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15 de noviembre de 2022

  • 15.11.22
Se les ha terminado la paciencia con sus vasallos: contigo, conmigo. Se acabaron las máscaras, las muecas simpáticas, la inocente mirada, la teatral cordialidad. El capital, inmerso en una lucha fratricida por no perder su posición en el nuevo tablero de juegos que están creando, no tiene tiempo para fingir lo que no es, de darnos alas y hacernos creer que otro mundo es posible. Cuando las nuevas reglas estén escritas, ya volverán al pan y al circo, pero ahora toca el paso marcial, el látigo, la sangre, el miedo, el "¡se sienten, coño!".


Las circunstancias han querido que dos eventos a nivel internacional coincidan, no por unos días, en el tiempo, pero sí en el espacio mediático de nuestras vidas. La Conferencia de la ONU contra el Cambio Climático, donde con el diálogo, el intelecto, la ciencia, la razón, buscamos soluciones conjuntas para evitar la extinción de nuestra especie, y el Mundial de Fútbol, donde predominan las emociones, los impulsos, la fuerza, la visceralidad y no nos jugamos nada, pero nos tiene aletargados durante un mes, mientras Ucrania sigue en guerra (una de tantas), las armas nucleares se desempolvan y el frío, la sed, el hambre, la inflación y las migraciones comienzan a mostrar nuestra parte más animal.

Dos eventos, en teoría, muy diferentes entre sí, pero que el tiempo nos ha demostrado que son mero entretenimiento, el opio del pueblo, un teatro de máscaras. El fútbol lo teníamos asumido, pero las Cumbres por el Clima confiábamos en que fuesen algo serio, creíbles, un punto de inflexión en el devenir de la especie humana. Pero nada más lejos de la realidad. Ahora sabemos que han sido cortinas de humo, bonitos decorados de ilusiones, escaparates para atraer a los incautos, auténticas asambleas de majaras.

Esa confianza la perdí hace muchas cumbres, pero siempre me quedaba la esperanza de que la presión social, la ciudadanía, el pueblo, redirigiese a nuestros gobernantes hacia el necesario cambio de valores, de sistema económico, de estilo de vida.

Si disfruté con la COP25 de Madrid fue por ver a los jóvenes en las calles, en los pasillos del IFEMA, en las tarimas y mesas de conferencias sentados con los políticos, mostrándoles evidencias, exigiéndoles que les hiciesen caso a los ninguneados científicos, zarandeando, despertando, empujando al resto de la población. Llegué a creer que todo era posible, que la utopía estaba más cerca, que ante el abismo, estábamos reaccionando. Iluso de mí.

Aquellos movimientos sociales que crecían exponencialmente los desactivaron con una crisis sanitaria mundial, con una guerra en el corazón del dragón, de la vieja Europa, con una amenaza nuclear, con una crisis económica planetaria.

En apenas tres años hemos perdido derechos sociales, calidad de vida, objetivos comunes. Nos han vuelto a dividir, a convencer de que ellos tienen las soluciones, de que la guerra, las armas, el dolor, son la única solución para vivir en paz. Y lo más triste y peligroso es que ahora nos prohíben hablar, opinar diferente, quejarnos. Nos quieren quietos, preparados para defender sus causas. Y callados.

La censura se ha convertido en el mensaje de estos dos grandes eventos. En la COP27 de Egipto han preparado un recinto para la población civil, para las oenegés, para todo el que quiera decir algo fuera del mensaje oficial. Pero si tus cánticos, si tus protestas, si tus exigencias salen de esas cuatro paredes, te amenazan con la cárcel, con la expulsión del país, con las torturas y con la muerte. Que la ONU permita tal aberración y que muchos medios de comunicación sean cómplices de esta barbarie es vergonzoso.

Como es vergonzoso que la FIFA, aunque sea capital privado, permita que un puñado de ricos catarís, xenófobos, homófobos, misóginos y racistas organicen un Mundial de fútbol, cambiando las fechas de realización, mirando hacia otro lado ante las condiciones laborales de los que han construido esos campos, y advirtiendo a todos los jugadores, selecciones y visitantes que tengan cuidado con las camisetas que se ponen, lo que hacen, dicen y expresan, porque las autoridades del país pueden actuar contra ellos para defender su honor, sus leyes y su religión.

Estos eventos son un ejemplo, pero lo estamos viendo en Twitter, en nuestras Administraciones, en la cultura, en los medios de comunicación, en la cola del supermercado... El capital, el censor, el fascista, el dictador, se ha quitado la máscara de la hipocresía y presume de sus acciones, de su poder. No te fíes, no te rindas. Combátelo.

MOI PALMERO

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