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1 de septiembre de 2020

  • 1.9.20
El altiplano granadino tiene sus colores y sus olores. Situado en la zona norte de Granada se alza Huéscar, un pueblo monumental, el más septentrional de la provincia. Con poco más de siete mil habitantes, es de esos municipios inexplorados que se encuentran escondidos como pequeños tesoros. Y este año mis vacaciones han sido en este lugar mágico. Millones de años pueden contemplarse en sus alrededores: paisajes desérticos, bosques y montañas adornan sus contornos. Tierras de los primeros pobladores europeos.



Arenisca, yeso y esparto forman un paisaje estepario que impresiona y que no deja a nadie indiferente. Dunas y dunas formando algo único. Dicen que nada es eterno, pero en estos lugares sí que se nota la inmortalidad. Hay quienes afirman que existen tantos paisajes como observadores porque cada uno de ellos contribuye al entorno con su propia percepción y nadie puede sentir la misma emoción cuando entre estas montañas se va muriendo el sol a fuerza de destellos de sus cristales de yeso.

Espacios infinitos te abrazan con un paisaje de singular belleza. Por otro lado, se alza la majestuosa Sagra, bella, solitaria y misteriosa, que parece un volcán. Es el tercer pico más elevado de Andalucía y sus cumbres permanecen nevadas casi todo el año.

Al entrar en el parque de la Sagra cambia bruscamente y por completo el paisaje. Lo que te emocionó por ser desnudo ahora aturde por lo contrario, ya que está conformado por inmensos bosques de pinos, encinas y enebros. Posee un tapiz vegetal que nos recuerda a la Sierra de Cazorla.

Es ese contraste el que hace que sientas que trasciendes de un mundo a otro, pasar de un erial a unas ricas vegas que se crearon hace miles de años alrededor de ríos, fuentes y manantiales. Junto a peñascos hermosamente desérticos parten ricas y frescas vegas con grandes alamedas que prestan sombras al caminante.

Íbamos recorriendo esas rutas con la cámara en la mano cuando, en una de las faldas de la Sagra, nos encontramos con algo muy extraño en estas tierras. No daba crédito a mis ojos cuando me acercaba y cada vez me parecía más imposible que, en medio de un claro, se encontraran dos grupos de secuoyas. Estos ejemplares fueron traídos desde California en 1839 y la más alta mide alrededor de 80 metros de altura. El diámetro de su tronco es inmenso.

Desde la lejanía diviso Huéscar, la antigua ciudad de Uskar, es la torre de Santa María la Mayor, de trazas realmente monumentales, lo que se distingue en el paisaje. Allí se alza imponente como una brújula en medio de una llanura enorme rodeada de sierras de color añil y pardo, con sus casas de color terroso, nada parecidas a esos pueblos de mi tierra natal en el otro extremo de Andalucía, los pueblos blancos.

Otra característica muy propia de estas tierras y también bastante impactante son las cuevas. Son viviendas que desde el Neolítico han llegado hasta nuestros días, mejoradas y arregladas a nuestro tiempo. Pero no por eso dejan de impresionar esas oquedades en la montaña caliza que mismamente parecen hormigueros diseminados por la tierra seca y terrosa.

En la falda de la sierra de la Encantada existe una cueva que sirve de aprisco para el ganado. Desde Huéscar se puede distinguir la oquedad: es la Cueva de la Encantada y tiene su leyenda. En la cima de la montaña había un castillo donde vivía una bella princesa que, cada mañana, bajaba a una peña que había en las faldas del castillo a peinar su cabellera de rizos de oro que le cubría los hombros y le caía como una cascada de espuma dorada por su espalda.

La princesa no dejaba de suspirar y mirar hacia occidente. Justo por allí llegó un día un trovador montado a caballo que se enamoró de esos largos rizos de oro. El jinete tuvo que marchar a la guerra y se llevó el corazón de la princesa. En prenda de su amor le dejó un anillo mágico que, cuando se frotaba, su poseedor desaparecía y se hacía invisible.

Solo la mañana del día de San Juan desaparecía el sortilegio, y aunque el anillo se hubiera frotado cuando el sol aparecía, la persona se hacía visible. Estalló la guerra y llegó al castillo. La princesa huyó frotando el anillo. Al volver al castillo vio que lo había perdido todo, que había quedado arrasado.

En su huida precipitada del castillo perdió el anillo y se quedó invisible: solo podía librarla del sortilegio el muchacho que le había jurado amor eterno. La princesa se refugió en una oquedad en la falda de la montaña. Cuando aparecen los primeros rayos de sol en la mañana del día de San Juan se la puede ver momentáneamente con un peine de concha y un espejo de plata peinando su pelo y esperando a su amado. De aquí el nombre de la sierra de la Encantada.

Sentada en la plaza del pueblo, mientras escribo estas líneas observo cómo el tiempo no trascurre por estos sitios: se congela, no hay prisas. Los minutos no se cuentan y pasan los días en un dejarte llevar por la vida.

REMEDIOS FARIÑAS
FOTOGRAFÍA: AYUNTAMIENTO DE HUÉSCAR


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