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11 de septiembre de 2015

  • 11.9.15
En estos momentos, la esperanza de vida es alta y ello hace que la cantidad de personas mayores en buenas condiciones físicas e intelectuales sea envidiable. Mayores con un amplio abanico de posibilidades a las que adherirse, tanto lúdicas como culturales o de ocio y que derrochan vitalidad. El final de la vida laboral se sitúa, por ahora, cuando la persona aún está en plenitud de sus facultades. Pero no todo es felicidad en el tema.



La llamada eufemísticamente "tercera edad" –antes se le denominaba vejez– comienza a partir del preciso instante en el que una persona deja de trabajar y pasa a la jubilación voluntaria o forzosa y termina con el final de la vida. En su conjunto, para lo que quiero explicar, este periodo de la vida podríamos compararlo con una estantería con múltiples anaqueles: unos son intercambiables y otros fijos.

En un primer estante situaríamos a las personas que a partir de los 60 años puedan estar jubiladas y pasados incluso los 70 estén en condiciones aceptables física y mentalmente. La etapa es tan amplia que, a su vez, cabría distinguir diversas circunstancias vivenciales según el servicio que puedan prestar sus integrantes (abuelos con cargas) o la carga que supongan para la familia (viejos dependientes) a partir de un determinado momento que tiene fecha de caducidad pero que se hace eterno para todos. A la realidad me remito.

En otro grupo entran esos mayores jubilados que gozan de una salud envidiable, son independientes, no son abuelos y a lo más sólo tienen cargas económicas con hijos semiindependientes a los que yo llamo “becarios de pensionistas” porque les ayudan económicamente.

Vamos a desglosar todo lo expuesto hasta ahora. Los mayores independientes, amén de dedicarse a sus aficiones, muchos de ellos están haciendo una labor social interesante en organizaciones de ayuda, sobre todo en las grandes ciudades. Pueden viajar si les place y son dueños de su tiempo. Digamos que disfrutan todo lo que pueden de un tiempo que merecidamente se han ganado a lo largo de su vida. ¡Que les aproveche!

El círculo mayor lo configuran esos abuelos y abuelas que, para alegría de la familia, disfrutan de los nietos y con frecuencia son explotados al tener que cuidar de ellos por obligación, faena que a veces les rebasa porque la vitalidad infantil sobrepasa sus menguadas fuerzas. Sin embargo, su capacidad de entrega y de aguante es ilimitada, a pesar de las goteras que pueda tener su edificio.

Esbozo un breve repaso de ese rol tan especial que están cumpliendo muchos de ellos. Y como suelen ser personas muy responsables, con frecuencia soportan servidumbres que van más allá de lo que deben porque decir "no" a los hijos implicaría malas caras, roces no deseables. Ante todo, el deber. ¿Defectos de una educación que les enseñó a dar el callo? Posiblemente sea sí.

El papel de los abuelos ha cambiado en la sociedad actual de manera estrepitosa, hasta el punto de pasar de sujetos pasivos a ser activos e imprescindibles en el cuidado de los nietos, bien porque los padres trabajan, bien porque el agobio económico es grande y son aprovechados como una alternativa a la guardería o al parvulario. Un tercer pretexto es una clara manifestación “del egoísmo de una sociedad que les exige demasiado”. En muchas ocasiones se les está “explotando descaradamente”.

¿Peaje que están pagando en muchos casos? Según datos recientes proporcionados por la Ong Educo “ocho de cada diez abuelos ayudan económicamente a sus hijos y nietos”, hasta el punto que si no fuese por ellos “muchos niños no recibirían una alimentación saludable”. Abuelos que se ven obligados a reducir el gasto en su propio sustento para cubrir dicha precariedad. El video que adjunto habla por sí solo.



En el estante fijo colocaremos a los ancianos. Cuando decimos de alguien que es mayor nos referimos a que tiene mucha edad. Claro que lo de "mucha" es un calificativo relativo. ¿Cuánto es mucha? ¿Octogenario, nonagenario...? Simplemente es una persona vieja. La edad está más en la mente que en el cuerpo.

El concepto "viejo" o "vieja", según la RAE se refiere a alguien que ha sobrepasado los 70 años, edad a partir de la cual los achaques, tanto físicos como psíquicos, pueden hacer mella en la persona. En nuestro entorno, la palabra "viejo" está cargada de un cierto matiz despreciativo al ser considera la persona ya mayor como un incordio, una carga, agobio e incluso desesperante frustración. La realidad es que los viejos molestan, estorban y no sabemos qué hacer con ellos.

