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28 de agosto de 2020

  • 28.8.20
Ringo Starr ha cumplido 80 años. Lo vemos vestido de negro, con gafas oscuras y cascos, sentado a la batería e interpretando con la cantante californiana Sheila E. Come Together, la canción mítica que abría Abbey Road, el último long play de The Beatles, aunque en realidad al final lo fuera Let it be, grabado unos meses antes. Come Together fue un plagio involuntario por parte de John Lennon de la canción de Chuck Berry You can’t catch me.



Este le demandó y llegaron al acuerdo de que John debía grabar un disco que se titularía Rock’n’roll y donde incluiría una versión original de la canción de Berry. Pese a todo, Come togheter se mantuvo como uno de los himnos más identificativos del grupo de Liverpool.

Veo ahora a Ringo Starr pegándole a la batería con una edad impostada, una técnica más refinada y una pasión por la música insólita. Fue el último en incorporarse al grupo, el menos creativo, un cantante mediocre y músico con poco que decir, pero era simpático, no demasiado alto, narigudo, y siempre tenía una sonrisa abierta que ha logrado cultivar y mantener con los años.

John Lennon decía de él –bromeando seriamente– que había sido el peor batería de The Beatles. Desde luego, a los 80 años maneja los tambores mejor que cuando se unió a los amigos con los que obtendría la inmortalidad, en este y en el otro mundo.

Ahora es abuelo de ocho nietos y un bisnieto, sigue igual de dicharachero que siempre y el año pasado publicó su último álbum titulado Waht’s my name, en cuya canción con igual título y, con el mismo humor al que nos tiene acostumbrados, él se pregunta cuál es su nombre y el coro le responde: “Ringo”.

Como no era nada creativo, sus compañeros le incluían alguna vez palabras o alguna frase en sus canciones y por esa misma razón puso voz a dos temas icónicos del grupo de Liverpool: Yellow submarine y With a little help from my friends. Y solo alcanzó a componer entonces dos canciones: Don’t pass me by y Octopus's Garden.

Mi generación vivió con la música de The Beatles, pero a partir de su separación. En 1970 Ringo Starr cantaba en solitario It don’t come easy, canción producida por su compañero George Harrison y compuesta a medias con él, igual que ocurriría con Photograph, sus dos principales éxitos. Yo había cumplido trece años y el grupo ya llevaba un año separado.

My sweet lord, de George Harrison, fue el himno de mi adolescencia. Prefería al beatle tranquilo antes que al siempre controvertido Lennon, al vanidoso McCartney y al inoperante Starr. Conservo una foto de aquel entonces en Las Zorreras y mi semejanza con el Harrison del disco blanco, como dice también Manuel Bellido, es asombrosa. Nos mimetizabámos.

Ringo Starr siempre fue un tipo con suerte. Nació con estrellas y las ha lucido hasta ahora en su nueva vida de octogenario feliz. Se había criado en una familia obrera y había sido dependiente en la carnicería de un pariente, pero a sus 13 años ya sabía que quería ser músico. Ignoraba, eso sí, que el destino le reservaba un lugar privilegiado donde acomodar sus sueños de adolescente.

En 1960 sustituyó a Pete Best como batería del grupo musical. También hizo sus incursiones en el cine, pero el azar no le había reservado ninguna butaca en la primera fila del éxito. En 1975 se divorció de Maureen Cox, que murió de leucemia en 1994, madre de tres de sus hijos, y fue en 1981, en el rodaje de la película Caveman, cuando conoció a Barbara Bach, con quien lleva casado 39 años.

La vida le fue amable siempre, ha reconocido en alguna ocasión, pese a los excesos en sexo, alcohol y sobre todo drogas de los que abusó durante años, pero un día optó por una vida más serena junto a su mujer y en ella se ha alambicado con una energía que nadie sabe de dónde le brota. Tanto es así, que confiesa que seguirá tocando la batería después de los 80.

No era el líder, ni mucho menos, pero sí el más simpático del grupo, y servía de lazo de unión entre los demás. Nunca dio un palo al aire –sirva como metáfora, claro–. Nació de pie y vivió en la gloria todos estos años. No es nada vanidoso, porque sabe, a ciencia cierta, que todo su arte es haber formado parte del grupo más icónico de la música pop.

Siempre fue un cantante de medio pelo y batería mediano, pero supo poner una sonrisa a cualquier desaguisado entre John y Paul. George era con quien siempre le unieron mejores lazos de amistad. El beatle tranquilo vivía una soledad impuesta por los dos líderes y se dedicó a componer canciones de un triple LP para cuando el cuarteto se fuera a la mierda.

Ayudó a Ringo en la grabación de sus primeros discos y contó con él para grabar The Concert for Bangladesh. A nuestros trece años vimos el concierto en un cine de Córdoba. Nos acercamos a la capital en un tren de cercanías que tardó más de dos horas en poner punto final a su carrera de caracol. Cada vez que el maquinista veía un cortijo, hacía una parada. Logramos llegar a tiempo en aquel tren que nunca tuvo problemas con las prisas.

Ahora veo al octogenario Ringo Starr tocando la batería con más ímpetu que cuando lo hacía en aquel concierto por Bangladesh o en otros anteriores con sus compañeros de The Beatles, y veo que la vida ha pasado, no solo por él, sino por todos, y que, pese a los años, nos ha quedado en la piel un amor tan hondo por la música que sin ella sería imposible descifrar nuestras horas presentes e imponer a los días otro ritmo que no sea una secuela de aquellas melodías que nos transformaron para siempre en lo que ahora somos. El abuelo Ringo seguro sé que estará de acuerdo conmigo. Ahora lo veo sonreír. Como siempre. Y sigue sin dar un palo al agua. Pero ahora toca la batería mejor que antes. A sus 80 años.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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