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PSOE MONTILLA

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5 de noviembre de 2013

  • 5.11.13
La pérdida del Partido Socialista como referente hegemónico de la izquierda, como eje de alternativa de Gobierno, no es un horizonte en absoluto positivo para España. Predecirlo es hoy temerario pero que el riesgo existe no es para nada descabellado y, aún menos, que sea tan solo el aceite de una auténtica ensalada donde se conjunten para llegar al poder las más diversas, dispersas y hasta contradictorias fuerzas e intereses con todos los condimentos, desde neobolcheviques nostálgicos hasta separatistas enfebrecidos. Pero que el PSOE se acabe despeñado definitivamente o se vea envuelto en un pisto indigerible no es algo que esté en otras manos remediar que no sean las suyas propias.

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El PSOE es el partido que, con fuerte diferencia, más tiempo ha gobernando en España desde la restauración democrática. Con todos los peros que se quieran, ha supuesto una cierta vertebración de la Nación desde esas posiciones que hemos convenido en llamar de izquierdas. O, al menos, eso nos han vendido; eso nos han hecho creer y hasta muchos han creido.

Aunque sus derivas y sus pactos allá donde han tenido ocasión –con ERC en Cataluña, con sus más variopintos primos en Baleares o con el BNG en Galicia- hacen que mantener esta afirmación resulte muy cuestionable. Y cada vez más.

Porque es ahora el propio PSOE el que se encuentra con su poder bajo mínimos, con su falta de proyecto, liderazgo, ideas y proyecto y en una situación que es algo peor que una encrucijada. Porque se está jugando todo. Todo lo que ha sido y supone que va a ser en algún futuro.

Ese aprendiz de brujo que fue Zapatero, que comenzó a revolver en los calderos todas las pócimas y que, a la postre, acabaron por explotarle, haciendo crecer los perores fantasmas y acabando por dejar destrozada la alquimia y socarrado al alquimista.

Porque, amén de sus dislates generales que nos han hecho polvo a todos, el simpar ZP dejó el partido a los “suyos” como un verdadero erial. Hecho unos zorros de este a oeste y de norte a sur. La cosecha de Rubalcaba en las elecciones fue el fruto de sus desatinos y si el PSOE tuviera los redaños de afrontar la realidad, lo primero que habría de asumir y dar portazo es a esa herencia y a esos modos; a aquel hippismo-leninismo que les ha dejado desarbolados y a borde de un naufragio que puede ser definitivo.

La actual tesitura a la que se enfrentan es quizas la más grave de su historia reciente. El asunto catalán, de una gravedad más allá de una discrepancia, afecta en realidad al cogollo, a los principios fundacionales y a la razón de ser del PSOE como partido nacional. Y o lo resuelven o se los lleva por delante. En Cataluña –que en la práctica ya lo están- pero, de rebote, en el resto de España.

Así lo entienden algunos, pero el equipo de Ferraz –si es que a esa cuadrilla de ocasionados puede llamarse tal cosa- persiste en una deriva que cada vez se antoja más suicida. A lo que en estos momentos juega Rubalcaba es un incomprensible arcano.

A dónde pretenden llegar Valenciano y Soraya o hacia qué lugar puede conducir esa nave Óscar López es algo que no puede por menos que poner la carne de gallina, ya no solo a los veteranos dirigentes que empiezan a comprobar que lo imposible se haya conseguido –o sea, “superar” a la tropa de Pepiños y Aidos- sino a aquellos como Susana Díaz o Javier Fernández, los únicos poderes reales territoriales que les quedan, que se ven obligados a trascender de los mismos e imponer un grado mínimo de cordura.

Que alguna expectativa en tal sentido se abra paso en la Conferencia Política es una posiblidad, pero por lo que uno ha escuchado a quienes la están cocinando, las cosas no van en tal dirección, sino bien al contrario, perseveran en la inercia, la absoluta falta de autocrítica y a la nula voluntad de ese golpe de timón imprescindible.

Porque este rumbo lleva directo a la escollera. Y esa cantinela que suponen que habrá de cumplirse por la simple fuerza de la ley de la gravedad, “el día en que volvamos a gobernar” no tiene por qué llegar sí o sí. O que llegue cuando las ranas críen pelo

ANTONIO PÉREZ HENARES
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