San Juan de Ávila será 'Doctor de la Iglesia' en octubre

Ya hay fecha. El próximo 7 de octubre, Benedicto XVI proclamará 'Doctor de la Iglesia Universal' a San Juan de Ávila, al inicio de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos que se celebrará en Roma, tal y como lo ha anunciado el Sumo Pontífice durante el rezo del Regina Coeli.

La montillana Ángeles Pedraza seguirá al frente de la AVT

La montillana Ángeles Pedraza ha sido reelegida presidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), un colectivo fundado en el año 1981 y que, según sus Estatutos, pretende "socorrer a todas las víctimas del terrorismo del abandono y marginación del Estado".

Montilla acogerá un 'Enduro Indoor' el 30 de junio

Pese a los cambios de última hora que la Federación Andaluza de Motociclismo ha introducido en el calendario de las diferentes disciplinas deportivas para lo que resta de temporada, el Moto Club Montilla ha decidido mantener su Campeonato de Enduro Indoor para el próximo 30 de junio.

Descienden las visitas al Museo Garnelo a finales de 2011

Las visitas al Museo Garnelo cayeron en un 35 por ciento durante el segundo semestre del año 2011. Así se desprende de un estudio elaborado por la Oficina Municipal de Turismo en el que se detalla que el 60 por ciento de las visitas se concentraron entre los meses de enero y junio.

Polonio se queja por la impugnación de las oposiciones

La senadora por la Comunidad Autónoma de Andalucía, Rosa Lucía Polonio, reclamó al Gobierno, durante una comparecencia ante el Pleno de la Cámara Alta, una "rectificación" de la decisión hecha pública el pasado mes de abril de impugnar las oposiciones convocadas por la Junta.

Las hermandades se oponen al traslado de la Feria de Día

Las hermandades y colectivos que desde hace dieciséis años vienen promoviendo la 'Feria de Día' en el centro de la localidad mostraron su "rechazo frontal" a la propuesta del equipo de gobierno del PP de trasladar esta celebración al Recinto Ferial, en el entorno del Polideportivo.

Prohíben "redadas indiscriminadas" de inmigrantes

La Dirección General de la Policía ha publicado una circular que prohíbe expresamente a los agentes "establecer cupos de identificación de extranjeros", así como desarrollar "actuaciones masivas o indiscriminadas basadas en criterios étnicos", una práctica denunciada por la AUGC.

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25 de mayo de 2012

Cuando el gato me pise el rabo

De pequeño, pollo a cámara lenta, adoraba los jaramagos, las obleas de los curas, el aguafuerte, la cintura de los camellos y pisarle el rabo a los gatos. Los mininos chanelaban del tema y no se me acercaban cuando ponía cara de abrillantador. Eso sí, se hacían un canutillo mareoso y te mostraban los alfileres como quien amenaza con el sobaco sudado. Me resultaba fascinante un barbero de mi pueblo, de remoquete Jopo, también gatuno, porque mientras hacía tiempo para pasarme la navaja, podía mirar de reojo las revistas porno y verle las peras a Marta Sánchez. Ni él ni su antigua barbería han sobrevivido a las rencillas del tiempo.

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ILUSTRACIÓN: LUIS CÁRDENAS

Aquello era el "paraguay-bombay". Y llegó "la complutense" de la vida, las tenazas para sacarte las muelas, comenzaron los pedestales a caerte sobre la cabeza. Hay que fastidiarse.

Mis héroes han cambiado a medida que yo me resisto a pasar por el filo de la espada. Curro Jiménez corre de espaldas en una yegua rucia y el resto de la guerrilla de mi infancia ronca en un arrecife de trabucos y papillas. Más bien lo que ha cambiado ha sido el perfil de héroe.

Los de antaño eran carpintería artesanal, tenían pujanza, hervor. Los de ahora son sepultureros y gorrones, hechos de pacharán y circo.

Pasamos del ferrero rocher a la megafonía del caballo de bastos. Mis ídolos hasta ahora eran los mismos superhombres que andaban de azotea en azotea, velando por el guisado de cada casa con el abanderado por fuera de la elástica. Te vigilaban el cocido poniendo en peligro sus costillas y el lomo.

De forma poco convencional, me fascinaba David el Gnomo, por ejemplo. Ahora me puedo creer que es siete veces más fuerte que yo... y veloz. Y siempre está de buen humor.

Yo sentía preferencia por el Zorro: un tipo leal, astuto, fuerte, decidido. Hasta guapo. En mi infancia, mi abuelo, que era como un gigante armado cogido por hilos, me enseñaba dónde se bañaban los jabalíes, dónde las grajas tenían su guardería montada... Y me mostró dónde ahorcaban los cazadores a los zorros.

Reconózcanme que un ser diminuto con gorro de cofradía que consigue que un lobo no se coma a un cordero y que este cordero no se coma una col y meterlos a todos en una barca... ¿No es acaso un genio?

La crisis nos ha convertido en mascotas de unos juglares muy mentirosos. Todos tenemos hinchados los racimos de metralla. No pienso meterme hoy en política, en política barracuda y piconera. Ya no hay manera de salir de la licuadora sin anestésicos salvo que comencemos el calendario por donde lo dejó el último cavernícola que se ladeó. Que nos han destripado el caballo y hay que continuar el camino a pie. Démonos cuenta de eso.

Yo he asumido que no solo de paja vive el hombre y que el penoseo no entiende de atajos. Nos tenemos que acoplar a la arroba, al arroyo, al chapuz. No hay otra.

Que mi libreta bancaria está descamisada, es de mozzarella, y que a lo mejor mi oficio ideal es el de mosquetero, pistolero o de indio navajo. Y ya me gustaría tener el cuidado de una culebra y dos bandas en cuchillo, y ser como El Solitario haciéndome un balcón en la cajafuerte de cada banco. Pero no, soy una medusa en pañales.

La crisis es un cambio de terminación para la chaquira, esos abalorios que Cortés les daba a los indios, y que nos restriegan, nos chantajean con ella repelada, pero seguimos siendo los mismos, igual de grises, igual de comestibles, igual de boquerones.

Con la crisis económica muere el imperio de las prostitutas y sus cosquillitas en la bañera. No hay pelas para aquellos que se iban en ayunas a darles pimienta a las buenas estrellas de la noche. El sexo hasta los ojos, el sexo con el puño y el euro, se nos va. El imperio de Enmedio se acerca, ni estamos allí ni estamos acá. Estamos en Transilvania, a pedales y sopapos.

La matrícula del diablo ya no es azul neón, sino parche encabronado. Y matan las moscas las diapositivas de cuando el rosa chicle movía nuestra gran tarta. Éramos okupas de un arroz en el fregadero.

Las cosas ya no caen hacia arriba y las cañadillas y cornetillas no tienen bicho. Para mas inri, me instan a que deshaucie de mi fachada a una familia de golondrinas.

Comienza esa novela por entregas, aquella de la manta estribera, el hatillo y la carreta para fundir oros, que a algunos les recordará a Cervantes cuando buscaba galletas para La Invencible en Castro del Río y el cura del pueblo le dijo tururú.

Y todo ello con esas paelleras de luz que en los teatros y en la paganía sirven para atormentar al incauto que se ha dejado una loncha con todo este bifostio de la crisis.

Regresamos a la cantera sin pajaritos, piedra desnuda que nos pica más que nosotros a ella, cabalgando relojes y teléfonos, hombres y mujeres malditos, hombres-lobo y zombis, con la trompa gacha y el perejil sacando renglones a los muertos: volvemos a la orilla, a la mediana de siempre, espesa como la mayonesa, con las zapatillas de andar por casa y a potrear a manotazos por un trabajo. Así bailamos un tango africano.

Está sucediendo tal cual. Al serrucho le lloran nuestros cuernos y ahora todos somos indios, rojos, indebidos, amas de llaves y poetas de pulsera. Yo paseo por la calle contando muertos y pinchos porque las esquelas me tiran piedras para que las mire. No soy tan viejo ni aún necesito pegamento para no hacerme añicos pero lo primero que atisbo con mugre en los ojos es la edad del finado. Y me estremezco.

Porque claro, debiendo de ser la muerte una feria de perros viejos acudiendo a ventanilla, un repiqueteo de señores pintados en un cajón, te tranquilizas y tranquilizas a tu bellota si el fiambre sobepasa los cincuenta. Y mucho es.

Desbordados nos encontramos con los mocos como platas y el amanecer ojeando a tiros a los monos. ¿Dónde quedó la patria del chocolate? Ya no miramos los jardines de Europa... Volvemos a los jaramagos del Tíbet, al estómago bravo.

Con todo ello, están de vuelta el regateo, las horas precisas, las minúsculas, el pellizco. Algunos le daremos al organillo para que el primer bocado de nuestra nueva era no nos sepa a canibalismo ni a rayón de rotulador.

Si el general Patton abundase en muchos de nuestros bocadillos y viese el penalti que nos hemos comido, nos daría con la rótula izquierda en la boca por haber perdido la guerra como "putos cabrones".

Sin embargo, la crisis que nos ensangrenta la fruta tiene una solución para volverse rubia, para volverse rumba y que no nos joda los tejidos blandos. La crisis tiene alojamiento y facultades de gobierno, es epidemia heroica para nosotros. Comprémonos un viejo y sabremos resistir este varapalo con serenidad olímpica.

Cambiemos. Cambiemos de mangas y de cielo. Pasemos del cielo arcangélico al cielo del canalillo y el tobogán. Cambiemos el pescozón por el enamoramiento y el pezón; transformemos las palizas por el "asómate a la ventana", por corrientes de agua limpia y duchas de aire. Cambiemos el gatillo por el perro suelto. Bienvenido el día a día.

Yo apostaría por volvernos viñetas y globos aerostáticos. Como siempre fuimos, gente de garabato, hechos de piel, esquilados hasta las cejas. Pero auténticos. Así de sencillo. Apostaría por reconvertirnos en agua de caverna, agua lenta y grosera, rellenar los huecos de manicomio con más alegría, con más vecindad, con más sexo con seso y a lo loco. ¿Por qué no?

Montemos las carabelas para buscar un nuevo asfalto, jodamos con las crines, con las colas, con lo ufano y con las tretas; jodamos como truchas y como morteros; hagamos el amor con las caricias y con los postres, toscanos o corintios, siempre duros... Jodamos sin amor o con amor, con pasión e inteligencia; separemos las espinas del pescado con las manos.

La primavera loca nos ha dado la señal, un estampido de confesiones y confusiones nos ha indicado el carril que hay que seguir sin pantalones, echando polvos muy minerales, polvos que canten el Credo, volviendo a ser personas en vez de maniquíes.

El sexo nos brinda una perspectiva viva y graciosa en la que ya no se vive en caravana ni se busca la mancha negra. Nos otorga un volumen diferente, intensamente felino. Ahora vemos con diplomacia lo afortunados que somos por tener buenos amigos, lo agradable que resulta apretarse en los trenes, que no todo es cuadrado ni que el arcén es tan malo como lo pintan.

Es hora de pintarnos la cara, de hacerlo con las ruedas de un todoterreno si hiciera falta, reconducirnos y seducirnos a nosotros mismos. La crisis, los destrozos, se arreglan o se tiran como unos muebles. Lo que queda de todo estropicio somos nosotros. Y cada uno, movido por voluntad, buena fe y buenas intenciones, somos zafiros en potencia.

Es hora de comernos los pecados, bebernos a morro a nuestras parejas, soltar la cadena y romper los eslabones; amarnos en los coches, en los campos, practicar el sexo como la más alta expresión del deporte, de la esgrima entre naúfragos.

Reconozco que los gatos están en todo su derecho de pisarme el rabo. Pero ya me da igual. Y yo les doy igual a ellos. Si de algo se pueden preciar los felinos es de ser unos supervivientes natos que bailan su sopa de noche. Cuando los monstruos duermen.

Postdata; Me vuelven a gustar los jaramagos.

J. DELGADO-CHUMILLA

4 de mayo de 2012

La mujer de Buda

Voy a ser de nuevo padre. Lo primero que mengua cuando recibes el telegrama es el broche de la boca. Te acuerdas de los chistes de Arguiñano y de Federico Trillo: Al alba, con 37 nudos de viento. Te desempolvas los ojos y afirmas: "Se jodió la civilización, mi general".

