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20 de mayo de 2011

  • 20.5.11
Hace justo dos semanas, en mi última exposición pública en este foro de opiniones y debates, les contaba algunas razones por las que considero seriamente que el sistema democrático en España es algo más que falible: aproximadamente un desastre. Ustedes, lectores ávidos de argumentos, me devolvieron respuestas de distintos tamaños y formas, evidenciando que siguen esta humilde columna personas con un alto grado de comprensión lectora, coeficiente intelectual y madurez –también los hay que no pasan del argumento manido y fallido de calificar como "fascista" o "franquista" a quien sólo expresa la necesidad de cambiar tanto las leyes electorales como los propios conceptos ya digeridos, asimilados y excretados por la inmensa mayoría de la ciudadanía; de todo hay en la viña del Señor-.

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FOTO: SAMUEL SÁNCHEZ

Ayer mismo, mi compañero en estos espacios Daniel Guerrero escribía un artículo que yo calificaría como exuberante y magnífico. Manteniendo posturas, por lo general, bastante distantes de este servidor de ustedes, sin embargo dio en el clavo del mensaje –para nada oculto- de mi columna anterior: la imperiosa necesidad de exigir responsabilidades a la clase política y cambiar de una vez por todas el modelo de concejal, parlamentario o diputado encolado al sillón sin peligro de despido por ineficiente. Felicidades, querido Daniel.

No hay más que ver las noticias en televisión, escuchar la radio o leer los diarios para comprobar cómo ambos artículos reflejan una realidad dura y sonora: la noticia de moda esta semana es la concentración en varias ciudades de España de grupos de descontentos, indignados se hacen llamar siguiendo las pautas de ese librito de Stephan Hessel. Y, por supuesto, esta columna de hoy hablará, sobre todo, de ellos.

Me parece que la reacción de grupos civiles, personas que no están en modo alguno vinculadas con la vida política no es solamente una cuestión de salud democrática, sino que como las antiguas purgas con hierbas del campo, es claramente necesaria y conveniente.

El pueblo puede ser –de hecho, lo es- ignorante, pero no es tonto, y siente cómo sus expectativas de futuro van cayendo por momentos como en aquellas terribles imágenes del transbordador Challenger: sube, sube y sube y de repente estalla en mil pedazos desintegrándose en el aire. Esta concentración de jóvenes, adultos y jubilados sin esperanza, profetas revolucionarios de un cambio que necesariamente ha de llegar, es sin duda el síntoma de que algo no funciona bien en nuestro sistema democrático.

Que no quede ninguna duda de que estoy convencido de que, en su origen, estas concentraciones se formaron por ciudadanos sin ningún tipo de vinculación con partidos o agrupaciones políticas. Cosa diferente es que las medidas que proponen sean absolutamente descabelladas, inútiles y más antiguas que los balcones de palo. Pero de eso se trata: de proponer cosas y discutir entre todos cuáles se llevan a cabo y cuáles no.

Lo que sí que da realmente pena y vergüenza ajena es la aparición de los bufones de siempre. Todos los partidos políticos han querido, exactamente igual que hacen los buitres, apropiarse de la oveja –la idea- y comérsela de un bocado. El Partido Popular aconsejándoles que les voten porque la culpa de todo es de Zapatero, una vez más. Y el PSOE queriendo hacer amiguitos dentro de las filas de estos indignados. "Papá PSOE está con vosotros, hijos míos; lo que venimos haciendo hasta ahora es mentira, en realidad nosotros queremos hacer lo que vosotros pedís, y lo haremos".

Qué lamentable. Me recuerda a esas promociones que se hacen de vez en cuando, a las que van todos los catetos a que les regalen una botellita de aceite y un mollete, y se pegan codazos, patadas y hay hasta broncas por conseguir un simple desayuno. Hala, todos a mojar pan a ver qué sacamos de bueno de esto.

Ojalá, entonces, que estos concentrados, indignados, descontentos o como quieran llamarse, no terminen siendo los títeres de los grandes partidos, sentados y apoltronados en sus sillones de concejal, parlamentario o presidente del Gobierno.
MARIO J. HURTADO


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