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Calibre 12 para las alimañas

Sé que esperaban que mi artículo de hoy atajara por la baranda más corta de la semana. Esto es, el posible traslado de los restos del cadete cacahuete, generalísimo pitoflaútico que ahijó a todos los españoles a base de briba y gatillo, cuyo tufo aún cautiva a algunos marsupiales. Personalmente, prefiero que se quede donde está, aseñoritado y asesino, alzado con botines y bacterias, no vaya a ser que su espantajo no esté donde debería de estar y nos enteremos que no está muerto, que está de parranda. Peor es meneallo, créanme.

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Hay que ver cómo somos los españoles desde que se despechugó La Católica y cogió el llavero del burdel. Vamos al escarbadero más roñoso: veneramos a alfeñiques de la milicia, a las barderas que se pegan a las colinas, a curas cuerveros y santones de escuerzo; a reyes tan tontos como mecheros, a ponis con medalla que no sirven ni para caldo.

Sin embargo, qué poco nos gustan las caritas monas y la albañilería fina. Y cuánto nos entusiasma la pequeña moral y el encabronamiento rematado en punta. ¿Intelectuales? ¿Pa qué? Por la sobaquina nos los pasamos.

En este país, si algo es digno de estudio sociológico es el padrón de imbéciles que lagartean cuando escuchan las campanillas y quieren dar sobreseimiento a la memoria con ese pendejo tan español que les sale en las ingles cuando de argumentar se trata.

Cada vez que pego un resbalón y tropiezo con los picachos de la Justicia española, siento la garrocha picando su billete en mis pantorrillas. Te dan ganas de explotar en arameo aunque al final te declinas por parir un avemaría según San Pablo: los moscones se solapan con los manteles. Nos queda el requesón.

Tras el segrí y el pesador de la noble señora (Justicia) llega el trigo salmerón de su espada, el marramiau de tantos charcos que van dejando infartos y perico, mansedumbre y cigarros que no tiran. Nuestra justicia es una birria cavernaria y desabrida. Huele a mercenarios cimbrados, a mural fúnebre de empanadas mentales.

De esta democracia pusilánime de bufé libre y ambrosía, que usa mocheta con los poderosos y ajorcadura para los aldeanillos, hemos de destacar dos clases de puntapié a quien no sirve para ganacias de su buchaca.

Una, la que nos propina la casta política desde el mayúsculo vertedero que atesora en sus turbias mesetas. Nos pegan hostias cascabeleras tras las verjas que representan la desafección más inmunda. Elaboran leyes sus señorías, la mayor parte de ellas sirven para limpiar la glotis del gallino o para meter gatos en el culo de los apóstoles.

Las demás, para hacernos vivir una Pascua de los moraos continua, para revolcarnos en el odioso mundo de los decimales. Dejamos el mundo de los ataderos falangistas, donde en cada población descansaba la ley en las caderas del muñecote más imbécil, hasta llegar a una democracia de la irresponsabilidad donde se amadriga a los despabilados y se difunden pasquines de la idiotez.

¿Qué no es la Constitución sino la agachada de una manada de frailes que soñaron con ser Falete? La Carta Magna es el bardal donde caímos cuando en la noche de los tiempos fuimos a soltar el cabello de ángel de una meadita tras un furtivo escarceo amoroso. Ahí que fuimos a parar, con la Constitución sableando entre el monedero y el cóccix. Es lo que tiene bailarse un merengue después de librarse de La Paca: que acabamos secos sólo por las puntas.

La segunda clase de puntapié galopante ha de ver con la Administración de Justicia o también con el despacho de lo absurdo. Y lo indignante, relamido en cifras. Cafelito va, cafelito viene; butrón va, puterío entre parientes viene: alfalfa y fiambrera. Poco y mucho para describir un estado de desprotección que hace del aldeano español la víctima propiciatoria de un sistema democrático que parte de un fraude cacofónico con pecado original.

Una Justicia insolvente, controlada por los bandidos de tarasca, hecha por y para los delincuentes mas ruines. Y para los poderosos más céntricos, mire usted. Una administración de Justicia espantosa, canallesca, que ni sorber se puede, pues las leyes son otra longaniza más del sistema para encalar la fachada democrática.

Es el saladero para el que quiera sal y para el que quiera agua. Esto es para apedrear a los legisladores y a algún que otro magistrado. Como un trapo pondría yo a los que ignoran el sufrimiento de las gentes. Etarras a base de cigalas y Moët & Chandon, con chuletas de politono, y a desgraciados que han robado un salchichón les dan una vuelta en redondo hasta que les salgan los dientes de leche.

¿Esto qué es? Chapote, Cheroki, y todo ese merendero de lechuguinos que ponen un huevo nada más ser cogidos por la policía. Se ríen en las audiencias. Se ríen, se mofan, se lo pasan pipa… middelton. Mono naranja, cadenas en pies y manos, y un juez más enlutado que el picón. Y un buen mazo que les haga resudar.

Cuando contemplamos estupefactos cómo la muerte violenta de muchas personas sale gratis, cómo nos acongojamos cuando advertimos cómo cuatro papanatas hijos de la Magdalena se ríen de unos padres desolados, nos preguntamos con inusitado enojo: ¿dónde está el puntillero de esta corrida? Nadie piense que este mi alegato es una defensa cerrada ni una exaltación del "ojo por ojo". Ya lo dijo el cardenal Martini: "quien mate a Caín lo pagará siete veces".

No se lleven a engaño. Yo confío en la Justicia, cruda y cocida. Pero algo tengo meridianamente claro. Si algún desaprensivo hiciera daño a los míos, visto el tipo de condenas que se dispensan por la piel de toro, yo pongo a dieta al halcón y no le doy agua en un día.

Mi confianza en el Estado de Derecho está bajo mínimos. Hoy estoy pensando con etiquetas, estoy reforestando mi desánimo. Quizás esté calibrando con espíritu menor. Disculpen los progres con bocina. Yo estoy hoy con los padres de Marta del Castillo, con los padres de Sandra Palo... Hoy pienso en aquellas chiquillas de Alcásser.

Hoy, a medio cigarro del santo patrón de Montilla y del vómito del rezagado de hace unos minutos, yo os confieso que, si yo estuviera en el pellejo de alguno de esos padres... Paciencia. Calibre 12. Confiad en la Justicia... Hasta que se abran las puertas del juzgado. Después: calibre 12, hueso frontal.
J. DELGADO-CHUMILLA
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