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El techo es una trampa y te acaban de dar una dentellada en medio de la hierba alta. Considero como primera hipótesis que ha sido una monjita americana de aquellas que piensan que Judas murió podrido y solo en su propia casa.

No te lo crees pero el Predictor te muestra al nuevo miembro de la pandilla: una raya tiritando en rosa. Y el vacío. Comienzas a creer que existen peces que comen hombres. Y trapos. Menudo incendio. No distingues las venas de tus manos; te metes una piedra en la boca para no marearte.

Sé que a partir de ahora me darán las buenas noches el grillo y la grilla pingando; que mis leyes las martillearé a base de lámpara y preocupación: serán menos saladas y más de porrón. Es lo que hay. Mi almohada se ha hastiado con mis diálogos y ahora meo más nitrógeno que nunca. Sueño que Mourinho se menea ante mi alcoba y me mete el matasellos en el ojo por hereje.

Y siento el yerbeado al que ya no puedo domar y tengo muy presentes a Zapatero, que jamás cotizó a la Seguridad Social, y a Berlusconi, que estudió con los salesianos. Tengo muy presentes los rayos X que me dejan en pelotas y la fisión nuclear del discurso secarrón de mi padre.

La primera vez que acudes como morralero, como acompañante al “gine”, te sientes muñeca de serrín a la que sus propias balas la han dejado bizca. Desearías besar a un camarero, tratar de recordar las horas cuando eran mortales y redondas y tú eras un cangrejito con piedras preciosas en los ojos.

Visitar al ginecólogo es como hacer la fotosíntesis con un poco de marejada. Te das cuenta de lo primordial que resulta tener un buen plan y llevar bien ocultos los planos. Ahora entiendes por qué Sadam perdió sus guerras: llevaba su planning en el brazo, en forma de tatuaje azul de tres puntos.

Fíjate en el estado de nerviosismo de los futuros papás en la sala de espera que todos los móviles tienen el mismo tono y, cada vez que explota alguno, todos reventáis: deben ser las suegras, paquidermos republicanos dando más mecha y recordando que cada cara bonita se convertirá en pocos meses en Obelix y tú, tus acojonados compañeros, en Ideafix.

Al entrar en la consulta te topas con la clorofila de las enfermeras y piensas para tus adentros que no estaría nada mal endulzar el argumento del drama con la platería de Calzedonia desfilando sostenes y leggings mientras sudas y vas perdiendo los cinco céntimos en oro que vale todo tu cuerpo.

No, tan solo atisbas banderillas de fuego y el sonsonete mortuorio de un féretro para dos. No cabes por la puerta, ya sea por orgullo, ya sea porque te va a caer el martillo pilón. Te sientes como Pompeyo, que se trajo cuatro elefantes africanos para que tiraran de su carro pero que los tuvo que hacer horchata porque no pasaban por las puertas monumentales.

El doctor te sonríe flatulento, oficioso. Así le juega al parchís a la vagina de tu chica, te pisotea el pito y se hace el molón después de insinuarte el marrón. Esperas que te proponga que seas el perro único de una familia de Shangai ahora que ya no son plato fijo. De ningún modo te regala un Frontier del 38 para que te hagas dos mitades.

La enfermera, gata aplicada, se dirige a ti con moléculas parecidas al talco de los tanatorios y tú crees escuchar cómo te ofrecen sopa de culebra amarilla para el almuerzo.

El ginecólogo tiene colgados en su despacho libros de muertos margaritos, de conejos marcianos abiertos en canal y una albaceteña afilada que no sé a dónde se quiere marchar con la hoja tan volada. Quizás vayan los ladridos a la leña del león o a la ópera de tus polvos pasados, que pasados son y rugidos de momia serán.

Te inyectas a ti mismo un "piensa en Espinete", ese erizo tan listo que tuvo los bemoles de dejar el bosque para marcharse a la ciudad. ¡Qué va, mierda de erizo listo!... y su mayor tesoro era una batería de cocina y una palangana.

Lo justo sería que la navaja se dejara de refranes y yo sacase la portada que no tengo para hacer como Don Quijote. No se equivoquen, el Caballero de la triste figura no arremetía contra los molinos por confundirlos con gigantes sino porque representaban el vandalismo de la modernidad.

Te miras de soslayo, no sabes de qué regimiento has salido, se te ha olvidado regatear, tienes sensores en cada esquina del cuerpo y casi que pareces aliviado si te acusan de narcotráfico y aparece el subdelegado del Gobierno.

El picaor con bata le mete un TALGO a tu señora por donde florece tu jardín y comienza a pisotearte los tomates. Dan ganas de arremeter y le transmites al ojete con sonrisa beatífica que suelte tanto gas sarín que le rice el pelo.

Te miras. Juegas al despiste. Alguien te ha hecho un torniquete en la lengua. La enfermera, acostumbrada al chischás de espadas, a mariscar en bichitos ajenos, y tú a chupar la leche, os miráis. Ella te está diciendo que un batallón de mariachis te van a pasar por encima.

Tú sonríes y asientes. No sabes relinchar ya. Intentas recordar quién es tu padrino, no para que te compre chuches sino para que él elija el arma con la que te vas a poner lindo. Tu carrocería es un asco: es el esqueleto de un tigre que fue juncal. Ya no llevas un cuchillo malayo de pelar palmeras sino una espada ropera que venía gratis con la braga y con el alechugado cuello de Cervantes.

Sabes que te tiras a la piscina seca de Salomón para bailar como un pollo a la canela pero te subes en el tiovivo limpito, repeinado, con barba descañonada, acordándote de tus padres, siempre a quemarropa con maldiciones si cruzas los Pirineos, acordándote de aquella tu naturaleza que pretendía sacar diamantes de las borracheras de tequila. Hemos pasado de la dieta hipocalórica al régimen depurativo de la monodieta. ¡Malditas curas medicinales!

–Habría que fusilar a las curas, a esas dietas milagrosas tan perjudiciales, Pepi. Lo que has de tener es una alimentación equilibrada y bla, bla, bla... (es mi trabajo, aunque me hagan el mismo caso que a monseñor Camino).

–¿Que habría que fusilar a los curas?– me interpela una usuaria entrometida, subespecie de las “cotillas cotillensis”.

Prosigo. La noticia es al principio neumonía. Después jineteas sobre pipirrana. ¿Qué habrá sido del occipucio de San Juan Bautista?

–¿Cómo puede ser? Si tan sólo salí de caza con ocho tiros del 22...– intentas justificarte ante tu madre.

Antes –ese "antes" que para ti se remonta a la Comunión como capitán de corbeta- vibrabas con los misiles Patriot americanos sembrando amapolas en Bagdad; eras un cazador a rabo, solitario, con tu escopeta y tus imbecilidades de gorrión macho con corbatín grande. Ahora, ya lo sabes. Eres un purasangre criado para correr al galope y con montura.

Resuena en la sala el nombre de Buda, es decir, de tu consorte (¿o eres tú el consorte?). Tú sólo escuchas el proverbio japonés: "no tires el arroz ni pegues a los ancianos". Y ¡ojo!, que Buda tiene pegada madridista y un apetito intolerante.

Tan solo ves la pezuña de un mulo y meditas si el acontecimiento que se aproxima será una pelea electoral constante o si será igual que comerse un entrecot de caimán.

Te sientes como la mujer de Buda, carcomida y con escote en pico, flacucha y devorada. Imploras que alguien saque a la Guardia Civil a la calle y crees escuchar las campanillas que adornan las torres de los templos chinos en los genitales que has perdido y que suben y bajan de latitud.

Pero, en definitiva, escribo esto último y soy feliz porque soy un niño más, porque voy a ser papá con la mujer a la que quiero y porque, aunque España haya tenido bancarrotas cada cincuenta años desde el siglo XVI y Felipe II inventara los bonos impagados, creo que merece la pena vivir esto. Vivir la vida.

A los futuros papás: cuidad de ellas, dadle mimitos, tened paciencia. Y, muy a menudo, bajad a la entrada de la cueva y poned la lengua a bailar. Es una forma muy amorosa de haceros felices y sacar una sonrisa al próximo cocodrilo.

J. DELGADO-CHUMILLA

19 de abril de 2012

¿Quién jodió a Kandi K?

“Anímate a conocer a Kandi K, la muñeca que no te dejará descansar. Kandi K es una jovencita guapa y sedienta de sexo que te dejará sin aliento. Sus impactantes curvas y perfectos orificios te harán disfrutar fantásticos momentos”.

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-Doctor Harol Moi (Groenlandia): “Las personas pueden transmitir enfermedades venéreas a través de muñecas hinchables”.

La mayor parte de los varones nos despertamos por las mañanas, entre las sábanas, pegando tiros y con el amonal (explosivo) envolviendo el corazón. ¿Quién no ha intentado calar la red con música militar y lanza en ristre alguna vez antes de marcharse al trabajo?

Cada vez hay un mayor número de individuos que tienen a su pito y a su toto como presos incomunicados. La grave crisis económica está quitándole el “caballo y rey”, el bacalao al pil pil, a muchos chorvos y chorvas. Dichosa crisis.

Las parejas se degüellan y se dejan la lívido en el microondas con el cafelito de la mañana. Solo que algunos hombres y mujeres, mientras los demás han de escoger el craso camino de los enclenques –desempleo, impagos- se despiertan con el Arca de Noé repleta de dividendos y denarios, fabricando el decorado miserable de las urgencias. De nuestras urgencias.

Ellos, los políticos profesionales, los que ordeñan la aceituna a espuela, levantan a hombres y mujeres de la cama para darles tuna y desempleo, playazos sin tetas al aire y torundas de futboleo. Verbeneros todos. Canallas que funcionan con propina.

Los políticos nos han llevado al desorden para que cuadre su orden. El orden limpio y preciso de sus amos. Su orden es el candelabro de los bancos, los flequillos de la pasta gansa. El orden que imponen las legiones cuando el ciudadano salta a la calle para algo más que para brevar.

Así nos luce la cresta, nos da igual el naufragio mientras sea rubio y venga con palmito. ¿Para cuándo tiraremos a una zanja las ruedas sin herrar y tomaremos como ciudadanos avispados el lápiz grueso del carpintero y así dejar de buscar migas bajo las uñas?

Ahí voy: España es Kandi K con interferencias y sin horizontes. Es el juramento de amor de un marinero que ha roto la cadena de frío. Le han jodido los muelles de su quisquilla.

Todos les hemos pinchado las tetas en un callejón después de que la taquilla dejara de oler a rosa de mosqueta. La hemos vestido con ropa de altar, con fragatas y nubes de algodón. Todos le hemos arreado con extra de queso. España-Kandi, ¿quién te ha jodido?

España se nos muere como un campamento sin carroza. España es Kandi K en su versión de dobladillo. España se ha quedado como un condón pinchado y arrojado en Jarata. España, país favorito de los zorros que desgarran a los ambidiestros, de los políticos holgazanes y de los votos con sabañones, ha sido raptada por ese porno feísta, gorrino, del follar en calcetines.

El día que nos dé por inmovilizar a los índices de audiencia, a la moda del hierro y las redadas, soltaremos a los perros y se nos acabará la tontería. Porque esto tiene que acabarse por las bravas. No nos vale el número capicúa de PP-PSOE; no nos vale lamer un cuchillo de dos filos;, no nos valen ya sus empanadillas ni sus médicos de cabecera.

Los Mercados, esos mochuelos vigilantes y cabrones que viven de los nublados y de los libros de caballerías, nos obligan de mil formas a elegir entre la mierda y el mosquerío. No hay más. Y de lo que caga el culo, de ahí viene lo comido por el mulo.

Esto va de música, no de deposiciones. Música mañanera, que también es la del culo, que es la que despunta y te dice si el día es puteante o no. José Luis abusó de los pedales cuando tocaba el piano con los dientes y a Mariano le ha tocado el tormentón que cagaba Beethoven por los ojos.