Maticemos que hay viejos y viejos, ya que superar los 70 años no siempre significa ser un mueble que estorba en todas partes. A veces decimos, como apelativo cariñoso, “mi viejo, mi vieja” para referirnos al padre o la madre, pero lamentablemente viejo es algo (o alguien) inservible, sin provecho, un incordio, una molestia.

Las circunstancias familiares y sociales han cambiado. Si hay trabajo, hombre y mujer salen fuera de casa. Mal que nos pese, el hombre no ha asumido su parte de obligación doméstica por lo que es la mujer la que, sobrecargada, intenta mover el carro. Los viejos molestan en casa y, si me apuran, hasta los hijos, razón por la cual a estos, si podemos, se les carga de actividades extraescolares, por supuesto fuera de casa.

Pero el gran problema son los viejos. Hubo una época, algo lejana ya, en la que vivían en casa de una hija –tema este a discutir, pero sin remedio– porque las casas eran más grandes, la mujer no trabajaba fuera y atendía a niños y abuelos. La solución hasta hace poco eran las residencias para mayores con todo el trastorno que supone ser erradicado del propio hogar –y, por otro lado, el precio–.

Pero –siempre hay un pero y en este caso importantísimo– las residencias de mayores cuestan un ojo y parte del otro. La situación económica familiar se ha ido deteriorando a pasos de gigante en los últimos años. La parca pensión del viejo hace falta. Así, que se queden en casa porque su pensión viene muy bien.

¡Ay dolor! Achaques, enfermedades propias de la edad, deterioro…, y poco a poco se convierten en una carga insoportable. ¿Qué hacemos con los viejos? Aquí entra en juego la cuestión grave. La realidad: surge un serio conflicto a la hora de afrontar el problema. Es complicado, por no decir muy difícil y a veces imposible, aunar voluntades de hijos e hijas, yernos, nueras, para dar salida al tema.

¿Repartirse el tiempo con los abuelos? Si tienen su casa hay que ir a cuidarlos y a la larga es un incordio; otra alternativa es un mes tú, otro yo… Y el viejo o la vieja, como la “falsa monea” van desubicados, perdidos por el mundo, porque “nadie se la quea”.

La casuística es muy variada. Es de pena conocer casos de hermanos y hermanas peleados por este asunto. Hermanos varones que se desentienden del tema. Ironías de la vida: en muchos de los casos han sido los favoritos del padre o de la ladre y hasta le han chupado la sangre, pero ahora no quieren saber nada. Hermanas que se llevaban a matar porque una de ellas elude su obligación y cumple mal lo poco que hace.

Y esos padres que son viejos pero no tontos, sufren en silencio, no dicen nada y callan. Tensiones, malas caras están a la orden del día hasta tal punto que los nervios y el mal humor chirrían por todas partes. Saben que son un estorbo e intuye que en muchos de los casos están deseando que se mueran. Lamentable pero cierto.

En otro estante y muy a la vista para todos, están los viejos y viejas que chantajean, que aprietan, que amenazan y juegan con los sentimientos de los hijos y unas circunstancias ya de por sí complicadas. Toda la situación se convierte en un inferno para unos y otros, con el agravante que el mayor parece que disfruta provocando situaciones límite. Hijos, nueras y yernos terminan por aborrecer todo lo que rodea este tipo de escenario.

En un estante arrinconado hay un tercer grupo conformado por esos mayores que viven solos porque no tienen familiares o han sido abandonados a su suerte y que malamente se valen por sí mismos. En temporada vacacional lo pasan mal porque no hay nadie en el barrio. Dependen de asociaciones altruistas, voluntarios que pasan a verlos y resuelven algún problema material. Lo único que no logran enjugar son las lágrimas de la soledad.

El cuadro que he pintado no está completo. Tampoco estoy exagerando. La realidad es aun más triste y lamentable de lo que aquí pinto. ¿Intención? Reflexionar sobre un asunto de solidaridad familiar para no amargar ni amargarse. Soy consciente de que el día a día es duro y pide nervios de acero y un poco de cariño. ¿Más? No tengo respuesta.

PEPE CANTILLO


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