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31 de mayo de 2021

  • 31.5.21
Me levanté temprano y, en ayunas, como es preceptivo en estos trances, me acerqué a la clínica para una extracción de sangre. Nada épico. Lo sé. Pero muchas historias extraordinarias encuentran en su desarrollo un arranque sin fuelle. Las extracciones de sangre, a una edad, comienzan a ser hábitos rutinarios.


Sus análisis nos descifran, a nuestro pesar, los excesos fallidos, las fiestas usurpadas, las cenas frugales. Una escritura encriptada que, una vez descifrada, nos dice cómo somos por dentro: qué no podemos beber y a quién no te debes acercar.

Tengo la suerte de que, en estos trances, siempre me atiende la misma enfermera. Alcanza una estatura correcta y un trato que confunde a cualquiera, formas perfectas que se difuminan en su uniforme sanitario. Es rubia con mechas, de ojos verde aceituna y sonrisa indeleble.

Siempre me pide el mismo brazo: el derecho. Aún no me ha pedido la mano (para quien se haya despistado, es una broma). Abre y cierra el puño, dice. La obedezco. Notarás un pinchazo, me dice. Apenas es un pinchazo, le digo. Ella sonríe. Me sonríe.

Le pregunto qué cómo está, si ha sentido miedo este año de coronavirus, aquí en primera fila, al lado de los enfermos. Dice que, para nada, que es su trabajo. Más hostias da la vida, le digo. Qué me vas a decir, dice ella. Y me lo cuenta con detalles. Tuvo pareja, nunca se casó, pero todo se fue al traste.

La miro. Tiene una mirada serena. También me gusta su mirada. Es más. No he dejado de mirarla desde que me senté a su lado para que me vaciara toda la sangre y me dejara sin sentido. No me succionó toda la sangre, pero sí me dejó sin sentido.

Le digo que me gusta. No se sorprende. Por cómo me miras, algo debes traer entre manos, sugiere. Le digo, bueno, que la invitaría a almorzar, si aceptas. Me dice que por qué no. Salgo a las dos y media, advierte, sé puntual. Solo acierto a decir: como un reloj. Estaré afuera, añado, para sellar el compromiso.

La esperé en la cafetería de la clínica con una cerveza en el mostrador. Salimos a la ciudad hablando de nosotros. Era un día de sol intenso y viento sinuoso.

Eso ocurrió hace dos semanas o más. No sé. Desde entonces no cuento el tiempo. Algunos amigos, de esos que viven en matrimonios intransitables, me preguntan día a día que cómo va lo nuestro. Yo respondo siempre que todo va perfecto, que la nave va, porque es así.

En ocasiones, bromean. Aprovecha, porque cualquier día todo se va al carajo, me dice alguno. No sé si pensando en sí mismo. Sobra el carajo, pienso, pero callo. Con lo bien que estabas solo, dice otro. Lo sabe él, que siempre vivió emparentado.

Yo no les digo nada de sus vidas. Creen que sus descosidos existenciales pasan inadvertidos a los demás. Además, no les gusta morder la realidad sin nada que beber. Se les atasca por dentro como un engrudo indigesto. Vaya pinchazo que te dio la enfermera ese día, dice otro. O el que tú le diste después. Así completa la simplicidad verborrágica y sin gracia del chiste.

Mientras, yo miro a la calle. Ahora la veo venir con sus vaqueros gastados y su sonrisa imperturbable. Ellos la miran con evidente envidia. Pago las copas de todos. Y antes de partir en su busca, el último bromea: También me dirás que lo vuestro fue un amor a primera vista. Lo dice por sus seductores andares y sus ojos chispeantes. Yo le digo que no sé. Pero después apuesto por completar el diagnóstico de mi felicidad:

—No creo. En realidad, fue un amor a primera sangre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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