A Mozart lo remató en su camita de ladrillo el desodorante de un canario y el country arroja al suicidio a miles de americanos. A los españoles nos mata Michel Teló y las ingles brasileñas de la infanta (por no mentar al Draculín consorte).

Esto es España. Nada de plan para la música y nada de genio para interpretarla. O sea, de música nada de nada, Borja Mari. Les pido que hagan un ejercicio de visualización, un travelling aéreo tipo Almodóvar. Comiencen a escuchar la canción de un tal Amadeo Minghi: “Los secretos del corazón”.

¿Listos? Comiencen a leer y a imaginar.

De tumba en tumba. De Macario a Monchito. Al cirujano Rajoy se le está quemando el sancta santorum de todo hospital: el quirófano. Cambie el bisturí por el ganchillo. Florentino sigue pagando 1 y los trabajadores, 23.

Dos de las películas porno que veía Alfonso XIII: Secretos de una casa y El Impotente. Una nota para el espeso Buffalo Bill, que no pulpea menos que los otros: ocioso resulta vislumbrar el advenimiento de una nueva República en esta España contusionada, magullada, cuando lo único que nos ofrecen sus defensores son los colores chillones mientras se les alegren las pajarillas.

La República es un concepto de hervor, de madurez, una esquina difícil de driblar, que mientras la actitud de los españoles sea la que es, tendrá la misma suerte que un matrimonio con Carmen de Mairena.

Buffalo Bill me parece ya destetado con suficiencia, no ha sabido estatuir ejemplo; dedica su tiempo libre a lo que su abuelo, a encuadernarse los calzoncillos y a darle tropo a las vedets.

Yo no quiero un jefe de Estado que se amontona con juglares y osos borrachos. Pero tampoco deseo para este país el lavavajillas republicano que pregonan algunos. Fundamentalmente, porque el Fairy les suena a chino.

¿Por qué? Sencillo: soy republicano sentimental que sabe poner lavadoras de color y de blanco. Y ellos, los presuntos, son los buscapiés, son las ranas que se quieren beber el estanque. Y por ahí no paso. Déjese de batidas, Buffalo Bill, déjese de matar urogallos metrosexuales y de jugar con mercancía robada (nuestro Estado).

Por desgracia, España está incapacitada para comer chistorra sin eructarle al vecino. San Pablo y Santiago se marchan en hidropedal al serrallo menos ruidoso: eminencias, saquen a los apóstoles de los cañones y arrímense a su pueblo, al pueblo de Dios, a aquel al que no han cesado de atizar con su carbón. Cristo no es Doña Rogelia, así que no le metan la mano por detrás y quítenle la permanente a su Iglesia.

Arrejúntense, por el amor de Dios, tengan hijos, sean caballeros templarios de discoteca. La vida puede ser maravillosa sin ser murciélago. Y "café olé, con shocolá", que dijera Sarkozy.

Mugrerío a granel, oiga usted. Nos roban los sheriffs del condado, los alguaciles y los delincuentes de poca monta a los que les fían ametralladoras en los juzgados y se comen de forma íntima al diablo.

La gentuza de medio queso, los mandriles de la grifa, entran en prisión como las crías de los tigres y en cuestión de pocas nieves salen algún sábado reburdeando como negros toros lombardos.

De vuelta al cubo de hormigón, con gimnasio, biblioteca y resucitación. Lástima que las leyes españolas no reserven para los trajinantes de toda condición unas buenas dosis de mercurio de agosto en terrenos pantanosos para que paguen la cuenta y dejen de ser fieras hechas a soplete.

Dedicado a los honrados comerciantes y ciudadanos a los que han asaltado y robado en los últimos tiempos. Mensaje para progres hipócritas.

A los políticos andaluces que estos días andan de negociaciones (nada que ver con negocios, espero). Como expresa Amadeo Minghi en su letra, "la distancia es un punto de unión". Déjense de joder a Kandi y pónganse de acuerdo todos para que salgamos de esta trampa. Y "todos" es "todos".


J. DELGADO-CHUMILLA

1 de abril de 2012

El iris del espantapájaros

Soy el espantapájaros que da bocados con la sonrisa de espada. Los pájaros borrachos me odian. Me cortejan con prismáticos, así se atascan en la báscula de los árboles muertos. Amanezco con el machetazo seco del sol. Se ciñe a mi frente como el verdugo a la larva, mancha de desorden los campos y aparece sutil como el ama de llaves.


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Las tijeras del sol patalean la escarcha, se tornan tarántulas en cuclillas cuando detectan el aguacate del diablo. Yo no soy más que un hombre abreviado como un cigarrillo. Nada más. Y mi catarro arrebata el biberón a los cuervos. Sonrío al patrono como la más puta de todas las Chitas.

Él ni osa mirarme. Se rodea de conversación con sus perros, que vigilan las pepitas y muerden el hielo de las amapolas. El amo tiene un mosquete muy guapo sobre el capó. Tiene una buena paliza sobre el capó. Yo tengo un champú que es una tromba.

También poseo un iris inmenso. De poco ruedo, pero inmenso. Vosotros, humanos, muchos lobos matándose entre sí. Os buscáis con denuedo para mataros, para empacharos, para encañonaros. Es vuestra razón de lo que llamáis "vida". Es la ceguera de quienes buscan sendas como quien busca arañazos, de los que mascan todos los grises antes que ponerle nombre al color del agua.

Una aguja picante coloreó dos equis, dos pétalos marengos, que uso como aguarrás si aparecen las chancletas del Amo. Me hicieron los ojos a cuchillo, mi boca es una rebanada con mantequilla de poeta. Por eso os veo en trincheras, en el flux que nadie sabe lo que es. Por eso os sonrío cuando un niño me ofrece su azul celeste.

Pero tengo un iris inmenso, del tamaño de una bala jurándome los mares. Una vez tuve botones de un traje galés. Con dos colores veía caballerías asomadas a un tablero de ajedrez. También las preciosas pistolas líquidas de doncellas cantando al lago. Veía hombres lastimados, engañados, colgando de los árboles, amarrados a la ballesta asesina. Y las montañas boca abajo.

El Hombre inventó a las brujas cuando los frailes barrieron a sus ligues a golpe de friega y tirachinas, el día que una sola reina de sus hijos decidió mear donde se le antojó. Ahí que decidieron daros correa, hijas mías, y os vistieron como ellos quisieron, con esmeraldas puestas a horcajadas sobre la caldera.

Siempre ha ansiado el Hombre con minúsculas el coño sin embrollo. Es suyo y de nadie más. No se dieron cuenta los muy rinocerontes lo especiales que sois, vosotras, parientes del Sol y de la Luna. Que vuestro oro, vuestra gema caída de ojos es el perfecto balcón de las montañas. Es el castor que gobierna los buzones.

Los Hombres aún no le habéis quitado el precinto a la sangre. Eso sí, habéis inventado los nichos que nievan. Y las lágrimas de azulejo. Vuestra finca de acero está repleta de moratones. Sois nuevos en Humanidad; os refugiáis en castillos desiertos, vacíos, rodeados de cientos de velas, encendiendo una a una con vanidad, temerosos de marearos en la oscuridad que os aterra.

Yo os observo desde hace cientos de años, he visto quinientas quinielas con sus quinientas muertes; condes, duques, señoritos, aparceros, braceros, civilones y logotipos en cada ventana y en cada pincho. Sois todos iguales, romanos, vikingos, cristianos y almohades, puesto que el terrón, el trigo y el maíz son para vosotros el runrún de todo tiempo, y por ello os hacéis filetes y os dejáis pudrir desde tiempos inmemoriables.

Vivís en los riscos, in fraganti, rodando a lo largo y ancho de la moca que funde el vaso. Andáis con la piqueta, amáis a gritos los mechones, con la broma de las armas que os carcomen.

No sois diferentes a mí porque las princesas no llegan a obispos aunque la rasca las haga tupidas. Estoy completado de vuestra iniquidad, rehecho con las pajas que abandonáis en un kleenex... No sois más que yo porque me visto con vuestro ojeo, con la prisa de los ratones. Los muslos os mandan un recado.

Soy el carisma que cabe en una cesta. Porque yo no lloro con los coitos cuando el hormigón se calza a la hormigona bajo el colocón del arroz tostado. O cuando la hormigona relincha mientras le hace aeróbic al imbécil.

Podría hablar, proponer un ménage à trois, un threesome, un trío de calaveras, meterle música a una mariposa; sin embargo, hablaría con la coca de los muertos en mi paladar.

Los cuervos me miran, se consumen sequerones, así se peinan como un Nenuco y se ponen chulos como el Cavallino Rampante de Fernando Alonso. Me miran como a una estúpida morsa en La Maestranza. ¡Qué más me da!

No entienden que soy prisionero hecho como los arrendajos, como los pedorreros, hecho para asustar, para repeler, para dar el tostón. Soy la falda larga de quien intuye un coño humoso y no sabe pescar con mosca del Pirineo Aragonés. Pues no. Meted a los muertos en el teatro y con ese orden tan vuestro y humano, a los reptiles ponedles lentillas.

Quiero ser alguien, quiero y deseo que los gorriones en el recreo se posen en mí y me revelen lo poco que les importa la fusión nuclear. Quiero enamorarme. Lo hice una vez... de una muñeca pertiguista que huía de los niños cabrones, más tarde gritones. Lo hice una vez, tras años y años observando a las tropas, más tropas, más tropas y más ingles pisándome el huerto.

Me crearon así, mientras cortaban una aspirina con cuchillo carnicero. Me crearon para proteger lo que no le pertenece a nadie. Y soy monstruo de una sola capa, soy estúpido y confiado delfín, abierto de morcillas como Jesucristo.

Ambos somos cancilleres de mala leche, aspavientos de un suéter talla pequeña. Somos cavilosos y todos nos llaman al porterillo automático: "Hola… ¿Jesús? ¿Dios?... Hola... ¿Espantapájaros?".

Todos son raciones de abogados rebobinando la sartén. "Somos frutos posbélicos", me dijo Jesús. Nos quieren para pecorear, para vivir con algún horario digno. Y es que no conozco más palabras que letras porque mi Amo me fabricó mientras cortaba una aspirina.

Él era así cuando me metió en el microondas, se puso majareta e hizo la gracia: "Tú espantarás a los cuervos, que aman a los juaneles, a los macabeos y a los pecosos... por judíos".

Soy Dios, Alá, Yhavé, Buda. Soy el Universo, la sustancia viscosa, el mercurio volátil que da voces y también susurra. Soy el palco y el escenario. Tan solo algunos Hombres, figurantes en una obra sin personajes; tan solo algunos Niños, conectan mi emisora y colorean las cerraduras. Tan solo algunos Humanos optan por vivir tirando de la cadena y sin querer meterme un palo por el culo.

Soy yo, miradme. Soy yo.

A mi amigo Sergio, arroz tres delicias nominado al Nobel del Buenismo. Gracias, compañero.
A mi hermano Nilo: fuimos cachorros juntos por aquellos campos y has sido el perro más parecido a una vaca.

J. DELGADO-CHUMILLA

21 de marzo de 2012

Montilla, país maldito

País maldito, que deja una película maravillosa en las pupilas de todo aquel que la contempla. Montilla, todo el oro insustancial de la cerveza emerge en el travieso relámpago de sus vinos con los aires decanos y los trabucos con sabor a beso. Y es así, agua sencilla con puntos de cobre y comas sin tinieblas.

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Si de algo me enorgullezco en esta mi única vida vivida es de haberme creado a mí mismo en el hongo sudoroso de Montilla, en sus últimos huesos corteja ndo el cierre de las puertas, en ese algodón poliédrico donde se agarra el puñal de la Historia.

De Montilla me fascinan las quemaduras de sus hierros viejos, sus dédalos de pasillos ocultos, sus muros de mampostería donde las ventanas tienen el sarro de los tiempos.

Montilla debería apropiarse de los dos metros que le sobran al Everest, y con el pesar de que no se haya convertido más que en pueblo grande de tercios viejos y no en un gran solar industrial, tenemos ese tándem de las grandes mesetas: sorbito viejo de oro y el azar goteante de las canoas que acaban siempre llegando. Porque es una fantasía viva que atrae a los buitres y a los que aman su cuchillo campesino. Atrae a los gramos de fantasma y a quien mece la música.

