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Canonización de la acracia

A veces choca y causa extrañeza esa inefable inclinación de los gobernantes locales a ponerse de rodillas ante el primer famoso, o a punto de serlo (casi siempre por vía televisiva), que se cruza en su camino. No exagero. Hay quien ha sido agasajado y ungido de gloria, con la Corporación al completo rebosante de felicidad, por el solo hecho de ganar un reality show. Ese era su incomparable mérito.

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Pero es que esta cosa del indecoroso babeo ante los triunfadores de medio pelo llega a situaciones esperpénticas: no son pocos los pabellones de deportes que llevan nombres de atletas que han salido rana. O los honores que, en un desmadrado exceso de generosidad de las autoridades de turno, han recibido mindundis que se hacen pasar por artistas. Así nos va.

Por eso reconfortan algunos destellos, aunque sean transitorios, de sensatez que se ven por ahí de vez en cuando. Como el que han tenido los ediles del ayuntamiento de Málaga –lo que se dice por clamorosa unanimidad– para rotular una calle de la ciudad con el nombre de Tabletom.

Es lo que se dice un homenaje a tiempo a sus hijos más iconoclastas y heteredoxos. Pero también unos de los más queridos y apreciados por paisanos de diferentes generaciones, que se identifican plenamente con su peculiar modo de ser: lúcidos, independientes y apegados a un descacharrante ingenio.

Lo suyo no es el arrollador éxito de ventas. Tampoco son inquilinos del prime time televisivo, ni figuran en saraos y salones del poder, y nada se sabe de ellos en las satinadas páginas de las revistas de moda. Tabletom va por libre.

Representa la acracia ilustrada. El gusto por las letras y los versos canallas. La afición a los juegos de palabras que retienen todo el jugo de la jerga callejera, su humor implacable de tipos acostumbrados al ajetreo, las estrecheces e insuficiencias de los barrios. Esa es su clarividencia, el hallazgo que los conecta al suelo.

Gastan una manera de vivir que nunca los va a hacer millonarios. Pero pueden medir su fortuna, la de unos tipos que han hecho himnos de sus canciones, por la cantidad de apoyos, sinceros y entusiastas, que han rodeado la propuesta de inmortalizarlos con una calle.

Además de los innumerables colegas que se han apresurado a felicitarlos, la noticia ha corrido vigorosa por las redes sociales. Ahí cuentan por miles sus partidarios. Fanáticos de Tabletom que, mejor que una calle, proponen que se les conceda una plaza con sus bancos y sus jardines, en los que suene Bob Marley y el Reggae las macetas. A todas horas. La lista es larga para mudarse a ese sitio.

Lo que aún no se ha decidido es en qué lugar estará la placa con su nombre. Ellos prefieren que sea en un barrio popular, por lo que tiene de cercanía a su infancia, y a sus costumbres. Pero eso es lo de menos.

No creo que nadie se espante si se elige el centro. No sé, cerca de uno de esos lugares, entre bares bohemios grasientos de madrugadas, por los que tanto se ha movido Roberto González, el vocalista aduendado bajo cuya sempiterna barba se esconde la garganta más libertaria de la ciudad del paraíso. Es, precisamente, su voz rota, y el virtuosismo como músicos de sus compañeros, los que van a ser reconocidos con tan alto detalle institucional.

No hay motivo para el sobresalto. Ni siquiera lo tienen los que son más reacios a recompensar a artistas tan alejados de lo correcto y lo convencional. Tabletom son de otra pasta. Quizás del Rif. Afgano, a lo mejor. Y nunca lo han ocultado. Mefistófeles, quien también forma parte del callejero malagueño, estará encantado de compartir el honor con ellos.
MANUEL BELLIDO MORA
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