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7 de junio de 2020

  • 7.6.20
En ocasiones, hay cuadros que se convierten en auténticos relatos visuales de hechos que han marcado la historia de nuestro país. Es lo que aconteció con dos obras de Antonio Gisbert (1835-1901): El fusilamiento de los comuneros de Castilla, que aparece en el artículo El bicentenario del Museo del Prado y El fusilamiento de Torrijos. Ambos lienzos los he comentado con anterioridad debido a la relevancia que presentan.



Y ahora, dado que para un diario digital de Extremadura he estado escribiendo la vida de don Álvaro de Luna, quien fuera el valido del rey Juan II de Castilla, me ha parecido oportuno mostrar en este caso la obra del pintor sevillano José María Rodríguez de Losada (1826-1896) titulada Colecta para sepultar el cadáver de don Álvaro de Luna y que, al igual que la primera que he citado de Antonio Gisbert, pertenece a los fondos históricos que se encuentran actualmente en el Senado.

Pero antes de comentar este estremecedor lienzo, realizaré una breve semblanza de quien, sin lugar a duda, fue el personaje más importante en el reino de Castilla en la primera mitad del siglo XV. Álvaro de Luna nació en 1390 en Cañete, un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca. Fue hijo natural de Álvaro Martínez de Luna, noble aragonés, y de María Fernández Jaraba, a quien se la conocía como La Cañeta.

Sobre sus orígenes maternos se sabe muy poco, solo que su madre tuvo algunos hijos más, al parecer de padres distintos. Uno de esos hijos, Juan de Cerezuela, habido en matrimonio con el alcaide de Cañete, un tal Cerezuela, llegó a ser arzobispo de Toledo.

Cuando cumplió los dieciocho años, Álvaro fue introducido en la Corte como paje del pequeño rey Juan II por su tío Pedro de Luna. Muy pronto se ganó el cariño del pequeño monarca que por entonces tenía tres años, dado que este recientemente había perdido a su padre, por lo que el nuevo paje vino a cumplir esas funciones paternas de confianza y seguridad en sí mismo que al nuevo rey siempre le faltaron.

El ascenso en la Corte fue permanente e imparable, ya que llegó a ser condestable de Castilla, maestre de la poderosa Orden de Santiago y valido del rey Juan II de Castilla, al tiempo que se le concedió el título de conde de Alburquerque.

Pero esta acumulación de poder y de bienes siempre tuvo la oposición de gran parte de la nobleza castellana y de los Infantes de Aragón, especialmente el infante don Enrique que se convirtió en su gran enemigo. De todos modos, su declive aparece cuando, curiosamente bajo su consejo, Juan II toma por segunda esposa a la infanta Isabel de Portugal, ya que de forma muy temprana la nueva reina busca incansablemente separar a su esposo de quien había sido su fiel e incondicional consejero durante cuarenta años.

Así, la agitada vida de don Álvaro de Luna acaba el 2 de junio de 1453, cuando había cumplido los sesenta y tres años, al ser ejecutado en Valladolid por orden del propio rey y sin que mediara un juicio previo; solamente contó con el respaldo de diez nobles del Consejo del Reino en esa sentencia condenatoria.

Una vez que se hace pública la sentencia, Juan II despliega todo su poder y fuerzas para desvalijar y apropiarse de las enormes propiedades, especialmente en Castilla y Extremadura, que pertenecían a quien había sido su condestable.

Pronto se llevaría a cabo la ejecución. Así, al amanecer del día 2 de junio de 1453, se presentan en la casa las fuerzas que le acompañarán al cadalso, al tiempo que se le ordena que bajase a la calle. Cubierto de una capa negra, le acompañan dos religiosos franciscanos como parte del cortejo que camina hacia la plaza en la que se prepara la ejecución.

Se llega a una plaza repleta de gentío. El pregonero, que ha ido leyendo durante todo el recorrido el mandamiento de ejecución, acompaña al verdugo para acercarse juntos al patíbulo. Una vez arriba, el verdugo sacó un cordel para atar las manos del condestable y le indica el lugar en el que debe apoyar la cabeza.

Según el cronista Gonzalo Chacón, tras el impacto del hacha sobre el cuello de Álvaro de Luna, se escuchó un tremendo alarido colectivo que salía de la garganta de quienes se encontraban en la plaza presenciando este cruel espectáculo. Instantes después, se cubrió de un denso silencio todo el entorno de la plaza.

El cuerpo del condestable estuvo allí expuesto durante tres jornadas, mientras la cabeza colgada permaneció nueve días. Junto al cuerpo yacente se colocó una jofaina de plata con el fin de recabar las limosnas de aquellos que quisieran darle un enterramiento a quien fue condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago.

Pasados los días, vinieron los frailes de la Misericordia para llevarse el cuerpo y la cabeza a la iglesia de San Andrés, que era el lugar en el que se enterraban a los ajusticiados. Poco después, y con gran acompañamiento, se le conduce al monasterio de San Francisco. Finalmente, reinando ya Enrique IV, primogénito de Juan II, se trasladan sus restos a la suntuosa capilla de Santiago que el propio don Álvaro había erigido con anterioridad en la catedral de Toledo.

Tras la ejecución, el rey de Juan II de Castilla sobrevivió algo más de un año a su valido, pues falleció en Valladolid el 20 de julio de 1454, contando con tan solo cincuenta y un años. Según todos los autores consultados, murió obsesionado con la firma de la sentencia a muerte que había dictado contra quien había sido su leal protector durante más de cuarenta años.



Volviendo al lienzo de la portada, tendría que indicar que José María Rodríguez de Losada, con el fin de dar el mayor rigor a su lienzo, se basó en un fragmento de la Historia General de España, escrita por el padre Mariana.

Sin embargo, el cuadro, cargado de dramatismo y teatralidad, presenta un error histórico, dando lugar a que solo se le concediera una mención honorífica en la Exposición Nacional de 1866: el crucifijo que aparece en pleno centro del lienzo de ningún modo se corresponde con uno del siglo XV; su estética pertenece al barroco, estilo artístico muy posterior a la fecha en la que fue ejecutado don Álvaro de Luna.

Aparte del lienzo de Rodríguez de Losada, hubo otro pintor del siglo XIX que había abordado con anterioridad la ejecución de quien había sido el valido del rey Juan II de Castilla. Se trata de El entierro del condestable don Álvaro de Luna, del pintor madrileño Eduardo Cano de la Peña (1823-1897), obra que se encuentra expuesta en el Museo del Prado.

A Eduardo Cano se le concedió la medalla de oro por este cuadro en la Exposición Nacional de 1857, tras haberla ganado también en el año anterior con su lienzo Cristóbal Colón en el convento de la Rábida. Estos dos premios nos indican que nos encontramos ante uno de los grandes pintores historicistas españoles del siglo XIX.

Esta obra, con claros predominios de los tonos ocres y de grandes dimensiones, carece del enorme dramatismo que mostraba la de Rodríguez de Losada, puesto que, en este segundo, el autor caso se centraba en la recogida de limosnas por los frailes franciscanos para dar sepultura en Valladolid a quien se le considera como el personaje más significativo en la Corona de Castilla de la primera mitad del siglo XV.

AURELIANO SÁINZ


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