A veces nos enfadamos con nuestro pueblo, con sus gentes. Eso es de perogrullo. Sin embargo, su tocadiscos mágico zarandea por encima de la crisma, nos otorga una caricia familiar.

A trote vivo, como la mordedura de un oso a una cucharilla, se aproxima esa máquina neumática que es traje de su tiempo, ese traje sabido y recogido, la semana de semanas, cuando Cristo, con tiro tambaleante, se envalentona y llega en esquife al barro común.

Pondremos derechos los relojes, a nuestra hora montillana, haremos cremallera como bailarines de colorín y un año más, el desentierro brillante de nuestro señorío, la hinchazón dorada de nuestros campos.

Dejaremos de buscar otros jardines, de lamer las costuras, picaremos más en el grano de café y Munda dejará de ser cápsula, dejará de arar con los búfalos que trajeron los latinos y será lo que fue con El Gran Capitán: una batalla zancuda, el armillo que supo acojinar Cervantes, una carita mona en la colonia de las flores.

Montilla se reencontrará con la idea sobrepujada de las coronas y los brocados; Montilla concluirá su semana como si fuese esmalte, haciendo el puchero al aire libre en esta tierra enclenque donde la franela predicará descalza y las caderas harán campo con ese vino que hornea lámparas en los cráneos.

Aún me sobrecoge que en este dominó deslucido, este tiempo maldito que nos vendió tanto champán y nos empujó a la cabina del sex-shop, los hechos violentos, el hierro batido, hinquen sus dientes como niebla amontonada.

Un buen amigo vio la señal de ese pirulí siniestro que, por momentos, lo convirtió en fanega que echa el ancla. Le pincharon, le apuñalaron las hormigas la capucha, fue un bizcocho helado en una noche que lo quiso mandar a una siesta en el rancho de la luna. El cuchillo te marraneó y buscó ser verruga.

Por fortuna, Carlos, te quedaste con un puñado de tierra en los ojos y el caballo te atropelló por encima de las cortinas. Bienvenido al sombrero redondo, al vapor del diablo, al cartoon porno de la alegría. Bienvenido, Carlos. Brindo con absenta, me hago nido de ratas para que regreses como siempre, como una yegua cachonda esperando una limonada fría.

Sinceramente no creo que haya en Montilla un problema latente con la seguridad ciudadana. No más que en otros reventaderos que conozcamos. Más bien es un rumor glaciar. Hay espantajos que acechan con su asma de asesinos, cañones esmirriados y alguna que otra delicatessen muy cafre, que tratan de buscar su propia seguridad tropezando con los mojones de perro. Para ello recurren a la mano del gato, a la piratería del pulgoso con demasiada saliva.

Cierto es que las circunstancias económicas se arriman histéricas a unos más que a otros; que mucha gente se ha quedado en matrícula de socorros. Cierto es que el patio va vestido de azafrán y nos esperan canteras para pegarnos de lleno en todos los piños. Cierto es que los políticos no cesan de dar rodeos estrafalarios y son hierbas secas oliéndose los huevos.

Por lo demás, apuntamos a los mismos garbanzos, a la misma mirada carnívora que otras poblaciones. Montilla necesita recuperar el rango que merece, por cultura, por Historia. Necesita agarrar el volante de su propio futuro. Montilla es un pequeño fósforo, un ataúd de plomo frío bailando el Aserejé, las cuerdas mudas de un violín.

Pero seremos lo que queramos ser. Seremos el callo de las vacas o las rosquillas preferidas de los nubarrones. Yo apuesto porque la cooperación de todos, el ingenio de unos pocos y la casta de unos muchos hagan de esta ciudad una planta de vainilla creciendo en los linderos.

Señores políticos, Montilla tiene momias sin dientes, célebres encriptados a los que convocaría a un café en Las Camachas para que nos sacaran de este mapa tan muerto. Montilla necesita que sus representantes políticos y sociales agoten la munición sin rendirse. Y ante sus propios ojos. Que se dejen de copla y cencerros.

Propongo que el Gobierno de nuestra ciudad coopere con los parados, busque con ellos la ingeniería de un nuevo comienzo, le pegue besos a la acuarela de este pueblo y deje de llorar por dos. Hay algo más que gravilla bajo los pies, señores políticos. Dejen de peinarse los copos ante el espejo y saquen la espada de una vez por todas.

Señor alcalde, reúna a todos los parados, a los comerciantes, a los industriales, haga las presentaciones oportunas, busque la entrepierna de toda economía y fomente la gran empresa de Montilla, Sociedad Común.

Tenemos universitarios deseando pegarle una tajada a la vida, deseando hacerle un chequeo completo a los saquillos del culo de nuestra sociedad. Comencemos a ser montillanos...

A los conserveros a los que a veces obviamos como regaliz chupeteado, esto es, a nuestros conservacionistas, garantes, promotores de la cultura montillana. A vosotros, que lo hacéis con esmero y con las agallas cocinadas. Especialmente a Manuel Ruiz Luque.

A la artista montillana Susana Berral: la autopista te espera para que regreses sana y salva de entre las sombras. Ánimo.

A Juan David Gómez Laguna, excelente arquitecto y mejor persona.

J. DELGADO-CHUMILLA

7 de marzo de 2012

Huevas de centurión

Esta semana, me apresto bien y bueno para aquellos caniches caníbales que buscan el fusilamiento solemne cada vez que aparecen mis orejas de cristiano jadeante. ¡Escupid, sayones, toda vuestra mucorrea! Me encomiendo al guerrillero Caraquemá para que os vayáis al carajo. Bienvenidos, próceres de la porquicultura de sms y la emboscada. Os hago el mismo caso que a una mancha de semen en cien por cien algodón.

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¿Queréis perlé¿ ¿Queréis tildes? Juan Chumilla escribe igual que jode, con la alegría del santoral y un samurái lleno de soniche. Morded y rabiad. Eyaculad como leoncitos contra la pared. Sólo reptáis buscando los higadillos, la chanfaina, las cerillas en el “ojobusco”. Llantina de cebolla, vaginitis pimpinela… Todo eso me producís.

Este artículo va dedicado a Víctor Barranco, que ya nos dejó por el integrismo de los de siempre, los desalmados embozados en la envidia y la insidia. Los que escupen a las córneas y no son más que trincheros en un desván.

Este artículo está dedicado a mis compañeros de Montilla Digital, especialmente a Antonio Pérez Henares, Mario Hurtado y Raúl Solís, tal vez los más prolíficos y que concitan más debate y críticas enconadas. Cada cual en su línea, que me parece saludable y de una gran altura de miras.

He de deciros que vuestra honestidad y franqueza son dignas de elogio: vuestra generosidad a la hora de compartir el labrantío con todos, el trabajo e ilusión con la que presentáis cada trabajo. Tenéis, todos vosotros, mi admiración y complicidad.

Este artículo de hoy va dedicado a los refinos puntillitas que comen el bistec con tenedor y tijeritas; a aquellos que se cuestionan el que los paquetes de salchichas contengan incomprensiblemente cinco (¿cómo narices se reparte un número impar?). Dedicado a los que, como el general Custer, olvidan su sable en el ventorrillo antes de iniciar una carga de pechiblancos ante miles de indios vestidos de granizo.

Les dedico esta reflexión a los orfebres que entran en Montilla Digital para mostrar el dedo más cordial a sus colaboradores; se lo dedico por enseñarnos a parchear y a evaluar el estiércol mientras se besuquea a Jorge Javier Vázquez.

El mundo se traviste, amigos míos. La tortilla española es hoy una memoria ajustada sin huevos ni palizas y el plasma es hoy plastilina, zafiedad: no hay linaje, ni honor. Los políticos son trompos y trompetas. Tramposos y enemigos del país. Y un mostacho lleno de miga no deja de ser la zamarra de un mentiroso.

Los políticos consumidos, consumados, no acaban de recoger las cabras, y sus reformas terapéuticas siguen consistiendo en restregar la mierda caliente por la herida. ¡Dejad de mentirnos y de tratarnos como a imbéciles!

Sois escoria, pandilla de mequetrefes adolescentes. Nos hacéis la guerra, conspiráis contra vuestros conciudadanos. Deberíais ser ejecutados en la Plaza Mayor cuando esta tragedia derive en barbarie. Por haberos dedicado a otras hierbas, por haber desencadenado un huracán en las narices de los trabajadores de este país.

A esto que nos seguimos metiendo en vuestro juego de naipes, en vuestro juego de bandidos, validamos el sistema, sistema rompecorazones que habría que bombardear con gas mostaza y niebla, con nuestra insumisión e indiferencia.

Este es el país de las largas mamadas bajo la mesa, el asqueroso solomillo de las mentiras aceptadas. ¿Cómo hemos llegado a este circo sin que nadie os haya dado con un vergajo en la cara? Los partidos políticos palaciegos son los enemigos de la verdad: no dudan en sacrificar al resto de ciudadanos por el interés de sus hormigueros.

¿Qué les ocurrió a las niñas de Alcásser? ¿A quién protegéis? ¿Qué paso el 11-M? ¿Que ocurrió con el Yakolev? ¿Qué pasó con los niños robados durante decenios? ¿Por qué los etarras viven como Dios en las cárceles? ¿Qué fue de la gripe A?

El día que los vecinos se conviertan en fieras sangrientas y todo arda y explote... escondeos, escondeos como alimañas. Porque los soldados del pueblo, los que siempre ponen la jeta cuando nos metéis en líos, os cazarán con sus guadañas y terminaréis en un sótano, como los Romanov, precintados como estúpidos cadáveres del pasado.

Si uno se cuela en un convento (sin ánimo de desflore ni escopetazo) y pretende buscarle el truco a las sores, no las verá contar cartuchos sobre las sábanas, ni capar a ningún calafate, ni meterle queroseno a Cenicienta por la inminencia.

Las verá usted en el dulce tendedero haciendo queso en las liras, en el harnerillo llorándole a Belén Esteban o tuneando la deuda del Niño Jesús con cualquier juez de línea. Descubrirá usted a las tapiceras de Dios cocinando la ropa vieja, esto es, un delicioso plato a base de sobras de carne. Las monjas funden el plomo en el mismo cuerno del taco. Lo hacen todo en seco y sin gafarse el ombligo.

Pedreros de pega, a nuestra ropa vieja, políticos y sindicatos untados con euros, la lavamos con el horario de Trípoli y hacemos lo contrario de lo que nos aconseja el paquete de la Rowenta: no planchar sobre el cuerpo.

Hay que sufrir porque sí. Estas chinches políticas nos hacen la guerra sin haberla declarado antes; calan las bayonetas para que nos sentamos encima; preparan la mesa como obispos al diablo: el tenedor a la izquierda, el cuchillo a la derecha. Nuestros hijos en el plato.

Los políticos de nuestro país malviven ya hoy sin la lingotera, aquella que los puso marmoleños y podridos. Tienen cash, de cornetilla, y nos tiran besos desde los campos de golf y los cotos de caza. Continúan vigilando la cosecha de los ricos mientras buscan su petróleo y nos siguen pagando con estúpido-facientes.

En el antiguo Japón, los buques de guerra imperiales transportaban, además de los aparejos ordinarios, tropas, cecinas, chopos, bolígrafos con sobaco, asfalto sudado, su propio cuentacuentos: aquel tipo que aparecía en un bajante con la tontería del dragón y soplando unas bragas con esmalte.

Su función consistía en elevar la moral de la tripulación. Relataba míticas batallas de la edad del pavo, cuando las gentes asiáticas, a churrete limpio, se lanzaban pasteles y se tiraban de las coletas para ver quién descabalgaba antes las gafas de la nariz.

Estos cuentacuentos también solían ser venerados poetas. Y no hay poesía nipona que se precie en la que no estén presentes las flores. “Cuando estabas, las flores llenaban la casa”.

En nuestro país, con los oreros muertos en el río y los oros muertos en el mar, ya no hay bicho que nos pueda sacar del pantano. Por mucho plomo que haya en las misas, tenemos un pan como unas tortas y hemos perdido el pleito. De esta crisis, de este ingustable sermón, solo se libran los pezones encarnados de las solteras y la remolacha forrajera.

