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22 de mayo de 2021

  • 22.5.21
Volvieron las oscuras golondrinas a Sevilla, pero esta vez no había hermosura o dicha que las refrenaran. Volaban rápidas, haciendo figuras en el aire y decidieron hacer sus nidos en la estación de autobuses que no va a Cádiz. Decenas de nidos fijos pueblan el exterior de la estación, hogar de estas hermosas aves en primavera.


Polluelos que esperan comida sacando sus cabecitas y picos rojos, piando para reclamar sustento. Los padres vienen y van trayendo algún suculento insecto, mientras ellos se resguardan en sus rústicos nidos.

Ellas viven una vida paralela a la que ocurre en el suelo. Gente que entra y sale; enamorados que se despiden; caras llorosas de alegría o pérdida; autobuses que cogen el norte o el oeste a horas fijadas, mientras arriba, en lo alto de la pared de cemento, ellas siguen con su ciclo de la vida.

Atravieso la mañana y las veo volar en vertical, con sus pequeñas alas, en grupo o solas. Espectáculo gratuito matinal que me hace levantar la vista del suelo. El cielo también existe, no solo la rapidez de los pasos. Las encuentro tiernas y preciosas, ¿será por el poema?

No tengo balcón. Las madreselvas no pueden escalar, ni abrir sus flores a la tarde. Solo las golondrinas y el amor me dicen que es primavera en la ciudad de Bécquer. Golondrinas, quedaos un poco más, no es hora aún de ir al sur. Quedaos y regaladnos vuestros vuelos para que nos ayuden a ver la vida que se va.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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