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31 de agosto de 2019

  • 31.8.19
Estás mejor que en brazos, se dice. Protegida por otro calor humano, sintiéndote querida y dejándote dormir en la confianza de que alguien te quiere y te cuida. Ella llora para que la cojan. Se está acostumbrando a los brazos, reclaman.



Pero es que es muy chica, lleva muy poco en este mundo y antes estaba en un sitio cálido, libre de cualquier peligro. No es fácil adaptarse a no sentir una piel todo el tiempo junto a la tuya. Por eso cuando la coges y la pones en tu regazo, ella se tranquiliza, se abandona al sueño, recuesta su cabecita junto a tu hombro, adopta la postura de una ranita y utiliza su manita derecha a modo de almohadita.

La sientes respirar y poco a poco sus inspiraciones y expiraciones van bailando un dulce val. La miras y el corazón se te encoge de dulzura. Te da una enorme penita decidir en qué momento tienes que soltar al angelito en su cunita.

Alma solo se expresa por la piel y el llanto. Si te quieres comunicar con ella tienes que observarla, quererla y, a través del amor, intuirla. Al principio la coges para calmarla y al final estás deseando que abra sus grandes ojos y diga algo para que puedas izarla, abrazarla y sentir su aroma cálido mezcla de leche materna, vida y colonia infantil hecha de frescas plantas.

Ya intenta hacer valer su genio: aprieta los puños y levanta su inestable cabecita cuando algo no le gusta. También tiene sus manías... No le gusta tener nada amontonado en sus pies cuando está tumbada en el carrito que le regaló la abuelita.

Es una niña buena, como todos los niños. Llora solo cuando pide algo: comer, abrazos para el dolor de barriga o que le cambien el pañal. Es un milagrito, un pequeño regalo del universo. Una escuela donde aprender qué es la vida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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