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14 de marzo de 2022

  • 14.3.22
Álvaro Pombo, en su afán de saber más de su gato, además de que es un gato común europeo, de sexo masculino, de pelo corto negro y que se llama Rudy, descubrió que la historia de este felino empieza con el gato americano de pelo corto, que en el siglo XVII algunos emigrantes llevaron consigo buscando trabajo.


En la Guía de gatos, de 1885, puede leerse que se trataba de un gato sin pretensiones de nobleza, pero simpático y doméstico. Pombo, profundizando en su lectura, nos descubre que algunos seleccionadores aficionados consiguieron fijar una nueva raza fuerte, bonita y original, que fue acogida con éxito en las exposiciones. Escribe que el gato americano está dotado de pelaje corto pero fuerte y duro. Aunque en invierno el pelaje su vuelve tupido, pero no lanoso.

A Pombo le gusta la descripción de este gato que ofrece la enciclopedia mencionada: “El gato negro es negro antracita, perfectamente uniforme, de la raíz hasta la punta del pelo, sin ningún tono herrumbroso o gris. Los ojos son color oro”. En cualquier caso, señala que esta descripción es abstracta y no concreta. Y advierte además que no menciona “su inmisericorde salvajismo con toda suerte de salamanquesas, vencejos, avispas, ratones ficticios y no ficticios (esto me incluye a mí mismo, a ratos, entre sus grandes presas). Ni la mansedumbre ni la paciencia son virtudes suyas. Lo es, sin embargo, la expresividad de sus maullidos. Desde el bienestar a la feroz desesperación”.

Pombo menciona otros vacíos o descuidos insalvables en esta Guía de gatos, como es el interés de Rudy y los de su especie por la caligrafía humana. En la fotografía que ilustra este texto, Jes Jiménez muestra a este gato, en su atención durmiente, recostado sobre un montón de carpetas y libros, incluido algún documento escrito en chino. La vocación de los pequeños felinos por la escritura es ancestral y su vigilancia permanente mientras el escritor ultima su obra es de una lealtad a todas luces inquebrantable. A los gatos les gusta fotografiarse con sus dueños. Con Jorge Luis Borges posan como si fueran Julio César o Cleopatra (dependiendo del sexo). Con Julio Cortázar interactúan en un juego inexplorado y divertido como siempre es su literatura.

El gato se pasea por los libros, por las terrazas, por la música. Donde haya un punto de poesía y de riesgo, el gato se abalanza buscando su hogar perdido. Mi adolescencia estuvo habitada por dos gatos que todavía me persiguen a deshoras con sus propias melodías. "Year of the Cat" (“El año del gato”) es el sencillo que da título al álbum, canción escrita por el cantante y compositor Al Stewart; el álbum se grabó en Abbey Road Studios, Londres, en enero de 1975 por el ingeniero de sonido y músico inglés Alan Parsons, y se publicó en julio del mismo año. La canción se caracteriza por sus largas secciones instrumentales; de hecho, en la versión del álbum, de 6'40", más de cuatro minutos de la canción se dedican a temas instrumentales, incluyendo un solo de piano, guitarra acústica, guitarra eléctrica distorsionada y saxofón. La letra de la canción, como es obvio, contiene alusiones a una de las películas de mi vida: Casablanca.

La otra canción es un tema de título y letra enigmáticos. O más bien, mal o peculiarmente traducidos. Nunca vi un gato triste. En un gato toda tristeza es una impostura. Y tampoco de color azul: ni de cielo (celeste), ni de mar (marino) ni de azul azulón de otros años de la marca Norit. Anje Ribera escribe que “El gato que está triste y azul” es una composición de Toto Savio y Giancarlo Bigazzi, originalmente escrita en italiano –“Un gatto nel blu”– para el Festival de San Remo de 1972. Se refería a un felino que, más que triste, se encontraba en el cielo para recordar al protagonista de la historia un pasado desencajado. Pero los traductores de la canción al castellano –Buddy & Mary McCluskey–, afirma Ribera, convirtieron el azul del cielo italiano en el azul de la tristeza inglesa. Aun así, tampoco quisieron olvidarse de la traducción literal de 'blu'. Y así el gato es triste y azul, como la propia vida, concluye poéticamente hablando. Sea como fuere, lo cierto es que nuestra juventud iba de un gato a otro gato. Y de un tejado a otro, sin ninguna piedad, sin olvidar que en los pueblos rurales andaluces de entonces había empadronados más gatos que vecinos que nuestra especie.

Solo Antonio Pau –ensayista de temas tan dispares como la poesía alemana del siglo XVIII, la historia de Madrid, el tango o las maneras del huir el mundo– podía publicar un opúsculo titulado Gatuperios. Arranca el texto con esta frase: “No hay animal más digno que esté condenado a una vida más indigna. Porque el gato tiene la arrogancia de los grandes felinos –sus hermanos mayores: el leopardo, el tigre, el puma–, pero se pasa la vida huyendo por debajo de las cancelas y de los coches, o trepando por las tapias y las verjas”.

Acaso Pau no lo sabe y todos estos y otros hábitos gatunos los han aprendido de la raza humana, muy adicta a trepar vallas y construir muros, a escurrirse como culebras y a callejear por las noches de cualquier invierno inclemente, a malvivir y pasar frío, o bien a abrigarse en exceso mientras otros sufren abajo el peso de la tempestad. Por esta razón tal vez, como recuerda Pau, hay gatos maltratados y gatos que esperan toda su vida una recompensa que no llega nunca. Algunos gatos se pasan toda la vida recostados en una terraza y otros buscan su “felinidad” en una mansedumbre descarriada. El gato, como el ser humano, es desconfiado por naturaleza, le gusta andar por casa, pero ama vagabundear por las calles hasta altas horas de la madrugada; le gusta que lo acaricien con mesura y sin atropellos; es acomodado y acomodaticio; se habitúa sin esmero a las baldosas de palacio y a los ladrillos rotos de la casa derrumbada.

En su mirada huidiza y alerta hay más de humano que de gatuno. Y en su vida desordenada y dispersa, elegante y nada envidiada por otros de su especie, hay un orgullo más nuestro que de ellos. Vive con nosotros, a su pesar. Y de nosotros. Como uno más. Ahí radica la única razón fiable por la que alguien le compone una melodía, se fotografía a su vera como si fuera la Torre Eiffel e intenta estrechar entre los brazos como el amor imposible de una vida malentendida. La única incógnita que se me escapa de esta imprecisa radiografía la ha escrito con acierto Antonio Pau: “No sabemos qué sentido tiene el mundo para él, si es que tiene mundo y no vive en un espacio puro”. Ahí, igual que se nos parece también a nosotros. Un destino compartido. Vida de gatos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

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