Por último, quiero terminar con una reflexión: San Francisco Solano debe de estar hasta donde amarga el pepino de tanto adulador hipócrita, de tanto falso y falsa que lo quieren vestir de castañeta, a él, que hizo ruta con los pobres, que vivió del tomillo y de atarse por el rabo.

Que le pongan un monumento y una pirámide a quien fue orquesta de los aniquilados, a quien puso su boca a las arañas para que otros comieran... Seguro que bajaría de su nube celestial para hacer la matanza de Texas versión viña colada.

San Francisco me cuenta lo que cuentan los perros crespos y los monos hechos de trapo: las monedas del Nuestra Señora de las Mercedes son de mis queridos hermanos indios, pedantes codiciosos. El oro, como la metralleta, no mete la pata. Los tataratontos, sí.

J. DELGADO-CHUMILLA

23 de febrero de 2012

Afeitemos al Gran Capitán

"Nunca metas el dedo en la boca de un lucio", me aconsejaba un panchorro que pescaba más baches que peces. Ahí comenzó la crisis. En mi centro de trabajo he llegado a comprobar que aún se puede parpadear aunque te hayan rebanado el pescuezo. "Vivir es guerrear", enfatizó Platón. Y pintar kakemonos con el chorrito del pipí.

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Cuando observo a jóvenes enormes como mamuts, sin empleo, desgastados ya, desesperados, rotos, afilando bíceps con coraje por no cargar mosquetes, recuerdo mis propios inicios en la dura carcasa del pollo de corral.

Momentos dulces cuando vuelas lejos en busca de la pelea. Y es que hay edades en que vemos como algo inaudito el terminar siendo cañamón para los pájaros. Que toda nuestra potencia se queda en palominos; todos nuestros sueños en reses muertas. Y todo, por las horrendas necesidades de la trata de blancos. Todo por una muerte rápida, ya en el huevo, para que al igual que el atún, resultemos más sabrosos en la cuchilla del Mercado.

El aburrimiento es el mayor responsable de buena parte de los tiroteos en Estados Unidos. ¡Y pensar que hace algunos años, yo mismo, aumentando centímetros de largo, exigía al Gobierno “pistolas para todos”!

No haría aún los diecisiete años y ya pretendía montar una revolución cruenta y destructiva. Quise publicar una pequeña antología de artículos políticos incendiarios y rompedores que soliviantaran a las masas. La señal me la dio, como a buen apache urbanita, el intento de una graja por comerse a mi perro en un campo de trigo.

Consulté el posible título con dos de mis amigos, David Redondo y Juan Villegas. Finalmente, rotulé aquella pupa juvenil con el estruendoso título de El poder de los tornillos, que hacía clara alusión a la metralla de la que se componen las bombas de olla exprés y tupper.

Juan Villegas lleva varios años muerto; David Redondo es funcionario de prisiones. Y mi primer trabajo tras acabar estudios fue el de ayudante de mecánico. Pues sí, querido lector, ironías de la vida. Así acaban todas las revoluciones, sin empezarlas. Cambiando los tornillos de las mismas rugientes máquinas.

El viernes pasado era yo aún carne blanca de mediodía cuando decidí dejarme caer por esa almadraba con perifollo llamada Zara, en Córdoba, donde dan matraca olorosa y se hacen añicos los humos de los padres.

Ve a la capital y vive del cereal que no has de sembrar. Aquello era una máquina de asedio y los gladiadores de Batuatu de Capua tocaban una romanza con taconeo y botas de montar. Allí estaba yo, culeando como la que más, rodeado de tulipanes hechos al temple que eructaban primavera con láser y a mansalva.

Ahora comprendo a los murciélagos cuando nos dicen que oyen los colores. Podía olfatear ya la primavera como un mongol preparando su Gillette. Aunque más bien, yo oía la mantequilla romperse. Todo poseía olor a santiamén.

No sé en qué lugar se oculta la crisis. Si en el trombón del consumismo, si en los monederos hidráulicos. No sé. En las calles de Córdoba pude seguir contemplando mareas humanas corriendo al alpiste, iglesias empaquetando muertos, y por lo general, vísceras huecas haciendo el helicóptero. Ya lo aseveró Lorca: "el mundo es la carne oscura del mulo viejo".

No hay crisis, hay multitud de crisis. No hay crisis, hay un cuento terrorista para amedrentarnos, se trata de la sábana blanca del Ku Klux Klan para asustar negros. Con la crisis económica nos han dado un algodón para agujeros de bala tras sacarnos las muelas de raíz.

El administrador de nuestra casa se ha gastado el dinero de la familia en alcohol, vicios y caprichos varios. Y ha regresado al hogar con un kilo de harina de arroz y tapioca para los niños. Nos ha exigido comprensión y nos ha inculcado que la flecha regalada por un amigo es una manzana.

Y tenemos lo que tenemos gracias a la timidez que nos han inculcado, propia de pueblos vencidos y acanallados. En mi trabajo soy sospechoso de leer libros sin ilustraciones ni fotografías. Lo juro, tienen preparada la sentencia, me hago sospechoso de leer una biografía sobre Leonardo, al que siempre imagino correteando a un lagarto para mearse encima.

La principal crisis es la de aceptar tal estado de cosas sin inmutarnos. Somos los anfitriones perfectos del virus. Fíjense, la política se ha convertido en intercambio de poderes, en discursos vacíos que buscan la adhesión automática. La política manejada por los poderes económicos nos ha reducido a meros tratantes de caballos usados, a meros siervos privados de su carácter comunitario.

No creamos ámbitos nuevos, no hay relaciones de encuentro entre los distintos vectores de la sociedad. Aspiramos a la felicidad del cerdo. ¿Ideas? RAID las mata bien muertas. Mejor que eso: alambre de espino, zapatos de hierro.

No me hagan mucho caso. Llegaba a Córdoba deseando meterle a Bretón un tenedor en la oreja. Cuando Al Capone -recuerden que en mi anterior artículo hablamos de su tumba) fue sometido en prisión a un test de inteligencia, el resultado no pudo ser más descorazonador: 85 puntos, inteligencia media de un muchacho de trece años y cinco meses.

"Tan sólo me dediqué a vender whisky y cerveza a media América", se excusaba tras haberse almorzado a un baturro aragonés. "Ya será para menos. También pusiste de moda las ametralladoras y las bombas de mano. Yo tan sólo he perdido a mis hijos", le espetaba Bretón desde su autobús de dos pisos.

Huía, he de reconocer, de la obsesión de nuestros lectores por la panceta floreada y las discusiones estériles a paso de carga, tratando de ganar la bandera del otro. Cada cual con su ración de maíz y con sus pupilos en el terreno de batalla. Derecha, izquierda, Gobierno, oposición. Huía del tren endiablado de las calles pasando carnaval por la yugular. Huía de las manchas de tinto en la moqueta.

¡Qué gran alcalde fue Gonzalo Fernández de Córdoba y qué gran rey se perdió España! Se llevó a los perros y a los gatos de Montilla, se marchó como buen piloto de Fórmula 1, con los entremeses, y regresó para postres como cualquier mengano cuando la Operación Malaya de su Católica Majestad hizo temblar su fortaleza.

Andaba yo acordándome de nuestros hombres muertos tiempos atrás, montillanos con excelso tamañito, hombres de armas que criaron sangres en las cartas de marear, que regresaron a Montilla con cañones Krupp bajo el brazo y los cojones en veinte nudos.

Nos vencieron ingleses y americanos con la vieja técnica de la mosca seca y el plomo largo y recordé los flancos grasientos de toda aventura. Aquellos flancos a los que no llega el módem de palacio. A pesar de ello, los Imperios borrachos no se caen solos. El mamoneo de reyes y príncipes dejó en mariquitas a muchos hombres que pelearon siempre como gorriones pardales.

Montillanos fueron los hombres de orejas tiesas y lanzas motoras que, cuando el Imperio Español se convertía en minibar del borreguito Norit, ellos, elementales y con palmito, regresaban con la ley de los machacantes. Tuvo que acordarse nuestro paisano Jiménez Castellanos de Moctezuma el día que enterró un pastelón de Manolito Aguilar.

De vuelta en Montilla, me decidí a proponer desde ya una iniciativa que hiciera “chof” sin que necesitáramos un salvaslip. Necesitamos un Partido Montillano inspirado en nuestros viejos muertos, célebres y anónimos, en los valores que atesoraron en vida: ejemplaridad, honradez, pundonor, riesgo, valentía y lealtad. Debemos dar de lado a las franquicias tradicionales que han sido y siguen siendo el sostén del cuento terrorista que nos han metido a jeringazo limpio.

Ha de crearse un partido montillano, con gente que vive y aspira a vivir en Montilla, un partido que deseche esas ideologías que alguien encontró en la caja de galletas “napolitanas” para hacer un pastel de tironeros de bolsos.

Anhelo un partido democrático sin obediencias ciegas a Córdoba, Sevilla, Madrid o Bruselas. Esto es Montilla, esto es Troya, y la piña empieza y acaba aquí. No queremos pintarrajos ni pavipollos. Quiero combatientes que salgan de la peluquería, de la nave industrial, del bar y de los institutos.

Quiero veinte especialistas currando en las cuadras, en la sala de máquinas del Ayuntamiento y a 20 políticos echando a andar el tractor a las seis de la mañana barrio por barrio, peinando calles y oratorios.

Quiero representantes del pueblo cobrando la media de lo que cobran los montillanos, ni más ni menos. Detesto al que vive de un salario en la política. Quiero gente que esté contaminada con clembuterol pero que no lo esté de culebras. Ni pierdo ni gano nada con la política. Soy un enlace de mis vecinos.

Quiero gente con imaginación e ilusión, me sirve aquella propuesta contra la sequía que ya planteé hace veinte años: contra la sequía, exprimamos vacas, que son un 74 por ciento de agua.

En definitiva, fuera ya de todo humor, apoyaré desde mi tribuna a aquellos valientes que quieran cambiar las cosas y no sepan cómo hacerlo. Pero que deseen cambiar las cosas.

J. DELGADO-CHUMILLA

8 de febrero de 2012

Mordiendo las tetas

Mi alter ego me susurra que nuestro católico barco hundido por las cañoneras inglesas se vino a pique por sobrecarga, algo así como nuestra economía, que lomea y lomea con violencia ante el meñique de los poderes ocultos. Se dice que en los naufragios de numerosos barcos procedentes de la América española era moneda corriente entre los supervivientes que alcanzaban costa el ocultar pequeñas cantidades de monedas en pañuelos ceñidos a la frente o en los cintos. De rabiosa actualidad, oiga usted.

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Cuando crees que posees el mejor armamento del mundo y te sientes como un cabrero descongelado a pedrada cúbica, te topas con ese internet catacaldos que te devuelve a la blanca Siberia. “George Bush es un bombero retirado, George Washington está en la cárcel y Abraham Lincoln es un DJ nacido en Ghana”.

Susto inicial y tropiezo de dientes con lengua. Tranquilidad, tan sólo se trata de un reportaje acerca de la pesada carga de llevar a lomos el nombre de los grandes de la Historia.

Lincoln tuvo mil oficios antes de ser el decimosexto presidente de los Estados Unidos. Curioso el individuo que asoma. Leñador, comerciante, tratante, barquero, abogado sin título, etc.

Lincoln vendió bragas y corsés antes de empotrar una ecografía de su trasero en la napia de los sureños esclavistas. Sin embargo, sorprende que tras la victoria sobre los estados secesionistas diera orden en la fiesta de la victoria de que se escuchase una canción típica de los vencidos.

En España, al contrario, parece mentira que aún haya que recurrir a los tribunales para defender los huesos de las moscas. Si Zapatero anduvo como gato sobre ascuas un 11 de marzo, con los trenecitos arremetidos a muchas leguas lejos de las linternas a las que mandó a paseo, mal empezó cuando comenzó vendiendo a Pertegaz y se quedó en el microbikini wicked weasel.

