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28 de julio de 2019

  • 28.7.19
Hay momentos en las vidas de las personas en los que tienen que enfrentarse a retos, unos imprevistos y otros previsibles, que suponen cambios sustanciales dentro de las trayectorias personales. Uno de esos desafíos se produce cuando se tiene que abandonar obligatoriamente el trabajo que se ha llevado a lo largo de muchos años y que ha supuesto una parte importante de la identidad propia.



Me estoy refiriendo a la jubilación, palabra cargada de enormes y diversos significados para quienes tienen que acceder a la misma en fechas cercanas. Como todos sabemos, la jubilación es la transición de una vida laboralmente activa a la situación de baja en aquel trabajo que se llevado a lo largo de los años.

En algunos casos, este paso se vive como un alivio, pues supone el merecido descanso de una actividad que con el tiempo se ha hecho agotadora y se desea tener oportunidades para uno mismo y dedicarse a aquello que no se pudo hacer antes o a tareas ya decididas libremente.

En otros, sin embargo, supone una ruptura con una labor con la que uno puede identificarse y que, a pesar de las adversidades, ha sido un trabajo verdaderamente gratificante, por lo que dejarlo supone un verdadero pesar.

Dentro del ámbito en el que me muevo, conozco algunos profesores que aman de verdad este trabajo y que la llegada de la jubilación la viven con cierta tristeza. Es el caso de Miguel Ángel Santos, gran amigo, catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga, con quien he compartido varias tesis doctorales, con especial recuerdo a la última que dirigía y de la que formé parte del tribunal que la evaluaba.

Miguel Ángel, tiempo atrás, llegó los setenta años, fecha de la jubilación obligatoria para el profesorado de la Universidad española (la voluntaria, tal como he apuntado en otra ocasión, es a los 65 años, edad a la que la mayoría se acoge). Solicitó y se le concedió estar como profesor emérito durante tres años más, que ya los ha cubierto, por lo que, a su pesar, tiene que dejar académicamente este trabajo que le apasiona. Sin embargo, continúa de manera activa como escritor e infatigable conferenciante.

Puesto que vivimos en dos ciudades andaluzas distintas, el contacto habitual lo mantenemos a través de su blog, El Adarve, en el que participamos muchos docentes, no solo españoles sino también latinoamericanos, puesto que Miguel Ángel visita algunos de sus países con frecuencia, para participar en cursos o impartir conferencias en aquellas ciudades que se lo han pedido.

En El Adarve ya he colgado algunos de los artículos que he escrito y han aparecido en Azagala, por lo que de la revista ya tienen noticias en Argentina, Méjico, Colombia, Chile y Uruguay, conociendo, por otro lado, dónde se encuentra Alburquerque, dado que en los escritos o en los propios artículos hablo de mi tierra.

Y ahora, para que sepamos algo de su blog, quisiera incluir un extracto de la carta que le remití cuando publicó el artículo titulado Docentes jubilados en Cantabria. Lo hice al regreso de un desplazamiento que realicé a Málaga para formar parte del tribunal que enjuició la tesis doctoral de una profesora, antigua alumna suya, y de la que era director de su trabajo.



Querido Miguel Ángel:

¡Qué magnífica idea el que una Comunidad autónoma, como es el caso de Cantabria, tenga un Día del Docente y que en el acto de celebración se rinda homenaje a todos aquellos que se han jubilado!

Eso habría que proponerlo en el resto de las Comunidades, pues, como bien apuntas, resulta ser un modo de gratitud hacia todos aquellos, hombres y mujeres, que dedicaron su vida a la hermosa tarea de formar a las nuevas generaciones, atravesando y sorteando toda clase de dificultades y obstáculos para que la nave no zozobrara en ese incierto navegar que es la formación de personas con los mejores conocimientos y valores que la humanidad nos ha legado y tenemos que transmitir.

(…) Lamenté no quedarme a la cena de la tesis celebrada en Málaga para celebrar la brillante intervención que hizo tu alumna de doctorado y compartir con vosotros la charla colectiva que cierra estos eventos, y en la que ya, lejos de los nervios de quienes se tienen que someter a estas relevantes pruebas, se habla de temas próximos y distantes.

