar, pero con humor decía que, dado que no viajaba su esposa y estaba libre de cuidados, podía tomar un guisqui de más. Y así hicimos para que conociera la gastronomía local, aunque ya había visitado la ciudad anteriormente, y cumplir con los pequeños placeres del paseo, cual flaneur, entreverada por la conversación.
Como pueden suponer, y tratándose de Eco, todas las instituciones culturales de la ciudad colaboraron, y nos programaron visitas reservadas tanto en la catedral como en la Biblioteca Colombina. Imaginen lo que ello significaba para un amante de los libros como Eco, que terminó por ser nuestro guía, con grata sorpresa de la directora de la biblioteca, que tuvo a bien regalar algunas réplicas del fondo.
La visita fue toda una lección de historia del libro, de las Américas, del archivo de Indias, en fin, de todo lo que un bibliófilo experto como Eco nos aportó con su honda sabiduría y erudición. De ello quedó constancia en el curso que organicé con la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) sobre Comunicación y Barroco, patrocinado por Focus Abengoa, donde también intervinieron referentes del pensamiento como Roger Chartier.
En ese curso, Umberto Eco hizo una intervención memorable sobre Enciclopedia barroca y la actual enciclopedia digital. Corría el año 2010, y todavía existía prensa local de prestigio que se hizo eco a diario de la visita del gran maestro.
Días de confidencias, aprendizajes, diálogos y descubrimientos que, para la comunidad académica de la Facultad de Comunicación y la Universidad de Sevilla, pueden calificarse de un hito histórico. Doy fe de ello y, personalmente, puedo considerar el encuentro una de las experiencias más enriquecedoras en mis más de treinta años de actividad académica.
Eco resultó tan solícito, cercano y comprometido con la ciudad y con quienes, como académicos, organizamos su visita que no podía concluir su viaje sin un recuerdo de su estadía en la ciudad. Y francamente no era fácil. Como bibliófilo, sorprenderle era materialmente imposible, y ya había guardado algún incunable de la Colombina. Y un presente de la cultura propia, cerámica o giraldillo, no procedía en su caso.
Así que, dado que la Universidad no contemplaba presentes por protocolo, procuré por mis propios medios un cuadro de Santo Tomás. Una pieza antigua que Eco no quería aceptar porque era consciente del alto valor económico y simbólico, y que finalmente logré que llevara para formar parte de su gran biblioteca personal.
No volví a conocer alguien tan humano, sabio, con un sentido del humor tan lúcido y creativo como él. Si acaso su colega y amigo Paolo Fabbri, a quien recibí siendo presidente de la Fundación Fellini y que añadía a las virtudes de su maestro un hondo sentido de la cultura popular como buen vivir.
Historias, recuerdos, en fin, que sirven para no olvidar que, en tiempos de silencio y de tinieblas, en horas tan atribuladas y terroríficas como estas, la máxima o principal resonancia que aprendimos de los grandes maestros como Eco es justamente que nada de lo humano nos es ajeno y que es preciso para ello aplicar el principio ético de Sabere Aude. Este es el reto civilizatorio que está en juego en tiempos de brutalismo mediático.
FRANCISCO SIERRA CABALLERO
FOTOGRAFÍA: UNIVERSIDAD DE SEVILLA
FOTOGRAFÍA: UNIVERSIDAD DE SEVILLA


















