Me comentan en sueños que Mariano se ha establecido en una tienda de zapatos. Es más doméstico. En una cornisa pagada con mortadela. Que me dicen que a los españoles nos han mordido las ratas los talones y el follaje no cesa de extenderse.

Y es que nuestro país se ha envuelto en pieles de ratón, rezando bajo cero a los manitús de la lluvia, de los dineros mellizos, de los arcángeles que están en babia. Mucho remusgo por ahí, matando a mano armada. Y los maquis ochenteros, la sobrasada del mercado, la gente como un menda, con nudos y sordina, fundiendo cartucheras con un caramelo caníbal en las puertas del SAE.

Botín el del serrucho, impecable con su sable de tirantes, lo ha dejado claro aguamarina: "dejaos de océanos y meteos en el ballenero". La primera causa de divorcio en el Antiguo Japón era el desobedecer a la suegra. Ahí queda eso.

Pensaron los de la Sección de Robos que no les pasaría como a Felipe II, que fue nuestro primer monarca en declarar la suspensión de pagos debiendo 49.000 millones de nuestras añoradas rubias. Los Fugger siguen esperando con respetuosa distancia.

El último cónclave socialista ha sido un bastardeo de tiros más, un croché entre cafeínas descafeinadas. Piensan los partidarios de este terciopelo raído con siglas saineteras que los viejos sarmientos traerán el vino nuevo. Que el anteayer es la ensaladilla rusa del mes que viene.

Dice un antiguo proverbio persa que "cuando todo el mundo está buscando una silla para sentarse, es mejor hacerlo en el suelo". Se ha perdido la oportunidad, una vez más, de entregar el partido a los cavadores y curritos de toda la vida, a esa militancia que ha de seguir aguantando moneda falsa.

Y así pasa la vida partidista, del verde que te quiero verde, verde limón, a la enchilada de líderes tiesos como la mojama, quemados hasta las cejas.

Rodríguez Zapatero, el hombre que tenía hielo en la cabeza, se nos volvió plátano de sombra antes que plato combinado. El termómetro más pelado. Ciertamente jamás me gustó el pimpollo, ni el champú de Bambi que le colgaron en entretelas. Sus gobiernos cebolleros provocaron el desmayo de los cristaleros y las cucamonas de los banqueros. Pasó del romanticismo al cálculo.

Zapatero dio comienzo a su andadura elegantizando la lengua de sus bueyes sagrados, soltando caspa para terminar más blando que una breva. "Jesús mío, misericordia", reza el cuscurro de la tumba de Al Capone. "Nadie es eterno", responde la ranchera favorita del narcoterrorista Pablo Escobar.

Él autoproclamaba que sus ideas eran diamantes en un bidet -así corría un viento pacheco- y las elevalunas de su corona nos sacaban del pentagrama de la guerra contra Irak y nos metía en el mismo orujo de Afganistán, buscando el sonido duro de la cebolla.

En esta cruel selva, mojina y hecha por los tobillos, el cerril José Luis aleteaba sin recuperar la estatura, se comía los mocos en público, practicaba esgrima con las aspirinas mientras los españoles aprendíamos a versificar el grito de Tarzán. Ya lo decía Shakespeare: "el deseo sobrevive a la potencia".

Alguien debía haberle aconsejado que las revoluciones se ganan en las montañas. Esto respondióle Augusto César Sandino, el General de los Hombres Libres, a un periodista mientras le daba a una mano chuponcitos de algodón mojados en miel de jicote a su hija recién nacida tras la muerte de su mujer en el parto, y a otra mano sostenía su colt 45. Mediaron más de 500 combates, y el criollo de sombrero blanco y mecedora, ya conciliaba vida familiar y liberación nacional.

En definitiva, querido lector, continuamos en el mismo enjambre de siempre, en el merengue esperpéntico de siempre, con los jirones de siempre. Era habitual en algunas poblaciones de lobos de la Norteamérica del siglo XIX acechar a las vacas solitarias de tres en tres individuos.

Dos de ellos se acercarían al rumiante de forma tímida, dispensando juegos y mansedumbre. Distrayendo la atención del ingenuo animal. Mientras tanto, un tercero, de forma artera, se lanzaría a morderle las tetas y cuando la vaca intentara cabecear agachando la cabeza, los dos juguetones asesinos se lanzarían a su cuello y la matarían. Pues nada, a seguir comiendo celulosa, queridos compatriotas. A espera del lobo feroz.

Postdata: Dedicado a la vaca de antes y al 'Nuestra Señora de Las Mercedes'. Suerte a Abraham Lincoln por esas discotecas.

J. DELGADO-CHUMILLA

25 de enero de 2012

Yo soy un talibán

Donde atisbéis indicios de peste bubónica, plantad flores aromáticas y una máquina de café. Llevaos, tal vez, un hacha canadiense. Así sortearemos lo que no nos gusta ver. Necesitamos muchos millones de héroes. Necesitamos a nuestros médicos, a nuestros albañiles, a nuestros agricultores, a nuestras amas de casa, a nuestros abuelos, a nuestras gentes solidarias. Igual que necesitamos a los diez millones de soldados que protegen nuestro cuerpo de las invasiones víricas.

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Necesitamos héroes de carne, hueso y guitarra. Héroes con flechas en el culo y muchas hostias pegadas. Héroes que le den comino al baile. De lo que sí debemos prescindir es de aquellos monstruos que hacen tropezar a los niños, de aquellas cartulinas de muerto que olfatean el sudor amarillento de los toros.

Adoramos a los aficionados a cortar todo en mitad, nos inmovilizamos como un catarro. Nos comemos cualquier chocolate harinoso. La aldeanía tiende a adorar, idolatrar, solicitar, a los que no son nada. A los que se meten en una guerra tras una pelea de huevos. Venera la dentadura del tiburón, la fuerza del más traidor. No atinamos con la garlopa cuando limpiamos los troncos.

Franco, Hitler, Mussolini, Mao, Stalin. Mediocres, falsos, soberbios, ridículos, etc. Para mí, el anda o vete de las borracheras. Fracasados. El esqueleto fino al que acompañan las deudas. Matrimoños asomados al urinario florido de las enciclopedias.

Gente que supo quemarse a sí misma; boñigas que andaban a cuatro patas; reyes de los duendes; el pasaje lento e idiota de la inteligencia. Son todos ellos princesitas frutos de amores ilegales. Son la gente de siempre, los mismos turistas achacosos que han pactado el hambre en la Historia. La misma causa criminal, la misma bola herida en una partida de billar.

Gente joven que reivindica la figura de Franco: por favor, ponedle hormigón a vuestra independencia intelectual. Defendeos de la primacía de otros. No creáis en ese refrigerio para cornudos. No defendáis a aquellos que se auparon a un caballo para parecer más altos.

No se debe coronar al que come carne de perro, a aquel que rompe la hucha de barro de su país. Haced como aquellos malayos que adoraban a una tetera gigante, sentid la emoción de descubrir, que firmara un Severo Ochoa ya anciano.

La Guerra española fue un pretexto. Y ahora también lo es. Fue ese vicio absurdo llamado suicidio, ese viento seco, africano. Lo que cuentan son los 800.000 muertos que siguen siendo chimenea de ladrillo y que claman Justicia.

Justicia que es reparación, carpetazo y pedagogía. Pedagogía para aprender lo que no se debe hacer, ni repetir. Aquellos españoles de los años treinta desoyeron la lección que España debería haber extraído del siglo XIX con los más de 200.000 muertos en tres guerras civiles, pronunciamientos y levantamientos.

Vencieron, como está mandao, los incapaces de hacer patria; vencieron las minorías extremas: vencieron los gasolineros. La Segunda República no fue ningún error. El error mayúsculo lo cometieron los españoles por permitir a los sátiros hacer de nuestro país una escombrera, por convertir lo que debía haber sido una modernización de España en una tremenda ola negra.

Una vez más, los vampiros, los poderosos, financiaron la efusión de sangre, pusieron los dientes en cocacola, difundieron cómo se debe matar una vaca a palos. Y al frente de los ejércitos gloriosos un mentecato con cuerpo de bandurria, voz de polloflauta y con una tremenda historia pasada de fracturas emocionales. Lo dicho, una lumbrera que ratificó 30.000 fusilamientos entre 1939 y 1948. Le podía haber dado por escribirle poemas a su pony o pintar un bodegón con cortina.

Políticos deprimentes, militares desalmados, ideologías de pechera y hombría, clases dominantes intransigentes y pobres desesperados. Y todo por la patria, que ya sabemos que es un tipo afeminado, que es un trozo de madera sin pintar.

Yo me decanto más por la “matria”, por la matriz, por la sencillez de un pucherito de lomo, que es de donde venimos. Y a mí mi madre me aconseja que no me meta en líos. Consejo sabio que los generales y demás compota de caca del año 36 no supieron seguir. Se inclinaron por el tipo afeminado, que ni es ni no es... y así quedó la vaquilla de Berlanga.

Mi patria ha quedado reducida a la sopa humeante de mi abuela, patriarcal y monacal. Fíjense en cómo hemos evolucionado en humanidad y humanismo:

Lo mismo mata, depreda y conquista un líder democrático al que votó el 49 por ciento de la población con “derecho a votar”, que el dictador bananero-asiático elegido por sí mismo.

En Irak, los democráticos yanquis, con sus guerras de cuarta generación, han reducido a todo un pueblo a la servidumbre, lo han esclavizado como a todo el que saca la cabeza sin que se le dé permiso. Los marines han quemado un millón de libros de una cultura que nos enseñó a escribir.

Se calcula que el resultado de la conquista española de Sudamérica dejó un saldo de más de 46 millones de indígenas muertos para que nuestra grandiosa monarquía pagara con oro y plata a los banqueros europeos que financiaban sus ansias de poder. ¿Qué beneficio sacaron los pobres de América y los pobres de España en todo esto? Pusieron los muertos, que no es poco.

Eso son los dictadores, eso son las dictaduras democráticas, las democracias dictatoriales. Estos son los que por los siglos de los siglos te cortan los ojos a juliana.

Cristo sí fue un tipo interesante, un mandamás brillante. Jesús de Nazaret fue un caudillo religioso que supo ver cuán importante es el vino en una boda, lo importante que es besar el pan antes de repartirlo y comerlo. Fue quien vio que no todos los toros son negros y que el sexo no debe ser pobre. Y se lo han sorteado lobos sagrados para justificar masacres y guardarse las llaves de la Verdad.

¿Quién fue Jesús sino un tipo al que mataron como a un rebelde militar, que se rejuntaba con putas y leprosos, con partisanos de la resistencia? Y hacemos procesión de ello, la procesión de los orgullosos, de los satisfechos, la procesión de los lagartos de las Antillas.

¿Qué virtudes atesoran los grandes líderes de los cementerios? ¿Cuál es su majestad? ¿Qué le debemos a Don Manuel Fraga Iribarne (q.e.p.d.)? ¿Que nos perdonara la vida y contribuyera a darle maquillaje al muñeco? Tal vez, que un buen día gustó de cambiar de olivo, tiró el combustible de la dictadura por la borda y le dio un apretón constitucional.

Al final, como ocurre siempre, escribe la Historia el que más grita, el mayor limpiabotas, la semilla de todo nabo, antes que quienes capitanean con sus vidas el progreso, los moratones.

Recién muerto el sátrapa de Corea del Norte, el mediocre en chanclas, la sortijilla repodrida, la gente parece desbecerrarse, destetarse en lágrimas. Que se les desata el vientre. Esto pasa de llaga a fístula y de ahí a la extremidad de muchas vergas.

Ni comunista ni pollas, que dirían en Granada. Para darle de comer a los gatos ya me marcho yo al escupitajo del cercado ajeno. ¿Cómo se puede uno arrogar en el defensor de semejante retel de malicia, de un inigualable palmito de mantequilla? Yo me desternillo de la risa cuando hay jóvenes en Occidente que se compadecen de Corea una vez desaparecido su particular monstruo.

Esta pobre gente ha padecido a los chinos, a los japoneses, rusos y americanos, les han robado su arroz, sus minerales, les han pateado, masacrado, para después pasar las de caín y almorzar las croquetas líquidas de Ferrán Adrià. Y todo porque el perla de turno quiere tener un supositorio atómico.

