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19 de abril de 2020

  • 19.4.20
Cuando visitamos los grandes museos, caso del Prado o del Louvre, y entramos en las salas en las que se exponen los lienzos de tipo historicista es cuando se comprende, por comparación, que actualmente nos encontramos en la cultura de la imagen, puesto que permanentemente vivimos rodeados de ellas, especialmente, por aquellas que se registran y difunden a través de los medios electrónicos que disponemos.



Esta reflexión inicial la realizo en medio de la situación de la pandemia provocada por el coronavirus, epidemia de la que estamos al instante informados de lo que acontece en nuestra localidad, en nuestro país e, incluso, con datos de relevancia internacional. Esto ahora lo sentimos como algo natural y tan ligado a nuestros hábitos que difícilmente podríamos imaginarnos vivir de otro modo.

Pero si mentalmente retrocediéramos dos siglos atrás, tendríamos que saber que todavía no había aparecido la fotografía, recurso técnico que, tiempo después, sería el medio que mostraría la realidad visual de modo objetivo. Esto suponía socialmente un gran avance en el conocimiento de sucesos que acontecían en lugares alejados de donde vivimos y en los que no se podía estar físicamente presentes.

Hasta entonces, el principal medio utilizado para plasmar imágenes era la pintura, técnica que se había convertido en el vehículo de representación visual privilegiado, aunque estaba directamente basado en las destrezas que poseían los pintores. No había pues objetividad entre las escenas plasmadas en los lienzos y la realidad de los hechos, aparte de que, lógicamente, la ideología y valores del pintor quedaban plasmados en sus obras.

Esto es lo que acontece en un conocido lienzo del artista francés Antoine-Jean Gros (1771-1835), uno de los pintores galos que realizó numerosos retratos de Napoleón Bonaparte. Todos ellos con un carácter abiertamente laudatorio, ensalzando la figura de quien fuera general republicano durante la Revolución y el Directorio franceses y posteriormente, el artífice de un golpe de Estado proclamándose emperador el 18 de mayo de 1804 (el 18 de brumario, según el calendario republicano francés), contando tan solo con 34 años.

De todos modos, lo que nos interesa en esta ocasión no es entrar en el estudio de la figura de este conocido político y militar francés, sino en explicar cómo algunas de las epidemias que han estado presente a lo largo de la historia de la humanidad han sido plasmadas en lienzos que actualmente nos sirven para que, por un lado, las podamos recordar y, por otro, veamos que tanto los escritos o las imágenes sirven para dar una visión interesada y sesgada de los hechos históricos.

Es lo que vamos a ver en el cuadro titulado Visita de Napoleón a los apestados de Jaffa, que creara Gros en el año 1804, justamente en el mismo en el que Napoleón se autoproclamó emperador (obra realizada a óleo sobre lienzo y de gran tamaño, ya que tiene 523 cm. de alto por 715 cm. de ancho, como suelen ser las de carácter historicista).



El tema elegido por Gros para la glorificación del nuevo regente de Francia lo toma de la campaña militar de Oriente Próximo y en el momento en el que Napoleón visita a los soldados franceses que eran víctimas de una epidemia de peste bubónica en la localidad de Jaffa (perteneciente en la actualidad a Israel) en el mes de marzo de 1799.

En esta ciudad se produjo por aquellas fechas una epidemia, la llamada peste de Jaffa, que fue descrita por Dominique J. Larrey, cirujano del ejército francés. Esta epidemia causaba diariamente la muerte de decenas de soldados, quienes, inicialmente, sufrían sed, deshidratación, dolores de cabeza, vómitos y dificultades para respirar. Horas después, fiebre con manifestaciones de taquicardia, visiones borrosas, contracciones musculares, estados de delirio hasta que aparecía el bubón en las axilas.

A partir de estos datos, Gros realiza un cuadro con una finalidad claramente política al servicio de la glorificación de Napoleón. En la escena vemos al militar francés rodeado de enfermos que se encuentran en el patio de una mezquita convertida en un improvisado hospital de campaña. Para resaltar su valentía, lo muestra de modo destacado en el centro de la obra, con una especial iluminación y bajo un arco ojival.

Por otro lado, el pintor no duda en mostrarlo palpando el bubón de la axila de un enfermo, sorprendentemente con el guante izquierdo quitado; imagen que contrasta con la actitud temerosa de los dos oficiales que le acompañan y que intentan apartarlo del contacto con los enfermos.

También, podemos observar que algunos de estos enfermos están siendo atendidos por médicos que visten típicos trajes árabes. Gros destaca de manera especial el que mira con desfallecimiento a Napoleón, al tiempo que un cirujano le produce una incisión en la axila, lugar en el que solía aparecer la adenopatía bubónica.

Tras observar el cuadro, cabe hacerse una pregunta: ¿Tan sensible y humanitario era Napoleón Bonaparte como para ser inmortalizado pictóricamente en una escena que, incluso, tiene algunas connotaciones religiosas al recordar ciertas iconografías de Jesús?

Si nos acercamos a lo que nos dicen los historiadores, podemos entender que no fue así, ya que la actuación de los soldados franceses fue brutal, una vez que tomaron Jaffa después de solo unas horas de combate. Tras la toma, asesinaron a bayonetazos a dos mil turcos de la guarnición que trataban de rendirse, al tiempo que, durante los tres días siguientes, se ensañaron con la población civil, robando y matando tanto a hombres como mujeres y niños. Todo acabó cuando el propio Napoleón ordenó que se ejecutaran a los tres mil soldados turcos que habían hecho prisioneros (hemos de entender que Siria pertenecía entonces al Imperio Otomano).

¿Qué función cumplía, pues, la obra de Antoine-Jean Gros? Ciertamente, una función doble: por un lado, la de ensalzar la figura de Napoleón mostrándolo en una actitud que de ningún modo se correspondía con su carácter y, por otro, la de ocultar la brutal crueldad con la que actuaron las tropas francesas en la toma de Jaffa.

Pero, como reflexión que podemos extraer del análisis de esta obra y de la actitud de su autor, hemos de ser conscientes de que la manipulación a través de las imágenes no es algo que se corresponda exclusivamente a tiempos pasados. En la actualidad, dentro del mundo digital en el que nos movemos, se sigue actuando de modo similar o peor, puesto que ahora las imágenes están al alcance de cualquiera, incluso, de los más desaprensivos.

AURELIANO SÁINZ


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