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25 de noviembre de 2020

  • 25.11.20
Montilla Digital se hace eco en su Buzón del Lector de un relato de Francisco Alcaide, colaborador de este periódico, sobre la celebración del Día Internacional del Día para la Erradicación de la Violencia de Género. Si desea participar en esta sección, puede enviar un correo electrónico a la Redacción del periódico exponiendo su queja, comentario, sugerencia o relato. Si quiere, puede acompañar su mensaje de alguna fotografía.


Sentía con estupor las pisadas que deambulaban por las escaleras. Cuando escuchó introducir la llave en la cerradura, temía de nuevo que el calvario de la noche anterior volviera a repetirse. Un portazo, unos ojos llenos de ira y, de nuevo, un puño cerrado eran la prueba evidente de que la historia sería igual, camuflada en un monólogo dictatorial sin derecho a réplica, un discurso ausente de diálogo preparado para llevarlo a casa y ponerlo en práctica de inmediato.

Agachada, acurrucada en mi vergüenza, intentaba mitigar los golpes con mis antebrazos, apretando con fuerza la mandíbula, procurando que mis gritos no provocaran la curiosidad de los vecinos. Sin lágrimas en mis ojos, suplicaba el fin de su ira, por mis hijos, por mis padres, volví a sentirme de nuevo la muñeca de trapo que es arrastrada de los pelos en las manos de cualquier niña malvada.

Cuando recobré la conciencia, estaba sola con mis pecados, esos que juré ante él que tenía, y mi mala conciencia me dictaminaba. Sin apenas sangre en mis venas, levanté mi estado de ánimo como pude e incorporé mi maltrecho cuerpo hasta que pude lavarme las heridas de la desvergüenza, esas que me provocaron mis actos impuros y pecaminosos.

Y lloré, lloraron mis sentimientos de no ser una mujer perfecta, ardieron mis deseos de no acariciar la felicidad de una persona normal. Y me preguntaba si para querer es necesario destruir, si para amar se debe de torturar, si para acariciar el paraíso hay que pasar primero por el infierno. Todos los días las mismas preguntas, todos los días las mismas respuestas. Golpes y más golpes.

Y entonces, ansiada de caricias, llegaban a mi mente los bonitos sueños de una quinceañera llena de ilusión el día de su boda. Volaba la imaginación cuando pensaba en mi apuesto príncipe cuando aparecía al galope de su esbelto caballo, de las flores que me regalaba, de los versos que me declamaba aunando esfuerzos en que arrancara una bella sonrisa.

Quizás me culpara por haber sido una mala mujer, una pésima madre y una peor amante. Quizás debía de volver a darle otra oportunidad, ofrecerle mi apoyo, escuchar sus problemas y descartar, como me aconsejaba mi amiga, la idea de dejarlo y abandonarlo.

Los moratones que adornaban mi cuerpo debían sanar a su lado y, un día más, estaba dispuesta, mi conciencia así me lo dictaminaba, a seguir junto a él. Cambiará, yo haré que cambie y convierta sus insultos en bellas palabras, sus fuertes golpes en suaves caricias, y sus gestos irascibles en cómodos y tiernos piropos. Yo haré que cambie...

El periódico de la mañana de un día cualquiera abría en portada con la terrible noticia de una nueva víctima de violencia de género. Nunca hubo denuncias, los vecinos no sospecharon, la familia desconocía cualquier atisbo de malos tratos. Rosa, asesinada a golpes en el salón de su casa, no escuchó los consejos de nadie, solo obedeció a la voz de su conciencia.

FRANCISCO ALCAIDE
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

NOTA: Los comentarios publicados en el Buzón del Lector no representan la opinión de Montilla Digital. En ese sentido, este periódico no hace necesariamente suyas las denuncias, quejas o sugerencias recogidas en este espacio y que han sido enviadas por sus lectores.


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