Lo cierto es que era la primera vez que se me invitaba a un tribunal de tesis cuya lectura se hacía por la tarde; siempre habían sido por las mañanas, y las comidas eran la continuación, por otros medios, de esos encuentros de compañeros y amigos que tanto me gustan. Pensé que, quizás, se tomarían unas copas después, por lo que saqué el billete de vuelta de manera anticipada para el último tren que volvía a Córdoba, lo que me hacía imposible quedarme con vosotros.

Al llegar a casa, Flora me preguntó: “¿Qué tal ha ido todo?”. Estuvimos charlando largo rato sobre el tema. Le expliqué todos los pormenores. Entre la información que le proporcioné, le manifesté: “La tesis era excelente al igual que la exposición que hizo Estefanía. Pero lo que más me sorprendió fue la soltura, la seguridad y la claridad de ideas con las que respondió a las numerosas preguntas, de todo tipo, que le habíamos hecho… Creo que ha sido una de las mejores defensas que he escuchado de alguien que tiene que enfrentarse a un tribunal de tesis doctoral”.

(…) Sé que tu jubilación se acerca y que esta tesis ha sido la última que has dirigido en nuestro país. Sin embargo, el trabajo en este mundo que te apasiona no se cierra, dado que vas a continuar en otras formas y que El Adarve, espacio en el que nos encontramos cada fin de semana, nos sirve para que reflexionemos y debatamos, entre otras cosas, de la educación y la enseñanza, al tiempo que nos aúna con otros profesores de Iberoamérica.

Querido Miguel Ángel, siempre te tendré como el amigo y compañero inteligente, sincero y generoso que has sido y que ha respondido en todas las ocasiones que he acudido a ti a pedir cualquier tipo de ayuda o colaboración. No te quepa la menor duda de que siempre estarás con quienes amamos la enseñanza.

Recibe un gran abrazo de tu amigo. Aureliano

Esta es una parte de la carta que le remití a El Adarve, como reconocimiento a su ingente labor educativa a lo largo de tantos años. Ahora la presento en este diario digital porque soy consciente de que la enseñanza, en cualquiera de los niveles, no es un trabajo estrictamente individual y aislado, sino que cada uno de los que nos encontramos en ella formamos parte de un colectivo, más o menos cohesionado, que tiene un objetivo común.

Es por ello que conviene agradecer a todos aquellos compañeros (muchas veces amigos y amigas que se han forjado a lo largo del tiempo) que nos han ayudado a llevar adelante la estimulante, compleja y ardua tarea educativa. Y en el ámbito universitario, esta amistad también se refleja especialmente en la configuración de los tribunales de tesis doctorales, puesto que todo el trabajo de quienes los conforman se realiza de manera desinteresada.

Durante sus desarrollos, no es habitual realizarse fotografías. Casualmente, en cierta ocasión, y al terminar la defensa de una tesis doctoral que dirigí en la Universidad de Córdoba, uno de los asistentes a la misma nos pidió hacernos una conjuntamente. En la misma me encuentro entre grandes amigos que vinieron a formar parte de los tribunales de una de las últimas tesis que he dirigido.

Ahí, de derecha a izquierda, nos encontramos: Miguel Ángel Santos, Juan Daniel Ramírez, quien esto firma, María de los Ángeles Hermosilla, junto a Teresa y Blas, dos magníficos profesores a quienes dirigí sus tesis doctorales.

Con esta instantánea, quiero mostrar mi agradecimiento a todos los compañeros y compañeras de las distintas universidades que aceptaron formar parte de los tribunales de las muchas tesis doctorales que a lo largo de los años he dirigido y continúo dirigiendo.

Ciertamente, sin sus generosos apoyos no hubiera podido cerrar estos intensos, largos y agotadores trabajos. Es lo bueno que tiene sentir pasión por esta especial labor, que te recompensa, entre otras cosas, con la formación de grandes amistades que se forjan compartiendo los trabajos más complejos y laboriosos de la Universidad.

* * *

Posdata: La fotografía que me ha servido de ilustración de este escrito corresponde a una parte del aula donde imparto las clases prácticas de Educación Artística en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Córdoba. Allí, alumnos y alumnas, en un ambiente tranquilo, llevan a cabo sus trabajos de dibujo, pintura y diseño gráfico, sea manual o asistido por ordenador.

AURELIANO SÁINZ


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