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10 de octubre de 2020

  • 10.10.20
En la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado que hemos celebrado hace unos días nos han explicado la importancia de poner rostro a esas personas con el fin de rescatarlas de las listas de cifras anónimas, sensibilizarnos ante sus graves problemas humanos y ayudarles a asegurar sus derechos de acuerdo con su dignidad humana. El Papa Francisco nos recuerda que los migrantes no son números sino personas que debemos conocer, comprender y amar. Sus sufrimientos no son problemas abstractos sino dramas que generan muertes.


En mi opinión, en esta situación de crisis sanitaria, laboral, económica, social, cultural y educativa, los migrantes pueden enseñarnos algunas lecciones como, por ejemplo, las maneras de luchar para, al menos, sobrevivir. Muchos de ellos constituyen claros modelos de esa pelea que nos serviría para mantenernos a flote en el tsunami que golpea esta tierra firme en la que estábamos cómodamente asentados. 

Estoy convencido de que ellos, por haber tenido que superar mayores dificultades, nos pueden dictar importantes lecciones prácticas con las que extraer, desde el fondo de nuestras experiencias personales, algunas habilidades para superar las situaciones difíciles que se vislumbran en el horizonte. 
 
Además de mostrarnos los procedimientos prácticos para evitar la depresión, es posible que algunos de ellos nos proporcionen unas formas de imaginar nuevos proyectos de vida y de resistir con fortaleza los momentos más difíciles. 

Nos vendría bien que, además de ayudarles, los escucháramos con atención y aprendiéramos de ellos a enfrentarnos con el nuevo mundo que se vislumbra. Además de evitar el paternalismo, podríamos fijarnos en sus maneras de resolver los problemas de cada día y sus habilidades para estimular la inteligencia práctica y la imaginación creadora. 

Al menos aprenderíamos de ellos a descubrir el potencial latente que está encerrado en nuestro interior para combatir el desánimo y para tener el coraje de no amedrentarnos cuando el horizonte se oscurece y cunde el miedo de que el barco se nos hunde.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ


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