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5 de septiembre de 2019

  • 5.9.19
¿Qué nos ha pasado para que, 230 años después de la Revolución Francesa, hayamos sustituido a los curas por ideólogos y tertulianos de medio pelo? Seguimos siendo rebaño. Durante la Revolución, una turba de súbditos, hartos de serlo, se movilizó contra el que era su monarca "por derecho divino". Con Luis XVI iba también un Antiguo Régimen apuntalado por la Iglesia Católica. “Todo lo sagrado fue profanado”, llegaría a decir Karl Marx.



Desde entonces, mucha sangre ha corrido para que hubiera una separación entre la Iglesia y el Estado, y para que fuera la diosa Razón, y no la moral, la que guiaran los actos de los ciudadanos. Por desgracia, a veces pienso que todo ha sido en balde.

Pongamos un caso ficticio, que apuntalaremos después con hechos. Imaginemos que los cordobeses se encuentran mañana por la mañana con una escultura en mitad de la Avenida del Gran Capitán. Los indigentes que rondan por la zona no saben nada, nadie sabe de dónde proviene tal invento. Sin embargo, sus cualidades artísticas son innegables.

Pongamos que el Ayuntamiento mantiene la escultura en su sitio y empieza a ser valorada por la población. Con los años, se convierte en uno de los símbolos de la ciudad. Los turistas llegan a Córdoba con la intención de ver la Mezquita-Catedral, tomar salmorejo y hacerse una foto con la escultura. Imaginémonos, incluso, que en las tiendas de recuerdos de cualquier parte de España se puede conseguir un llavero con la imagen de marras.

Pasan los años y los investigadores de la Universidad de Córdoba descubren que el autor fue una persona de moral dudosa. Pongamos, un violador, un ladrón de guante blanco, un asesino en serie, un maltratador... Se le atribuyen los peores delitos. ¿Cuál será la nueva relación de los ciudadanos con la obra de arte?

Como suele ocurrir en estos tiempos, habría reacciones para todos los gustos. Sin embargo, estoy convencido de que no faltaría tertuliano o ideólogo ilustrado que, desde el púlpito que le tocara, bramaría contra la escultura. La obra no puede ser separada del artista. El artista debe estar limpio de pecado para que su estigma social no alcance su arte.

No hay espacio para el ciudadano racional, ese ideal republicano por el que tanto se ha luchado. Una ciudadanía que valorara al artista y pidiera a la vez las responsabilidades penales que correspondiesen al autor. Tiene que haber una víctima por consenso social, y un villano al que, con independencia de lo que digan los jueces.

Como bien explicó Zigmunt Bauman,“esa cultura de victimización y compensación evoca la antigua tradición de la vendetta que la modernidad tanto se esforzó por ilegalizar y desterrar, pero que en estos tiempos modernos líquidos parece estar resurgiendo reencarnada de su mal sellada tumba”. Sobra decir, que la vendetta contra el artista no sólo le afectará a él, sino que también a su obra inocente.

Por todo ello, admito que me escandalizó la declaración de Lucrecia Martel, afirmando que no vería la proyección de la última película de Roman Polański. Era la presidenta del jurado del Festival de Venecia, uno de los más importantes del mundo, y su actitud fue más propia de un Torquemada que de una artista del siglo XXI: “Yo no separo al hombre de la obra”.

El seguimiento de la moral del rebaño y la interpretación de la Historia con los ojos del presente no son males exclusivos de España. Los hechos que se exponen ahora son del año pasado. Se le negó un homenaje a la escritora Enid Blyton, nacida en 1897 en el Imperio Británico, por considerarla “racista, sexista, homófoba y una escritora poco reconocida”.

Podría entender que esta acusación fuera un inconveniente para homenajear a un contemporáneo. Sin embargo, seamos serios. ¿Vamos a acusar de racismo y sexismo a una escritora nacida en el siglo XIX? No podremos homenajear sino a contemporáneos que compartan nuestros valores. Contemporáneos que, por supuesto, no tengan mácula. Cualquier día de estos, encontraremos en las plazas de las principales ciudades una hoguera para la quema de libros. ¿Qué va primero? ¿Un Don Juan Tenorio? ¿Unas Novelas ejemplares?

Quizá debamos depurar El Quijote, para eliminar las críticas a los “moros”, las escenas sexistas y las disertaciones morales. Dejemos solo el episodio de la pastora Marcela, y otros relatos sin contenido inapropiado. ¿Y Shakespeare? ¡A la hoguera con Hamlet!

En vez de reflexionar sobre una ética ciudadana, estamos imbuidos en una reivindicación continua de la moral del rebaño. Y el que no siga esa moral, o al menos lo aparente, tendrá que sufrir la estigmatización social: facha, machista… En algunos casos, podemos estar hablando de acoso en redes sociales o situaciones peores en la vida real. Es la represión de la turba.

A diferencia de los curas, los nuevos popes no tienen ninguna biblia a la que aferrarse. Quizá eso sea lo peor. Sus ideas cambian conforme cambian las modas y las ideologías predominantes. Hoy, los jueces de la moral dicen que algo es correcto y, mañana, pueden cambiar su juicio. Y siempre se te juzgará por los cánones más actualizados.

Hoy estás con la jauría, pidiendo la cabeza del hereje. Mañana puedes estar en la picota. Y así están las cosas. Polański es un genio, y eso no quita que deba responder por lo que hizo –confesó ante un juez, no ante un tertuliano, ni ante un provocador en redes sociales–.

Por su parte, Blyton promovió más la cultura con sus relatos que muchos escritores contemporáneos y ministros progres. Y, sin embargo, fue hija de su tiempo, que no se caracterizaba por la defensa de la igualdad social. ¿Quemamos sus obras? La plaza va a parecer el Amazonas…

Yo sí separo la obra del autor, y trato de juzgar desde el contexto. Los hijos no deberían pagar las deudas de sus padres. Y las obras de arte de cualquier tipo no deberían sufrir lo que pensemos de sus creadores.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO


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