Yo he sido marxista-leninista, así lo declaré a lo largo de muchos años. Tuve más aristas aún. Fui un radical que se metió en una noria y llegó al nordeste de Cuba y me debí haber quedado en las Bahamas. He dado bofetadas a Cristo y a los romanos. Fui un mecánico de ideología cuadriculada que me meaba en todo lo que no fueran mis creencias.

No me diferenciaba mucho de un talibán, un asceta del Sinaí, un fundamentalista religioso o un repoblador de audiencias de televisión. No me diferenciaba del que mete puñaladas defendiendo la bondad de las natillas frente al yogur. Y me doy cuenta ahora: las bellotas para los puercos y las gemas, para los héroes.

No entregaré diezmos a ningún monaguillo más, a ningún retrovirus. Los exaltadores, los defensores, no de causas, sino de caudillos, que se queden con el arrendamiento de las momias y las pirámides.

Me quedo, alineo, me horneo, con quien es capaz de sufrir por los demás, luchar por los demás, dar sombra a los que la necesitan, a quienes son campeones mil veces y sacan sonrisas. A aquellas personas que luchan con honestidad y reciben goles bajo la portería y siguen levantándose. A los que me quieren vender manuales arriñonados y rutinas con agujero, cero patatero.

Soy amigo del comunismo del sentido, del comunismo del sentimiento. Amigo fraternal de la inercia, de los recambios y de recalentar el arroz blanco. Del sentido menos común pero sí más humano.

Jamás seré compadre, ni una vez más, de quien me dice lo que he de pensar, de quien me señala enemigos, de quien me mete en coordenadas de gritos y uñas. Ni una vez más. Habré sido prostituta pobre, pero pobre muero. No voy a ser de aquellos que ni suenan ni truenan. No voy a ser la pavesa de ninguna lumbre.

Lo dije en mi anterior artículo, que fue, por cierto, de un fuerte acento inglés. Que sí, que soy un talibán, un talibán fanático, ferviente admirador de los que ayudáis a progresar, de los que se dan a los demás, de los que suman y dan las gracias. De aquellos que saben que la paz es más cara que la guerra. Y aún así, gastan, invierten en ella.

J. DELGADO-CHUMILLA

15 de enero de 2012

Un zorro en la nevera

Huesos redondos, tierra baja, qué más da si los calendarios estaban sin orden. Soldados cargados con manzanas asoleaban los fusiles de asalto tras partir los planos de los labradores muertos en el aire. Así es la guerra, forcejeando con las cunas, desabrigando a los pájaros, poniendo motes de yeso a hombres sin importancia. Devolviendo una ciudad en pintura torcida, en una madeja sin remedio ni reenganche. Dejando a los muertos mamando de otra primavera.

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-¡Papá! Papa, corre, ven- mi pequeño Mario, en un visaje de ofuscación, aún regañaba con el idioma. Correteó hasta mí como un gigante afilado rodeado de entusiasmo pajarero.

Lo miré como a un polverito de azúcar relleno de nervio.

- Hay un zorro en la nevera- sentenció señalando hacia el espejo del tocador de su madre.

Descuajé una sonrisa de afectación y fruncí el ceño ante aquel mi pequeño escudero.

- Eso es tan sólo un espejo, Mario. Nos devuelve la imagen.

El niño me observó cariacontecido, para después desencajar un semblante de irritación.

- Lo sé, papi. No soy tonto. Sé que es un espejo. Pero dentro -apostilló gravemente- hay un zorro en una nevera.

Así descubrí la guerra. Después que las fieras desabrocharan el gris de sus pupilas. Cuando los horcos lanzaron a brazo la vida íntima de los cañones. Cuando los comerciantes se volvieron trapos, y los ángeles, caimanes de un tambor. Y el bronce pegó fuego a los canapés en muchedumbres salivosas.

Ayer compré un pedazo de carne. Le asesté siete puñaladas y lo arrojé a las vías del tren. Es el mejor método para espantar a los muertos. Trato de convencerme ante el espejo. Pienso demasiado, incluso cuando tomo un baño y lapiceo en el agua con el cañón de la pistola. Y juego como un chiquillo y estallo a llorar como un desquiciado.

Somos rostros de madera que impostamos a la lluvia. Somos cadáveres degollados en un pupitre. Presentamos una rampante actitud de defensa, trinchamos las razones y apaisamos las arrugas de las solapas. Eso hice yo hace dos años cuando comencé a deslizar el cuchillo por el hielo y la piedra.

Yo fui un discurso talludo ante los ovillos del café. La patria, la patria. Mi propia lunación planificada, mi uniforme era el último pomo, mi primer aire libre.

Supe de la guerra cuando en las casas de pecho blanco, habladoras, acreditadas, las horribles cartas de la vida tocaron suelo y las viejas gastaron sus gangas en jabones a la intemperie. Casas donde la porcelana se quebró y los gatitos murieron de frío. Y sus moradores dejaron de ser humanos para ser un rescoldo asustado.

Mi mujer duerme en una sepultura de seis por ocho. Arañando cuatro o seis pulgadas podría tomarla de la mano. Quizás podría tirar de la sábana blanca en la que la envolvieron. Hacerla correr hacia atrás, como los cangrejos.

- Se rompió tu mecanismo de risas, tu imagen me es devuelta a los pasos. Mis ojos trepan por la cucaña de tu aniversario. Y yo me escondo en el fondo de los violines y revoco aquel trazo de tiza que marcaba nuestro destino.

Desde el día de su muerte apenas concilio el sueño. Tan sólo veo párrafos de madera, saboreo aquel zumo de vistas hermosas, Claudia, tan sólo atisbo el pestañeo rítmico de la muerte. El gemido de un perro, el pinchazo en carrera, la vaina rodando en un rezo íntimo. Pesabas menos, te tomé como si fueras un pedazo de arcilla, un gajo tierno.

Me contemplo solitario en mi volumen dramático de rey a solas. Me asomo al espejo y arranco clavos al detenerme sobre el regazo de la hierba. Cercos enfrentados a las pausas de cada cigarro. Todos los bocetos acababan muriendo en la tierra, o en las fajas de prado, todas las cancelas se estremecen.

Supe de la guerra cuando las paredes de la caldera ya no admitían más cadáveres, más manos, más porciones. Bombas que eran estrofas de punta, jugosas friegas. Dedos acorchados y sudor apagado.

Los brazaletes de los charcos se peinaban con los zumbidos blancos de los misiles, y a los árboles no les quedaba otra opción que morir como señores. Los tímpanos prestaban frecuencia de radio a los acribillados que acostumbraban a ir al cine. Después, hollín desnudo, tiros retorcidos, el cianuro capturando peces.

He visto falanges salvajes apropiándose de los colores fríos, arrastrando las almas en un escrutinio feroz. He visto cumbres de luz y el descaro de la sangre leyendo poemas en los montes.

Después de cada bombardeo me toca poner los tirantes de la boca a más de uno. Nos dejan una cosecha infame, nos dejan una nana de palmadas mecedoras, ratatatatá, ratatatatá. Y a los ladrones de ganado, vestidos de tiovivo, desafiando a la Raza.

Lo devoran todo por capricho, nos dejan ese olor a polvo antiguo. La guerra nos hace romper los juguetes que siempre amamos. He saludado, salmodiado, a los lunares negros en las bocas; he reído cuando otros martirizaban las ventanas y ensuciaban los parajes.

Somos pescado muerto colocado en una tribuna, herraduras solitarias cuyas manos son grumos... y uniformes bobos. Puedes carearte con el esclavo fugitivo de tu niñez y saber que ha escapado por el vaporoso pasillo de las amapolas muertas.

Nadie recorre más de dos palabras ni llega a la costa sin dormirse. La sangre cebrea el pavimento. En la plaza del pueblo hay libros en subasta, libros atildados, libros añosos, en tanto se cierran las cremalleras.

- Le falta poco a la comida, Mario.

- Papi, hay un zorro en la nevera.

- Lo he visto, hijo mío. Lo he visto.

Hace dos años, mi familia vivía en la casa más espléndida de la ciudad.

J. DELGADO-CHUMILLA

4 de enero de 2012

Regimientos y mostaza

Amanece el primer día del año y los llaveros de las calles brillan como un dólar de plata. Chilla el mundo y el tábarro empijamado de la ministra de Trabajo. Flotan las pólizas heladas como las narices frente a la vagina y la vajilla. El día 1 de enero, la calle es de las gatas achicadas y de los cucharones viejos. De estos viejos que le tiran a los tiburones igual que a los acebuches, que saben que caído el caballero, el caballo sigue atacando.

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No hay más. Podríamos sufrir un invierno de bragas caídas que, en este 1 de enero, nadie echaría cuentas. Ya pasaran tanques saltando, piratas coreanos, o una legión de grillos sin religión.

La calle es de los viejos y de los paños mayores. Y de las cabrillas que mueven las esquelas. Todos hablan de lo mismo, de cómo sacan espuela en un mundo de cajas fuertes y cuernos y de cómo el mocetón del duque de Palma se va a comer las candelillas y los terrones de tanto tirofijo que ya le está echando bigote al asunto.

“Culpable, pero no criminal”, rezaba el título de aquella película yanqui para puritanos. No sabía Don Iñaki que pescar morenas en tierra de rubias es llenarse de chapería, vestirse de gamuza en la emboscada, pincharle la luz al garfio de la Corona. Y habría que recordárselo, por garbancero y capuchino: la “cavá” es sólo para una testa, por mucho croasán que se crea inmune a la guillotina.

A la Monarchita marchita le queda un jueves si alguien osa tirar del polisón del polizón y Suma el Rey y nadie más. Suma el Rey... y cierra España. Quien quiera entender, que entienda.

Le hemos sacado los ojos al 2011 y Papá Noel sigue sin bautizarse. Será que le queda mucha plancha y poca dentadura. Los viejos se vierten en las aceras con el cataplasma envainado, como la Columna Durruti cuando desvestía criadas con monsergas en los rellanos y hacía quebrados como el que da palizas a las monedas.

Paco, el irreductible centurión que regenta Los Felipes, se hace isleño en su cota de sol, afeita las legañas de los percherones que vuelven de la fiesta haciendo calceta con el rejoneo del ciego.

Observo los galones de las alcantarillas, galones de general, e imagino a cristianos con rasguño, milicianos de sotomonte y la raspa de algún polígono. Son los que se llevan el oro a la boca y, tal vez, alguna pollada que avisa. Siempre he pensado que Dios se oculta en las alcantarillas para que no se nos ocurra mirarlo a la cara.

El nuevo año martillea el bronce y los loqueros, la flema potásica de un capítulo que nos ha pertrechado con visa de resucitados. Seguimos siendo afortunados en progresión, al caramelo de la vida se le ha bajado el punto. Y aunque los centavos se atemoricen y se queden en mechones, considero que hay motivos para reírse hasta en el garito de las vacas que se fueron.

Las mañanas nos siguen trayendo muertos in fraganti y porros en sillas de montar. Caímos en la marmita de la desgracia, aquella que nos vuelve flacos en la tenaza, merinos en el escaparate de las cerdas. Atrás quedan las monjas con sus latigazos y los quirófanos en el corredor aéreo.

A partir de ahora, mediante amarras, los políticos habrán de tocar mejor el gongo y dejarán de mascar como conejos. Tendremos que aceptar pistoletazos, órdenes a paso ligero y cruzar los dedos para que la policía no cierre el teatro.

Este 2012 será año de refugio, de tifus en las corporaciones, de moneda partisana, de exhumar a algún mandarín con hélice. Nos esperan más fronteras en los trajes sencillos, más azúcar y más Nescafé para motores exigentes.

Nos espera una vida más campesina, con Satanás vistiendo de mikado la viña de Manolo, más de celulosa y mochila. Habrá que limpiar mostaza y tirar de rosales. Habrá que hacer como el escamoso Sabina, como el ladrón que se deja el hueso en la datilera, esto es, limpiar las entrañas de la gallina para ver si encontramos los metales machos o el erre que erre de los tigres.

Me alegra saber que “Óscar el de los cupones” no es el hijo secreto de Pedro Solbes; me alegra comprobar que los líquidos calientes también insisten en Tierra Santa. Me alegra saber que en tiempos como los que sufrimos, Hitler no se haría rico como reventa del Bernabéu.

Eso sí, este año 2012 seguirá perteneciendo a la Brigada de las Bombas, ese cuerpo de élite muy montillano, de cajetilla, al que le gusta las carnes blancas, el camorreo del chichón en las vidas ajenas. Me refiero a esa suerte de seres nacionales, municipalistas al máximo, que van dejando gérmenes y fosas propagando rumores e infamias sobre los demás.

Son una tropilla de ahorcadores fanáticos que se esconden tras los peines y la colonia, centellas radicales que han aumentado la cuota de exiliados montillanos en el exterior, rafalitos y rafalitas del “cucha que te diga”.

Universitario bisexual, homosexual, anarquista, librepensador, risueño, con iniciativa, con ideas: no huyas de Montilla. Esta gentuza sólo produce somnolencia. Sólo adolece del buen sexo y desquitarse de La Esteban. Melindrosos figurantes que irán a por muñecas y a por enanos desde sus células durmientes.

Ojo, que este año habrá pastel y del bueno en cada casa. Ojo con destacar en algo, son amigos del reojillo y la insidia. Ojo, se beben la escurridura y te meten en atascos. Ojo, son resistentes al ácido. Y nadie sabe quiénes son. La gente, la gente. Montilla es de los valientes y los sinceros. De los que ilusionan.

J. DELGADO-CHUMILLA

21 de diciembre de 2011

Chumilla, desde la quilla

Ama quilla, ama shua, ama llulla: en Quechua, "no ser ocioso, no mentir, no robar". La quilla de un buque, formada por varias piezas, era lo primero que se colocaba sobre las gradas del astillero y formaba la columna vertebral del barco, sobre la que soportaban las costillas del mismo. Escribir para Montilla Digital en este 2011 ha supuesto para este que se balancea con los picos de las horas el estar flotando boca arriba, pestañear con un equipaje único. Es poder alcanzar las sobrecopas de las casas, arrastrar un rezo íntimo, peinarte con un repujo de plata, hacerte un postre con las tormentas.

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Queridos lectores:

Para mí, siempre queridos. Me leen a través de esta colección de cascabeles, de los colores chillones de mi propia guerra, y aún así su naturaleza mental sigue intacta, invicta. Quizás haya más paja que tabaco, no se lo discuto. Más balsas nocturnas que abundancia en los solsticios. No me sigan al pie de la letra, soy un reloj barato, un gato amarillo, un mesero que lo mismo sirve avena fría que un diccionario bilingüe.

Me conformo con que me devuelvan la mirada y no me apaguen esas retamas en combustión. Les ofrezco una armería con tirabuzones, un último carraspeo y un vino aún sin servir. Soy un frío bien adiestrado en la bajura con marañas poco elegantes. Les puedo aburrir con mi dinero pobre, pero no dejen de compartir conmigo la poesía de los bolillos en las piedras.

No les pido que escuchen el tam-tam con traje de parada. Ni que piensen en mí como recipiente callado. Vivo en mi propia chalupa, apedreado como un estornino, como un guerrilero al que se le corta la mayonesa demasido a menudo.

"Soy un chico malo, dejé caer mi fusil", reza la canción de los marines. Les pido que acudan al corredor que quieran y chismorreen en todas las estaciones del año, suban a las colinas y tírense un pedo donde antiguamente existían soberbias ruinas. Y dejen a salvo la perilla de los machetes.

No se preocupen de las miajas, de los rejones ansiosos. Sean valientes y crezcan ante las tapias. Nunca es tarde para trazar con tiza un nuevo lazo adolescente. Suavicen su atmósfera en estas fechas tan señaladas, imaginen la riviera francesa, un buen martini, partan los higos y acribillen sus problemas con el bambú de sus pedos. De ahí salen fieras y bellas voces, cuenten su historia de forma bruta, véanse con el derecho a castigar al mundo con el vuelo regular que más les apetezca. De las pistas de aterrizaje se encarga Montilla Digital.

Pido, en cada artículo, que gocen sin barajar y sean cínicos en las exequias. Dejen el estilo británico de acariciarse el bigote, no piensen en limpiar estanterías. Que sí, hombre, que se nos pegan el horno y las viejas colchas. Y el azul lechoso de los ventiladores que ya se nos cansaron.

¿Qué mas da? Desde las Batuecas, desde Torrevieja, descalzo, que sé yo, recuerdo a ese big boy que siempre quise ser, que pretendía quemar cosechas y vivía en las leyendas de las arpas, de los castillos, de los chales de viejas. Sí, me siento como un desdichado negro de la calle 45 con una gran flor blanca en la solapa. Quiero sacudir mis carnes y pensar en fogonazos, ya está.

Los fabricantes de ataúdes seguirán ocupándose de nosotros, ahora pasantes en esta barriada a veces fea, a ratos, de trompicones y amorosas caricias. Figuro en un listín... y no es un burdel, ni un cerdo entero. Alivio, amigos míos. Dejo agujeros en vez de huellas. Entiendo que pidan aspirina en vez de oro macizo. Es lo que tiene ser debutante y corista.

Es un día siguiente por la mañana, saludo a la bandera y me acuerdo de esos comedores de arroz que soñaron que el mundo estaba prohibido a la venta. Me gusta el abanico y la precipitación, el zapato de charol si es para mi sepulcro, sin medianías, sin que sean ustedes pildoritas ampulosas.

Me gusta que se arranquen muelas y raigones en los bulevares y se rodeen de hombres con cola. Que algún día me vean más bombilla que bomba, más lápiz labial que diamante mohoso.

El pasado viernes acudí a la presentación del libro del inefable Aureliano Sáinz y me traje de vuelta a casa la sonrisa de una anciana a la que le han regalado una cajita de música con jazmín amarillo.

Llegué a tiempo para emboscar con el glasé de este precipitado invierno a un tremendo caballo de ajedrez como lo es Manolo Bellido. Fabuloso Manolo, un tipo que almuerza espadas que no han matado a nadie. El caballeroso empeine que huele a contrabajo, a metal nativo. De él, podría decirse que es un brujo capaz de sacar helado de vainilla de un piano de cola. Todo un fenómeno puesto en pie para el retrato.

Juan Pablo Bellido. ¿Qué decir de él, salvo que despista a las colinas y tira de ferrocarril con dinamita talentosa? Es el ojo picante, mordedor, el andamio de los elefantes de Aníbal. Mil gracias, Juan Pablo. Has hecho de Montilla una ciudad que ya camina sobre nuevos tramos de escalera. De ahí, a las manchas de anís, a los tanques Metkava.

No quisiera despedirme de este año sin mencionar a mi abuelo, Fernando Chumilla, que atraviesa por un delicado estado de salud. Sé que saldrás de la jungla griseando las piedras y desplumando al sol.

Las sierras seguirán siendo demasiado bajas para ti. Pronto te comerás los relojes y volverás a vestir a los viejos zorros de alguaciles. Te auparás a las puntillas ligeras de los eucaliptos.

Queridos lectores, feliz año 2012. Generosidad, honradez, comprensión. Mucha salud. Que el 2012 nos deje las faldiqueras bien llenas de buenas y tangibles esperanzas.
J. DELGADO-CHUMILLA

16 de diciembre de 2011

¿Quo vadis, pequeño "Stuart Little”?

Los nobles siempre acaban enseñando el acero y los puñados de hierba, la hojalata purificadora, chistando en una marea de mosquitos después de la minuta. Miden los perímetros tirando coces al aire. Desde su mundo palmario de castaños y morcillos. Anúdese los cordones, señor conde, antes de hacer un tres en raya con Andalucía. Y ponga los codos altos para no hacer requiebros con el frac.

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Hay que consumirlos a ustedes los aristócrtas como a ese porno añejo de retrete y sobrenoche: a oscuras. Y con las baguetas del mosquetón muy largas. Muchos de ustedes siguen encerrados en un pozo muy profundo, dando bocados a los caballos y estregando escopetas. Se abichan como en el pasado, cuando acamparon su toldería, gente alargada y pegajosa; se abichan como chamizonas, como putas viejas.

Se delatan como esa luna congelada de Moscú, flotando el garabato en las pechugas de tanto vacío. Y siempre resuenan a lo mismo, a falso zafarrancho, a desangelada mampostería desde un capitoné de alto bordo. Por favor, un padrenuestro gota a gota por el borboteo ininteligible del jinete.

Le gusta bien poco, conde, el petardeo de los andaluces y su hueso corto, qué se le va a hacer. Tener medallas ventrales y un muelle roto en la boca da para eso y para descolgar el auricular. Para poco más. Y para manosear lienzos acolillándose con los perros que ahorca cuando no le sirven.

Se ha metido usted en un jardín de shogunes japoneses sobre una lápida robada. Prefiero leer sobre la coleta de un hacha que sobre su suéter afinado de capón anestesiado.

Su mayor infortunio ha sido cargar con timbre fraudulento sobre el pueblo andaluz. ¡Cómo les gusta batear después de dejarnos los sarmientos! En toda casa cuecen habas. Hay astillas más que ojos. También hay ríos extendidos y planos. Buena gente y mala. Emprendedores y holgazanes.

Hay algo más que la bigotera de una espada. En Andalucía habrá de todo. Sobre todo hay seda limpia. Lo que sí hay es aceite mágico alrededor de las sogas en el cuello, sonrisas sobre las aceras y acorde de séptimas. Nos sobran los tábanos ahorcados y los coletos de lo medieval.

Cayetano me ha blanqueado con violentas palpitaciones, con esos golpes ternarios, con el cruel baile de todas sus pulgadas y de todo su oro viejo. Desde los biombos del campo, como un cuervo en las quebradillas remotas, con su falda ahuecada, disecado tras los espejos.

No sabía que escarbara en las cloacas de las gallinas. Ni que vigilara la montanera de Andalucía estornudando como una serpiente. Maldigo que las huchas de los ladrones sólo sean para ratones. Ustedes, ilustrísimos señores, se mueren con peinado nuevo, su sombra la remolcan por las pendientes blandas, se visten con puntillas y se calan con la ignorancia.

Yo he escuchado toda mi vida el aydiosmío del último tosío de mis abuelos, armados con pedazos de dignidad, tomando un último trago valiente. Han puesto las remeras al servicio de este país bajo el mecanismo de risas de vuestros nobles antepasados; han tropezado con sus escuadras y con la patria; se han hartao de máuser y de plantar vísceras con hambre, con locura, con presunción. Desde el atril más arcano, desde sus costillas luminosas.

Ustedes, en tanto, retorcían amuletos y se hacían un hangar con la bilis; ellos, los andaluces, nosotros, hacíamos un agujero más en la correa: apretad, apretad, dadnos cuchara y veneno. Patinad con vuestros vasitos gustavianos, mostrad el mentón fiero, vuestro empobrecimiento maníaco, agitad vuestra chapa estropeada.

No nos dañáis. Ya no. Ni con vuestra brillantina ni aunque os revolváis en la ensenada. Ni con vuestro sexo chotuno ni con vuestras bocas blandas, endomingados y cobardes.

Escuchar a todo un Conde de Salvatierra, filisteo, desde su cálamo de pijote, con los ojos de un partero, haciendo censos con la mugre, con los sorbitos patéticos sobre la lengua, me ha recordado a los afiladores en la artesa, a una cáscara de arroz, a un gato hambreao cavándose un hoyo sin iniciales.

Con gestos como éste, describís círculos con un cuchillo alrededor de vuestra calavera. Cayetano, deje de retrotar y vuélvase a su cuadra. Aquí, y en California, cuando alguien invita a un trago, lo acepta; después paga una ronda.

Como en el lejano oeste, usted ha mostrado que va desarmado, las manitas fuera de los bolsillos. De lo contrario, le hubiesen acribillado a esputos con la rudeza de un búfalo. Haga como los andaluces: no tenemos puntería, tal vez, pero el revólver lo llevamos delante, junto al segundo botón del cinturón, al lado derecho. Y se dispara, sin tomar puntería.

J. DELGADO-CHUMILLA